viernes, 12 de julio de 2013

CIPRIANA ALVAREZ, " LA MUJER DE LOS CUENTOS". LOS MACHADO Y LA ANTROPOLOGÍA ESPAÑOLA EN EL SIGLO XIX



Antonio Machado (1.875-1.939) es uno de nuestros poetas más admirados. Sintió también pasión por la filosofía, y nos obsequió con sus pensamientos en prosa en un texto delicioso, Juan de Mairena. De su familia conocemos a su hermano mayor Manuel, con el que escribió  varias obras de teatro, y también a su madre, Ana Ruiz Hernández. Con ella huyó a Francia el poeta, en 1.939, ante el avance de las fuerzas nacionales. El esfuerzo costó la vida a ambos: madre e hijo murieron en Colliure con muy pocos días de diferencia. Pero seguramente es menos conocido que el padre y los abuelos paternos de Antonio cultivaron una rama de la Antropología, los estudios folclóricos. Veremos aquí algunos datos de sus biografías y de sus relevantes aportaciones.
1. Antonio Machado Núñez (1.815-1.896)

El abuelo del poeta fue un auténtico polímata, un hombre brillantísimo en las incontables disciplinas que cultivó (paleontología, geología, espeleología, prehistoria, antropología, zoología…) porque su curiosidad científica era insaciable. Era un investigador nato y un apasionado divulgador de los progresos del conocimiento. A él debemos la difusión en nuestro país de las ideas de Darwin, Herbert Spencer o Haeckel mediante sus traducciones y conferencias públicas, una gran novedad para la época. Como curiosidad, ostentó también el cargo de  Venerable de la Logia masónica de Sevilla.
Machado Núñez comenzó su andadura profesional como médico si bien, hundido moralmente al no poder conseguir salvar la vida de una joven paciente, decidió dedicarse a la docencia. Obtuvo la cátedra de Física y Química en Santiago de Compostela en 1.845, y la de Historia Natural en Sevilla en 1.846. En esta ciudad fundó los Museos de Antropología y Arqueología. Igualmente contribuyó a la puesta en marcha de la Sociedad Antropológica de Sevilla en 1.871, cuyo objeto era estudiar el hombre en su triple dimensión física, psicológica y social. Estaba plenamente imbuido del espíritu del krausismo, que tanta influencia  regeneradora de la vida cultural española tendría en la segunda mitad el siglo XIX. Su fe en la ciencia y en la utilidad de ilustrar al pueblo era inquebrantable. Le unió una gran amistad con Francisco Giner de los Ríos y con Joaquín Costa, y su integridad moral le llevó a solidarizarse con los institucionistas expulsados de sus cátedras por Orovio, ministro de Fomento, en 1.875, dimitiendo de su cargo de gobernador de Sevilla en protesta por tal arbitrariedad. Como nos cuenta Ian Gibson en Ligero de equipaje, su arrolladora personalidad  dejó una huella imborrable en su nieto Antonio.
2. Elena Cipriana Álvarez Durán (15-9-1827 - 1904)

La abuela del poeta estaba hecha a la medida de su genial esposo. Un detalle romántico muy bonito: a diferencia de tantos matrimonios sin amor arreglados por los padres, Antonio y Cipriana tuvieron que casarse en secreto en 1.845, imagino que por la oposición de sus progenitores. Cipriana siempre tuvo muy buena mano para la escritura y talento para la pintura, además de ser una mujer con una preparación intelectual  muy avanzada para aquellos tiempos. Sus nietos Antonio y Manuel la recordaban como “una gran conversadora, de admirable carácter lleno de simpatía”.
El padre de Cipriana, José Álvarez Guerra, fue político, escritor y un pensador pre- krausista, y su madre era hermana de Agustín Durán (1.789-1.862). Este insigne personaje, primer director de la Biblioteca Nacional y compilador del Romancero general, inició los estudios folclóricos en España. Cipriana heredó de su tío el entusiasmo por los romances y las coplas populares y, a su vez, lo transmitiría a sus descendientes. En Llerena (Badajoz) recogió en seis meses más de cincuenta cuentos en sus excursiones de investigación por el pueblo y por la huerta extramuros. Como relataría su hijo Antonio (“Demófilo”) años después, “las gentes de estas casas y estas huertas la llamaban y se apresuraban todos a decirle cuanto sabían. Los chiquillos, que también le enseñaban  juegos y cuentos, la bautizaron con  el  - para mí muy poético nombre-  de la mujer de los cuentos”. Su criterio siempre fue la recogida fidedigna de los materiales tradicionales.
Cipriana no abandonaría sus estudios del folclore a pesar de sus obligaciones domésticas. Siguió escribiendo cuentos populares y apoyando generosamente con su patrimonio las iniciativas antropológicas de su hijo Antonio, figura capital para el desarrollo de la disciplina en España.
3. Antonio Machado Álvarez (1.848-1.893), alias Demófilo

El padre del poeta fue un verdadero apóstol del folclore español. Se entregó a la causa sin medida de tiempo y esfuerzo, hasta el punto de que la familia padeció penurias económicas constantes, precisando la ayuda de sus padres. Demófilo, “el amigo del pueblo”, era el nombre con el que empezó a publicar y con el que acabó siendo conocido por todos. Estudió Filosofía y Letras, al igual que Derecho. Ocupó provisionalmente la cátedra de Metafísica en la Universidad de Sevilla. Su maestro, el krausista Federico de Castro, le animó al estudio científico de la literatura popular. A partir de entonces, la chispa que ya había prendido  el ejemplo de su madre se convirtió en un verdadero incendio. Con su ingenuo optimismo vital, Demófilo siempre vio en los estudios folclóricos la vía para la redención de la humanidad, el camino para alcanzar la fraternidad entre los pueblos. Desde esa finalidad regeneracionista se entiende la incansable tarea de “folclorizar” España que se impuso el autor, siempre con resultados escasos, desde el punto de vista lucrativo, pero importantes para la consolidación de esta subdisciplina. En 1.871 funda con su padre la Sociedad Antropológica de Sevilla. A los dos se les sumó De Castro a la hora de poner en marcha la Revista mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias. Con su mentor, Demófilo publica Cuentos, leyendas y costumbres populares en 1.872, e incontables artículos en numerosísimas revistas a lo largo de su vida. También traduce obras fundamentales en la materia, como Antropología de Edward B. Tylor,  en 1.887.
Cuando recibe la noticia de la fundación en Londres de la “Folk-lore (de “Folk”, pueblo, y “Lore”, acervo, saber, conocimiento) Society” en 1.878, se produce en su vida un auténtico “terremoto psíquico”, en palabras de Ian Gibson: la difusión de sociedades folclóricas regionales y locales se convertirá en su misión. Comienza con “El Folk-lore español” (1.881), a la que imitan otras muchas en toda España, Cuba, Puerto Rico y Manila. Así, Cipriana  apadrinó la creación de la Sociedad Folk- lórica de Llerena en 1885. Con 4.000 reales que aporta su madre, Demófilo publica entre 1.883 y 1.888 los once volúmenes de la Biblioteca tradicional popular, que recogen trabajos de las sociedades folclóricas y también los cuentos recopilados por su madre en Extremadura y en Huelva. En 1.888 se celebra el I Congreso de Tradiciones Populares en París, y allí propone Demófilo la creación de un espacio de folclore europeo, una suerte de globalización cultural a la decimonónica.
Otra gran innovación que debemos a sus trabajos fue el primer estudio sobre el flamenco como manifestación de la cultura popular, aunque en aquel momento la obra logró escasa difusión.
La Institución Libre de Enseñanza le nombra catedrático de Folklore, lamentablemente sin sueldo y lo mismo sucede con otros cargos puramente honorarios que le confirieron, incluso en el extranjero. El siguiente párrafo nos habla mucho de su enorme humanidad, de su dignidad y solidaridad en la pobreza:
El mundo en que vivo está mucho peor de lo que yo creía. Mi propia existencia de santo pobre reposa, al fin, sobre una injusticia. Cuántas existencias más pobres que la mía hay en el mundo”.
Desesperado por no poder mantener a su familia, marcha a Puerto Rico a trabajar pero, aquejado por una grave enfermedad,  esclerosis medular,  vuelve a España y muere en Cádiz en 1.893, con solo 47 años. La prensa apenas se hizo eco de la noticia, pero en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza se publicó esta reseña:
“Criatura bondadosa como pocas, afanoso por todo lo bueno, y de labor tan perseverante, que le permitía trabajar con lucidez y provecho en el edificio de la civilización y regeneración de la patria y de la humanidad”.



 Este  texto es un fragmento de un artículo  originariamente publicado en el blog Tinieblas  en el corazón. Si tenéis interés en acceder a su contenido íntegro, el enlace es:
http://anthropotopia.blogspot.com.es/2013/02/los-machado-antropologia-y-folclore-en.html

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