jueves, 11 de diciembre de 2014

LA VIDA ES BELLA. Cine y Holocausto

La vida es bella (1997) es, quizá, la mejor película dirigida por Roberto Begnini, con la que obtuvo el Oscar al mejor actor en 1998. Está basada en las memorias de Rubino Romeo Salmoni, que logró sobrevivir al Holocausto. Tras ser liberado de Auschwitz en 1945, escribió un libro con el significativo título de Al final derroté a Hitler. Entusiasmadas con el film, que pudimos degustar en su versión original y en sala de cine, como debe ser, María Lorenzo y yo escribimos sendos comentarios, el suyo mucho mejor que el mío, indudablemente. El otro día, mientras buscaba unos papeles, aparecieron juntos en una carpeta, y he pensado que pueden seguir juntos en soporte digital. 





LA VIDA ES BELLA, O LA VOLUNTAD DE VIVIR
Por Encarna Lorenzo
No se piense que las repetidas alusiones a Schopenhauer en la oscarizada película de Benigni son una casualidad, o un mero alarde de erudición por parte del director. La voluntad se erige como elemento fundamental del film junto con el humor, que también es voluntad de reír frente a la adversidad. El protagonista, Guido Orefice, no es una persona cultivada. Carece de riqueza y de posición social. Es, además, judío, pero eso no debería ser lo importante. Solo lo es el hecho de que, pese a ser un hombre corriente, su voluntad de vivir y de amar lo elevan a la condición de héroe. Pero la suya es una heroicidad silenciosa, la que no registran los anales históricos. Con su alegría y tesón constantes conquista el corazón de Dora. Ella, a pesar de no ser judía, será capaz de renunciar a su mundo de opereta para subir con Guido y con su hijo Giosuè al monte Calvario del Holocausto.



En el campo de concentración Guido no sólo consigue salvar la vida de Giosuè, sino algo mucho más admirable: preservar su mirada inocente frente al horror. Arriesgando continuamente su seguridad, el protagonista se empeña en mantenerlo en la ilusión de un juego y contagia al pequeño su resolución de salir victorioso de la terrible prueba.
A la voluntad de poder de Schopenhauer y Nietzsche, que tan desviadamente tomaron como fundamento teórico el nazismo, el fascismo y tantos ismos, hermanos políticos de aquellos en esa época de destrucción, un hombre común y un niño oponen, como David frente a Goliat, su voluntad de vivir y vencer, y casi lo consiguen. Es evidente, por el desarrollo final de la trama, que al guionista le habría sido fácil apañar un happy end en el que nuestros tres protagonistas regresaran incólumes del inferno nazi, pero con ello se habría malogrado por completo el claro mensaje político del film. Guido debe pagar su esfuerzo titánico con la muerte para recordarnos, dolorosamente, que la guerra no es ningún juego, por más que Guido, un mago de la risa, pueda convencer de ello a un niño y casi también al espectador.

Quizá el personaje del Dr. Lessing,  el médico y oficial de las SS encarnado por Horst Buchholtz, sea el más complejo y perturbador de la película. En un intencionado paralelismo, él también está enzarzado durante todo el metraje en un entretenimiento lúdico, el de los acertijos. En la sonriente e ilusionada etapa prebélica, es una persona afable que ofrece al judío Guido su reconocimiento y su amistad. Durante la guerra, se convierte en un ser desconcertado, de mirada extraña, atrapado en unas estructuras ideológicas férreas de las que no es capaz de salir. El suyo es un racismo blando, frente al beligerante de la directora de la escuela y del ex-prometido de Dora, para quien el exterminio de lo seres inferiores se convierte en una simple cuestión aritmética, el ahorro de costes al Estado leviatánico. El Doctor Lessing, cuando advierte que Guido está prisionero en el campo, siente que debe ayudarle pero carece de la valentía del judío. En lugar de salvarlo, el verdugo dirige una patética súplica a la víctima para que lo saque de la angustia que no le deja dormir, enmascarada en el fracaso de los juegos intelectuales con que se engaña para no afrontar la realidad de su indeseable compromiso con el Régimen. También es ésta otra idea clave que debemos retener: jugar a la inconsciencia no nos eximirá de culpa frente al sufrimiento ajeno. 


LA VIDA ES BELLA(ROBERTO BENIGNI, 1998) 
Por María Lorenzo

El éxito internacional de crítica y público de este filme, así como sus triunfos en los Oscars hollywoodienses de 1998, han motivado que el actor, guionista y director Roberto Benigni sea equiparado con el hombreorquesta más paradigmático de la historia del cine : Charles Chaplin.

Si las comparaciones son odiosas, en este caso están justificadas: Benigni ha admitido que su película está a medio camino entre "El chico” y “El gran dictador". Pero, al contrario de lo que pueda parecer, esta semejanza no es un feliz hallazgo, sino la consecuencia lógica de toda una trayectoria artística desarrollada en algunos de sus otros títulos como director ("Soy el pequeño diablo", “Johnny Palillo", “El monstruo"), tragicomedias en las que la presencia del antihéroe patético ya se había hecho patente. Benigni ha construido un personaje, un hombrecillo de pecho hundido, vestido con un amplio traje gris que ridiculiza aún más su enclenque anatomía, y que, sobre todo, está falto de compañía femenina. Como Charlot, también es un desarraigado en pugna con la sociedad en general y con su casero en particular, a pesar de que mantiene el deseo de ser aceptado y querido.
La baza de este personaje no es la comicidad (como puede serlo el Mr. Bean de Rowan Atkinson, o como fue en su momento el Pamplinas de Buster Keaton), sino el humorismo, la risa de fondo triste: Juditta, Dante, o como queramos llamarlo, no siempre conquista a la mujer amada. Por lo general es utilizado, engañado, o se ve envuelto por casualidad en mil tramas de las que es ajeno merced a su ingenuidad, y no pocas de estas situaciones pueden recordarnos a los "gags” mudos de Chaplin. Sin embargo, que Benigni sea un autor fundamentalmente humorístico no es impedimento para que en muchas ocasiones se acerque a la comicidad ácrata de los hermanos Marx (como la réplica a Nicoletta Braschi, tardaré media hora en chuparle el veneno del muslo, en "La vida es bella", o el encuentro con su propio doble en "Johnny Palillo", deliberado homenaje a "Sopa de ganso").
Este es el primer film de Benigni que alcanza la popularidad no sólo en toda Europa, sino en América. Es su película más internacional, a diferencia de las anteriores, que bien pueden ser consideradas italianadas (excluyendo las connotaciones peyorativas de este término). No nos engañemos, "La vida es bella” también lo es, porque explota hábilmente uno de los tópicos italianos, el de la felicidad mediterránea, el saber vivir que caracteriza al hombre latino: el protagonista, Guido, reivindica la fantasía como medio de vida. De hecho, toda la primera parte del film parece un cuento de hadas sin hada, en el que Guido, verdadero príncipe azul (en la entrada de Arezzo es recibido como tocaba al rey Humberto), teje alrededor de su princesa Dora una red de seducción preñada de casualidades hilarantes (utilizando su voluntad schopenhaueriana como un ensalmo mágico), pero tampoco esta parte, por muy amable que sea, está exenta de tono dramático: Dora decide someterse a una serie de renuncias (familia, amigos) cuando Guido se le presenta en público a lomos del caballo pintado de verde, marcado por el odio antisemita, como también, en la segunda parte de la película, renunciará a su libertad por compartir el destino de Guido.
La principal diferencia con "El gran dictador" consiste en que la película de Benigni no es un panfleto, carece de las urgencias del momento que acuciaron a aquélla; su hilo argumental ya forma parte de la historia, y sirve como fábula de situaciones universales.
Sólo tengo que recriminarle a su autor un único plano, el que muestra, como una ensoñación, una montaña de cadáveres entre la niebla, discutible concesión al tremendismo, porque Benigni, en esta segunda parte, no aborda el tema del holocausto con grandilocuencia ni actitud meramente histórica, sino como situación límite que Guido y su familia deben superar gracias a su planteamiento vital.
Guido es un elemento peligroso para un régimen totalitario, no porque sea judío sino porque se esfuerza en vivir la vida a su manera: desafía todas las normas, se sale con la suya, se fuga con la mujer que ama, es un individuo original que, además, es culto. Benigni resume su discurso sobre la ilusión, la imaginación y el arte (cine incluido) en la protesta del tío Eliseo ante los destrozos que los camisas negras han hecho a su colección de arte: Sólo lo inservible es insustituible, sobre todo en los tiempos en que la vida no es precisamente bella. La originalidad se planta de cara contra la uniformidad, y por eso el juego que mantienen padre e hijo en el campo de prisioneros es la mejor arma contra la opresión. En el juego (de palabras, en este caso) también se refugia desesperadamente el médico nazi interpretado por Horst Buchholz (que a duras penas nos puede recordar al joven comunista de "Uno, dos, tres” de Billy Wilder, pero la lógica en que está encerrado su juego es desbordada por la locura que se cierne en torno a él.
Guido no invita a jugar sólo a su hijo, sino que su discurso traspasa la pantalla: el espectador suplanta el lugar del pequeño Josué cuando ve desfilar a su padre al paso de la oca desde dentro de la caja oscura (mirando la escena con franjas negras arriba y abajo, subrayada su condición cinematográfica), olvidando que Guido es consciente, desde su detención, de que va a morir. La ficción y la realidad se intercambian los papeles desde este momento, y por eso el grito del niño, "¡Ganamos el juego!” equivale literalmente a la victoria.

3 comentarios:

  1. Me parece que la crítica de Encar ha resistido mejor el paso del tiempo. Es irónico que el éxito de "La vida es bella" no le sirviera a Benigni para seguir adelante con una filmografía "de calidad", sino que más bien lo mejor de sí mismo se haya dispersado en apariciones fugaces de filmes ajenos, como "Coffee & Cigarretes" de Jim Jarmush, o "A Roma con amor", de Woody Allen (y antes de estos filmes colectivos cabría recordar su desternillante aportación al paseo en taxi nocturno de "Noche en la Tierra"). En cualquier caso, "La vida es bella" no ha pasado de moda, sigue siendo un film fresco e insustituible, donde nada sobra.

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    1. Permítame que discrepe en tu aserto inicial. A mí me gustan más tus reflexiones. Me sorprende que no menciones El tigre y la nieve, una película menos redonda pero con escenas tan impagables como la de la boda en el sueño, él en calzoncilllos, algo muy típico y desasosegante en nuestra vida onírica, y Tom Waits en persona cantando la maravillosa You can never hold back spring. Un beso.

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  2. No he mencionado "El tigre y la nieve" porque nunca he tenido la oportunidad de verla, aunque sabía que te había gustado. Aparte, no hay que olvidar la fantástica interpretación de Benigni en la última película de otro titán, Federico Fellini, "La voz de la luna", que realizó en 1990. A Benigni le sienta bien la luz de luna.

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