domingo, 26 de julio de 2026

SALLY BOWLES & JEAN ROSS

 

Muestra de la femineidad y estética "flapper"
que emergió en Europa en "los felices años veinte",
primera subcultura juvenil femenina moderna

En la biblioteca de EL MUNDO confluyeron, negro sobre blanco dos, "gayos" de postín: Christopher Isherwook y Jaime Gil de Biedma. El británico es autor de Adiós a Berlín (1939, 2002); y el poeta catalán, su traductor al español. A Christopher Isherwood (1904-1986) le habían nacido en Chesire, hijo legítimo de un oficial del ejército de su Majestad, muerto en la primera guerra mundial. Empezó a estudiar medicina y descubrió su vocación de escritor en el grupo radical de intelectuales izquierdistas de Oxford al principio de los años treinta. Amigo del poeta W. H. Auden (amistad que conservaría toda su vida), con este dramatizó, literariamente hablando, y convivió íntimamente con el violnista André Mangeot.

Isherwood tuvo, pues, una educación refinada, pero abandonó voluntariamente su contexto aristocrático y elitista ("se desclasó", decíase entonces) para vivir de dar clases particulares de inglés en la pintoresca y empobrecida república de Weimar. De sus experiencias en el Berlín de entreguerras nace esta novela episódica, Adiós a Berlín (1937-1939), un libro de memorias que incluye el icónico personaje de Sally Bowles, criatura de ficción que se hará famosa por su adaptación teatral, primero, y luego al cine, en la célebre película de bob Fosse Cabaret (1972), en la que el personaje de Sally Bowles fue vitalizado divinamente por una inolvidable LIza Minnelli.


Detrrás de la alegoría o el mito de esta joven fresca y despreocupada que sobrevivía cantando, bailando y zorreando por los clubes de segundo nivel de la capital alemana en los años treinta, existió una mujer de carne y hueso, Jean Ross, joven británica, eso también, cuya verdadera vida, agudeza intelectual y convicciones políticas poco tenían que ver con la frívola y locata contrafigura ideada y fantaseada por Isherwood.

Sally Bowles es una joven "flapper" de clase alta, tan excéntrica como ingenua. Se cree que la palabra "flapper" nació de una moda específica de los años 20: llevar chanclos de goma para la lluvia (galochas) desabrochados, de modo que "aletearan" (to flap) ruidosamente al caminar. Los etimólogos no se ponen de acuerdo y muchos afirman que el término ya existía para referir a la rebeldía de las jóvenes británicas de alta cuna contra las represiones y los corsés de la educación victoriana, y que fue al revés, fueron las chicas flappers las que pusieron de moda esas botas desabrochadas, dándoles tal nombre. Las flappers fumaban, bebían, llevaban el pelo a lo garçon, sombrero ajustado, salían con hombres, bailaban charleston y oían jazz.

El carácter de Sally Bowles se define por hedonismo absoluto, ceguera política (ajena por completo a la amenaza del nazismo y a sus camisas pardas violentando las calles) y una vulnerabilidad que a veces da lástima, como de gacela herida. Tiene una idea casi infantil del placer sexual que instrumentaliza conscientemente como meretriz, bulle como un torrente en la fiesta, mientras esta inexorablemente se acaba y el mundo va fatalmente y de cabeza al desastre, en medio, paradójicamente, de un ambiente que propicia creatividad, libertinaje y barbarie política. En cierto sentido, Sally vale como heroina trágica de una elegía musical.

Jean Ross, fotografía de los años treinta del siglo pasado

Jean Ross compartió alojamiento con Isherwood en Berlin. Intentaba como Sally ser actriz y manifestaba una actitud bohemia, pero no era una cabaretera ignorante dispuesta a vivir del "pan de higo", sino una comunista convencida que acabó trabajando como corresponsal de guerra y propagandista antifascista durante la guerra incivil española. Tuvo que lamentar durante toda su vida el retrato que Isherwood había hecho de ella en la primera novela que le otorgó consideración internacional, pues la pintaba como joven superficial y apolítica que casi encajaba con el estereotipo misógino, el mismo que se da con frecuencia entre homosexuales.

Es cierto que, años más tarde, Critopher Isherwood entonaría el mea culpa y reconocería que la apatía política de Sally Bowles era más bien reflejo exacto de la suya propia y la de sus amigos varones de aquellos años.

A nosotros nos ha parecido muy interesante, digno de estudio, el flujo sentimental, ambiguo y ambivalente (en sentido freudiano) que corre de una parte a otra, entre el mismo autor que se autobiografía con nombre propio y Sally (Jean Ross), entre una chica que ama a los hombres y se entrega físicamente a ellos y un homosexual discreto, entre otros motivos porque contraviene el prejuicio del psicoanálisis ortodoxo según el cual toda relación afectiva, arbitrada entre adultos, tendría una base libidinosa o desiderativa.

Sally es maravillosa, despierta curiosidades en quienes la conocen, enamora con facilidad a uno de los mejores amigos de Christopher, pero, ¿en qué sentido conmueve a Isherwood, quien, evidentemente, no aspira a acostarse con ella? Ella lo acoje como camarada, pero también lo maltrata. Se pinta las uñas de verde esmeralda, cosa que desagrada a Isherwood:

"Un color muy mal escogido porque hacía fijarse en sus manos, que las tenía amarillentas de nicotina y tan sucias como las de una niña pequeña"

Tal vez Chris hubiese preferido --es nuestra conjetura-- que su compañera de pensión hubiese sido varón. El desparpajo para pormenorizar las relaciones sexuales que tiene con unos y otros, a los que considera --tal que nueva Circe-- unos cerdos, no sorprende a Isherwood, no le escandaliza, pero le deja pasmado. Tras verla actual en el sórdido y cargado ambiente del cabaret, describe su voz: "sorprendentemente baja y bronca"...,

"Cantaba mal, sin la menor expresión, con los brazos pegados al cuerpo, y sin embargo resultaba impresionante a su manera, debido a lo extraño de su aspecto y a su aire de no importarle un pito lo que el público opinase"... 

Cabaret, teatro de Londres

Al final, ya en la barra del club, Sally parece conocer a todo el mundo, a todos tutea y llama guapos y cariño. Isherwood no actúa, él es mero, distante espectador:

"Para una demi-mondaine parecía tener escaso tacto y sentido del negocio: perdió un largo rato insinuándose a un señor de edad que claramente habría preferido charlar con el barman".

Isherwood es comentarista fino de situaciones, tanto percatándose de la orientación sexual de los sujetos, como aludiendo literariamente a ella. Comparte esta gracia con Proust. El aspecto de Sally le gusta por su comicidad, porque no se la toma en serio.

"Era realmente bonita, con su cabeza pequeña y morena, con sus ojos grandes, con la nariz finamente arqueada, y tan absurdamente consciente de su atractivo, reclinada allí, tan complacidamente femenina como una tórtola... -- Chris, cerdo, dime de qué te ríes. -- No tengo la memor idea."

Obviamente, la respuesta de Isherwood es evasiva, o incluso falsa. Las uñas verdes de Sally parecen concentrar y focalizar su inquina, el otro lado del afecto, la repulsión que siente ante semejante femineidad animal, elemental...

"Las uñas verdes parecía que no fuesen suyas, sino que estuvieran allí de casualidad, igual que un enjambre de escarabajos, feos, duros, brillantes."

 

Mujer de cabaret, cuadro de Olivia Caballero González

Sally ofende a Christopher cuando desprecia un artículo suyo que ella misma le había solicitado para una revista. No le gusta y decide pedírselo a otra persona. El autor narra su enfado: "Es una completa zorra, pensé", y reflexiona preguntándose si se habría equivocado pensando que ella le guardaba consideración y afecto.

 "En aquel momento me habría gustado verla dar de latigazos. La verdad es que estaba tan trastornado que acabé por preguntarme si, a mi manera, no habría estado enamorado de Sally durante todo aquel tiempo."

Viene aquí a pelo una frase de Kierkegaard que recoge en un tuit Nicolás G. Valera: "El Odio es una forma de Amor fallido". Pero Isherwood reconoce que no era amor frustrado lo que motivaba en aquel momento su rabia, sino su vanidad herida al haber ella puesto en solfa su competencia y calidad literaria. No obstante, 

"No es que me importase en absoluto su opinión sobre mi artículo [¡están verdes!] --un poco sí, pero muy poco--, mis pretensiones literarias estaban por encima de todo lo que ella pudiera decir... ¡Ese temible instinto de las mujeres para calar por bajo de la comedia masculina!"

Las mujeres, el enemigo simbólico. Sin embargo, acaba por reconocer que ella le había revelado su verdadero ser como un "boceras" (un "fantasma", decimos también) con su flamante "socialismo de salón"... Se había mostrado incompetente y celoso y ahora sentía, además de rabia, vergüenza. 

Más adelante de este episodio, Christopher se vengó, un tanto involuntariamente (o "sin querer queriendo"), mandándole a un tipo sospechoso, que se reveló timador y se aprovechó y estafó a Sally, mancillando, por decirlo así, su doncellez anímica, su "buenismo". Sorprendentemente, ella no le guardó ningún rencor por ello, al menos en la novela.

***

En 1933, Christopher Isherwook abandonó Berlín huyendo del nazismo. En 1939 viajó a USA, se estableció en Hollywood, donde se asoció al misticismo hindú y devino editor y traductor del Bhagavad-gita. Por Huxley conoció a Stravinsky y por casualidad a Ray Bradbury, regalándole a este una excelente y elogiosa crítica de sus Crónicas marcianas. Tradujo también a Baudelaire y a los 48 se lió con un pintor de 18. Se dice que su mejor trabajo es A single Man (1964). Murió en Los Ángeles, ciudadano usamericano.


miércoles, 8 de julio de 2026

FRANÇOISE SAGAN

 

François Sagan (1935-2004)

Es increíble que Françoise Sagan escribiese Bonjour tristesse con dieciocho años. Sólo una mujer puede saber tanto de las sutiles entretelas del corazón a edades tan tempranas, no un varón. También ha de ser apta para la instrospección, muy inteligente y ha de contar con palabras y expresiones para referir simbólicamente a estados complejos de ánimo, a sentimientos sutiles, a emociones particulares. A esa edad se es todavía adolescente, es decir, un poco más acá del bien y del mal, porque las normas importan todavía mucho menos que los deseos y los apetitos gravitan tanto sobre el alma que a duras penas pueden ser constreñidos por leyes. Mucho menos si el padre, en lugar de representar la ley (dixit Freud), se manifiesta calavera impenitente y si la hija, como es el caso de Cécile, la protagonista de Buenos días, tristeza (1954) no quiere hacerse mayor y responsable.

Escogí la novela de entre una excelente colección heredada, atraído también a ella por la autora de su prólogo, Fanny Rubio, notable filóloga y escritora del Santo Reino. Cuenta en él cómo en 1954 el texto de la jovencísima escritora provocó y escandalizó a muchos ortopensantes de su tiempo, dada su asociación a una vida "burguesa" e incluso "aristocrática" relajadas y felices, sin mala conciencia, con güisqui, automóviles de altra gama, sexo bastante libre (todo lo libre que pueda serlo, que no es mucho), casino y farras nocturnas a discreción en la Rivière. Sus protagonistas son un cuarentón encantador, bien acomodado, y una chica de diecisiete que le sirve de cómplice y camarada en sus donjuanescas y frívolas aventuras o trajines sexuales y sentimentales. Dos vividores felices y ociosos, a los que pretende meter en vereda o sentar cabeza la sensata y fría diseñadora de moda, representada admirablemente en la película de Otto Preminger por Debora Kerr, film de 1958 inspirado bastante fielmente en la novela de marras.


Fotograma de la película de Otto Preminger (1958):
Deborah Kerr (Anne) y Jean Seberg (Cécile)

El papel de Cécile, demónica y descarada narradora de la historia en simbiosis con autora y protagonista, le cupo en suerte a una actriz tan señera como rebelde y malograda: Jean Seberg. Cécile es adolescente amoral, celosa y manipuladora, adorada por su padre Raymond (David Niven). Su corte de pelo a lo garçonne se convirtió en icono de Modernez o de lo que pudiera también llamarse crepúsculo de la Era maquiavélica (en la que todavía nos hallamos). 


David Niven y Jean Seberg, hija y padre,
en un fotograma de la película de Preminger

Raymond es viudo atractivo, adinerado, paradigma del hedonista refinado y activo, modelo de bon vivant, nada tiene que ver con los héroes atormentados de Camus o Sartre. La breve y contundente novela se transformó en un fenómeno social precisamente porque rompía con la reciente tradición de la novela existencialista y experimental, que representaba el triunfo de la autoridad, aun presuntamente contestataria y revolucionaria. Frente a la razón triste, al argumentario gris, y frente al orden o contraorden aburridos, triunfa la mirada caústica y libertina de Cécile-Sagan. Dionisios gana la partida a Apolo. Ella sólo aspira a pasárselo bien, pero eso sí, a la sombra protectora de su condescendiente y tolerante padre, al que llama Raymond.


Jean Seberg, foto de Famous Iowan

“Sagan” fue seudónimo de Quoirez el auténtico apellido de Françoise Sagan (1935-2004), quien llegó a ser también excelente dramaturga, periodista viajera, guionista, directora de cine e integrante de la Nouvelle Vague. Se la asoció igualmente a la llamada “literatura del cuerpo”. (“Sagan” es personaje secundario de la monumental obra de Proust, En busca del tiempo perdido). 

François Quoirez nació en Cajarc, Lot, un 21 de junio de 1935 y murió en Honfleur, Calvados, un 24 de septiembre de 2004. Provenía familiarmente de una saga de empresarios exitosos y terratenientes con solera. Rebelde, con carácter, fue expulsada en su adolescencia de varios colegios; estudiante indiferente, como Cécile en la novela, no llegó a graduarse en la Sorbona. En Buenos días, tristeza (1954), la protagonista-narradora se burla de la filosofía de Bergson, que formaba parte del canon entonces (no sé si también ahora) de pensadores que era preciso conocer para aprobar bachillerato (también refiere en la novela a la obligación de componer una disertación sobre Pascal). En cualquier caso, Cécile contrapone la pesadez estival de su estudio (para el examen de “selectividad”) a los placeres sensuales: “Ellos tenían una noche de amor, yo tenía a Bergson”. 

Buenos días, tristeza puede describirse como un manifiesto antiintelectualista, en un país en el que los intelectuales gozan de gran crédito (más que los toreros), una novelita (diminutivo por corta, no por su valor) a la que no le sobran palabras y cuyos silencios y entrelíneas valen su peso en oro. Muestran el inconformismo con la apremiante madurez y las maniobras clandestinas para aplazarla indefinidamente, de una niña terrible que mira el mundo con distancia y con un sentido del humor impropio de su edad, muy original.

Es curioso que en 1958, dada la ambigua e inusual relación con su padre en la novela, la autora se casase con Guy Schoeller, editor de Hachette y veinte años mayor, del que se separó dos años después para volverse a casar en 1962 con un joven playboy usamericano. Françoise tuvo un hijo y mantuvo una larga relación con la estilista Peggy Roche, lo que no le impidió echarse en brazos de un amante casado. No obstante, su hijo Denis Westhoff creó en 2010 el Prix Françoise Sagan, así que no debió hacerlo mal como madre, a pesar del frenesí de sus costumbres y del incesante cambio de partenaires convivientes.

En 1957 sufrió grave accidente conduciendo un Aston Martin. De accidente de coche muere Anne, la madura, fría y formal, protagonista de su novela, contrapunto de Elsa, la joven boba y galante. ¡Pocas veces puede verse un paralelismo más coherente entre vida y obra! Como consecuencia del accidente y de sus traumas, los médicos le administraron morfina para los dolores y Sagan se enganchó a la droga. Tuvo que desintoxicarse, pero lo cierto es que tuvo problemas desde joven con el alcohol y con los estupefacientes, lo que quiere decir que abusaba de bebida, estimulantes y calmantes. De hecho, fue condenada en 1995 por “consumo” de cocaína (eso dice la Wikipedia, "consumo", pero supongo que refiere a tenencia). François nunca renunció a sus gustos caros: vida ociosa, coches veloces, residencias lujosas, baños de sol, casas de juego, juergas nocturnas, apertura a amores ocasionales. En 1985, en un viaje a Colombia con su ilustre e ilustrado tocayo, el presidente François Mitterant, ya padeció serio accidente respiratorio. A pesar de todo ello, vivió una vida relativamente larga, casi setenta años.

En "Bonjour tristesse" (segundo verso de un poema de Paul Éluard) escribe una vez “Dios”, pero añade que no cree en Él y que usa Su nombre en lugar de “azar”. Acepta --en la onda existencialista todavía-- el fundamental absurdo de la existencia, pero su actitud no es ya la de lamerse las heridas y padecer angustia metafísica. No hay en Cécile-Françoise Sagan el menor resto del Achtung kantiano, ese respeto o veneración racional a la Ley moral. No obstante, será una musa del existencialismo de la Rive Gauche, Juliette Gréco, quien cante en la película de Otto Preminger (“C’est une déchirure, mais quel beauté!”).  

Juliette Greco en la película de Preminger (1958)

Cécile acepta bien, sin angustiarse, las paradojas del corazón: “La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar”. Aunque es capaz de arrepentirse por el daño causado con sus manipulaciones e intrigas, no le da miedo el pecado, “única nota de color que subsiste en el mundo moderno” --dice, citando a Oscar Wilde. Lo que de verdad asusta a Cécile-Sagan-Françoise es el aburrimiento y hasta la tranquilidad que lo acompaña. Por eso “mi padre y yo, para estar interiormente tranquilos, necesitábamos la agitación exterior”. Incluso el miedo y los remordimientos son preferibles al aburrimiento (tedio, esplín).

Por eso siempre se creyó más dotada para besar a un chico al sol, que para estudiar una carrera. Y nunca quiso llegar a ser una persona famosa y cargante. En lugar de eso, escribió y escribió, amó y vivió, incluso pergeñó letras de canciones.

En 1956 publicó su segunda novela, Un certain sourire, escrita en solo dos meses y dedicada a su gran amiga Florence Malraux. A estas obras se añadieron Dans un mois, dans un an (1957), Aimez-vous Brahms? (1959), Les merveilleux nuages'(1961), La chamade (1965), Des bleus à l'âme (1972), Le lit défait (1977) y Il fait beau jour et nuit (1979). Mantuvo el estilo austero de la novela psicológica francesa incluso cuando el nouveau roman estaba de moda y aburría a todos, menos a los críticos à la page

También escribió obras teatrales, como Château en Suède (1960), Les violons parfois... (1961), Le cheval évanoui (1966), Un piano dans l'herbe'(1970) y Le chien couchant (1980). En 1993 publicó sus memorias: Con toda mi simpatíaSu carrera literaria duró hasta 1998. Muchas de sus obras han merecido versión filmada. 

En 1960, en plena guerra de Argelia firmó el Manifiesto de los 121. En represalia, la organización terrorista de extrema derecha OAS colocó una bomba en casa de sus padres el 23 de agosto de 1961, pero la explosión sólo causó daños materiales. 

(La actriz que representó a Cécile en la película de Otto Preminger, Jean Seberg, merecería también una semblanza en este blog..., que dejo para otra ocasión).