domingo, 15 de marzo de 2026

MADAME DU CHÂTELET Y LA FELICIDAD

 


"Soy yo misma una persona completa, 
responsable solo ante mí por todo lo que soy, 
todo lo que digo y todo lo que hago." 
Madame du Châtelet

En general se piensa que la felicidad no es más que una utopía, una entelequia, un ideal, que no estamos hechos para la felicidad, todo lo más podemos perseguir esa moneda contante y sonante de la felicidad, que es la alegría. No obstante, qué duda cabe que la vida nos sería más grata si reflexionáramos en todo momento antes de actuar. Este es el primer consejo que nos da Madame du Châtelet en su Discours sur le bonheur, que dejó escrito en 1747, con cuarenta y un años, sintiéndose ya en la vejez y dos años antes de abandonar este mundo a causa de las fiebres que le causó su tercer parto, el de una niña que también murió prematuramente.

La inteligente amiga de Voltaire tiene muy claro que para ser feliz o, por lo menos, para pasar contentos muchas "buenas horas", es preciso conservar y barnizar (vernis) nuestras ilusiones, ya que debemos la mayor parte de nuestros placeres a la ilusión, ¡y desgraciado quien las pierde todas! Doña Emilia distingue con precisión entre ilusiones y prejuicios. Estos son opiniones que uno acepta sin examen y que uno no sostendría si los analizase racionalmente. Los prejuicios son prevenciones injustificadas, son errores y nunca estos pueden ser buenos. Tampoco hay que confundir los prejuicios con ciertas convenciones de las que depende la urbanidad y la buena educación (bienséances, composturas), verdades por convención que varían según lugar, tiempo y circunstancias.

Las ilusiones son otra cosa; no son errores, lo que hace una ilusión es mostrarnos un objeto tal y como debe ser para provocarnos sentimientos agradables, acomodándolo a nuestra naturaleza. La misma naturaleza busca agradarnos mediante ilusiones ópticas, acomodando el mundo a nuestra utilidad y buen gusto. No disfrutaríamos del teatro [ni del cine] si no nos dejásemos emocionar por la ilusión del escenario. Tal vez una no pueda darse voluntariamente ilusiones nuevas, pero al menos una puede conservar las que tiene y no empeñarse en destruirlas y destruirse.

Lo que nos hace felices es nuestra satisfacción de gustos y pasiones. Los moralistas que nos animan  a reprimir las pasiones y martirizar los deseos se equivocan, no conocen para nada la senda de la dicha. A falta de pasiones, habría por lo menos que contentarse con saciar nuestros gustos... 

"Le Nôtre tenía mucha razón al pedir al papa tentaciones en lugar de indulgencias." 

Los desgraciados e infelices se reconocen por la necesidad que tienen de otros a quienes contar sus desdichas, quejarse de sus males y suplicar remedios; los felices, sin embargo, necesitan menos de los demás, son más independientes, por eso, a menudo, el hombre feliz resulta un perfecto desconocido [recordemos el cuento de la camisa del hombre feliz, imposible hallarla porque el feliz no tenía camisa].

Es verdad que hay pasiones viciosas como el odio, pues ni siquiera la satisfacción de la venganza puede facilitarnos un verdadero disfrute y, por su parte, la ambición tiene el inconveniente de que hace depender la felicidad de circunstancias externas y voluntades ajenas. Es verdad que también las pasiones, si insatisfechas, pueden hacernos muy desgraciados, pero aún así son necesarias como condición sin la cual no podemos experimentar grandes goces. Y únicamente merece la pena vivir si obtenemos sentires y sensaciones agradables; cuando son intensas, podemos decir con toda propiedad que somos felices.

Naturalmente, ni todos los estados ni todas las edades son susceptibles de la misma clase de felicidad. Hay que saber ordenar los deseos si no queremos caer en excesos que nos lleven a la enfermedad y el dolor. Cierta sobriedad promueve placeres exquisitos y vivos. Sin la salud no se puede disfrutar de ningún placer ni gozar de ningún bien. Por eso ¡hay que conocerse!... La Marquesa reconoce que con su temperamento fogoso tuvo que renunciar al alcohol desde su primera juventud y reparar ciertas glotonerías con dietas rigurosas.

Es sensato ser virtuoso y ayuda al disfrute de la vida, porque no se puede ser vicioso y feliz. Igual que hay cuerpos contrahechos, hay almas corrompidas y malvadas, atormentadas por el suplicio de la mala conciencia o del arrepentimiento, como hay gente falsa y pérfida, ondenada por ello al peor de los males, que es, para doña Emilia, el desprecio público, lo que en español llamamo deshonra.

La vida no merecería la pena de vivirse si su único fin fuese evitar el dolor. En esto la Marquesa no sigue el ascético y refinado hedonismo de Epicuro. Para ella, la nada sería mejor que la vida si la ausencia de dolor fuese el mejor de sus estados, pues nada sufre quien ni siquiera existe. Por consiguiente, hay que esforzarse positivamente en ser feliz y no sólo en evitar el sufrimiento. Y para ello es preciso estar en buenas relaciones con una misma, aceptarse tal y como una es, y sería vano pretender disfrutar de esta satisfacción sin la virtud. 

El ojo vigilante de los dioses, para que no nos descarriemos hacia el vicio, es la propia conciencia, a la que, si es buena conciencia, podemos llamar salud del alma. Tal excelencia garantiza la estima universal, ya que ni siquiera los sinvergüenzas pueden negar su estima a la probidad.



Una debe ante todo tener claro lo que quiere ser y hacer. El arrepentimiento es uno de los sentimientos más desagradables e inútiles. Hay que precaverse e intentar desechar las ideas tristes y humillantes, sustituyéndolas por otras agradables. Por ejemplo, no conviene pensar demasiado en la muerte, a fin de cuentas "el dolor es un siglo, y la muerte un momento" (Gresset). De las ideas desagradables nacen todos los males metafísicos. Por eso hemos de creer que quien dice "sabio" dice "feliz".

El amor al estudio es una de las pasiones que pueden proporcionarnos mayores y más continuos placeres, con la ventaja añadida de su independencia. Madame du Châtelet considera esta fuente de felicidad particularmente indicada para las féminas en un mundo en que los varones tienen una infinidad de recursos disponibles para perseguir su felicidad: guerras, gobiernos, negocios, oficios que están vedador a las mujeres. Sólo el estudio puede consolar a una mujer de mundo y talento por todas las exclusiones y dependencias a que se encuentra condenada por su estado [o estadio que hoy llamamos "patriarcado"].

Incluso el amor a la gloria es una importante ilusión, el sueño de perseverar en la posteridad por nuestras obras. ¿Qué satisfacción podemos obtener de que se hable de nosotros cuando ya no seamos? Bueno --responde doña Emilia-- de algún modo es cierto que podemos disfrutar en presente de nuestra reputación futura, aunque, en cualquier caso, sólo podamos ser felices hoy, en esta hora, hora que también está ocupada por nuestras esperanzas y reminiscencias, ya que el presente se enriquece del pasado y del porvenir. 

El móvil de nuestras mejores acciones es siempre el amor propio. El amor propio es el viento que infla las velas de nuestro navío. Pero hay que medir bien su alcance, no sólo al limitarlo con la benevolencia que el prójimo merece, sino también no proponiéndonos desear sino aquellos bienes que están a nuestro alcance y que podemos lograr sin demasiados esfuerzos o excesivos sacrificios.

A este propósito es bueno saber amar lo que uno ya posee y disfrutar de ello en lugar de estar siempre ansiando nuevas sensaciones y emociones. 

"El más feliz de los hombres es el que menos cambios de su estado desea". 

Huimos sin embargo del tedio porque nuestra alma quiere ser removida y estimulada por la esperanza o por el temor. No somos felices sino cuando nos sentimos vivos, mas nuestros gustos se saturan cuando se sacian, por eso hay que dar gracias a Dios por habernos dado la sed y el hambre.

Si bien hay que preferir la independencia, la autonomía, no obstante la pasión de la que podemos obtener los más profundos goces y los mayores placeres, es decir, la dicha más perfecta, hace depender por completo la misma de la dependencia de otros: se trata del amor, esa pasión que nos anima a agradecer al autor de la naturaleza, sea quien fuere, por habernos regalado la existencia. Los dioses han puesto esta gota celestial (el amor) en el caliz de la vida para darnos el valor de soportarla.

Sin embargo, la felicidad duradera del amor y su disfrute pleno son rarezas. Si fuera algo común, tal vez valdría más ser humano que dios. Pero una debe estar persuadida de que tal felicidad no es imposible... 

La Marquesa reconoce no saber si ha existido alguna vez un amor que haya reunido a dos personas hechas la una para la otra de tal manera que no se sacien de disfrutar de su unión, que no sufran el enfriamiento que entraña la seguridad, ni la indolencia y tibieza que nace de la continuidad del comercio (carnal) y cuya ilusión no se destruya y cuyo ardor no se debilite y pueda soportar lo mismo la salud que la enfermedad. Un amor así agotaría el poder de la diversidad o, en todo caso, sólo nace uno cada siglo. En cualquier caso, resultaría también imposible que alguien que amara tan excesivamente pudiese ser correspondido. 

Para conservar durante mucho tiempo el amor de un amante es imprescindible que lo agite la esperanza y el miedo, porque la seguridad de ser amado aburre y embota el gusto... Doña Emilia reconoce haber sido feliz durante diez años por el amor de aquel que había subyugado su alma [Voltaire]. Al fin, el sentimiento se defendió de sí mismo derivando en una apacible amistad. Esta y la pasión del estudio la sostienen ahora, cuando escribe su Discurso, bastante contenta, pues ya no se siente sacudida por la impetuosidad de los treinta años, pero eso no le hace perder la esperanza de volver a ser feliz de la manera más intensa.

De hecho, Madame du Châtelet, tras la ruptura de su relación íntima con Voltaire, volvió a enamorarse del caballero Saint-Lambert, trágica pasión que le aportaría un embarazo y le costaría la vida en 1749. Cuando escribe este discurso sobre la felicidad que aquí recensionamos, dos o tres años antes, ya no hay pasión --dice-- que no pueda superar si está convencida de que no puede sino hacerla desgraciada.

Añade a esto algunos consejos valiosos: El gran secreto para que el amor no nos fastidie es no mostrarle al amante nuestro afán cuando se enfría su deseo y estar siempre un grado más fría que él, ya que nada nos degrada más que las diligencias que una hace pra recuperar un corazón frío o inconstante. Lo cierto --y dramático-- es que nadie puede ser muy feliz sin amar. La locura de amor es la mejor, y sería perfecta si durara toda una vida. Pero no es el caso, aunque la coquetería pueda sobrevivirle y pueda dejar paso a una firme amistad.

Cada edad tiene sus placeres. Los de la vejez son los más difíciles de obtener. Nuestra marquesa propone: el juego y el estudio y, si uno todavía se siente capaz, cierta glotonería y consideración... Desde luego --admite-- no son más que consuelos... 

En los últimos párrafos de su Discurso, resume lo principal: Nada de prejuicios, pasiones al servicio de la felicidad, que reemplazaremos por gustos si prevemos su insatisfacción o desesperamos de su cumplimiento; consérvense las ilusiones y seamos virtuosos, pero nada de arrepentimiento [en esto parece preludiar la inquina de Nietzsche contra este sentimiento que asimila al rencor a la vida, su "así fue porque así lo quise, aun equivocado"]; alejemos de nosotros los pensamientos tristes, no permitiamos a nuestro corazón que conserve ni chispa de gusto por aquel que ya no nos quiere. 

Cultivemos el gusto por el estudio, que no hace depender nuestro bienestar sino de nosotros mismos. Preservémonos de la ambición, y sobre todo sepamos bien lo que queremos ser: decidamos la ruta que queremos tomar para pasar nuestra vida, e intentemos sembrarla de flores (et tâchons de la semer de fleurs).




Émilie du Châtelet no fue solo una figura brillante de la Ilustración, sino que probó sobradamente su excelencia  científica en una época en la que a las mujeres se les negaba el acceso a la Academia, ella no solo tradujo a los grandes, sino que corrigió y amplió sus teorías. Sus logros intelectuales más significativos son:

1. La traducción y comentario de los Principia de Newton. Tal vez su logro más colosal, pues no se limitó a traducir del latín los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, sino que hizo aportaciones propias usando el cálculo infinitesimal para explicar las teorías de Newton, algo que el británico no había hecho. Todavía hoy su traducción sigue siendo la versión estándar y definitiva en francés de la obra de Newton.

2. La defensa de la Energía Cinética. En su obra Institutions de Physique (1740), se enfrentó a la opinión de Newton y Descartes, quienes creían que la fuerza del movimiento era simplemente masa por velocidad. Du Châtelet, apoyándose en los experimentos de Willem 's Gravesande, argumentó que la energía (entonces llamada 'vis viva') dependía del cuadrado de la velocidad. Esta idea fue precursora de la famosa ecuación de Einstein.

3. La unificación de Newton y Leibniz. Madame du Châtelet tuvo la audacia intelectual de intentar reconciliar dos mundos opuestos: La física empírica y ley de gravitación de Newton, con la metafísica de Leibniz y su principio de razón suficiente. Logró integrar la mecánica inglesa con la filosofía alemana, creando un sistema educativo de física que fue utilizado por los científicos más importantes de Francia durante décadas.

4. Investigaciones sobre la naturaleza del fuego y la luz. En 1737 participó de forma anónima en un concurso de la Academia de las Ciencias de París sobre la naturaleza del fuego. No ganó el premio, pero fue la primera mujer cuya obra científica fue publicada por la Academia. En este ensayo predijo lo que hoy conocemos como radiación infrarroja, al argumentar que la luz y el calor eran aspectos de un mismo fenómeno y que había "colores" de luz que no eran visibles al ojo humano pero que calentaban los objetos.

5. Y más allá de la física, escribió este Discurso sobre la felicidad cuyo contenido esencial hemos reproducido aquí, donde defiende que el estudio, la pasión intelectual y el amor son herramientas principales para que una mujer alcance contento en este mundo. Hemos seguido el original francés con prefacio de Élisabeth Badinter, Éditions Payot & Rivages, 2014. Su portada ilustra el principio de esta entrada.



domingo, 25 de enero de 2026

RACHEL CARSON

 

Rachel  Carson 1907-1964

"Una abeja puede transportar néctar ponzoñoso a su colmena, 
y de inmediato fabricar miel venenosa"
Rachel Carson

Si Henry David Thoreau (1817-1862) es padre de la ética ambientalista y si el entomólogo Edward O. Wilson (1929-2021) ha sido el paladín de la biodiversidad en un mundo que la pierde rápidamente, cabe a Rachel Carson, "la Dama de Maryland", el importantísimo papel de augur providencial  de los desastres que la contaminación química iba a provocar en los entornos agrícolas de Usamérica y por extensión (y supuesto "progreso") en todo el mundo, sobre todo contra la flora y la fauna silvestre y en detrimento también de nuestra propia raza...

"Por primera vez en la historia del mundo, todo ser humano se halla ahora sometido al contacto con sustancias químicas peligrosas, desde su nacimiento hasta su muerte" Primavera silenciosa, cap. 3.

Su alegato contra la eliminación generalizada de organismos causada por el abuso de biocidas (insecticidas y herbicidas), expresado con toda potencia y calidad literaria en Primavera silenciosa (o sea, primavera sin los trinos de los pájaros), provocó la reacción de las corporaciones industriales interesadas en la venta masiva de sus venenosos productos. Llegaron a tildarla de "comunista" en los tiempos de la caza de brujas, en las horas negras del macartismo. Pero Rachel Carson no era sectaria de ninguna corriente política, sino una sólida científica muy consciente del daño que los plaguicidas estaban causando ya y podrían causar a medio y largo plazo, y no sólo en la fauna y la flora silvestre, sino también en la salud y la calidad de vida de nuestra especie.

"Algunos pretendidos arquitectos de nuestro futuro avizoran una época en que será posible alterar adrede el germoplasma humano. Pero bien podría ser que ahora lo estuviéramos haciendo así inadvertidamente, porque muchas sustancias químicas, como la radiación, provocan mutaciones genéticas"



Rachel Louise Carson nació en 1907 en Springdale (Pensilvania), bióloga marina y escritora que cambió el rumbo del ecologismo moderno, falleció el 14 de abril de 1964 a los 56 años de un cuadro complejo causado principalmente por un cáncer de mama contra el que luchó durante mucho tiempo. Mientras escribía Silent Spring  ya estaba sometiéndose a terapia por radiación y cuando el libro se publicó en 1962 el cáncer ya se había extendido a sus huesos. Carson mantuvo su enfermedad en secreto mientras defendía su libro ante el Congreso de los EE. UU. y la industria química. Sabía que si sus oponentes se enteraban de que tenía cáncer, usarían esa información para desacreditar sus hallazgos, argumentando que su investigación sobre los pesticidas era un simple "ataque de pánico" personal debido a su salud.

Antes de la publicación de Primavera silenciosa ya se había ganado merecida fama por su divulgación de la belleza natural del mar con tres libros de éxito que le permitieron abandonar el trabajo burocrático para dedicarse al estudio y la escritura, oficio que ejerció con un estilo directo, afable, alegre y cautivador.

Carson se percató del efecto en cascada de los plaguicidas que no sólo afectaban a las plagas de insectos que se pretendían eliminar o contener, sino directa o indirectamente a todos los seres vivos de una región, por lo que había que llamarlos biocidas: destructores de la vida. Para demostrarlo aportó datos incontrovertibles sobre desastres medioambientales ya observados. Por denunciar estos errores fue perseguida ferozmente por las grandes empresas químicas que intentaron vetar la publicación de Primavera silenciosa y luego procuraron desacreditarle ante la opinión pública. Incluso sufrió el ataque del Departamento de Agricultura usamericano. Se le acusó de "alarmista", de carecer de formación científica, de adulterar con su "prosa lacrimógena" el beneficio de la lucha contra los insectos perjudiciales, de "histeria ambientalista" y, con ello, de fomentar el hambre en el mundo... Pero no era ya, precisamente, el hambre lo que producían las vastas extensiones de monocultivo rociadas con venenos...

"Nos han dicho que el uso enorme y en expansión de los plaguicidas es necesario para mantener la producción agrícola. Pero nuestro problema real ¿no es la superproducción?..., pagar a los agricultores para que no produzcan..., un programa de almacenaje del excedente..."

A pesar de tener a tantos poderes en contra, el Señor Tiempo, testigo insobornable y redentor de la despreciada Señora Verdad, pronto le dio la razón con creces cuando se descubrió la potencia cancerígena y destructiva de compuestos como el DDT y otras sustancias sintéticas cien o mil veces más peligrosas que el DDT, que se usaban alegremente y a granel y que se habían fumigado en cantidades insensatas y extensiones enormes durante la mitad del siglo XX. 

Carson no pregonaba la abolición de los biocidas, sino su uso razonable y con previo y serio estudio de sus consecuencias medioambientales... Proponia otros medios de contrarrestar el ataque de los insectos a los cultivos. Lo ejemplifica con el caso del escarabajo japonés que se describió por primera vez en Nueva Jersey en 1916, llegado a Estados Unidos como polizón de plantas importadas. Después de intentar frenar su expansión al este del Misisipi, gastando grandes sumas en insecticida (el venenosísimo aldrín, que era el más barato) y en peligrosas pulverizaciones, espolvoreos y rociaduras motorizadas, sin grandes resultados, resultó mucho más barato y eficaz importar las avispas que tenían a estos escarabajos a raya en su Japón de origen, así como una enfermedad bacteriana que afectaba a todos los coleópteros de la familia del escarabajo japonés, pero no a la población local de animales ni a las importantes lombrices de tierra.

"Los métodos empleados tienen que ser tales que no nos destruyan a nosotros al mismo tiempo que a los insectos".

"En condiciones primitivas de agricultura, el granjero tenía pocos problemas de insectos. Éstos surgieron con la intensificación de la agricultura: la dedicación de inmensas extensiones de terreno a un solo tipo de cultivo."

Primavera silenciosa no era sólo una llamada de atención en defensa de la naturaleza por parte de una naturalista bien informada (y consciente de la poca información que tenemos sobre la complejidad medioambiental), sino una declaración razonada de los peligros que para la salud humana y la calidad moral y estética de nuestras vidas suponía el envenenamiento masivo del campo. Ninguna persona es inmune a dicha contaminación y tampoco los organismos y microorganismos de los que depende el equilibrio natural que nos alimenta y sostiene. 

Además, Carson explicó con todo detalle y fundamento empírico el "tiro por la culata" que sigue produciéndose en la agricultura de nuestros días: las plagas se hacen resistentes y el uso de biocidas elimina involuntariamente a sus enemigos naturales, es decir, a las especies controladoras (parásitos y depredadores beneficiosos), con lo cual, cuando el insecto perjudicial vuelve, lo hace sin enemigos y fortalecido por su evolución natural, pues se ha hecho resistente al insecticida específico con el que pretendimos matarlo. Los tóxicos que utilzamos se quedan en el suelo, son transportados de un sitio a otro por las aguas y acaban causando daños imprevistos en la naturaleza y en nosotros mismos.

"Una de las cosas más importantes que deben recordarse acerca de los insecticidas en el suelo es su larga persistencia, medida no en meses, sino en años."



La obra de Carson tuvo higiénicos efectos: la prohibición del DDT y la adopción de medidas de seguridad en el empleo de plaguicidas, pero también el estudio de alternativas biológicas para contener las plagas, distintas del uso de sustancias nocivas. En la segunda mitad del siglo XX el ecologismo y la ecología se desarrollarían de manera espectacular, precisamente en EEUU, gracias en gran medida a las predicciones agoreras de Carson de que habría una "primavera silenciosa", una primavera sin el trinar de pájaros insectívoros y sin el zumbido de abejas polinizadoras y, por tanto, otoños sin frutos. Se ha dicho que sin el libro de Carson hoy seguramente no existiría Greenpeace. Su obra fue un hito imprescindible en el despertar de la conciencia ecologista.

Carson nos explicó claramente que la naturaleza no es un conjunto de piezas desconectadas entre sí, sino una "red de vida". Hoy hablamos de biocenosis o de ecosistema. Cualquier agresión a una de dichas piezas, que están ensambladas en complejas simbiosis y osmosis misteriosas, reverbera en el conjunto con resultados inesperados y casi siempre negativos para la naturaleza y para nosotros.

"Sabemos muy poco de las conexiones que unen entre sí a los organismos del suelo, con su mundo y con el mundo que tienen encima."

"También están presentes en número prodigioso ácaros microscópicos e insectos primitivos y sin alas llamados colémbolos. A pesar de su pequeño tamaño desempeñan un pepel importantísimo al descomponer los residuos de las plantas, con lo que colaboran a la lenta transformación de la hojarasca caída en el suelo del bosque." 

"En otros experimentos, el BHC, el aldrín, el lindano, el heptacloro y el DDT impidieron que las bacterias fijadoras del nitrógeno formasen los necesarios nódulos en las raíces de las plantas leguminosas. La curiosa y beneficiosa relación entre los hongos y las raíces de las plantas superiores resulta gravemente alterada." 

Carson tuvo el valor de desafiar conceptos como el de "progreso a toda costa" o el de "conquista de la naturaleza", tan equivocados como vigentes en la mentalidad norteamericana, enseñándonos que el verdadero problema no es dominar, sino armonizar. Puso de manifiesto que la aniquilación de especies bellas y útiles se añadía a la contaminación de la cadena trófica, agregándose a ella daños genéticos irreversibles y tumoraciones...: "el estéril y repugnante mundo que estamos permitiendo que nos fabriquen los técnicos".

La batalla que ayudó a emprender no se ha ganado todavía, pero aunque seguimos envenenando agua, tierra y bioesfera, y sin limitar los monocultivos, lo hacemos menos de lo que hubiéramos hecho si Rachel Carson no hubiera escrito y publicado su Primavera silenciosa, ya que cambió para siempre la manera como consideramos la naturaleza que somos y nos rodea por todas partes, pues la tecnología, si se aparta de la verdadera ciencia, usados los recursos técnicos sin conciencia y sin prever sus efectos, amenazan la vida, sobre todo porque estamos poco dispuestos a reconocer los daños que causamos con los inventos de venenos sintéticos que carecen de equivalentes en la naturaleza, insecticidas "sistémicos", o sea con capacidad para penetrar en todos los tejidos de una planta o de un animal y convertirlos en tóxicos. En California, ya en los años cincuenta del siglo pasado se usaban semillas de algodón revestidas con un "insecticida sistémico".

"El ingenio de los químicos a la hora de inventar insecticidas ya hace tiempo que ha pasado por delante del conocimiento biológico de la manera en que esos venenos afectan al ser vivo."

Carson cita el mito de Medea, hechicera que, encolerizada por los celos, obsequió a la novia de su esposo Jasón una túnica bellísima con propiedades mágicas terroríficas, quien la vistiera sufriría muerte violenta, esta muerte ha sido inventada en lo que se conoce como "insecticidas sistémicos". Los fosfatos alquílicos u orgánicos también usados como insecticidas figuran entre los venenos más potentes del mundo. Las toxinas pueden dormir largo tiempo en un cuerpo (animal o humano), para manifestarse meses y años después en un obscuro trastorno cuyos orígenes remotos desconocemos.

"Los herbicidas incluyen una larga variedad de sustancias químicas que actúan tanto en los tejidos animales como en la vegetación. Varían mucho en su acción sobre el organismo. Algunos son venenos generales, otros son poderosos estimulantes del metabolismo que causan una elevación fatal de la temperatura corporal, otros producen tumores malignos, bien solos, bien en compañía de otras sustancias químicas, otros atacan el material genético de la raza..."

En nuestro inútil esfuerzo por acabar con los insectos gracias a estos productos de laboratorio, lo que hemos conseguido, por evolución darwiniana, es crear superrazas de bichos, inmunes a un insecticida específico, por lo que hemos de usar otro cada vez más mortífero... Puede que muchas de las alergias que hoy padecen nuestros hijos, las enfermedades del sistema inmune o la esterilidad devenida, tengan que ver con este círculo vicioso y con la ingesta de estas sustancias que se han añadido a los alimentos durante varias generaciones. El aviso de Carson nos ha obligado a buscar métodos que salven las cosechas sin que causen enfermedades a los humanos.

"En el futuro puede resultar necesario analizar los suelos en busca de insecticidas antes de plantar determinados tipos de plantas de cultivo."

"Unos cuantos pasos en falso por parte del hombre pueden conducir a la destrucción de la productividad del suelo, y bien pudiera ser que los artrópodos se apoderen de él." 

"El deseo de preservar la vegetación silvestre que bordea nuestros caminos encierra algo más que consideraciones estéticas. En la economía de la naturaleza, la vegetación natural tiene un lugar esencial. Los setos vivos a lo largo de los caminos rurales y que lindan los campos proporcionan alimentos, refugio y lugares para anidar a las aves y cobijo a muchos animalillos... Esa vegetación es también el hábitat de abejas silvestres y de otros insectos polinizadores. El hombre depende más de esos animales de lo que generalmente imagina." 

Las palabras de Rachel Carson no han perdido actualidad; sus lúcidas advertencias, tampoco. Por desgracia, seguimos moviéndonos en la naturaleza como un elefante en una cacharrería. Puede que las consideradas "malas hierbas" dejen de ser tan "malas" si las estudiamos rigurosamente en su relación con el suelo y con las criaturas que viven con ellas. De hecho las necesitamos como hábitats silvestres en los que puedan mantenerse poblaciones originales de insectos y de otros organismos que nos son útiles o puedan serlo en un futuro. Hemos de aprender a gestionar la vegetación, la nuestra y la silvestre, como una comunidad viviente de la que formamos partes y a la que debemos nuestro sustento.