domingo, 23 de febrero de 2020

ARREPENTIDAS Y SANTAS



Santa Librada. La virgen mártir barbuda.

Hasta que se cayó de la bestia del odio, Paulo de Tarso persiguió encarnizadamente a los cristianos. El mito de una Magdalena pecadora y luego eremita es sin duda una invención espuria. La figura de la arrepentida ha tomado distintas metamorfosis, su fascinación depende de una rara combinación de deseo y piedad, afecto y compasión, desprecio y misericordia. Atracción y repulsión. Identificación y extrañeza.

El converso puede llegar a ser doctor de la Iglesia. San Agustín de Tagaste (Numidia), antes de ser un gran maestro de retórica y el santo obispo de Hipona, fue gran pecador, como él mismo confiesa vivió una juventud desarreglada y tuvo un hijo ilegítimo. El reproche de su amante lo ha imaginado recientemente el filósofo noruego Jostein Gaarder (Vita Brevis, 1996). Puede que Agustín, además de apasionado amante fuese también dócil "madrero".

Otros y otras cayeron en el fango pero luego se levantaron. Son los arrepentidos, y sobre ellos, las arrepentidas. José Mª Montes en su Libro de los Santos cita como santas patronas de las prostitutas arrepentidas: Afra, Lucía, María Magdalena y Thais. 

No señala a María de Edesa, a la que algunos cristianos consideran también digna de la más alta gloria. Nacida en una buena familia siria del siglo IV, huérfana con siete años, fue adoptada por su tío, el ermitaño Abraham Kidunaia con el que llevó durante veinte años vida sencilla de oración y sacrificio. Como el diablo jamás descansa, el ángel caído se valió de un monje para seducirla. Avergonzada, ya que no quiso que se enterase su tío, desesperada le abandonó para acabar en un burdel. Entregaba su cuerpo por dinero convencida de la perdición sin remedio de su alma.

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Rostro imaginario de Santa María de Edesa

Ajeno a lo sucedido, Abraham vio en un sueño a un dragón que se tragaba una paloma y, dos días después, al mismo dragón destripado, entonces se acercó para extraerle la paloma del vientre abierto, misteriosamente intacta. Al cabo se dio cuenta de que el diablo había secuestrado a la hija de su alma y rezó por ella durante dos años. Por fin le llegó la noticia del triste oficio de María. Sin dudarlo salió en busca de la corderilla extraviada disfrazado de soldado. Concertó una cita lúbrica con su sobrina que al principio no le reconoció, hasta que, llorando, Abraham le rogó que volviera a casa. Conmovida por la fuerza del amor, María regresó a su ermita y a una vida de penitencia. A los tres años obtuvo como señal clara del perdón de Dios el don de los milagros. El 29 de octubre se celebra la festividad de Santa María de Edesa y San Abraham Kidunaia.

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Conversión de Santa Afra

Del mismo siglo IV es Afra de Augsburgo considerada también penitente por haber ejercido presuntamente la prostitución, y ensalzada como mártir por haber sido quemada viva a causa de su fe cristiana durante la persecución de Diocleciano. Afra fue convertida y bautizada por el obispo Narciso junto con su madre Hilaria y sus sirvientas: Digna, Eunomia y Eutropia. La consideración de su ocupación anterior como prostituta por parte de los cronistas cristianos es dudosa. Afra estuvo consagrada como sacerdotisa de Venus desde pequeña, al servicio de la diosa. Y puede que tanto la madre como la hija y esclavas antes citadas ejercieran como hieródulas, es decir, como servidoras sagradas del culto a Venus, entre sus rituales propios se incluía la práctica del sexo con los devotos que acudían al templo, un tipo de “prostitución sagrada” que tenía sus análogos en Persia y Egipto. Se suponía que la diosa entraba en el cuerpo de la sacerdotisa en el momento de la cópula en una especie de trance o conversión divina, el devoto se unía así también a la diosa, un ritual religioso de extrema piedad que la fe cristiana con su sexo-fobia equiparó a la prostitución. Esto explicaría por qué los textos antiguos la llaman “Venérea” (de Venus). El nombre “Afra” puede venir del latín y significar “africana”, o del árabe: “de color de polvo”. Su festividad se celebra el 24 de mayo.

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Santa Lucía de Siracusa

Lucía de Siracusa murió también durante la persecución de Diocleciano. En su martirio fue llevada a una casa de citas, rociada con orina y quemada tras impregnar su cuerpo desnudo de pez y azufre. Como eso no bastara para darle muerte, le atravesaron la garganta con una espada. Una confusa tradición afirma que antes se arrancó los ojos con los dedos para no ver más y sólo sentir a Dios, por lo que Santa Lucía es reconocida como patrona de los ciegos, además de patrona de las meretrices, aunque ella misma no lo hubiese sido.

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Thais del Greco, tenida también por Magdalena arrepentida.

A Thais se la considera una de las Madres del Yermo. Cortesana alejandrina rica y bella durante el siglo IV, es venerada hoy por coptos, ortodoxos y católicos. Dionisio el Exiguo, el monje escita que inventó la Era Cristiana (Anno Domini), tradujo un esbozo de su biografía del griego al latín. No está claro quién la convirtió, pero durante tres años se recluyó en una celda entregada a la penitencia, luego vivió entre las monjas del desierto por poco tiempo. Durante la Edad Media las leyendas sobre la santa gozaron de gran popularidad. Roswita de Gandersheim escribió sobre ella en su obra Pafnutius. Anatole France le dedicó una novela histórica, y Jules Massenet una ópera a partir de la novela de A. France. Su fiesta se celebra el 8 de octubre.

El tema de la penitente arrepentida tuvo su valor en los poemas medievales juglarescos. Se trata de hagiografías de tono lírico y métrica corta. Debieron de circular muchos, pero sólo dos se nos han conservado en un mismo manuscrito: el Libro de la infancia y Muerte de Jesús (Libre dels tres Reys d’Orient) y la Vida de Santa María Egipciaca. En casi un millar y medio de versos de principios del siglo XIII se relata la leyenda de la famosa pecadora de Egipto que, maldita por sus padres y tras diecisiete años de apasionada vida disoluta en Alejandría, se convierte al cristianismo cuando dos ángeles le impiden entrar en el templo de Jerusalén, arrepentida se vuelve penitente y ermitaña durante cuarenta y siete años, como nos cuenta Zósimo de Palestina, que la halló desnuda y clarividente, y poco después enterró sus restos mortales con la ayuda de un león del desierto.

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María de Egipto
Manuel Alvar creía que Sofronio, fallecido en el 638, escribió la primera biografía de la Egipciaca y que luego su relato se multiplicó en griego, en latín y en lenguas romances. Su vida se convirtió en arquetipo de arrepentidas, pero la Iglesia la excluyó de su santoral, lo que no impidió que la plástica barroca la adoptara como tema predilecto. Los críticos destacan los valores poéticos en la descripción de la belleza de la santa:

La faz tenié colorada
como la rosa cuando es granada,
boque chica e por mesura,
muy fermosa la catadura.
Su cuello e su petrina,
tal como flor dell espina
de sus tetiellas bien es sana,
tales son como maçana.

Un personaje del ingenioso Pedro Aretino, cuya madre fue también placer de mil hombres, cuenta la historia de Nefixa (sin fisura, sin raja o rajadura), doncella hija de nobles que ejerció la prostitución como acto de piedad hacia mendigos y limosneros en la Serenísima Venecia, como Nefisa o Nefissa aparece citada en La lozana andaluza de Francisco Delicado y en la Cárcel de amor de Diego de San Pedro. A su prematura muerte, Nefixa, o también Nefija, fue elevada a los altares y su misericordiosa hazaña alcanzó los pasillos del Vaticano donde nadie puso impedimento para que se le encendieran velas a la Santa de las prostitutas, meretrices, noctilucas y cortesanas. Bien es verdad que duró en el santoral poco tiempo. “Santa Nefija y doña Urraca, que daban limosna de su cuerpo; a los moros por dinero, a los cristianos de balde” (“Quevedo en la Nueva España”, UNAM).

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Recreación de santa Nefija, patrona de las prostitutas

El culto a Santa Librada o Santa Wilgefortis surgió en el siglo XV, proclamada patrona de las mujeres malcasadas. En su leyenda se la pinta como una nonelliza del siglo VIII (novena de un parto de nueve mellizos, cosa insólita), repudiada por su madre y prometida por su padre, rey Portugal, al rey moro de Sicilia. Para evitar que la casaran, ella hizo voto de castidad y rezó tanto para que Dios la convirtiera en un ser repulsivo que le creció vello en todo el cuerpo y barba. Así que el rey moro la despreció y el padre colérico la hizo crucificar. Según otras versiones, dejó de comer porque no quería casarse, su anorexia voluntaria le provocó un desequilibrio hormonal que le quebró las uñas y le hizo crecer el vello. Wilgefortis es conocida actualmente como la Santa Barbuda. Aunque nunca fue canonizada, se la venera porque atiende un pedido muy particular: deshacer casamientos indeseados. En la Bayona gallega existe un santuario dedicado a Santa Liberata. Hace siglos que se dice que allí fue martirizada la niña, aunque sus presuntos restos se veneran en la catedral de Sigüenza. En Sevilla se conservan varias representaciones suyas en la iglesia de San Nicolás y en la Catedral. Se decía a los estudiantes que la Santa Librada del Salvador era como la rana de la universidad de Salamanca, si la encontrabas aprobabas una asignatura.

Últimamente la Virgen barbuda crucificada se ha convertido en un icono LGBTQ expreso, digo expreso porque pudo haberlo sido inexpreso o inconscio durante siglos. La idea de que la mártir no quisiera casarse por ser lesbiana ha inspirado exposiciones artísticas en la actualidad. En la novela gráfica Castle Waiting de la norteamericana Linda Medley aparece la Orden de Santa Wilgefortis, un convento lleno de monjas barbudas.

Nada menos que en Praga, bohemio corazón de Europa, nos topamos también con Santa Librada (Starosta). Fue allí donde alguien recordó un sortilegio dirigido a la santa por la embarazada a punto de dar a luz: “Santa Librada, santa Librada: / ¡Que sea tan fácil la salida/ como gustosa fue la entrada!”.

sábado, 11 de enero de 2020

CECILIA PAREDES: EL CUERPO COMO LIENZO.



La artista peruana Cecilia Paredes (1950) ha sido un descubrimiento es sensacional para mí y me he dejado arrastrar por la ilusión de colaborar en la difusión de su obra, tan fascinante como original. En el corazón de sus instalaciones escultóricas y de sus bellísimas metamorfosis fotográficas anida una honda reflexión acerca de la naturaleza y condición de la mujer o los grandes movimientos humanos. Repasaremos primero brevemente su biografía. Cecilia Paredes estudió artes plásticas en su Lima natal, ampliando después su formación en Inglaterra, en Italia y en Canadá. Ese cosmopolitismo no ha apagado sino que ha hecho más visibles las raíces profundas de las que nace su personal visión artística: los mitos y leyendas de la cultura inca, la experiencia colonial en Hispanoamérica y, en particular, el papel de la religión católica en la misma. La instalación El deseo, integrada por incontables tiras de papel impreso con largas cintas suspendidas que ocupan toda la sala, refleja las peticiones de fieles devotos. 

En una entrevista concedida a m. arte y cultura visual (http://www.m-arteyculturavisual.com/2015/11/07/cecilia-paredes/) Cecilia relata cómo se fusiona en ello la religiosidad oficial con el culto popular y destaca que, debajo de uno y otro, se esconden sentimientos universalizables, comunes a todas las culturas y credos: "en Perú debajo de la imagen de los santos de las iglesias hay unas urnas donde la gente vierte sus deseos. Estos están escritos en trozos de papel, servilletas, recetas, hojas arrancadas de un cuaderno… donde la gente escribe una petición a Dios. La gente no lleva el deseo escrito, escriben lo que allí mismo se les ocurre y les preocupa. ( …) Todos los seres humanos podemos encontrar una frase escrita por otros; todos queremos paz, salud, bienestar, que nos vaya bien…” A ello añade el gran problema de nuestro tiempo, la eterna condición de emigrante del ser humano. Esos estratos culturales superpuestos se fusionan y plasman en potentes metáforas visuales. Cecilia Paredes es, además, una artista comprometida con el medio ambiente, lo que le lleva a integrar en sus proyectos elementos reciclados, ya sean pequeños trozos de coral, plumas o plástico. Así sucede con “Photo Performance. Papagayo”. El espectacular vestido de plumas procede las que perdían naturalmente las aves de un santuario en Costa Rica.  

También debemos resaltar el papel central de la mujer en la obra de Cecilia Paredes. En primer lugar, a través de sus influencias pictóricas principales, que provienen de Remedios Varo y Leonora Carrington, pintoras surrealistas en cuyas creaciones lo onírico y lo realista se entremezclan para proyectar posibilidades alternativas de estar en el mundo, que es lo que más interesa a Cecilia a la hora de crear obras de arte. 

En segundo lugar, la mujer se transforma en sus fotografías camuflándose con bellísimos fondos barrocos pero, al mismo tiempo, destacándose de ellos. Para mí es como es una metáfora que la condición femenina en un mundo hostil: la mujer se ve obligada a adaptarse al entorno pero, al disco tiempo, no renuncia a su individualidad. Es por eso, quizá, por lo que Cecilia siempre deja un espacio identificable de cuerpo sin pintar. No he leído en ningún lugar que Cecilia lo exprese así pero quizá no desdeñaría la interpretación que sugiero, que la mujer se oculta y desvela al mismo tiempo y en esa fluctuación encuentra su fuerza. Por supuesto, sólo es una más entre las múltiples posibles significados porque el gran valor de toda obra de arte es que apela de manera individual a cada espectador. 
Pero hay algo más en que el tema mujer está presente en la obra de Cecilia Paredes y es que es una experiencia artística radicalmente femenina porque ella misma se convierte en el objeto de su trabajo. Una vieja aspiración de la mujer creadora, ser a la vez poema y poeta, pintura y pintora, imagen y fotógrafa, como ocurre con nuestra autora. Es muy interesante su proceso de trabajo. Mientras que en algunas fotografías en las que se transforma en animales lleva a cabo intervenciones digitales, en la mayoría es la pintura corporal la que opera toda la transformación. Ella misma lo narra con palabras muy hermosas en la entrevista realizada por Marisa González que ya antes se ha citado:
(las) “series consisten en autorretratos integrados en diferentes fondos temáticos, en muchos casos florales. En sus fotografías sufre ella misma una metamorfosis. Su cuerpo ha sido pintado acorde al tema elegido, y mediante el camuflaje, ella desaparece y se fusiona sutilmente en el fondo y la forma, percibiendo relieves que ocultan su cuerpo. Sin embargo, en la serie más reciente, el fondo desaparece para convertirse en una atmósfera neutra, y toda la intervención y carga visual la centra en su propio cuerpo integrado, revestido de texturas y formas. Sus cuerpos pintados, son como tatuajes mutantes que se dibujan en su piel recreando, en algunos casos, diversas posiciones animales en actitud para formativa. Cuéntanos Cecilia, un poco acerca de cómo creas este tipo de imágenes.
En algunas fotografías reproduzco alegorías de animales, para lo cual, me pongo una crema blanca espesa sobre mi piel. Luego cubro con una red todo el cuerpo, añado polvo negro y posteriormente retiró la red para que quede la trama tatuada en mi cuerpo. Este proceso, lo realizó trabajando con un espejo para verlo constantemente.
En las fotos de la última serie, el paisaje llano está presente, ya no necesito el paisaje; el paisaje lo llevo yo. En mi última serie fotográfica de 2015, hay alguna parte del cuerpo que dejo sin pintar. Cuando fui a Asia comencé a hablar sobre los dos mundos, el mundo asiático y el mundo occidental. La idea de dejar una parte del cuerpo sin pintar surgió de los japoneses. Para ellos, el hecho de dejar sin pintar una parte del cuerpo significa el precipicio. Es una referencia erótica.


¿Utilizas Photoshop en tus fotografías para recrear esas estas transformaciones?
En estos trabajos no hay Photoshop. No es que no use Photoshop porque no me guste. Me encanta, pero en estos trabajos no lo uso. Es pintura en la piel. Al acercarse, tenemos que poder ver los errores: los trazos en el cuerpo, los fondos con los papeles pintados o telas, etc. Mi intención no es hacerlo perfecto. Siempre dejó una parte de la piel sin pintar, como un ancla a la realidad. Hay siempre una parte de la foto que no está pintada, por ejemplo, la oreja.
En las fotos exteriores, salgo al campo y tomo las fotos a las 6 de la mañana para ganarle al sol. Las fotografías en las que simulo ser un pájaro, las realicé en un bosque de Pensilvania, en un día helador, semidesnuda, forrada de plumas… De esta manera intérprete al pájaro. El silencio y el color plateado del ambiente era el signo previo a la nevada. Fue una sesión mágica. Hay días que obtienes mucho más de lo que esperas.
¿Necesitas personas que te ayuden en la realización? ¿Quién te hace las fotografías?
 La parte técnica de las fotografías las hace una fotógrafa, y el cuerpo me lo pintan ayudantes.”

Dafne

Un espléndido trabajo de equipo, sin duda que me recuerda, en alguna medida, el de la fotógrafa y cineasta Shirin Neshat (http://mujeresparalahistoria.blogspot.com/2014/03/shirin-neshat-el-cuerpo-como-texto.html),  que también hace de su cuerpo un lienzo reivindicativo, aun que en ella el centro de la reflexión es la mujer en el islam. También en Cecilia Paredes encontramos esa vocación de protesta política. Su implicación personal en la década de los años setenta le costó un exilio a México y más tarde a Costa Rica, donde residió durante 24 años. Desde hace dos décadas imparte clases en la Universidad de Pennsylvania y reside en Filadelfia. Esa experiencia vital permanentemente en tránsito se plasma también, como ya hemos indicado, en su reflexión artística sobre los fenómenos migratorios que, lejos de ser una experiencia a la que se ven obligados los desposeídos de la tierra, es consustancial al ser humano desde el comienzo de su andadura en la tierra. Esa perspectiva, que todos somos emigrantes, obliga a ver el problema con una mayor empatía.


Zanzíbar
El Viaje

 En Pamplona podrá verse una interesante retrospectiva de la obra de Cecilia Paredes hasta el uno de septiembre de 2019. No hay que perdérsela.















jueves, 26 de diciembre de 2019

LAS EXTRAVAGANTES DAMAS DE CHRISTIAN TAGLIAVINI

La Moglie dell´Orefice, 2017
Christian Tagliavini (1971) es un fotógrafo italo-suizo creador de imágenes verdaderamente fascinantes. O mejor dicho, recreador de escenas que nuestra memoria atesora, tomadas de los museos y de los libros de arte y de historia. Las impactantes figuras de Tagliavini son totalmente imaginarias pero, combinando esos retazos de recuerdos, consiguen presentarse ante nuestros ojos con una cualidad incluso más real que la de aquellas. Y es que este original fotógrafo se entrega plenamente a la meticulosa preparación de cada una de sus irrepetibles series fotográficas. Como un hombre orquesta, se ocupa de todos y cada uno de los elementos previos, desde el diseño de los elaboradísimos vestidos a la cuidadosa selección de los modelos. No en balde Tagliavini se define a sí mismo como un artesano de la fotografía, como también fueron artesanos de la pintura los maestros antiguos que tanto admira. Y, en particular, a Agnolo di Cosimo, llamado Il Bronzino (1503-1572), al que homenajea en la serie 1503, la fecha de nacimiento del exquisito pintor florentino que realizó extraordinarios retratos por encargo de los Medicis. 

Cecilia
Junto a esa inspiración barroca de 2010, a veces exageradamente manierista, Tagliavini también ha profundizado en el espíritu del Renacimiento en su última colección, 1406, que actualmente exhibe la galería Camera Work ( hasta el 24 de febrero para los que tengáis la suerte de poder ir y, para los restantes mortales, os dejo un enlace de consolación:  https://www.artsy.net/show/camera-work-christian-tagliavini).Me parece excelente la definición que da de estos cuadros la periodista Rosa Gil: "óleos del siglo XXI", y fácilmente se comprueba en las fotografías esa evocación al mismo tiempo clásica y tremendamente moderna.

LÁlquímiade
Sequele
Ritratto di Fanciulla
Aurea

Christian Tagliavini estudió diseño gráfico y empezó a trabajar como arquitecto y artista gráfico antes de dedicarse a la fotografía artística. Esa formación tiene un gran peso en su abra, como se aprecia en el cubismo tan patente en su serie Dame di cartone (2008), en la que el recorrido histórico va desde el siglo XVII hasta los años 50. En este caso juega con rígidos trajes de cartón que, sin duda, nos traerán a la memoria aquellos vestidos recortables de la infancia. 




Bellísimos son también los naipes femeninos y masculinos de Carte (2012), una revisitación de la baraja en la que cabe reconocer las estilizadas figuras de la genial animadora alemana Lotte Reiniger.
La Matta Nera
La Matta Rossa

Y otro evocador giro aparece en la serie Voyages extraordinaires de 2014, con el estilo retro de las exploradoras cuya valentía y, por qué no, también su glamour, como en la cinematográfica Osa Johnson, despiertan la admiración de este revolucionario creador. Nos encanta la centralidad de la mujer en su obra.

Le Départ
La topophoniste
Para conocer más obras del autor: https://www.christiantagliavini.com/portfolio?idcat=1
Fuentes consultadas:
-Gil, Rosa: Christian Tagliavini. Óleos del siglo XXI. Mujer Hoy. 2-12-2017.
-Mizgala, Johanna: Mannerism, Medici, and Madmen: Christian Tagliavini ´s Photographic Mise-en scène. Web. 21-12.2017.
El artista en plena creación

jueves, 17 de octubre de 2019

JOHANNA SCHOPENHAUER


Cuando el joven Arthur Schopenhauer, ilusionado y orgulloso, le presentó un ejemplar de su tesis doctoral a su erudita madre, de la edición de 500 ejemplares que él mismo había costeado, Johanna Henriette Schopenhauer (1766-1838) mantenía un señorial e ilustrado salón en Weimar y bromeó por el título del librito: De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, preguntándole a su hijo si lo había escrito para aprendices de botica. Por lo de  las raíces, supongo.

Johanna y Adele Schopenhauer, madre y hermana del autor de El mundo como voluntad y representación.
Arthur jamás le perdonó a su madre semejante cuchufleta. Carecía de humor para esos juegos de lenguaje. Pero el caso es que ambos, madre e hijo, comenzaron sus carreras literarias casi al mismo tiempo, y Johanna con bastante más éxito que Arthur, que tuvo que atravesar en soledad su desierto, antes de alcanzar la fama y el reconocimiento internacional.
 
Johanna Schopenhauer, grabado alemán de la época.

La primera obra de Johanna, Vida de Ludwig Fernow, estuvo patrocinada nada menos que por el duque de Weimar y sus beneficios se destinaron a la educación de niños pequeños. Animosa y locuaz, Johanna hubiera querido ser pintora, emanciparse de sus padres y ser una mujer independiente, no consiguió dejar a sus padres sino casándose con el rico comerciante Heinriche Floris Schopenhauer, que le llevaba diecinueve años y que murió en extrañas circunstancias en 1805,  cuando Arthur tenía diecisiete. Cayó desde lo alto de uno de sus graneros, cosa inexplicable para quien conocía sus estrictos y metódicos horarios. Tal vez se suicidó, incapaz de soportar los celos. ¿Le deprimía el manifiesto desamor que advertía en su esposa? No lo sabemos.

Johanna era una mujer cultivada y viajada. Los Schopenhauer se establecieron en Hamburgo cuando la ciudad de Danzig perdió su libertad absorbida por el ogro prusiano. Pronto descubrió que le encantaba brillar en sociedad, así que vendió le enorme empresa comercial de su esposo, invirtió lo cobrado por ella en acciones y con cuarenta años marchó a Weimar donde conocería a Goethe y al privilegiado grupo de intelectuales y artistas que lo rodeaba, el más influyente en Alemania. 

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Christiane Vulpius y Goethe

Apenas instalada en aquella “corte de las Musas”, Napoleón ganó la batalla de Jena en las cercanías de Weimar, siendo la villa ducal saqueada por los franceses. Pero Johanna, que hablaba francés a la perfección, engatusó a unos oficiales para que la protegieran a ella y a los suyos de las acometidas de la soldadesca. Luego organizó a otras señoras para que ayudasen a las familias que lo habían perdido todo con el saqueo, instalando comedores públicos, hospitales de campaña y organizando colectas. Esto ya impresionó a Goethe, pero cuando, tras dieciocho años de concubinato, acabó casándose y reconocimiento como esposa a Christiane Vulpius, una chica del pueblo llano, tuvo que vérselas con una sociedad clasista que detestaba semejante enlace, pero Johanna agasajó a la novia y la trató de maravilla, apaciguando a las pazguatas. Goethe le quedó tan agradecido por su tacto que desde entonces fue huésped perpetuo del salón de la señora Schopenhauer.

Johanna y Arthur eran como el gato y el perro. Mientras la madre adquiría celebridad en Weimar, acompañada por su hija Adele, hermana menor del filósofo y que también escribirá cuentos de hadas y guías de ciudades italianas, como anfitriona del saber y luego como novelista, el hijo malvivía torturándose como el príncipe Siddharta con el descubrimiento de las miserias humanas y divinas. La madre, con buen criterio, le recomendó que no hiciera caso de la promesa que había hecho al padre y abandonara las tareas administrativas que le repugnaban abrazando las actividades que le atraían. Arthur le hizo caso, estudió las lenguas clásicas, se matriculó en Gotinga (1809) como estudiante de medicina y luego fue a la recién inaugurada Universidad de Berlín para matricularse en filosofía.

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El clasicismo naturalista de Weimar

La madre era extrovertida y alegre, el hijo puntilloso, colérico y amante de la soledad. La madre mantenía una cariñosa relación con un pimpollo que podría ser su hijo, casi de la misma edad que Arthur, Müller von Gerstenbergk, archivero real también con pretensiones literarias. Cuando Arthur volvió de Berlín, recién licenciado en filosofía, se encontró con aquel inquilino, apuntado a mesa mantel y cama en casa de su madre. Desde el principio se llevaron a matar. Celos, chichisbeos,  cortes, desprecios. Arthur, un pesimista con una metafísica trágica, renegaba de la literatura hecha por las “almas cándidas” e insinuaba que su madre estaba mancillando el nombre de su difunto padre con su “inmoral comportamiento”. Veía a su madre como una gansa coqueta, parlanchina y gastosa, una mujer madura al borde de los cincuenta con pretensiones de quinceañera. Buscó incluso a un aliado, un amigo judío con el que había amistado en Berlín para mofarse a dúo de Gerstenbergk. A cambio él y “su amigo israelita” (como le llamaba Johanna) también recibían capones verbales.

Aunque Arthur había percibido la legítima de la herencia paterna, tan cuantiosa que pudo vivir toda su vida dedicándola al estudio, el pensamiento y los largos paseos que daba con su perrita, independiente y con vocación de asceta, se entromete en el lujoso tren de vida que llevan su hermana y madre, acusando a esta de dilapidar los dineros de aquella. Esto ya fue para Johanna lo último. Conservamos la carta en que le hace a su hijo cruz y raya. Le reprocha la censura que ejerce sistemáticamente sobre su vida, la elección de sus amigos, su comportamiento desdeñoso, el desprecio que muestra hacia personas de su sexo, su mal humor y hasta su tacañería:

“Deja aquí tu dirección pero no me escribas, pues a partir de ahora ni leeré ni contestaré a ninguna de tus cartas; llegados a este punto se separan nuestros caminos; escribo esto con profundo dolor, pero no queda otro remedio si quiero vivir y proteger mi salud. Así pues, todo ha terminado… Vive y sé tan feliz como puedas” (17, mayo 1814).

Texto duro, pero sincero. Desde ese momento madre e hijo se comunican a través de sus respectivos abogados. No volverán a verse jamás. La misoginia de Schopenhauer es una sublimación negativa de esta relación contradictoria y violenta con una madre joven y original. A Schopenhauer le gustaban las mujeres, aunque justificara su celibato metafísicamente como camino hacia la salvación. Lo que nunca pudo perdonarle a su madre fue que, muerto el padre, al que tenía en un pedestal, se comportase como una mujer libre. Pero fue precisamente ella la que alentó desde un principio la vocación del gran filósofo recomendándole que encaminase su vida al margen de las promesas que había hecho a Heinrich Floris.

Tuvieron que pasar muchos años para que Arthur hablara con estima y reconocimiento de su madre y de la brillante vida que había llevado en Weimar y “cómo allí la cortejaron los más bellos espíritus de las artes y las letras”. Con el tiempo, el genial filósofo se fue dando cuenta de las contradicciones implícitas en sus actitudes ante las mujeres.

Por ejemplo, el filósofo dependió muchísimo de su sirvienta, Margarete Schnepps, que le ordenaba la vida doméstica y con la que tenía ataques coléricos y luego trataba con extraordinaria amabilidad y agasajaba con bonitos regalos. En su testamento le dejaba una buena renta vitalicia que fue aumentando en sucesivas redacciones.

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Busto de Schopenhauer modelado por Elisabeth Ney

Paradójico es también que fuera una mujer la primera traductora de su obra al inglés, Jessie Taylor; y otra, la escultora Elisabeth Ney la que modelara su busto. Se cuenta “con ella era manso como un niño”. “¡Increíble que sea usted una mujer!”, le soltó un día el incorregible y atrabiliario autor de Parerga y Paralipomena. Con esta, ¿podemos creerlo?, trabó amistad, hasta el punto de que la escultora puso Arthur a su primer hijo. Fernando Savater sacó partido a esta relación en una obrita de teatro que compuso en 1988, El traspié. Una tarde con Schopenhauer.

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Elisabet Ney modeló también el busto de Otto von Bismarck, Giuseppe Garibaldi y el rey Jorge V de Hannover.

Ya al final de sus días, a una amiga de Malwida von Meysenburg que le reprochó su misoginia, Schopenhauer contestó: “¡Todavía no he dicho mi última palabra sobre las mujeres! Creo que cuando una mujer logra destacar entre la muchedumbre, o mejor, elevarse sobre ella, entonces crece ya sin interrupción, y más que el varón, al que la edad le pone un límite, pues la mujer siempre continúa desarrollándose”. Tal vez pensaba en Johanna, su madre, a la que tan claramente había castigado con sus "excesos de voluntad".

Cherchez la femme! 

Biografía de Johanna Schopenhauer


Las obras completas de Johanna Schopenhauer fueron compiladas bajo el título de Jugend Leben und Wanderbilder (Vida joven y viandante) y publicadas en 24 tomos por la prestigiosa editorial Brockhaus en 1830. Durante al período que va desde 1832 a 1837 residió en Bonn; pero en sus últimos años decidió trasladarse a Jena, donde murió el 17 de abril de 1838.