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domingo, 26 de julio de 2026

SALLY BOWLES & JEAN ROSS

 

Muestra de la femineidad y estética "flapper"
que emergió en Europa en "los felices años veinte",
primera subcultura juvenil femenina moderna

En la biblioteca de EL MUNDO confluyeron, negro sobre blanco dos, "gayos" de postín: Christopher Isherwook y Jaime Gil de Biedma. El británico es autor de Adiós a Berlín (1939, 2002); y el poeta catalán, su traductor al español. A Christopher Isherwood (1904-1986) le habían nacido en Chesire, hijo legítimo de un oficial del ejército de su Majestad, muerto en la primera guerra mundial. Empezó a estudiar medicina y descubrió su vocación de escritor en el grupo radical de intelectuales izquierdistas de Oxford al principio de los años treinta. Amigo del poeta W. H. Auden (amistad que conservaría toda su vida), con este dramatizó, literariamente hablando, y convivió íntimamente con el violnista André Mangeot.

Isherwood tuvo, pues, una educación refinada, pero abandonó voluntariamente su contexto aristocrático y elitista ("se desclasó", decíase entonces) para vivir de dar clases particulares de inglés en la pintoresca y empobrecida república de Weimar. De sus experiencias en el Berlín de entreguerras nace esta novela episódica, Adiós a Berlín (1937-1939), un libro de memorias que incluye el icónico personaje de Sally Bowles, criatura de ficción que se hará famosa por su adaptación teatral, primero, y luego al cine, en la célebre película de bob Fosse Cabaret (1972), en la que el personaje de Sally Bowles fue vitalizado divinamente por una inolvidable LIza Minnelli.


Detrrás de la alegoría o el mito de esta joven fresca y despreocupada que sobrevivía cantando, bailando y zorreando por los clubes de segundo nivel de la capital alemana en los años treinta, existió una mujer de carne y hueso, Jean Ross, joven británica, eso también, cuya verdadera vida, agudeza intelectual y convicciones políticas poco tenían que ver con la frívola y locata contrafigura ideada y fantaseada por Isherwood.

Sally Bowles es una joven "flapper" de clase alta, tan excéntrica como ingenua. Se cree que la palabra "flapper" nació de una moda específica de los años 20: llevar chanclos de goma para la lluvia (galochas) desabrochados, de modo que "aletearan" (to flap) ruidosamente al caminar. Los etimólogos no se ponen de acuerdo y muchos afirman que el término ya existía para referir a la rebeldía de las jóvenes británicas de alta cuna contra las represiones y los corsés de la educación victoriana, y que fue al revés, fueron las chicas flappers las que pusieron de moda esas botas desabrochadas, dándoles tal nombre. Las flappers fumaban, bebían, llevaban el pelo a lo garçon, sombrero ajustado, salían con hombres, bailaban charleston y oían jazz.

El carácter de Sally Bowles se define por hedonismo absoluto, ceguera política (ajena por completo a la amenaza del nazismo y a sus camisas pardas violentando las calles) y una vulnerabilidad que a veces da lástima, como de gacela herida. Tiene una idea casi infantil del placer sexual que instrumentaliza conscientemente como meretriz, bulle como un torrente en la fiesta, mientras esta inexorablemente se acaba y el mundo va fatalmente y de cabeza al desastre, en medio, paradójicamente, de un ambiente que propicia creatividad, libertinaje y barbarie política. En cierto sentido, Sally vale como heroina trágica de una elegía musical.

Jean Ross, fotografía de los años treinta del siglo pasado

Jean Ross compartió alojamiento con Isherwood en Berlin. Intentaba como Sally ser actriz y manifestaba una actitud bohemia, pero no era una cabaretera ignorante dispuesta a vivir del "pan de higo", sino una comunista convencida que acabó trabajando como corresponsal de guerra y propagandista antifascista durante la guerra incivil española. Tuvo que lamentar durante toda su vida el retrato que Isherwood había hecho de ella en la primera novela que le otorgó consideración internacional, pues la pintaba como joven superficial y apolítica que casi encajaba con el estereotipo misógino, el mismo que se da con frecuencia entre homosexuales.

Es cierto que, años más tarde, Critopher Isherwood entonaría el mea culpa y reconocería que la apatía política de Sally Bowles era más bien reflejo exacto de la suya propia y la de sus amigos varones de aquellos años.

A nosotros nos ha parecido muy interesante, digno de estudio, el flujo sentimental, ambiguo y ambivalente (en sentido freudiano) que corre de una parte a otra, entre el mismo autor que se autobiografía con nombre propio y Sally (Jean Ross), entre una chica que ama a los hombres y se entrega físicamente a ellos y un homosexual discreto, entre otros motivos porque contraviene el prejuicio del psicoanálisis ortodoxo según el cual toda relación afectiva, arbitrada entre adultos, tendría una base libidinosa o desiderativa.

Sally es maravillosa, despierta curiosidades en quienes la conocen, enamora con facilidad a uno de los mejores amigos de Christopher, pero, ¿en qué sentido conmueve a Isherwood, quien, evidentemente, no aspira a acostarse con ella? Ella lo acoje como camarada, pero también lo maltrata. Se pinta las uñas de verde esmeralda, cosa que desagrada a Isherwood:

"Un color muy mal escogido porque hacía fijarse en sus manos, que las tenía amarillentas de nicotina y tan sucias como las de una niña pequeña"

Tal vez Chris hubiese preferido --es nuestra conjetura-- que su compañera de pensión hubiese sido varón. El desparpajo para pormenorizar las relaciones sexuales que tiene con unos y otros, a los que considera --tal que nueva Circe-- unos cerdos, no sorprende a Isherwood, no le escandaliza, pero le deja pasmado. Tras verla actual en el sórdido y cargado ambiente del cabaret, describe su voz: "sorprendentemente baja y bronca"...,

"Cantaba mal, sin la menor expresión, con los brazos pegados al cuerpo, y sin embargo resultaba impresionante a su manera, debido a lo extraño de su aspecto y a su aire de no importarle un pito lo que el público opinase"... 

Cabaret, teatro de Londres

Al final, ya en la barra del club, Sally parece conocer a todo el mundo, a todos tutea y llama guapos y cariño. Isherwood no actúa, él es mero, distante espectador:

"Para una demi-mondaine parecía tener escaso tacto y sentido del negocio: perdió un largo rato insinuándose a un señor de edad que claramente habría preferido charlar con el barman".

Isherwood es comentarista fino de situaciones, tanto percatándose de la orientación sexual de los sujetos, como aludiendo literariamente a ella. Comparte esta gracia con Proust. El aspecto de Sally le gusta por su comicidad, porque no se la toma en serio.

"Era realmente bonita, con su cabeza pequeña y morena, con sus ojos grandes, con la nariz finamente arqueada, y tan absurdamente consciente de su atractivo, reclinada allí, tan complacidamente femenina como una tórtola... -- Chris, cerdo, dime de qué te ríes. -- No tengo la memor idea."

Obviamente, la respuesta de Isherwood es evasiva, o incluso falsa. Las uñas verdes de Sally parecen concentrar y focalizar su inquina, el otro lado del afecto, la repulsión que siente ante semejante femineidad animal, elemental...

"Las uñas verdes parecía que no fuesen suyas, sino que estuvieran allí de casualidad, igual que un enjambre de escarabajos, feos, duros, brillantes."

 

Mujer de cabaret, cuadro de Olivia Caballero González

Sally ofende a Christopher cuando desprecia un artículo suyo que ella misma le había solicitado para una revista. No le gusta y decide pedírselo a otra persona. El autor narra su enfado: "Es una completa zorra, pensé", y reflexiona preguntándose si se habría equivocado pensando que ella le guardaba consideración y afecto.

 "En aquel momento me habría gustado verla dar de latigazos. La verdad es que estaba tan trastornado que acabé por preguntarme si, a mi manera, no habría estado enamorado de Sally durante todo aquel tiempo."

Viene aquí a pelo una frase de Kierkegaard que recoge en un tuit Nicolás G. Valera: "El Odio es una forma de Amor fallido". Pero Isherwood reconoce que no era amor frustrado lo que motivaba en aquel momento su rabia, sino su vanidad herida al haber ella puesto en solfa su competencia y calidad literaria. No obstante, 

"No es que me importase en absoluto su opinión sobre mi artículo [¡están verdes!] --un poco sí, pero muy poco--, mis pretensiones literarias estaban por encima de todo lo que ella pudiera decir... ¡Ese temible instinto de las mujeres para calar por bajo de la comedia masculina!"

Las mujeres, el enemigo simbólico. Sin embargo, acaba por reconocer que ella le había revelado su verdadero ser como un "boceras" (un "fantasma", decimos también) con su flamante "socialismo de salón"... Se había mostrado incompetente y celoso y ahora sentía, además de rabia, vergüenza. 

Más adelante de este episodio, Christopher se vengó, un tanto involuntariamente (o "sin querer queriendo"), mandándole a un tipo sospechoso, que se reveló timador y se aprovechó y estafó a Sally, mancillando, por decirlo así, su doncellez anímica, su "buenismo". Sorprendentemente, ella no le guardó ningún rencor por ello, al menos en la novela.

***

En 1933, Christopher Isherwook abandonó Berlín huyendo del nazismo. En 1939 viajó a USA, se estableció en Hollywood, donde se asoció al misticismo hindú y devino editor y traductor del Bhagavad-gita. Por Huxley conoció a Stravinsky y por casualidad a Ray Bradbury, regalándole a este una excelente y elogiosa crítica de sus Crónicas marcianas. Tradujo también a Baudelaire y a los 48 se lió con un pintor de 18. Se dice que su mejor trabajo es A single Man (1964). Murió en Los Ángeles, ciudadano usamericano.


miércoles, 8 de julio de 2026

FRANÇOISE SAGAN

 

François Sagan (1935-2004)

Es increíble que Françoise Sagan escribiese Bonjour tristesse con dieciocho años. Sólo una mujer puede saber tanto de las sutiles entretelas del corazón a edades tan tempranas, no un varón. También ha de ser apta para la instrospección, muy inteligente y ha de contar con palabras y expresiones para referir simbólicamente a estados complejos de ánimo, a sentimientos sutiles, a emociones particulares. A esa edad se es todavía adolescente, es decir, un poco más acá del bien y del mal, porque las normas importan todavía mucho menos que los deseos y los apetitos gravitan tanto sobre el alma que a duras penas pueden ser constreñidos por leyes. Mucho menos si el padre, en lugar de representar la ley (dixit Freud), se manifiesta calavera impenitente y si la hija, como es el caso de Cécile, la protagonista de Buenos días, tristeza (1954) no quiere hacerse mayor y responsable.

Escogí la novela de entre una excelente colección heredada, atraído también a ella por la autora de su prólogo, Fanny Rubio, notable filóloga y escritora del Santo Reino. Cuenta en él cómo en 1954 el texto de la jovencísima escritora provocó y escandalizó a muchos ortopensantes de su tiempo, dada su asociación a una vida "burguesa" e incluso "aristocrática" relajadas y felices, sin mala conciencia, con güisqui, automóviles de altra gama, sexo bastante libre (todo lo libre que pueda serlo, que no es mucho), casino y farras nocturnas a discreción en la Rivière. Sus protagonistas son un cuarentón encantador, bien acomodado, y una chica de diecisiete que le sirve de cómplice y camarada en sus donjuanescas y frívolas aventuras o trajines sexuales y sentimentales. Dos vividores felices y ociosos, a los que pretende meter en vereda o sentar cabeza la sensata y fría diseñadora de moda, representada admirablemente en la película de Otto Preminger por Debora Kerr, film de 1958 inspirado bastante fielmente en la novela de marras.


Fotograma de la película de Otto Preminger (1958):
Deborah Kerr (Anne) y Jean Seberg (Cécile)

El papel de Cécile, demónica y descarada narradora de la historia en simbiosis con autora y protagonista, le cupo en suerte a una actriz tan señera como rebelde y malograda: Jean Seberg. Cécile es adolescente amoral, celosa y manipuladora, adorada por su padre Raymond (David Niven). Su corte de pelo a lo garçonne se convirtió en icono de Modernez o de lo que pudiera también llamarse crepúsculo de la Era maquiavélica (en la que todavía nos hallamos). 


David Niven y Jean Seberg, hija y padre,
en un fotograma de la película de Preminger

Raymond es viudo atractivo, adinerado, paradigma del hedonista refinado y activo, modelo de bon vivant, nada tiene que ver con los héroes atormentados de Camus o Sartre. La breve y contundente novela se transformó en un fenómeno social precisamente porque rompía con la reciente tradición de la novela existencialista y experimental, que representaba el triunfo de la autoridad, aun presuntamente contestataria y revolucionaria. Frente a la razón triste, al argumentario gris, y frente al orden o contraorden aburridos, triunfa la mirada caústica y libertina de Cécile-Sagan. Dionisios gana la partida a Apolo. Ella sólo aspira a pasárselo bien, pero eso sí, a la sombra protectora de su condescendiente y tolerante padre, al que llama Raymond.


Jean Seberg, foto de Famous Iowan

“Sagan” fue seudónimo de Quoirez el auténtico apellido de Françoise Sagan (1935-2004), quien llegó a ser también excelente dramaturga, periodista viajera, guionista, directora de cine e integrante de la Nouvelle Vague. Se la asoció igualmente a la llamada “literatura del cuerpo”. (“Sagan” es personaje secundario de la monumental obra de Proust, En busca del tiempo perdido). 

François Quoirez nació en Cajarc, Lot, un 21 de junio de 1935 y murió en Honfleur, Calvados, un 24 de septiembre de 2004. Provenía familiarmente de una saga de empresarios exitosos y terratenientes con solera. Rebelde, con carácter, fue expulsada en su adolescencia de varios colegios; estudiante indiferente, como Cécile en la novela, no llegó a graduarse en la Sorbona. En Buenos días, tristeza (1954), la protagonista-narradora se burla de la filosofía de Bergson, que formaba parte del canon entonces (no sé si también ahora) de pensadores que era preciso conocer para aprobar bachillerato (también refiere en la novela a la obligación de componer una disertación sobre Pascal). En cualquier caso, Cécile contrapone la pesadez estival de su estudio (para el examen de “selectividad”) a los placeres sensuales: “Ellos tenían una noche de amor, yo tenía a Bergson”. 

Buenos días, tristeza puede describirse como un manifiesto antiintelectualista, en un país en el que los intelectuales gozan de gran crédito (más que los toreros), una novelita (diminutivo por corta, no por su valor) a la que no le sobran palabras y cuyos silencios y entrelíneas valen su peso en oro. Muestran el inconformismo con la apremiante madurez y las maniobras clandestinas para aplazarla indefinidamente, de una niña terrible que mira el mundo con distancia y con un sentido del humor impropio de su edad, muy original.

Es curioso que en 1958, dada la ambigua e inusual relación con su padre en la novela, la autora se casase con Guy Schoeller, editor de Hachette y veinte años mayor, del que se separó dos años después para volverse a casar en 1962 con un joven playboy usamericano. Françoise tuvo un hijo y mantuvo una larga relación con la estilista Peggy Roche, lo que no le impidió echarse en brazos de un amante casado. No obstante, su hijo Denis Westhoff creó en 2010 el Prix Françoise Sagan, así que no debió hacerlo mal como madre, a pesar del frenesí de sus costumbres y del incesante cambio de partenaires convivientes.

En 1957 sufrió grave accidente conduciendo un Aston Martin. De accidente de coche muere Anne, la madura, fría y formal, protagonista de su novela, contrapunto de Elsa, la joven boba y galante. ¡Pocas veces puede verse un paralelismo más coherente entre vida y obra! Como consecuencia del accidente y de sus traumas, los médicos le administraron morfina para los dolores y Sagan se enganchó a la droga. Tuvo que desintoxicarse, pero lo cierto es que tuvo problemas desde joven con el alcohol y con los estupefacientes, lo que quiere decir que abusaba de bebida, estimulantes y calmantes. De hecho, fue condenada en 1995 por “consumo” de cocaína (eso dice la Wikipedia, "consumo", pero supongo que refiere a tenencia). François nunca renunció a sus gustos caros: vida ociosa, coches veloces, residencias lujosas, baños de sol, casas de juego, juergas nocturnas, apertura a amores ocasionales. En 1985, en un viaje a Colombia con su ilustre e ilustrado tocayo, el presidente François Mitterant, ya padeció serio accidente respiratorio. A pesar de todo ello, vivió una vida relativamente larga, casi setenta años.

En "Bonjour tristesse" (segundo verso de un poema de Paul Éluard) escribe una vez “Dios”, pero añade que no cree en Él y que usa Su nombre en lugar de “azar”. Acepta --en la onda existencialista todavía-- el fundamental absurdo de la existencia, pero su actitud no es ya la de lamerse las heridas y padecer angustia metafísica. No hay en Cécile-Françoise Sagan el menor resto del Achtung kantiano, ese respeto o veneración racional a la Ley moral. No obstante, será una musa del existencialismo de la Rive Gauche, Juliette Gréco, quien cante en la película de Otto Preminger (“C’est une déchirure, mais quel beauté!”).  

Juliette Greco en la película de Preminger (1958)

Cécile acepta bien, sin angustiarse, las paradojas del corazón: “La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar”. Aunque es capaz de arrepentirse por el daño causado con sus manipulaciones e intrigas, no le da miedo el pecado, “única nota de color que subsiste en el mundo moderno” --dice, citando a Oscar Wilde. Lo que de verdad asusta a Cécile-Sagan-Françoise es el aburrimiento y hasta la tranquilidad que lo acompaña. Por eso “mi padre y yo, para estar interiormente tranquilos, necesitábamos la agitación exterior”. Incluso el miedo y los remordimientos son preferibles al aburrimiento (tedio, esplín).

Por eso siempre se creyó más dotada para besar a un chico al sol, que para estudiar una carrera. Y nunca quiso llegar a ser una persona famosa y cargante. En lugar de eso, escribió y escribió, amó y vivió, incluso pergeñó letras de canciones.

En 1956 publicó su segunda novela, Un certain sourire, escrita en solo dos meses y dedicada a su gran amiga Florence Malraux. A estas obras se añadieron Dans un mois, dans un an (1957), Aimez-vous Brahms? (1959), Les merveilleux nuages'(1961), La chamade (1965), Des bleus à l'âme (1972), Le lit défait (1977) y Il fait beau jour et nuit (1979). Mantuvo el estilo austero de la novela psicológica francesa incluso cuando el nouveau roman estaba de moda y aburría a todos, menos a los críticos à la page. 

También escribió obras teatrales, como Château en Suède (1960), Les violons parfois... (1961), Le cheval évanoui (1966), Un piano dans l'herbe'(1970) y Le chien couchant (1980). En 1993 publicó sus memorias: Con toda mi simpatía. Su carrera literaria duró hasta 1998. Muchas de sus obras han merecido versión filmada. 

En 1960, en plena guerra de Argelia firmó el Manifiesto de los 121. En represalia, la organización terrorista de extrema derecha OAS colocó una bomba en casa de sus padres el 23 de agosto de 1961, pero la explosión sólo causó daños materiales. 

(La actriz que representó a Cécile en la película de Otto Preminger, Jean Seberg, merecería también una semblanza en este blog..., que dejo para otra ocasión).


miércoles, 26 de junio de 2024

CLEOBULINA (Eumetis)



Cleobulina de Lindos (VI-V a.C.) también llamada Eumetis es recordada como eximia creadora de enigmas y forma parte de la tradición de mujeres intelectuales de la Antigüedad griega. No obstante, su realidad histórica fue puesta en duda por Crusius, quien vinculó su figura a la transmisión de las fábulas de Esopo. Wilamowitz la pensó como personaje de comedia inventado por Cratino. Sin embargo, a la vista de la diversidad de testimonios sobre su ingenio y talento, resulta difícil rechazar su relevante existencia histórica.

lunes, 17 de junio de 2024

PAPUSZA (Bronislawa Wajs)

 

Representación fílmica de Papusza. Fuente de la foto: elDiario.es

Es difícil vivir entre dos mundos. Los anfibios se las apañan, pero los humanos, a pesar de nuestra adaptabilidad y versatilidad, no somos anfibios culturales. Para Bronislawa Wajs, conocida por su nombre gitano Papusza (Muñeca), la vida no fue fácil entre dos mundos de diversas y aun de adversas costumbres: La modernidad nacional, el individualismo civil, y el fuerte y antiguo "lazo de la sangre" clánico y tribal. 

Supe de su trágica y conmovedora figura por mi amigo calé Jesús Camacho, persona también audodidacta, gran admirador de la poetisa polaca, cuya actitud considera ejemplar, en orden a la integración social del pueblo gitano y su emancipación real. En verdad, Papusza fue una heroína artista y su personaje resulta tan dramático, tan entrañable y exótico, como fascinante.

Bronislawa nació en Lublín, en la orilla derecha del río Vistula, tal vez en mayo de 1910, y las crónicas le otorgan el honor de ser la primera poetisa gitana. Su padre biológico murió en Siberia y fue criada por su madre y un padrastro alcohólico y borracho, al lado de cinco hermanastros. Llevó una vida dura y nómada, la característica entonces de su pueblo en la Polonia oriental de entreguerras, montada en el "tabor", caravana de carromatos en que conviven hombres, caballos, mujeres y niños, recorriendo los caminos rurales, de pueblo en pueblo, ofreciendo su arte y otras pericias consuetudinarias sin aceptar más normas que los atavismos propios y la autoridad de los patriarcas, todos analfabetos. 

Papusza era curiosa, quiso saber de mundo exterior, y aprendió a escribir por cuenta propia ayudada por una tendera judía. A los dieciséis años la casaron a la fuerza con un arpista hermano de su padrastro que le llevaba veinticuatro años y del que no pudo tener hijos, cosa que él le reprochó siempre sin saber si la causa de la esterilidad era propia o ajena. La pareja, sin embargo, adoptó a un niño huérfano encontrado y abandonado vivo entre cadáveres.

Marido y esposa actuaban juntos aquí y allá. Papusza cantaba y Dionisy tocaba el arpa. Ella también aprendió a interpretar con arpa y violín mientras recitaba sus versos. A su talento unía su hermosura juvenil y salvaje "como una pantera". Admitió ser coqueta y fue víctima de más de un intento de violación.



Su vida errante no le impidió componer uno de los primeros y escasos poemas relativos al exterminio gitano perpetrado por los nazis: Lágrimas sangrientas (1957), en el que expresaba tanto el sufrimiento de su pueblo como su amor por la vida y la naturaleza. El poema acaba así: 

"¡Cuánta miseria y hambre! / ¡Cuánto dolor y camino! / ¡Cuántas afiladas piedras se clavaron en los pies! / ¡Cuántas balas silbaron cerca de nuestros oídos!"

El poeta polaco Jercy Ficowski la oyó cantar y se enamoró de su talento. Tradujo los poetas de Papusza del romaní al polaco y aparecieron publicados en revistas y periódicos cuando ella tenía cuarenta años. Hablaba y escribía calé o romání, pero también hablaba polaco y leía polaco.

Sin embargo, la fama que alcanzó con ello le sirvió de muy poco entre los suyos. Sus hermanos gitanos le acusaron de vender los secretos de su raza y de sus costumbres, amenazándola y repudiándola. La misma posición de la poetisa parecía contradictoria, por una parte sus poemas constituían una elegía de la vida nómada, mientras ella misma colaboraba con las autoridades a favor del asentamiento y la alfabetización de los poco menos de quince mil gitanos polacos que sobrevivieron al holocausto.

Las autoridades socialistas, después de los horrores de la Segunda Gran Guerra, concibieron el plan de El Gran Alto, buscando el fin del nomadismo gitano, inspirándose en los conceptos de productividad, asistencia social (dependencia), pero los gitanos tendían en general a rebelarse contra una asimilación forzosa y, como siguen haciendo, son reacios a la exogamia e imponen la endogamia en un férreo régimen familiar de heteropatriarcado. Sin embargo, Papusza estaba convencida de que medidas de ese género mejorarían notablemente la difícil vida de los gitanos y sobre todo les sacaría del analfabetismo. Para ella, la educación era la única esperanza para gentes que malvivían "fuera de la historia" y el asentimiento definitivo permitiría la escolarización sistemática de los niños.

Sus razones no convencieron a su grey. El Baro Shero, cacique patriarca, la juzgó y la declaró "impura" (mahrime). Repudiada, deprimida, una severa crisis nerviosa la mantuvo ingresada en un siquiátrico de Silesia durante ocho meses. Jesús Camacho explica sus desgracias por la resistencia de los suyos a la integración social, atrapados en el clan como en una caverna platónica, contemplando las sombras de la tradición, con la mirada vuelta siempre hacia el pasado, hacia los ancestros: "sólo pueden ver lo que puede discernir su sentido físico" -escribe. Se resisten a abrirse al mundo civil, ciegos de etnicidad y soldados como lapas al peñasco del parentesco y al bullir de la sangre próxima. Habitan por ello un "círculo cerrado de convivencia", de espaldas al progreso y a la libertad, ajenos a un sentido más universal de humanidad. De este modo, de espaldas al estado civil, no pueden desarrollar sus potenciales individuales, enraizados y anclados en la tradición tribal. Camacho, gitano emancipado, concluye: "estamos obligados a dejar el estado de naturaleza y establecer una convivencia social en orden al bien común".

Papusza recuerda la figura del venerable Sócrates liberado de las ataduras, escalando hacia el exterior luminoso de las verdades eternas, y regresando luego, solidario con los suyos, con la intención pedagógica y emancipadora de hacerles ver que sólo captan sombras en aquel reducido y obscuro recinto troglodita. Pero Platón no era optimista, cuando Sócrates pretendiera la liberación de sus antiguos compañeros de presidio, estos no le creerían, no le harían ni caso, y si pudieran echarle mano hasta le matarían. A Papusza no la mataron, pero casi, condenada al ostracismo y al olvido por los suyos. Su situación empeoró con la publicación de su poemario Canciones habladas (1973). Tuvo ya que vivir aislada con los únicos apoyos de su hermana y de su anciano marido, que también requería cuidados. Falleció olvidada en la pequeña ciudad de Inowroclaw.

"¡Oh, Señor, ¿adónde debo ir? / ¿Qué puedo hacer? / ¿Dónde puedo hallar / leyendas y canciones? / No voy hacia el bosque, / ya no encuentro ríos, / ¡Oh bosque, padre mío, / mi negro padre! El tiempo de los gitanos errantes / pasó ya hace mucho. Pero yo les veo, / son alegres, fueres y claros como el agua. / La oyes correr / cuando quiere hablar / pero la pobre no tiene palabras... / el agua  no mira atrás..."  

La nostalgia parece ser, según Isabel Fonseca, la esencia de la canción gitana (Fonseca lo explica en su excelente estudio sobre el mundo de los gitanos: Enterradme de pie). Pero no es nostalgia de ninguna patria perdida ('nóstos', de donde nostalgia, significa patria en griego), porque el gitano no tiene patria, sino más bien la memoria, feliz o amarga, del largo camino perdido o recorrido.

Estatua homenaje a la poeta en Gorzów Wielkopolski.
De Stiopa - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0,
https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=27061241

En 2013 se filmó una película de Joanna Kos y Krysztof Krausse sobre la vida de Papusza, que ganó el premio al mejor director en la Seminici de Valladolid. En el Museo de Auschwitz se expone el poema Lágrimas sangrientas junto a una foto de la autora. La casa donde vivió y murió Papusza al final de su vida, en Gorzów Wielkopolski, fue señalada con una placa conmemorativa y en 2008 se colocó una estatua de la poeta en un parque de la localidad (v. supra).

Canciones y vídeo sobre y de Papusza en Youtube: 

https://youtu.be/U6lG7307R5g?si=LnErYUoyzAexZ2ee

https://youtu.be/3zhufaRfGGk?si=pO_GsuMSYrKaA5wG

viernes, 8 de marzo de 2024

MARÍA DE ZAYAS Y SOTOMAYOR






"No sé qué dulzura tiene esta triste vida,
que aunque sea con trabajos y desdichas la apetecemos"

María de Zayas y Sotomayor. Desengaño tercero.

CUARTO DESENGAÑO

Corre la primera mitad del siglo del barroco, tiempos de Felipe III "el Piadoso" y de Felipe IV "el rey Planeta"... 

Don Martín, joven caballero y noble galán de buen juicio y entendimiento, navega de vuelta a España tras hacer méritos en las guerras napolitanas. Canta los amores de una prima con la que quiere casar. Mas quiso la fortuna (cruel enemiga del descanso) que una terrorífica tormenta hiciera naufragar su nave. Tras destrozarse contra los escollos de una tierra desconocida, don Martín y un compañero se agarran a unas tablas y saltan a la concavidad de una enorme roca para ponerse al resguardo de las mortíferas olas. Amainado el temporal, aún les quedan fuerzas para nadar hasta la playa. Desde allí siguen una senda que les conduce a un castillo...

El señor de aquel palacio-fortaleza les acoge con hospitalidad. Están en Gran Canaria. Dos doncellas y cuatro esclavas blancas, herradas en los rostros, ponen luz, manteles y menaje para la mesa en la que repondrán sus fuerzas Martín y su colega invitados por el anfitrión.  En lugar de los perros que esperaban ver salir de un portón bajo, que había estado cerrado con llave, acude una mujer joven, desnutrida, sin color, pero todavía hermosa, que maravillosamente sería preciosa de no estar en un estado tan lastimoso. La criatura da pena y parece moribunda, marcha encogida cubierta con una saca basta y ceñida con una soga. En sus finas y ebúrneas manos una negra calavera. Se aproxima gimiendo, sollozando, y ven que se esconde como una perra dócil bajo la mesa, donde los señores le echarán las piltrafas de su cena.



Poco después de este siniestro espectáculo, Martín ve salir por otra puerta mayor a otra mujer más negra que el azabache con fiera faz de demonio, narices romas como las de los perros bracos y boca de león. Va vestida lujosamente de un raso de oro encarnado, adornada con un enorme collar de perlas que contrastan vivamente con su piel, de sus brazos cuelgan pulseras diamantinas, en su cabeza luce algunas flores y piedras de valor, esmeraldinas sortijas en sus dedazos. El dueño del castillo le toma de la mano con solemne cortesía y la sienta a la mesa junto a sí.



No hay que decir que Martín y su amigo se quedan boquiabiertos. No quieren ofender al hospedante... Este dice llamarse Jaime de Aragón y estar dispuesto a explicar las razones del extraño episodio que los huéspedes acaban de contemplar. Lo hará por primera vez. 

Empieza por una extraña aventura que le acontece en una lejana ciudad. Una viuda rica se enamoró de él y pagó espléndidamente sus favores sexuales, pero él no sabía con quien se acostaba, pues era conducido a su casa por un criado, con los ojos vendados. Gozó con ella tan dulces favores e intensos placeres con el comercio de sus carnes en la obscuridad, que sin verla se enamoró de ella. Cuando una noche encendió desobediente la luz en la estancia en que transcurrían sus encuentros, los ojos también pudieron disfrutar la hermosura que habían disfrutado otros sentidos. Pero aquella rebeldía pudo suponer su perdición.

A sabiendas de que los españoles no saben guardar secretos, Lucrecia, princesa de Erne, que así se llamaba la fogosa viuda, mandó unos sicarios para matar a don Jaime, antes de que su honor cayera por los suelos. No consiguieron asesinarle de milagro. Aún malherido consiguió espolear su caballo y poner tierra de por medio. Para salvar su vida huyó de aquellas obscuras glorias. Pero no podía olvidar el rostro de Lucrecia (¿una atracción-repulsión que le ponía?). Pasaron los años y en una ceremonia religiosa vio aquel mismo rostro en el de una desconocida, Elena, que así se llama la que roe huesos y mendrugos como perra bajo la mesa. Pobre aunque de origen noble, don Jaime la adoró y no dudó en esposarla. 

Se arrullaron, se mimaron, disfrutaron de respetos y ternuras durante un tiempo. Don Jaime acogió a un primo de Elena, igual de pobre pero con talento, a fin de que pudiera cursar estudios religiosos. Pero hete aquí que después de un ausencia obligada, ilusionado con volver a recobrar el abrazo de su idolatrada esposa, la sirvienta negra (ahora la señora de la casa) le soltó que la joven estaba en contubernio con su primo. Se acreditaba como fidelísima sirvienta, hija de una pareja de esclavos africanos de los padres de don Jaime, inteligente y persuasiva: "Sabe Dios la pena que tengo en llegar a decirte esto; que no es justo que pudiendo remediarlo, por callar yo, vivas tú engañado y sin honra". 

Aún sin pruebas físicas, Don Jaime la creyó y, ciego de furiosa cólera, quemó vivo al primo traidor, reservando su craneo asado para que le sirviera de vaso en que beber los acíbares de su adulterio, a Elena, "como bebió en su boca las dulzuras".



Dos años hacía que maltrataba a Elena y la tenía encerrada como a una mala bestia, no ofreciéndole otra cosa que pajas por cama ni otra compañía que la tristisima calavera. Y así quería seguir tratándola Don Jaime hasta que entregara su alma pecadora a Dios, ofreciéndole de paso el espectáculo de la esclava aborrecida, adornada con sus galas, dueña y señora en lugar principal de la mesa, pues al hidalgo le parece poco castigo asesinarla inmediatamente por su adulterio y desea reparar su "honor" con crueldad extrema.

Perplejos, marchan Don Martín y su compañero a reposar y al poco les desvelan unos gritos pelados de la negra, clamando al cielo y pidiendo confesión porque siente que se muere. Es cristiana convencida y teme el castigo divino, por eso revela que levantó falso testimonio contra su señora. Era ella y no Elena quien estaba prendida del primo y le andaba persuadiendo para que fuese su amante. Como el muchacho sólo tenía cuidados familiares para con su prima y no hacía caso de la pasión de la negra, y como esta tuvo unas impertinencias con la señora y fue castigada y azotada por ello, también castigada por el primo, pensó en vengarse de los dos, muy despechada, y por eso esperó a Don Jaime para difamar y calumniar a su señora... Ruega ahora perdón y a Don Jaime que devuelva a la Elena a su legítimo y bien merecido estado, pues está padeciendo sin culpa.

Don Jaime desesperado va por Elena, abre la perrera, pero la encuentra muerta. Los caballeros le contienen y desarman porque hace amago de suicidarse. Al fin enloquece y no hay manera de devolverle la salud...

***

He reventado el argumento de uno de los diez relatos de desengaños amorosos del segundo volumen de las novelas cortas que publicó María de Zayas y Sotomayor en Barcelona (1647). La conclusión que saca la escritora de su relato es la siguiente:

"En lo que toca a crueldad, son los hombres terribles, pues ella misma los arrastra, de manera que no aguardan a segunda información; y se ve asimismo que hay mujeres que padecen inocentes, pues no todas han de ser culpadas, como en la común opinión lo son. Vean ahora las damas si es buen desengaño considerar que si las que no ofenden pagan, como pagó Elena, ¿qué harán las que siguiendo sus locos devaneos, no solo dan lugar al castigo, mas son causa de que infaman a todas, no mereciéndolo todas? Y es bien mirar que, en la era que corre, estamos en tan adversa opinión con los hombres, que ni con el sufrimiento los vencemos, ni con la inocencia los obligamos".

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De la vida de María de Zayas y Sotomayor (1590-1661?) sabemos bien poco, que vivió en la primera mitad del siglo XVII, que pertenecía a la aristocracia madrileña, que admiraba y era admirada por Lope de Vega. Publicó dos colecciones de novelas cortas, en Zaragoza (1637) y Barcelona (1647), veinte en total, diez por cada colección. Puede que fuese hija de un caballero de la Orden de Santiago, Fernando de Zayas, nacido en Madrid en 1566. 

Añoraba Doña María los tiempos gloriosos de los Reyes Católicos, del emperador Carlos I y del prudente Felipe II. Era consciente de la decadencia de España. Defiende el derecho de las mujeres a la cultura y el poder político. Los desengaños amorosos que relata advierten de los engaños masculinos. Trata el erotismo femenino con seriedad y sorprendente libertad. Tilda la educación que venía dándose a las mujeres de castradora, la cual, por añadidura, manifiesta el temor de los varones a la competencia del otro sexo.

Es sorprendente que María de Zayas sea tan poco conocida y mencionada en los manuales de historia literaria, siendo sin embargo considerada por la crítica como la mejor novelista de su siglo después de Cervantes. Sus diálogos tienen gran vivacidad, ensarta motivos diversos con habilidad, maneja con soltura diversos tonos y emplea un lenguaje sencillo sin rehuir expresiones populares y descartando el alarde culterano, aunque es evidente que era mujer culta. 

Describe con perspicacia los estados anímicos (con harta frecuencia patéticos) de sus personajes, adentrándose incluso en el mundo onírico. Escribió versos que a veces incluye en sus prosas y se conserva una comedia suya: La traición de la amistad, protagonizada por Fenisa, incorregible coqueta que multiplica sus conquistas, donjuan femenino que ama a varios galanes a la vez porque declara tener un corazón "capaz de albergar un millón de amadores", pues "tantos quiero cuantos miro". Acaba sola y es castigada por engañar a una amiga (gran pecado contra la sororidad de la que Zayas es apóstol).

***

Entre 1620 y 1665, las novelas cortas estuvieron de moda. Se hacían eco de la "novella" italiana, del Decamerón de Boccaccio y de la tradición cortesana provenzal. En España contaba además la tradición del "ejemplo", del cuento de raíz oriental, de la historia narrada o "patraña" (Timoneda). Cervantes conjugó ambas tradiciones en el título mismo de sus Novelas ejemplares (1613). María de Zayas prefería no usar el título "novela" para sus producciones, pues le parecía un nombre desprestigiado, prefería el de "Maravillas" o "Desengaños". Sin embargo su primera colección se titulará Novelas amorosas y ejemplares, tal vez por indicación del editor, si quería aprovechar la exitosa estela abierta por las Novelas ejemplares de Cervantes. La Parte segunda del sarao y entretenimiento honesto se titulará Desengaños amorosos. Alicia Yllera es responsable de una magnífica edición crítica de esta última parte (Cátedra, 2021).

En el siglo XVII vieron la luz pública una serie de novelas picarescas que tenían por protagonistas a mujeres, La Pícara Justina (Fco. Lope de Úbeda), La Hija de Celestina (Salas de Barbadillo) La Garduña de Sevilla (Castillo Solorzano), en las que se muestra que en bellaquerías, desparpajo y maldad, la mujer es igual y tan buena como el hombre. A las tradiciones que he señalado hay que añadir además el influjo de la novela bizantina con su repertorio de viajes, tempestades, cautiverios, amores románticos, aventuras. Tanto en esta como en la ya caduca novela de caballerías importa sobre todo la acción, pero los eventos de las novelas de caballerías sucedían en un pasado lejano y ambiguo, en una geografía fantástica que distanciaba al lector, que buscaba sobre todo imaginación y entretenimmiento como olvido del mundo cotidiano, de sus preocupaciones y miserias.

María de Zayas quiere también suscitar admiración con historias fantásticas que consigue hacer verosímiles gracias a su indiscutible habilidad artística, los elementos mágicos que incluye en sus novelitas: pactos con el diablo, apariciones de difuntos, sueños premonitorios..., explican el éxito de la autora en en siglo XVIII, cuando se pone de moda la novela gótica. Se ha hablado del "realismo" de Zayas, y en efecto podemos describir su prosa como realista si la comparamos con las novelas de caballerías, no obstante, la confusión sueño-realidad es elemento predilecto del barroco en esta estética de la admiración que cultiva con tanta perspicacia como maestría la autora, a la que interesa, no sólo denunciar las injusticias y crueldades machistas, sino también lo extraordinario, lo extremo y hasta lo grotesco y desagradable.

El tema principal es la pasión amorosa y sus estragos, o el desencanto de la mujer enamorada y descuidada por su marido, desarrollados a lo largo de una pluralidad de peripecias que va tejiendo en una cascada de relatos. Una sorprendente característica de estos cuentos es que están ayunos de happy end, de final feliz. Sólo en dos de las veinte novelas, las protagonistas acaban felices y comiendo perdices. La mayoría acaba huyendo del mundo y buscando la tranquilidad del retiro conventual (en los conventos de la época abundaban las mujeres cultas), o muriendo, sobre todo en la segunda parte: Desengaños.

El amor es pasión arrolladora, sensual y lúbrica, más que elaboración platónica, y María de Zayas lanza sobre dicha pasión una mirada desilusionada. En los hombres, el amor parece reducirse a un deseo de posesión física que, una vez satisfecho, pronto causa hastío. Sólo las mujeres son fieles y constantes en sus sentimientos. Tras la galantería y cortesía mundanas se esconde un teatro de engaños que concluye en desencanto.

La fuerza de las obras de María de Zayas se ha encontrado sobre todo en su pesimismo. Mme. de la Fayette en La princesa de Cleves (1678) es su análoga gala. Hoy, María de Zayas, como sor Juana Inés de la Cruz es considerada una pionera del activismo feminista con los consiguientes anacronismos entrañados por tal consideración... "Va a ser una voz femenina la que airada arremete en todos los frentes" contra la lamentable condición social de la mujer. Escribe Oliva Blanco que en María de Zayas se advierte un obsesivo deseo de defender a las mujeres, de denunciar la opresión que sufren por parte de los hombres y el trato que reciben. La autora de los Desengaños se adelanta así a muchas de las proposiciones que planteará Feijoo en su Discurso XVI de su Teatro crítico universal (1726-1740).

En su época, la "cuestión femenina" presentaba dos facetas: la reivindicación del derecho de la mujer a la cultura y la exigencia de libertad a la hora de escoger marido. La figura de la mujer literata, humanista e intelectual, no era nueva. En el siglo anterior Francisca de Nebrija sustituyó a su padre Antonio  en la Universidad de Alcalá de Henares y Lucía Medrano ocupó una cátedra en la Universidad de Salamanca.



Desde luego la protesta de María contra la marginación cultural y la crueldad masculina es temprana, pero un tanto timorata. El principal deseo de la autora de los Desengaños es defender la honra de las mujeres. Reprocha por eso a los hombres su general denigración de las hembras, que las condenen a todas por algunas que yerran, así como el hecho de ser ellos, en muchos casos, la causa del mal de las mujeres. Declara repetidas veces que las almas no tienen sexo. En una de sus novelas exhorta al varón a preferir por compañera a la mujer inteligente, antes que a la boba coqueta. Reprocha con vehemencia el que se excluya a las mujeres de las letras y de las armas, afeminándolas más de la cuenta. He aquí su apelación directa a los hombres:

"Yo aseguro que si entendierais que también había en nosotros valor y fortaleza, no os burlaríais como os burláis; y así por tenernos sujetas desde que nacimos, van enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas, ruecas, y por libros, almohadillas" (Primera parte: La fuerza del amor). 

En El prevenido engaño, Violante aborrece casarse porque teme perder la libertad de que gozaba hasta entonces. Sin embargo, la postura de María Zayas es ambigua en cuanto a la libertad de la mujer para escoger marido, si bien interpreta la infidelidad femenina como efecto del abandono por parte del esposo y retrata a las mujeres cruelmente castigadas por la incompresión o por los injustificados y posesivos celos masculinos. 

"María de Zayas nos ha dejado una impresionante imagen de los sexos en lucha" (Alicia Yllera). Sin embargo, en su prosa se mezcla el incipiente feminismo con el aristocratismo y la añoranza del pasado. Acepta el más estricto código del honor, patrimonio de la nobleza, lo que a ojos modernos parece en contradicción con la defensa de las mujeres. Defiende el buen nombre de las mujeres porque cree a pies juntillas en el principio de la honra, asociado a la castidad femenina en un tiempo en que la literatura exageraba un concepto que tenía fuertes apoyos en la defensa celosa de la limpieza de sangre y de la pureza del linaje. Tal concepto tenía una dimensión moral y social: dependía de la opinión de los demás y era particularmente exigente con las mujeres. María de Zayas no retrocede ante la oportunidad de sus personajes para salvar la honra mediante la ocultación, el disimulo o ante la ocasión de repararla mediante la venganza. Como aristócrata, desvincula la honra del dinero. Los nobles no se vienen abajo por haber perdido su hacienda, sino su honra o su amor. Añora el mundo caballeresco en que los caballeros servían a las damas conservando su espíritu guerrero, porque cuanto ve es ya engaño y decadencia, no sólo española, sino general. 

La corte es para Zayas un caos de confusión y es por eso por lo que el convento ofrece  a las mujeres interesadas por el estudio, mejor que el matrimonio, un ambiente propicio. Incita a las doncellas a la desconfianza: "En cuanto a la crueldad con las desdichadas mujeres, no hay que fiar en hermanos ni maridos, que todos son hombres" (Inocencia castigada)

***

José García López, en su Historia de la Literatura Española (1972) considera a doña María de Zayas una de las figuras más importantes de la novela corta de ambiente cortesano. Celebra sus aciertos psicológicos y su orientación feminista. El elemento patético y la audacia de ciertas situaciones da a sus relatos un inconfudible tono barroco.

Las novelas cortas cortesanas, tras el espaldarazo cervantino de las Ejemplares y con el lejano modelo del cuento renacentista boccacciano constituyeron la auténtica literatura de masas del siglo XVII, si es que podemos hablar de "masa" para referir a una minoría burguesa y aristocrática de preponderancia femenina y suficientemente culta para solazarse con la lectura privada.

El marco general de sus dos colecciones de cuentos es entretener el ocio de una damita convaleciente, que acabará entrando en un convento. Los infortunados amores que las historias ejemplifican determinan su decisión final de apartarse de la mundanal mentira. De este modo se establece una relación originalísima entre el marco general de las novelas, enlazadas entre sí, de los desengaños que describen, y la decisión final de Lisis, la anfitriona en cuyo salón se cuentan las historias. Menéndez Pidal vio en ese tono desengañado, rebelde, trágico y de fuerte denuncia feminista, "un mucho de velado autobiografismo" imposible de verificar, pues contamos con escasos datos sobre su vida. Con María de Zayas la novela cortesana cobra una perspectiva nueva en que la mujer irrumpe como autora, ya no se presenta sólo como creía ser, es decir, como el hombre deseaba que fuera, sino que da testimonio artístico de su potente talento y ambición...



Bibliografía principal


María de Zayas. Desengaños amorosos, Ed. de Alicia Yllera, Cátedra, 2021.
- Novelas ejemplares y amorosas o Decamerón español, Alianza, 1968.
Ramón Menéndez Pidal. Historia de la cultura española. El siglo del Quijote, II, pg. 492.
Oliva Blanco Corujo. La polémica feminista en la España Ilustrada, Almud 2010.

 



miércoles, 22 de febrero de 2023

LOUISE MICHEL

 

Louise Michel, Educadora (1830-1905)
En Nueva Caledonia. Fuente Wikipedia

A Louise Michel la nacieron en la primavera de 1830, hija natural de una sirvienta y un terrateniente (o del hijo del patrón). Disfrutó de una infancia feliz y recibió una educación esmerada y liberal. Leyó a Voltaire y a Rousseau. Soñó con ser poeta y estudió magisterio, pero no pudo ejercer en la escuela pública por negarse a jurar bajo el imperio de Napoleón III. Eso no le impidió abrir escuelas libres en las que desarrolló una pedagogía innovadora, insistiendo en la responsabilidad y participación del alumnado y escribiendo piezas teatrales que interpretaban sus alumnas. En 1850 le escribió a Víctor Hugo, y ya mantuvieron correspondencia hasta el final de los días del célebre escritor de Los miserables.

En 1856 se traslada a París. Abre escuela en Montmartre y luego en la calle Oudot con unas sesenta alumnas en 1870. Publica textos y poemas bajo el seudónimo de Enjolras, personaje de Víctor Hugo. Enseña ciencias naturales y lee a Darwin y a Claude Beernard mientras colabora con el semanario Le Droit des femmes. Frecuenta los ambientes socialistas y revolucionarios, pugnando activamente por la independencia de la mujer trabajadora.

Tras la derrota de Napoleón III en la Guerra franco-prusiana, asumirá importantes responsabilidades en la defensa de la capital y será protagonista de la Comuna de París, primer gobierno autogestionario de la clase obrera en el mundo, primero como presidenta del Comité de Vigilancia de un distrito. Encabeza la manifestación de mujeres que impide que los cañones de los comuneros caigan en manos de los Versalleses, logrando la confraternización del pueblo y la soldadesca.

Durante los meses de la Comuna organiza comedores infantiles y orfanatos laicos, idea la formación de escuelas profesionales y combate en las barricadas, ejerciendo de enfermera, reclutando mujeres para conducir ambulancias y liderando un batallón femenino. Se entregó a los Versalleses para obtener la liberación de su madre, que amenazaban con fusilar. Tras la victoria de los tropas del gobierno francés de Versalles, su compañero sentimental Teófilo Ferré fue ejecutado en noviembre de 1871. Luisa le dedicará el poema "Los claveles rojos". La "Loba roja" es condenada por un consejo de guerra a diez años de destierro en los campos inhóspitos de Nueva Caledonia, tras cumplir veinte meses en prisión.

En la colonia francesa permaneció siete años. En Nueva Caledonia se empapó de la ideas anarquistas de Nathalie Lemel, encuadernadora y líder de la Unión de Mujeres en la Comuna. Corrieron rumores de una unión lésbica entre las dos. Luisa estudió y recogió datos de la flora y la fauna, que envió al Instituto Geográfico de París. Se acercó a los canacos, tenidos y temidos por antropófagos. Aprende su lengua y monta una escuela tomando partido por los nativos en la revuelta de 1878. Incluso tuvo tiempo y fuerzas para fundar un periódico: Petites affiches de la Nouvelle-Callèdonie y para publicar la Leyendas y canciones de gestas canacas. En 1878 se le permitió retomar su labor docente en la isla de Noumea como maestra de hijos de los deportados.

Con la amnistía de los comuneros regresa a París en 1880 ovacionada por la multitud y convertida en leyenda: "La Virgen Roja". Su obra La miseria publicada por entregas alcanza enorme éxito. Imparte charlas y conferencias y participa en mítines en los que enarbola por primera vez la bandera negra libertaria, desmarcándose del autoritarismo socialista. Encabeza una manifestación de desempleados que acaba en el saqueo de tres panaderías y es condenada a seis años de prisión. En la cárcel se mostrará activa en defensa de las prostitutas a las que considera víctimas de explotación social. 

Fue amnistiada por el presidente de la III República y en 1887 se declara contra la pena de muerte. Un año después es víctima de atentado, herida en la cabeza se niega a denunciar al agresor. Recuperada, sus discursos incendiarios provocan desórdenes y es arrestada y luego liberada. Por temor a que la internen en un manicomio, se exilia en Londres donde gestionará una escuela libertaria. A su regreso a Francia en 1895 funda Le Libertaire con Sebastián Faure. 

En 1896 participó en Londres en el Congreso obrero en el que se produjo la ruptura entre marxistas y anarquistas. En 1897 fue detenida y expulsada de Bélgica por sus actividades revolucionarias. Todavía a principios del siglo XX, ya septuagenaria, supervisa la publicación de su abundante obra literaria y da conferencias por toda Francia. Fallece de una pulmonía en enero de 1905 en un hotel de Marsella. Miles de personas acudieron a su funeral en París.

 Se había convertido en un icono del anarquismo, del feminismo, pero merece también ser considerada una autoridad pedagógica del movimiento obrero y del liberalismo social en general, como un ejemplo de altruismo y activismo comprometido a favor de los menesterosos. Seguramente sus poemas, leyendas y cuentos merecerían más atención. Hoy se dice que su novela La miseria profetiza la crisis social de los suburbios franceses de las grandes ciudades en nuestros días. Algunas escuelas francesas llevan su nombre y una estación de metro de París. Durante la guerra incivil española, dos batallones de brigadistas internacionales se llamaron "Luise-Michel".

Louise Michel, de Guardia Nacional

Debió de ser en los últimos años del siglo XIX, cuando Alejandro Sawa, el "Hiperbólico andaluz" de las Luces de Bohemia de Valle-Inclán, asistió a una conferencia de la educadora francesa y famosa revolucionaria en el boulevard des Capucines de París, entre un público que nuestro poeta caracteriza de "mundano" y, por consiguiente, poco apropiado para que la "conferencista" pudiera ensayar "esos aletazos que desde el ras de lo innoble le levantaban, tantas veces, hasta las cimas de lo absoluto" (Iluminaciones en la sombra, 1910).

La conferencia duró dos horas y Sawa describe a Luisa Michel como una leona encerrada en un gallinero. Dice de ella que no era mujer, sino llama; pequeñita, demacrada, toda ojos, iluminada; 

"sus manos parecían gozar de familiaridades con el rayo, y en la constante convulsión del cuerpo había algo de los estremecimientos sagrados de las pitonisas"... "la palabra 'amor' fluía de sus labios con la misma abundancia que el agua de los manantiales". 

Su corazón, templo universal de la misericordia.

Reconoce Sawa que las palabras de revuelta de la activista francesa fueron un buen tónico o cordial para su corazón herido...

"¡Una noche de fiebre en que mi exaltación fue tanta que juzgué hacedera la empresa de unir en comunión de amor a todos los hombres!"

Eso sucedió cuando ya el romanticismo idealista, ácrata y bohemio, ejemplarizante o maldito, periclitaba.

lunes, 9 de enero de 2023

ASPASIA DE MILETO

 

El debate de Sócrates y Aspasia, por Nicolás-André Monsiau (s. XVIII)


Cuentan que Pericles, el gran general aristócrata y líder del partido demócrata ateniense durante cuarenta años, excelente estadista, administrador y diplomático, que elevó la hegemonía de la talasocracia ateniense a gloria histórica, repudió a su legítima esposa para vivir con Aspasia de Mileto. Aspasia, hija de Axíoco, era rubia y tenía una agradable y melodiosa voz que deleitaba a los hombres de todas las edades y oficios. La hermosa jonia pasaba por ἑταῖρα. Esta palabra, "hetaira" o "hetera", admite equívocas traducciones. Puede significar cortesana, dama de compañía, compañera, barragana o prostituta. Pero a la concubina llamaban los griegos "pallaké" y a las prostitutas ordinarias no se las llamaba hetairas, sino "pornai" o "porné", de donde proviene el término moderno "porno-grafía". 

Salvando distancias enormes, geográficas y culturales, las hetairas eran el análogo griego de las geishas japonesas: mujeres libres que desempeñaban funciones artísticas en las tertulias elegantes, consejeras, acompañantes que, ocasional y libremente, prestaban servicios afectivos y sexuales a varones escogidos, mujeres que habían recibido una educación esmerada, disponían de independencia económica, pagaban impuestos y podían participar en condiciones de igualdad con los varones en los simposios. Según W. Jaeger, en la Atenas de Pericles los simposios podían compararse por su importancia espiritual con los gimnasios, en ambos espacios surgió una "gimnasia del pensamiento" y una forma nueva y superior de Paideía (educación), que podemos asimilar a la dialéctica socrática o brevi-elocuencia, mejor que a los discursos largos, espectaculares y bien retribuidos, de los sofistas (macro-elocuencia).

No sabemos por qué Aspasia se trasladó desde Mileto a Atenas con apenas veinte años. Tal vez quiso conocer la capital del Ática, atraída por su auge económico, militar y artístico, tal vez no quiso dejar sola a su hermana, que se había casado con un ateniense, Alcibíades el Viejo. En la región de la que procedía, la costa de Jonia, los niños y las niñas convivían en las escuelas públicas y era más fácil que en Atenas que una mujer accediera a la formación superior del espíritu. En la ciudad de Atenea el rol social de la ciudadana ateniense estaba restringido al ámbito doméstico.

El encuentro con Pericles, que le doblaba la edad, debió suceder hacia el 447a. C., según Armand D'Angour. Al contrario que las prostitutas, las hetairas no solían tener muchos clientes, siempre distinguidos y con recursos para pagar sus servicios. A veces sólo uno. Este fue el caso de Pericles. Usaban estas mujeres prendas de tejidos transparentes, frecuentemente de color azafranado. Se maquillaban, depilaban, perfumaban y se dejaban trabajar sofisticados peinados con uso de postizos. A veces servían de modelo a pintores y escultores. El capítulo III (11) de las Memorables de Jenofonte está dedicado al encuentro de Sócrates y la bella hetaira Teodota, que está posando para un pintor, la misma que luego sería amante del descarado y famoso Alcibíades y que se ocuparía de su entierro en Frigia (v. Plutarco, Cimón, 9).

Según Diógenes Laercio, Platón le dedicó un poema a la hetaira Arqueanasa: "Poseo A Arqueanasa colofonia / sobre cuya rugosa y senil frente / acerbo amor se esconde, / ¡Míseros de vosotros que gozasteis / su juventud primera! / ¡Oh cuán activo ardor sufrir debisteis!". Cuenta el gramático heleno Ateneo de Naucratis a principos del siglo III d. C., citando al socrático Antístenes, que Pericles "presa de amor por Aspasia, dos veces al día, al entrar y salir de su casa, abrazaba a su mujer". Ateneo juega con la semejanza fónica del nombre "Aspasia" y el verbo "aspázomai" que significa abrazar. Mucho antes, Plutarco de Queronea también recoge la anécdota en su biografía de Pericles (24) diciendo que la saludaba al salir y entrar de casa con un beso. Javier Murcia Ortuño comenta que no debía de ser esto lo normal entre los matrimonios oficiales de Atenas.

Las hetairas alcanzaban una cultura y educación que se les negaba a las ciudadanas, reducidas al ámbito familiar, a la función reproductiva y a lo que María Ángeles Durán llama "el Cuidatoriado", el cuidado de hijos y mayores. Es evidente que Pericles, como muchos otros, consideraba a Aspasia mujer sabia y entendida en política. La milesia se relacionó con Anaxágoras, con Eurípides, con Fidias..., y Sócrates frecuentó su salón, según refieren sus discípulos Jenofonte y Platón. El primero, en sus Memorables o Recuerdos de Sócrates (II, 6, 36) y el fundador de la Academia en su diálogo Menéxeno (235c), donde el personaje Sócrates reconoce a Aspasia como una de las mujeres más distinguidas en el arte de la oratoria. 

Al parecer, Sócrates, coetáneo suyo, no sólo la recomendaba, sino que la tuvo por maestra. Hay quien dice que el Tábano de Atenas debe a Aspasia su método irónico de indagación. Pero no creo que haya que atribuir demasiado crédito a esta exageración, aunque sin duda Sócrates acusó su influencia. En el Menéxeno se dice que Pericles fue educado por Aspasia y que por ello debía ser mejor orador público que alguien educado por Antifonte el sofista. Es posible que Platón tomase de Esquines (389-314 a. C.) algunas de sus afirmaciones del Menéxeno. Y hay quien piensa que la sacerdotisa Diotima mentada por Socrates en el platónico Banquete como reveladora de decisivos misterios, y no sólo eróticos, es una máscara de Aspasia, logógrafa y pedagoga. "Diotima" significa "honrada por Zeus" y a Pericles le apodaban "El Olímpico" porque portaba las armas de Zeus cuando tronaba pronunciando sus discursos, y no cabe duda de que Pericles honró como nadie a Aspasia... Aunque la mayoría de eruditos creen que Diotima fue un personaje histórico diferente de la milesia.

En el Menéxeno (escrito hacia el 387 o poco después), Platón se burla de la grandilocuencia de Lisias, el famoso orador. En el diálogo se ironiza sobre un discurso fúnebre o epitafio compuesto supuestamente por Aspasia, que había muerto hacía más de trece años, como una especie de divertimento lleno de anacronismos y exageraciones. Es una especie de parodia de la extraordinaria habilidad de los rhetores para apañar "a base de corta y pega" un discurso con el que halagar, excitar y hechizar a su miltitudinario auditorio, función imprescindible en la Atenas democrática. El propósito de Platón en ese diálogo era probablemente denunciar la retórica vana de los sofistas, y muy especialmente a Gorgias de Leontini, que visitó con enorme éxito Atenas en el 427 a. C. en calidad de embajador siciliano y cuyo seguidor panhelenista Isócrates (436-338 a. C.) fundará en el 392 una importante escuela competidora de la Academia, una escuela que no sólo proporcionaba formación retórica, sino también ética y emparentada con el intelectualismo socrático. El Menéxeno debió escribirse poco después de la publicación de la Aspasia de Esquines y coincidiendo  con la apertura de la Academia (387 a. C.) o poco después, cuando ya Platón había decidido distanciarse de las escuelas de Retórica y de la Sofística. Esquines había retratado a Aspasia como experta educadora en la elocuencia. Sócrates atribuye en el Menéxeno a Aspasia la composición de la famosa oración fúnebre que pronunció Pericles sobre la idiosincrasia de su polis y que recoge Tucídides (II, 37, 1). Aspasia simboliza en el diálogo platónico el proceso de soldadura de todos los discursos anteriores para la elaboración de epitafios. Sócrates la llama "preceptora", pero no está claro si sostuvo una verdadera escuela, ni se a ella asistían mujeres interesadas por una cultura superior.

José Garnelo y Alda, pintor erudito y academicista de entre-siglos,
laureadísimo, hijo adoptivo de Montilla (Córdoba),
 pintó este extraordinario cuadro: Aspasia y Pericles (1893) 
que acabó llamándose "El Pedagogo",
aunque en realidad "la pedagoga" es Aspasia de Mileto.

Los atenienses no vieron con buenos ojos que una hetaira extranjera influyera tanto en las decisiones de Pericles y acabaron acusándola de impiedad, según Plutarco, iniciándose un proceso contra ella, que bien podría haber apuntado contra Pericles golpeándole donde más le dolía (h. 432 a. C.). Se cuenta que Pericles llegó a derramar lágrimas suplicando entre sollozos a los jueces que la indultaran. No obstante, la veracidad histórica de este proceso contra Aspasia ofrece muchas dudas. La acusación se parece demasiado a la formulada contra Sócrates: impiedad y corromper a las mujeres atenienses, un delito religioso. Como ha señalado M. Montuori, una meteca no podía incurrir en un delito de asebeia (impiedad) y puede que todo sea una invención cómica del poeta Hermipo, el mismo al que la leyenda atribuía la acusación pública. Plutarco sigue a Esquines el Socrático al atribuir estas lágrimas a Pericles. La ofensiva contra Pericles incluía por parte de los sectores más conservadores incluía también a Fidias, el famoso escultor y amigo de la pareja, que resultó condenado, y a Anaxágoras por herético. El gran filósofo de Clazomenas tuvo que abandonar a prisa y corriendo Atenas. Indro Montanelli da por seguro que fueron los conservadores del partido oligarca, envalentonados por esos éxitos, quienes llevaron a los tribunales a Aspasia. Los campeones de la "prensa amarilla" de la época, capitaneados por Hermipo, compitieron en lanzar las calumnias más infamantes contra la primera dama de Atenas, presentándola como una vulgar celestina ante un tribunal con mil quinientos jurados. Ella había convertido la casa del strategos autokrator (arconte militar desde el 467) en un burdel, debilitando y enviciando a Pericles, su amante.

Antístenes el Viejo, discípulo de Sócrates y fundador de la escuela cínica, tituló uno de sus diálogos con el nombre de "Aspasia". Esquines hizo lo mismo y la mostraba como profesora e inspiradora de excelencia. De ambos diálogos no nos quedan sino fragmentos, del de Antístenes sólo nos han llegado tres citas, que más bien consienten la hipótesis de que su diálogo era un ataque contra Pericles y Aspasia. En el eco latino, ciceroniano, del diálogo de Esquines, Aspasia aparece como un "sócrates femenino" aconsejando a la esposa de Jenofonte y a Jenofonte cómo adquirir la virtud (areté) a través del autoconocimiento. Curiosamente, Aspasia murió poco antes de la ejecución de Sócrates en el 399 a. C. Y toda la literatura, perdida en su mayoría, que surge a comienzos del siglo IV sobre Aspasia procede del círculo de los socráticos.

Una tradición cómica hizo de Aspasia de Mileto responsable nada menos que de la Guerra del Peloponeso de Atenas contra Esparta y de la trágica expedición ateniense contra Samos, rival de su ciudad natal Mileto, hacia el 440 a. C. Lo mismo que se burló de Sócrates en Las Nubes, Aristófanes caricaturizó a Aspasia en Los acarnienses, acusándola también de haber causado la Guerra del Peloponeso (431-404). Estas insidias contra la inteligente y poderosa extranjera las recoge Ateneo de Naucratis: "Y el olímpico Pericles, como dice Clearco en el primero de sus Eróticos, ¿no transtornó la Hélade entera por causa de Aspasia, no la más joven, sino la coetánea del filósofo Sócrates, a pesar de la enorme reputación que poseía por su inteligencia y capacidad política?" (Deipnosofistas, XIII, 589). La "joven Aspasia" fue una hetaira del rey persa Ciro a la que este, por la fama de la milesia, le cambió y puso su nombre.

Pericles, quien, antes de sucumbir él mismo, tuvo que ver y sufrir cómo morían durante la peste del 429 sus dos hijos legítimos: Jantipo y Paralos, engendró un hijo "natural" en Aspasia: Pericles el Joven, hacia el 440 a. C. El gran estratega alcmeónida y líder del partido demócrata se preciaba de que Atenas era una ciudad abierta -las democracias suelen serlo-, donde no se expulsaba a los extranjeros (metecos), al contrario que en Esparta donde se los miraba mal o se los deportaba. Pero el mismo general se contradijo al aprobar una ley que restringía los derechos de ciudadanía, sólo concedidos a quien contase con padre y madre ateniense. El tiro le salió por la culata al dar a luz Aspasia a su hijo "bastardo". Sin embargo, apiadados por la pérdida de los hijos de su primera esposa, la ciudad consintió en darle al joven Pericles la carta de ciudadanía. Jenofonte retrata el diálogo de Sócrates con el Joven Pericles en sus Memorables (III), en cuyo talento cifraba el filósofo sus esperanzas de regeneración de Atenas, cuando esta ya se precipitaba en la decadencia durante los últimos años de la guerra contra Esparta. El hijo de Pericles fue uno de los generales que vencieron a Esparta en las Arginusas y que luego la ciudad ejecutó "en agradecimiento", tras un tormentoso juicio que a Sócrates le tocó por suerte presidir y en el que este hizo valer lo que pudo su voto, en contra de que se les condenara a muerte.

Pericles debió estar unido a Aspasia desde 450-445 hasta su fallecimiento durante la epidemia del 429 o 428 a. C. Según algunos, sin su protector y esposo de facto, a partir de ese momento Aspasia cayó en desgracia, se le acusó de todos los males de Atenas y tuvo que poner pie en polvorosa. La tildaron de Deyanira, la esposa que mató involuntariamente al héroe Heracles, de Ónfale, reina de Lidia que esclavizó a Heracles durante un año. Los comediógrafos Cratino y Eupolis la compararon con Helena, por la que se había armado la guerra de Troya. Pericles había sido su Paris. Según otros, tras la muerte de Pericles, Aspasia fue amante o casó con Lisicles, político y general y todavía pudo darle a este un hijo en 428. Pero tal relación es dudosa y puede ser también un efecto de la ficción cómica, pues Lisicles significa "proveedor de recursos".

Plutarco de Queronea expresa su admiración por una mujer que fue capaz de "dirigir a su antojo a los principales hombres de Estado y ofrecía a los filósofos ocasión de discutir con ella en términos exaltados y durante mucho tiempo" (Pericles, XXIV). Luciano de Samosata le llama "modelo de sabiduría". Según la enciclopedia bizantina Suda (s. X) Aspasia fue "lista más allá de las palabras", sofista y profesora de retórica. 

Extraña que Giovanni Boccaccio en el Renacimiento no se refiera a Aspasia en su catálogo de mujeres ilustres (De claris mulieribus). Aspasia fue un personaje muy apreciado por los románticos del siglo XIX y por la novela histórica del siglo XX. Murió hacia el 400, con setenta años, edad avanzada para su época. Supo triunfar, influir (poder en la sombra), manejar voluntades, formar espíritus y cuidarse, esta mujer excepcional.