domingo, 12 de octubre de 2014

¿EGOÍSMO O AMOR PROPIO? Ayn Rand vs. Marta Harnecker


Memoricé Los conceptos elementales del materialismo histórico del “catecismo” de Marta Harnecker editado por Siglo XXI hace más de treinta años. La propia escritora chilena, nacida en 1937 cuenta su formación, primero como psicóloga y activista catolica, y luego como ideóloga marxista en el París donde Althusser y otros teóricos comunistas ejercían de gurús de la gauche divine, en un vídeo que puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=YnGdv8D55pM.

Su manual ponía inteligencia, claridad y correcto español en la versión estructuralista y afrancesada del marxismo-leninismo, con conceptos althusserianos como “determinante en última instancia”, para referir a la infraestructura económica, o “dominante”, para referir a la importancia relativa de la superestructura ideológica o política en una “formación social” concreta.

De activista de Acción Católica, Marta, cuyo apellido alude al origen austríaco de su familia, pasó a ser una convencida materialista. En el artículo que la Wikipedia le dedica, se dice que abandonó totalmente sus orígenes religiosos por el “socialismo científico”. Permítaseme que ponga en duda semejante afirmación. En la entrevista citada queda clara la conexión entre la descalificación cristiana del egoísmo y su trayectoria comunista, como asesora del régimen de Fidel y de los “movimientos de clase” hispanoamericanos. Marta Harnecker es viuda de Manuel Piñeiro, jefe de los órganos de seguridad de Cuba y ha sido asesora del gobierno de Hugo Chávez desde 2002 hasta 2006.


En efecto, la autora se refiere al egoísmo como el gran pecado que intentan corregir, tanto el cristianismo comunitario, socialmente comprometido con los pobres de la tierra, como el comunismo marxista, que ve la raíz de todas las contradicciones en la “lucha de clases”, (más que en el desajuste entre relaciones de producción y desarrollo de las fuerzas productivas, que sería su expresión técnica y economicista).
Pero el egoísmo como pecado original, así como el individualismo posesivo como delito principal del capitalismo, son conceptos con una carga religiosa y moral indudable, que nada tienen que ver con el cientifismo del marxismo althusseriano. Éticamente, claro, todo depende de qué entendamos por “egoísmo”.

Aristóteles ya se percató de que la amistad (philía), tenía por fuente el amor propio (philautía), sólo el que se sabe querer a sí mismo puede ser amigo de los demás. Los pensadores humanistas insistieron en la superior dignidad del alma humana, frente al bruto, a causa de nuestra irrenunciable libertad individual para querer, para desear, ante todo, nuestro propio bien; los ilustrados también hicieron de la benevolencia una mera proyección, o universalización educada, del amor propio. Somos benevolentes por deber, no por amor, pues este no es exigible. Hume proponía una lectura tolerante del término “egoísmo”, bien entendido el egoísmo como amor propio y afán de superación. Muchos pensadores ilustrados han visto en el amor propio individual el verdadero motor del desarrollo económico y social.



Como campeona de dicha concepción en el siglo veinte, y en el extremo opuesto al de la posición política y comunista de Marta Harnecker, tenemos a la usamericana de origen ruso Ayn Rand, cuyo nombre en San Petersburgo, ciudad en la que nació en 1905, era Alisa Zinóvievna Rosenbaum. Única filósofa que se ha atrevido a desarrollar una fundamentación ética del capitalismo basándose, precisamente, en el egoísmo inteligente, que bien podría trasladarse a la más aceptable expresión castellana de “amor propio racionalista”, a causa de las negativas connotaciones morales que tiene para nosotros la palabra “egoísmo”, como egolatría y descuido del otro.

Si el marxismo-leninismo divide el mundo en explotadores y explotados, propietarios y desposeídos, Ayn Rand lo divide en productores y saqueadores. Creo que su apología del empresario que debe su dinero y poder a su ingenio y esfuerzo (del self made man) hubiera sido de gran utilidad en un país como el nuestro, en el que todavía se mira con desprecio al “pringao”, sea este obrero, empresario o trabajador autónomo; un país como el nuestro en el que todo el mundo quiere ser funcionario o pensionista, incluso antes de tiempo, y en el que los modelos populares de empresarios independientes del poder político son tipos como Jesús Gil, Sandokan o el Pocero.

El empresario modelo de Ayn Rand, desde luego, tiene poco que ver con el especulador financiero, el oportunista del pelotazo, el pancista de la construcción, el defraudador de impuestos, o el paniaguado de la cuerda política dominante, ya que no solicita subvenciones, ni cesiones de tierras o favores legislativos de los poderes públicos o del gobierno. Por el contrario, comprometido con sus metas, es el verdadero generador de riqueza; no hay el menor pecado en que consiga enriquecerse con el talento y el trabajo propio mientras crea posibilidades nuevas, servicios nuevos, tecnología novedosa y nuevos puestos de trabajo. Y desde luego no usa las consignas del “bienestar público” y el igualitarismo compasivo para medrar sin esfuerzo. Para A. Rand, el derecho de propiedad es, por supuesto, el más fundamental de los derechos humanos, pues sólo un esclavo puede trabajar sin derecho al producto de su esfuerzo. Y quien afirma que hay derechos humanos superiores al de propiedad, lo que afirma es que algunos seres humanos tienen derecho a hacer de otros su propiedad, y como el competente no tiene nada que ganar del incompetente, ello representa el “derecho” de este último a adueñarse de los mejores y a usarlos como ganado productivo.

Los héroes de La rebelión de Atlas (Atlas Shrugged, 1957) son el magnate internacional del cobre, el principal productor norteamericano de un nuevo metal que sustituye con éxito al acero convencional, un filósofo noruego metido a pirata[1] en rebeldía con el nuevo orden burocrático, y la protagonista, Dagny Taggart, la máxima autoridad de la principal compañía ferroviaria usamericana, que labora sin quejarse a la sombra de su hermano pusilánime. Todos ellos se rebelan frente al poder destructor de los saqueadores, que en nombre de la solidaridad y la igualdad, frenan el potencial creador de los mejores o lo parasitan descaradamente.

El empresario ideal de Ayn Rand no debe ni un centavo de su fortuna a la fuerza o el fraude, sino a su egoísmo creativo, esforzado e inteligente. No siente que el amor al prójimo deba imponerse por la fuerza o exigirse como un imperativo categórico. El respeto o la admiración de los demás, igual que la autoridad, hay que ganárselos con la acción creadora, con el trabajo bien hecho.

El ejército de saqueadores está compuesto por mediocres e inútiles que justifican en un sentimentalismo lastimoso su rencorosa pretensión de vivir sin trabajar, con la ilusa idea de que cualquiera vale para cualquier puesto. Lo heroico, en el nuevo totalitarismo socialista, está prohibido, igual que la celebración vital del éxito comercial o la felicidad que proporcionan los logros personales. La mediocracia impone sanciones a la habilidad de los mejores, castiga con impuestos crecientes a los creadores, y lo que es peor, pretende hacerles sentir culpables por querer ganar dinero con su esfuerzo, o sea, por su egoísmo inteligente. El único propósito moral del hombre es su felicidad, que sólo se puede alcanzar mediante la propia virtud, pero esta no es un fin en sí misma.

«La vida es la recompensa de la virtud, y la felicidad es el objetivo y la recompensa de la vida.»

Ayn Rand tiene el coraje de sostener que la única aristocracia que queda en el mundo es la del dinero, los escudos de los nuevos nobles figuran como logotipos en los carteles publicitarios, pero “los que deambulan sin rumbo” no lo comprenden. La clase más depravada de ser humano es la que carece de propósitos, la de los nihilistas. ¿No es malvado desear sin moverse, o moverse sin propósito? Mientras que los emprendedores sólo alcanzan una meta para diseñar y proponerse otra superior. Su tesis es que la destrucción del afán de lucro lleva al colapso de la sociedad, y la novela, de más de mil páginas, narra la decadencia de EEUU como consecuencia del intervencionismo asfixiante del gobierno. 

Algunos han visto en La rebelión de Atlas una rehabilitación del espíritu de los pioneros, de los primeros colonos que se sublevaron contra Inglaterra en el XVIII en defensa de los derechos individuales.´


Lo que verdaderamente importa en la vida es lo bien que realiza uno su faena, sea esta la de componer música, dar clase de filosofía, asar hamburguesas, o construir vagones de tren. También aquí, como en Marta Harnecker, nos encontramos con una doctrina volcada hacia la praxis. Igual que en el marxismo la medida del valor humano, su esencia, es su trabajo, su acción transformadora.

Para Ayn Rand, cualquier otro código ético que se intente imponer sobre una base distinta del trabajo productivo no es más que papel moneda sin garantías, puesto en circulación por estafadores para despojar de sus virtudes a los excelentes. ”El código del talento es el único sistema moral basado en el patrón oro”. No hay más deber que el ejercicio constante, claro e implacable, de nuestras facultades en el trabajo con conocimiento... 

La ética de Ayn Rand está animada por una confianza indestructible en la superior dignidad de la mente humana, una esperanza que se opone a cualquier especie de antihumanismo, como estos que son tan frecuentes hoy, de la mano del animalismo, a veces, y cuya caricatura en La rebelión de Atlas es el Dr. Pritchett, filósofo oficial de los saqueadores, que insiste en que no hay verdad, y en que la irracionalidad y la nulidad son una constante del ser humano.

Para Ayn Rand, las necesidades no son suficiente garantía para exigir derechos, hay que merecer los bienes, no basta con necesitarlos[2]. Hay que ganárselos, pues las ganancias son el fin natural del trabajo. Igual que las fiestas sólo adquieren sentido cuando hay algo que celebrar, los bienes sólo se merecen cuando uno se los ha ganado con su saber hacer y su esfuerzo. Por eso, el último acto de bancarrota moral es castigar a la gente por sus virtudes y premiarla por sus vicios.

El egoísmo inteligente de nuestra escritora es un racionalismo que impone los principios de identidad y no contradicción como garantía de toda discusión razonable y constructiva[3]. Un objetivismo lógico. La lógica salvaguarda la honradez, porque –como hubiera podido decir nuestro Balmes- basta que razonemos para que afirmemos el enlace de las ideas, es decir, de todo el mundo lógico[4]. El deshonesto saqueador no teme contradecirse con tal de resultar indemne. Su credo de la interdependencia colectiva es el de la no identidad, la no propiedad y la no realidad. Pero la destrucción es el costo de cualquier contradicción. Los saqueadores opinan que las cuestiones vinculadas con la verdad no guardan relación alguna con los asuntos sociales, que son sólo las necesidades del momento las que deben gobernarnos. Los saqueadores, que, aun siendo populistas, desprecian al pueblo, están convencidos de que el único medio de conducir a las masas es mediante el engaño o la fuerza. Lo que hacen es suprimir la ambición creadora y el afán de superación, paralizado por el miedo o sustituido por el temor a sobresalir. Crean una sociedad de mediocres por el procedimiento de destruir la iniciativa privada y gravar la libre empresa con impuestos crecientes. Ya nadie se atreve entonces a destacar o perseguir ambiciones propias por temor de que lo tilden de egoísta, o porque se percata de que está produciendo para quienes no producen nada y además le desprecian por considerarlo amigo del dinero. 


Pero el dinero es sólo un instrumento de intercambio que no puede existir a no ser que existan bienes y personas capaces de producirlos, una forma material del principio según el cual quienes desean tratar con otros deben hacerlo mediante transacciones, entregando valor por valor. Los pordioseros que lo exigen llorando, o los saqueadores que lo arrebatan por el engaño o la fuerza pueden despreciarlo, mientras vivan de quien lo produce y puedan parasitar a los productores, porque no son los pordioseros, ni los especuladores, ni los saqueadores, quienes dan valor real al dinero. El dinero es un pacto de honor, su tenencia da derecho a la energía y el esfuerzo de la gente que produce. Merece por tanto todo respeto. Y sólo lo desprecia quien lo malgasta sin haberlo ganado, el mismo que tiende a despilfarrarlo. El dinero primero tiene que hacerse, para luego poder ser saqueado. Y lo hacen las personas honradas que saben que no pueden consumir más de lo que producen. Siendo producto de la virtud, es verdad que su mera posesión no hará a nadie virtuoso, ni le dará lo que no se merezca, ni material ni espiritualmente. En la novela de Ayn Rand, el dólar se vuelve emblema de los atlantes en rebelión.

«Huya de quien le diga que el dinero es malvado, pues esa frase es la señal que anuncia la presencia de un saqueador. En tanto los hombres vivamos en sociedad y necesitemos medios para tratar unos con otros, el único sustituto, en caso de abandonar el dinero, serán las armas.»

¿Hacia dónde se precipita la sociedad norteamericana en la novela de Rand? Hacia una sociedad estabulizada y estabilizada, en la que no hay ya innovaciones, porque nadie se atreve a concebir ideas diferentes a las oficiales; en la que para producir hay que obtener autorización de quienes no producen nada; en la que muchos se hacen ricos mediante sobornos e influencias, y en la que el dinero ya no fluye hacia quienes laboran, sino hacia quienes trafican con favores. ¿Le suena? 

En una sociedad en la que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en auto-sacrificio, y en la que mandan las necesidades en lugar de las capacidades, los dirigentes acabarán repartiendo miseria. Allí las necesidades habrán de restringirse necesariamente, porque en ella ya sólo conviven consumidores asustados, y no productores independientes. El trabajador ha pasado así de ser un sujeto libre a ser un esclavo al servicio del estado distribuidor. Sus dirigentes alaban cualquier emprendimiento que no tenga ‘fine de lucro’ y maldicen a quienes lograron el lucro para hacer posible ese emprendimiento, consideran ‘de interés público’ cualquier proyecto que sirva a quienes no pagan ni se esfuerzan, y acaban no prestando servicio precisamente a quienes los pagan todos. Los burócratas ensayan esclavizar a sus proveedores materiales, científicos, inventores, industriales, comerciantes, obreros… y cuando claman por la propiedad pública de los medios de producción, están clamando por la propiedad pública de la mente.

En una sociedad así se prohíbe el despido o se coloca a las clientelas sin tener en cuenta sus capacidades; el contrato entre hombres libres se sustituye por la imposición estatal. La legislación sustituye al acuerdo racional en la contrautopía de Rand, porque sus dirigentes, que practican también hipócritamente el egoísmo, lo disfrazan de altruismo social. Proclaman que los empresarios son seres egoístas y codiciosos caza-dólares, pero como no pueden vivir sin ellos, les exigen el sacrificio voluntario. La moraleja es que una sociedad que no protege al trabajador autónomo, al empresario, al comerciante, al autónomo, al obrero cualificado, es una sociedad condenada. Francisco d’Anconia explica así su huelga y el hecho de que haya hundido voluntariamente sus propias industrias.

«Me di cuenta de la naturaleza parasitaria de los impuestos, que habían ido creciendo a través de siglos como la hiedra, sobre D’Anconia Cooper, desangrándonos, sin apoyarse en ningún derecho al que pudiera conferirse un nombre. Cada una de las disposiciones gubernamentales acentuaba mi parálisis porque era exitoso, y se encaminaban a ayudar a mis competidores, porque eran fracasados. Observé cómo los sindicatos ganaban todas las acciones judiciales en mi contra, debido a mi propia habilidad para hacer que su subsistencia fuera posible; vi que el deseo por tener el dinero que no podían ganar era considerado lícito, mientras el que ganaba yo era calificado de fruto de la codicia.»

Una de las tesis más temerarias de este objetivismo es que la justicia debe estar por encima de cualquier consideración sentimental, por encima de la caridad o el amor. Pensar racionalmente es superior a sentir. Los insulsos, perezosos y mediocres no piensan racionalmente, sólo sienten. Cuando se actúa sobre la base de la compasión y contra la justicia, es a los buenos a quienes se castiga en aras de los malos. Cuando se salva del sufrimiento a un culpable, es a los inocentes a quienes se obliga a sufrir. Para A. Rand se trata de un prejuicio creer que la virtud se basa en darle algo a quien no se lo merece, y uno más grave aún creer que la virtud exige sacrificio y dolor. La génesis de la moral de los saqueadores viene de lejos. Rand traza su secuencia histórica: los aristócratas de la espada y de la cuna, los de la burocracia, esos que desprecian a los productores, a los que de verdad se ganan la vida, tachándolos de esclavos, siervos, comerciantes, vendedores o industriales.

«Mi sentido del comercio consiste en saber que la satisfacción que me das la pago con la que te doy a ti. No acepto ni hago sacrificios y si me pidieras más de lo que significas para mí, me negaría…»

Eso dice uno de los protagonistas. Los ”buenos” de la novela de A. Rand, los atlantes, hombres de empresa y creadores originales que se rebelan contra la moral hipócrita del igualitarismo compasivo impuesta por los saqueadores, no saquean, comercian, en lo material y en lo espiritual, y se enorgullecen de ello. El símbolo moral del respeto por los seres humanos es el comerciante. Un comerciante es alguien que gana lo que obtiene y no da ni toma lo inmerecido. No pretende que se le pague por sus fracasos, ni que se lo ame por sus defectos. El comerciante debería proclamar con orgullo que trabaja en beneficio propio, porque la honestidad no es un deber social, ni  un sacrificio que tenemos que hacer por los demás, sino la virtud más profundamente egoísta que un hombre puede practicar. 

El buen empresario pertenece a la clase de los que nunca piden fe[5], esperanza y caridad, sino que ofrecen hechos, pruebas y beneficios. Los que no creen haber nacido con ningún pecado original y por tanto no se sienten culpables de tener mente ni de ser humanos, ni de buscar la felicidad obteniendo beneficios con su trabajo.


Contra la ética del auto-sacrificio que usa como arma la compasión de los demás, y que nace en los mediocres de la envidia y el rencor hacia el competente, Rand propone un vitalismo del interés personal y del goce del capaz, ese que consigue beneficios económicos con su esfuerzo y el desarrollo pleno de sus capacidades. Y es que la producción no puede ser un imperativo social, pues nadie se esforzará si sabe que por hacerlo no recibirá más que una sopa boba que cubra sus necesidades animales. Frente a las repúblicas populares de la Europa decadente, que ponen el énfasis en la protección social de los débiles, y que han hecho del místico holgazán un ídolo. Ayn Rand proclama el derecho individual del genio y de la excelencia, que no son un mero producto social, sino un logro personal. Porque cada persona es un fin en sí mismo y no un medio para lograr fines ajenos, y nadie debe vivir para nadie ni exigir que nadie viva para él. Por eso, el hombre que permite que un líder le indique el rumbo no es más que chatarra remolcada hacia una pila de chatarra.

Una ética así recuerda mucho a Nietzsche, (”sólo el concepto de ‘vida’ hace posible el concepto de ‘valor’” ), si no fuese porque no hay en ella esa mirada romántica, nostálgica, del alemán, que retrotrae lo noble a épocas guerreras periclitadas y sabidurías trágicas presocráticas; ni ese desdén orientaloide por la acción económica y productiva; ni la exaltación nietzscheana del instinto de supervivencia (”el instinto de conservación es precisamente lo que el hombre no posee” ). Para Rand, la razón es la capacidad que nos separa de los brutos, siendo libres de usarla o no, igual que podemos decidir existir o no existir. La racionalidad es una cuestión de elección, de valores. Y para vivir, el ser humano debe considerar tres cosas como valores supremos: razón, propósito y autoestima[6].

La vida del hombre no es la supervivencia a cualquier precio. Y los objetos tecnológicos tienen su poética y su metafísica, son la idea hecha realidad, los motores de la industria constituyen una respuesta concreta a los por qué y los para qué, igual que los escalones de una vida elegida realizan y corporizan los propósitos de la mente. Los ingenios construidos por el hombre conforman así un código moral moldeado en cristal, en plástico, en acero... 


Ningún irracionalismo le vale, y Rand lamenta que hayan sido los atributos bestiales, no los humanos y racionales, los que la humanidad haya adorado: el ídolo del instinto y el de la fuerza, los místicos y los reyes. Arremete así contra los místicos que anhelaban una conciencia irresponsable y gobernaron proclamando que sus oscuras emociones eran superiores a la razón, que el conocimiento brota de impulsos ciegos, sin causa; y contra los reyes, que gobernaron por medio de sus garras y sus músculos, adoptando la conquista como método y el saqueo como propósito, con una espada o un fusil como único argumento de poder, creyendo que la felicidad se alcanza por orden del capricho emocional. El propósito de unos y otros ha sido siempre el mismo, eliminar la consciencia crítica individual y gobernar por la fuerza. Todo dictador es un místico y todo místico un dictador en potencia, porque el místico anhela la obediencia de los hombres, no su acuerdo. Y no importa a quien diga que sirve, a un dios o una gárgola sin cuerpo a la que llama ‘el Pueblo’, ni importa el ideal que diga proclamar, su ideal es la muerte. Un místico goza ante la visión del sufrimiento y del terror, porque le da un sentimiento de triunfo, una prueba de la derrota de la realidad racional, igual que un eunuco que encuentra placer castrando todos los placeres, o un mediocre que halla placer demoliendo la grandeza. Pero no existe otra realidad que la que descubre la razón.

El conocimiento objetivo es posible y aquellos que te dicen que somos incapaces de percibir una realidad no distorsionada por los sentidos, lo que quieren decirte es que no desean percibir una realidad no distorsionada por sus sentimientos. No es posible una rebelión honesta contra la razón. Y cualquier forma de irracionalismo no tiene otro motivo, sino el oscuro de pretender lograr algo irracional, injusto o irrazonable.

El maquiavelismo de los gobernantes saqueadores (el bienestar del Estado acaba privando sobre el estado del bienestar) consiste en legislar de modo que sea imposible que la gente viva sin quebrantar alguna ley, dictando leyes que no puedan ser interpretadas de forma objetiva y que sea imposible hacer cumplir, así es posible caer sobre cualquiera, porque hemos hecho a todos culpables. Se trata, claro, de un Estado gobernado por mafias (clase política, ”casta”): sirvergüenzas corruptos, incapaces de realizar un esfuerzo, carentes de la menor habilidad, pero con sueldos de presidentes de compañías (o con ”tarjetas opacas”).

De la novela de Rand se sigue también una ética sexual bastante lejana del puritanismo norteamericano de su tiempo. Para empezar, la principal protagonista de su obra es una mujer empresaria[7]. Dagny Taggart tiene en este aspecto menos prejuicios que sus tres amantes, Francisco d’ Anconia, aristócrata argentino, descendiente de un español exiliado, perseguido por la Inquisición, Henry Rearden, director de Rearden Steel y productor del Metal Rearden, y el misterioso John Galt, inventor y filósofo. En la novela el sexo bien entendido no aparece como causa sino como efecto y expresión del sentido que cada cual tiene de su propio valor, y contra aquellos que opinan que es una mera condición física que puede funcionar con independencia de la mente, elección o código de valores, estos son los mismos que creen que la riqueza está desprovista de raíz y significado intelectual. No es el cuerpo el que formula un deseo y efectúa una elección. El verdadero amor no es ciego. O, dicho de otro modo, las emociones deben acreditarse y fundarse en razones para no ser bestiales. Por eso, la elección sexual de alguien que no sea un animal es la suma y resultado de sus convicciones fundamentales. Dime a quién encuentras atractivo o atractiva, y te diré cuál es tu filosofía de vida.


«Muéstreme a la mujer con la que se acuesta y deduciré su valoración de sí mismo»

Amar es valorar, por lo que no es posible amar a quien consideramos despreciable, igual que no es posible hacerse rico consumiendo sin producir[8]. Y sin embargo, el sexo es el acto más egoísta de todos, pues sólo se realiza con dignidad por propio placer. No se puede pensar en el sexo con un espíritu de abnegación y caridad, sino más bien como un acto de exaltación del propio ser, sólo dentro de la confianza de sentirse deseado y de ser digno de tal deseo. Uno ama al ser que nos devuelve el más profundo sentimiento de autoestima. Quien se aprecia a sí mismo buscará a un ser admirable y no se conformará con una prostituta descerebrada. Por eso, el amor debe ser expresión de nuestros valores más altos porque no puede ser otra cosa. Igual que el cuerpo seguirá siempre la lógica fundamental de nuestras más profundas convicciones. Una sociedad que cree que las debilidades y defectos son valores, condena la existencia como malvada y no es atraída sino por el mal. Lo mismo que una acción física no guiada por una idea es un fraude, el sexo también lo es cuando queda separado de nuestro código de valores. El sexo por sí mismo no crea valores, igual que el gasto por sí mismo no crea riqueza, ni la maquinaria por sí misma inteligencia.

«Sólo un hombre que exalta la pureza de un amor sin deseo es capaz de la depravación de un deseo sin amor»

Cualquier dualismo psicosomático es puesto así en cuestión. Tanto el idealismo místico como el materialismo ramplón son hijos de esta división inaceptable entre el cuerpo y el espíritu. El desprecio de la riqueza, de las fábricas y de los rascacielos coincide por tanto con el desprecio al propio cuerpo[9]. Los héroes de Rand escogen en la universidad los estudios de física y filosofía. Su elección asombra a todo el mundo, menos a su mentor, el filósofo retirado Hugh Akston…

«porque los pensadores modernos consideran innecesaria la percepción de la realidad, y los físicos creen superfluo pensar, pero yo opinaba distinto…»


La exaltación del sexo como libérrima expresión del amor propio se da la mano en Ayn Rand con un ataque a cualquier especie de casto misticismo autosacrificial, como el que encarna admirablemente la mujer de Rearden, Lilliam, una de las ”saqueadoras” mejor construidas en la novela. Frente al misticismo lastimoso, se rebela el héroe Prometeo, luego de siglos picoteado por los buitres. El titán filántropo rompe sus cadenas y retira su fuego de EEUU, hasta que los hombres pongan en fuga a los buitres que le picotean las entrañas, puesto que es una obscenidad permitir que la impotencia se erija en virtud y maldecir el poder de la vida como un pecado. 

«Prefiero al obrero de una mina de carbón antes que a quien se crea vehículo de misterios superiores»

Es preferible ignorar a todos esos impotentes místicos que musitan acerca de sus almas y son incapaces de construir un techo sobre sus cabezas, que reclaman un amor no ganado, una admiración sin base y una grandeza por la que no han trabajado. Esos mismos que otorgan su lástima al culpable y al impotente, pero no se la ofrecen al competente y al inocente. El humanitarismo linda con la mafia, porque el hombre debe pensar para mantenerse vio, y pensar es un acto selectivo, libre, no un acto mecánico, sino un acto guiado por valores. La justicia llega a ser así la virtud opuesta a la misericordia, en una oposición a todas luces exagerada por Rand. Los empresarios y creadores que se han retirado a su particular Shangri-la, en un lugar aislado y secreto de Las Montañas Rocosas presidido por el símbolo del dólar, no conceden limosnas, sino préstamos; ni subsidios a la necesidad, sino ayudas a la habilidad. Enseñan a no esperar cosas por las que no se paga.
 
Prometeo liberado
Ambas intelectuales, Marta Harnecker y Ayn Rand (gran lectora de los autores románticos), intentan superar el metarrelato religioso tradicional, pero la primera mantiene su condena del egoísmo (o del ”individualismo posesivo”) gracias a una materialismo comunista pretendidamente científico[10], a favor de un totalitarismo estatal que garantice la igualdad y la redistribución. Por el contrario, A. Rand, denuncia como un monstruoso absurdo el mito del Pecado Original (egoísmo) y propone una ética individualista que garantice la producción, muy próxima a posiciones neopaganizantes y anarcocapitalistas (¿liberalismo minarquista?)[11] donde riqueza y prosperidad son necesariamente un logro de la excelencia individual, e incluso producto de actitudes heroicas. En el primer caso se disfraza de análisis científico lo que en realidad es una propuesta ética con supuestos metafísicos, materialistas y cientifistas; en el segundo caso, se propone una ética racionalista basada en supuestos realistas sobre la naturaleza humana, en una antropología monista…

«como producto de la división del hombre en alma y cuerpo, hay dos clases de maestros de la Moral de la Muerte: los místicos del espíritu y los místicos del músculo, a los que llamas espiritualistas y materialistas; los que creen en la consciencia sin existencia y los que creen en la existencia sin consciencia. Ambos exigen la rendición de la mente, uno frente a su revelación, el otro frente a sus reflejos».

La filosofía de Ayn Rand no escapa a cierto maniqueísmo. Sus héroes son demasiado puros y sus malvados, salvo alguna excepción, demasiado abyectos. Piensa que en cualquier solución de compromiso entre el bien y el mal sólo el mal se beneficiará. Igualmente, dicho maniqueísmo está implícito en la contradicción que exagera entre justicia y caridad, entre excelencia y piedad. Su Atlántida parece condenar a la miseria a todos los que no se encuentren en condiciones de producir, reduciendo hiperbólicamente los sentimientos comunitarios y la benevolencia altruista a egoísmo enmascarado. El rigor de su racionalismo objetivista ahoga un tanto las subjetivas razones del corazón y la gracia de la donación de la que tan bien habla Ricoeur...


Nota bene
La edición que he manejado de La rebelión de Atlas es la digital en formato kindle, Buenos Aires, Grito Sagrado Editorial, trad. de Hernán Alberro, Marta Castro y Luis Kofman, corregida por Lucila Galay.


[1] Ragnar Danneskjold es un pirata muy particular que, al contrario que Robin Hood, roba a los miserables burócratas para devolvérselo a los ricos productores.
[2] Nadie nace con el derecho a existir sin trabajar y sin que le importen las leyes de la realidad, que indican lo contrario. Igual que nadie tiene derecho a recibir un sustento mínimo de otros. ¿De quién? –se pregunta A. Rand-. No hay respuesta. El origen de los derechos para la autora no es una gracia divina ni una ley parlamentaria, sino el principio de identidad aristotélico que exige al hombre, para vivir como hombre, producir sus bienes y usar su mente para ello, libremente, permitiéndole retener el fruto de su trabajo.
[3] La felicidad es definida por Rand como un estado de alegría no contradictoria, una alegría sin pena ni culpa, que no choca con ninguno de tus valores y que no te lleva a la autodestrucción, o sea, no es la alegría de un borracho, sino la de un productor. Por eso la felicidad sólo es posible para el hombre racional.
[4] A este respecto, el más grande de los filósofos es, para A. Rand, Aristóteles, con independencia de sus errores. Y para ella, la lógica es onto-logía, porque tiene un fundamento óntico, “la lógica se basa en el axioma de que la existencia existe”, “la verdad es el reconocimiento de la realidad”.
[5] Para Rand, la fe, mística o religiosa, no es más que un pretendido atajo hacia el conocimiento, una simplificación, y en sus formas más abnegadas, equivale al deseo de aniquilar la existencia y, como consecuencia, la consciencia. No es casual que la fe en lo sobrenatural comience en la fe en la superioridad de otros.
[6] Así como el hombre no tiene valores automáticos, tampoco tiene una sensación automática de autoestima, por eso debe ganársela moldeando su alma… y para A. Rand, la primera condición para la autoestima es ese radiante egoísmo del alma que desea lo mejor de todas las cosas, material y espiritualmente.
[7] Angelina Jolie mostró su interés en dar vida en el cine a este personaje, vicepresidenta de operaciones de Taggart Trascontinental. Taylor Shilling la ha interpretado en 2011, en una adaptación de la novela dirigida por Paul Johansson, primera parte de una trilogía.
[8] En particular, esta afirmación última es discutible, aunque socialmente considerada sea más razonable, pues ninguna sociedad puede estirar el pie más allá de lo que da la manta, como por desgracia estamos viendo. Y la deudas, de un modo u otro, se pagan.
[9] ”¿Cuál es el monumento del triunfo del espíritu humano sobre la materia, los pobres diablos diezmados por los gérmenes en las orillas del Ganges, o la silueta de los rascacielos en Nueva York?”
[10] Para mí, la carga católica aquí es indudable.
[11] Mandamiento de la constitución de la utópica Atlántida de Rand: ”El Congreso no promulgará ninguna ley que coarte la libertad de producción y de comercio”…

2 comentarios:

  1. ¡¡Excelente!! Me pregunto por qué razón las pensadoras son más proclives a filosofar a través de la literatura: Rand, Iris Murdoch, Susan Sontag, Laura Bohannan, Pamela Travers...
    El problema de ese laissez faire americano 100 por 100 es que, a la luz de los principios de nuestro Estado del Bienestar tan valorado en Europa, es de una incorrección política total. Hay que coger las ideas buenas, que las hay, pero cuidándose mucho de las implicaciones prácticas hasta sus últimas consecuencias. Aunque a mí siempre me ha parecido admirable el Howard Roark de El Manantial, y considero intolerable que le robasen y desvirtuasen sus ideas artísticas, no dejo de pensar que se pasó un poquito con el radicalismo de sus acciones. Para una película está bien, pero no es un ideario que se pueda vender para la conducta del día a día.
    Muchas gracias por compartir toda esa estupenda información. No tenía ni idea de que Sr. y Sra. Smith estuviera basada en esta obra filosófico-literaria tan importante.Es genial divulgar estos detalles y acercar a los pensadores y pensadoras a nuestra cotidianeidad.

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  2. Una entrada muy completa, y que me ha descubierto muchos hilos interesantes de pensamiento. Por comenzar por algún punto, me parece que la propuesta de Ayn Rand choca con el hecho evolutivo de que los comportamientos solidarios también fueron seleccionados, y ahora sabemos lo importante que es para el grupo el tener esa tendencia al apoyo mutuo, que comienza con lo más próximos genéticamente (la "parentela"), pero que se va extendiendo por el grupo. Por ello, creo que una propuesta tan "individualista" choca con lo que vamos conociendo que somos como especie.

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