martes, 15 de diciembre de 2015

LA INFANCIA DE LAS PALABRAS (Poesía, memoria y olvido)

                                                                                                                  MIGUEL FLORIÁN
Los Arqueólogos, de G. Chirico
Memoria y conciencia
El hombre es un animal que recuerda en exceso aseguró Nietzsche -¡él que hiciera suya la desmesura del eterno retorno de lo idéntico…! La memoria, de agigantarse, nos detiene en el pasado, disipándose el presente hasta reducirse a un simulacro de lo vivido. La hipertrofia del recuerdo conduce al entumeci­miento, a una quietud que aproxima el alma a la rigidez de la piedra. La evocación fiel y precisa amenaza el libre desenvolvimiento del devenir. Pero si ese exceso de memoria resulta nocivo lo es asimismo su defecto, porque el ser humano se constituye de olvido, y de recuerdo.

La capacidad de retener información no sólo es humana: cuanto existe, existe porque recuerda. El astro que, monótono, se sostiene en su órbita, las partículas imperceptibles que armoniosamente se ordenan en el cristal; todo parece someterse a un principio estructurador que se asienta en la repetición. El zigoto porta ya, ínsito, toda la información oportuna para el desarrollo espacioso de unas estructuras innatas que, al desplegarse, conformarán el animal adulto. La mor­fogénesis humana se somete a un proceso semejante. Es sorpren­dente -y terrible- darse cuenta de cómo en la naturaleza se dispersan principios organizativos, principios germinales (los spermata de Anaxágoras, los eîdos platónicos) que, a modo de moldes intangibles confieren orden y forma a la materia amorfa.

La voz de los vientos, de Magritte
Con el paso de los siglos, el platonis­mo no ha perdido un ápice de fascinación; continúa siendo para muchos de nosotros un pensamiento dotado de una enorme belleza desveladora. Elías Canetti escribe en El suplicio de las moscas: “¡Cuántos siglos continuarán saqueando a Platón!”. Pues bien, en el diálogo Timeo, Platón nos refiere, magistral y misteriosamente, cómo la madre o receptáculo, la materia informe (jóra), -caótica, tumultuosa, como la Tiamat babilónica- puede alcanzar la apariencia que la eleve hasta el ámbito de los seres organizados.

Sí, los humanos nos encontramos trabados en la telaraña del devenir, en su eléctrica zona (JRJ). El devenir está tejido de orden y desorden, de cosmos y caos, de ser y no-ser… de memoria y olvido. Avanzamos y retrocedem­os. Cada paso que damos hacia una nueva forma organizativa se obtiene desde la estructura lograda en el peldaño anterior. Y este temblor de ondas que es el ser humano (efímero: 'ser de un día'. Un instante dura el fruto de la juventud, mientras se esparce sobre la tierra el sol, dejó escrito Mimnermo de Colofón, ya en el siglo VI a. C.); sí, ese pálpito de ondas surge brevemente y, de inmediato, se pierde: propenso como es a regresar a estadios anteriores...

Y ENSEGUIDA ANOCHECE
Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra,
traspasado por un rayo de sol:
y enseguida anochece.i

La conciencia se organiza desde la memoria, volviéndose cómplice tanto del pasado cuanto del porvenir: nos da a conocer la consistencia del tiempo, mostrando cómo lo reciente emergió de lo pretérito. La temporalid­ad se convierte en el soporte de un desenvol­vimiento acumulativo. Si la memoria se evade, con ella se desvanecerá el tiempo, ese enmarañado ovillo que nos constituye. Tal vez, el infierno, de existir, sea el incesante proceso de rumiación de la experiencia vivida ("la memoria es la gran culpable en los infiernos", se lee en La vida de Milarepa).

Sombras, de Paul Delvaux
El Psicoanálisis nos ha hecho un algo resabiados, nos ha desvestido de inocencia; en cierta medida nos ha desterrado (una vez más) del Jardín del Edén. El Psicoanális­is, ese saber para desconfiados, convierte al ser humano en marioneta movida por pulsiones tanáticas, por oscuras y dudosas fuerzas de intenciones intrincadas que, desde el abismo del pasado, nos reclaman. (Regresar..., regresar: desnacer, rebobinar el filme hasta plegarnos en la microscópica célula orgánica, en aquél ápice de ser del que partimos). Una y otra vez, merced al recuerdo, desandamos el camino: el sexo que nos arrastra al estado larvario, a la agónica dejación de cuanto somos (o anhelamos ser) para así ensayar la evocación amalgamada de lo que fuimos.

Una y otra vez, el gozo de la repetición ("la repetición es la única forma de permanencia que la naturaleza puede alcanzar", escribió George Santayana…, qué hombre tan fascinante Jorge Ruiz de Santayana que nos dejó aquellos versos memorables: “El viento, sólo el viento ¿qué será de nosotros?”). Este es el poema completo:

CABO CODii
CABO COD, de Edward Hooper

La baja playa arenosa, y el pino enano,
la bahía y la larga línea del horizonte.
¡Qué lejos yo de casa!

La sal, el olor de la sal del aire del océano
y las redondas piedras que pule la marea.
¿Cuándo arribará el barco?

Los vestigios quemados, carbonizados, rotos,
y la profunda huella dejada por la rueda.
¿Por qué es tan viejo el mundo?

Las olas rutilantes, el cielo inmenso y gris
surcado por las lentas gaviotas y los cuervos.
¿Dónde han ido los muertos?

El imponente sauce doblado hacia la tierra,
El gran casco podrido y los troncos flotando.
¡La vida trae dolor!

Y entre pinos oscuros y por la orilla lisa
el azote del viento. El viento, ¡siempre el viento!
¿Qué será de nosotros?

Tornar hacia atrás nuestra mirada, rememorar los instantes en que alcanzamos la dicha (y que ahora nos devuelven su tibia vaharada: igual, pero distinta). Y de nuevo abandonarse al oleaje del incesante mar, con su voz magmática de sirenas dulcísimas. Los momentos perfectos, y los terribles…; precipitarse a la humedad de unos labios, al agua fresca del manantial, la voz adentro de madre, el sudor rutilante de las mulas en las eras, el perfume anisado del hinojo en los dedos, la retama encendida, la honda arcilla de la infancia después de la tormenta..., y naufragar, y recogerse en el confín de arena y sueño de esa turba donde se aquieta la conciencia.

Igor Mitoraj
Somos lo que hemos sido: homúnculos psíquicos, semillas latentes que se despliegan sin cesar. Afirma Georg Groddeck en El libro del Ello:
"El sentido de la vida personal es volver a ser otra vez un niño, o más bien revivir al niño que nunca desapareció, y esto tras la larga batalla del Yo por hacerse in­dependiente, adulto, para escapar de la madre, batalla perdida de antemano".

Salir de la madre, separarse de ella, imponer una distancia, esa es la intención del yo que, tememos, está condenada al fracaso. Desde la matriz de la madre psíquica, el cordón umbilical se extiende a través de los meandros de la experiencia, y, en su hilo, finísimo y fatal, damos en el océano amniótico que llamamos muerte:
"De la madre a la madre; no llegamos a ninguna parte; todo el peregrinaje tiene lugar en la madre"iii.

El olvido se revela remembranza de lo arcaico; soslayamos lo inmediato para que afluyan vestigios del tiempo originario del que fuimos expulsados, y al que pertenecemos. Nos envuelve de nuevo a­quella dicha, la estación remota donde éramos uno -adámicos, adérmicos- con cuanto nos envolvía.

Memoria de aquel olvido es nuestro alborozo, eco de aquella ventura imposible de nombrar, que ahonda sus raíces en el existir prelógico.

La repetición…, única forma de permanen­cia a que podemos aspirar… Y en ese juego de contrastes, entre el olvido y el recuerdo es donde emerge, fugaz, la autoconciencia, el qualia incomunicable, el “nudo del ser” que somos: “Soy lo que dure mi pensar". En los intersticios de esa corriente (en sus inaprensibles anillos) es donde nos hacemos posible, pasando de lo in­determinado al ser. Perderse y encontrarse; ir del caño al coro y del coro al caño: en ese territorio, en esa tensión magnética, lo humano se constituye; como el mar sólo es mar en el vaivén de sus aguas.

La tierra de los milagros, Magritte

Palabra y memoria

Para los antiguos griegos, Mnemosine –madre de las Musas-personificaba la facultad del recuerdo.

"Mnemosine –escribe Giorgio Colliiv- nos enseña que lo que tenemos que recuperar es precisa­mente el origen de todos nuestros recuerdos, ese punto en el que todavía no ha comenzado el tiempo. Y ésa exactamente es la enseñanza mistérica: el camino que hay que remontar para llegar al tiempo sin tiempo, la sucesión de generaciones de dioses y de hombres, la suma de los mitos de Orfeo, no son más que juegos de apariencias".

La diosa nos conduce hasta el origen, nos mece en las acompasadas ondas de la anamnesis y nos deja varados en el tiempo primordial e incierto (aion) donde ya no hay propiamente memoria, ni tampoco olvido; las fisuras desaparecen: sólo conjunción, reencuentro de las partes (símbolo), elementos reunidos en el Esfero que imaginara Empédocl­es.
La palabra germina en el troquel de la memoria, y es gracias a la palabra que se activa el proceso evocador: arrastra larvas de la experiencia fugitiva, convocando espectros anteriores. La palabra es simbólica, fragmento que aspira a completarse con la realidad vivida: recrea lo ya vivido, aunque cubierto ahora de una pátina de extrañeza, por la distancia que impone el propio devenir, por el alejamiento que provoca la conciencia.

Hablamos para rellenar oquedades, fisuras que se extienden en el flujo discontinuo de la temporali­dad; este es el juego donde se forma y perpetúa la conciencia. Las palabras re-flexionan, se vuelven hacia sí recogiendo el reflejo, la impronta de lo lejano. Hablamos para retener el instante, para negar brevemente la huida de los seres, para remansar la estampida tumultuosa de su agua desbocada. Las palabras… pequeñas burbujas de breve eternidad en el hervor bullicioso del acontecer. Ser consciente es ser hablante y la palabra ha sido moldeada en la arcilla del tiempo: es tiempo cristalizado.

La palabra es símbolo; reclama alguna porción de realidad, fusiona presente con pasado, a la vez que prefigura lo porvenir. Tal vez cuanto sale de los labios divinos posea capacidad ontogénica, no así en los nuestros. Nosotros quedamos abandonados en el torbellino del tiempo, en su revoltijo de anillos que se pierden.
La recompensa del oráculo, G. Chirico
La metáfora, metamorfosis de la palabra.

La palabra es metafórica: siempre encaminándose hacia otra parte, sin abandonar el lugar de donde partió. Se abre a un movimiento que aboca a un paisaje huidizo, inapresable, a una incesante imagen que como Dafne nos huye. En ocasiones (Gabriel Miró) llega a ser matérica, comestible, dejándonos al enunciarla un regusto a fruta nueva y fresca: a paraíso perdido que, generoso, regresa. El poeta es "un hombre que se contenta con palabras" escribió, con melancolía y ternura, Nicos Kazantzakis. Vuelan, las palabras hacia lo desconocido, absorben el polen y lo alquimian en miel, como abejas que son de lo invisible. El dinamismo de la palabra es remedo de la versatilidad del ser. Cuando quedan liberadas de su uso ordinario, y presentadas en disposición imprevista, las palabras se inflaman, iluminando una región oscurecida de lo real que emerge de la tiniebla para ocupar su sitio a nuestro lado, en la heredad del hombre. Es su capacidad desveladora la que nos hace posible el acceso a la hondura del ser, a su amasijo de larvas, a aquello que se agita en el corazón de las cosas y las sostiene.

Dafne
"Algo -afirma René Menard- estaba allí, disimulado en nosotros, que unas palabras desvelan, algo que aparece, desaparece, reaparece, nos provoca, nos mide, nos juzga, anula nuestras categorías, nos niega y nos crea una nueva intensidad de ser, abre una especie de paso vertiginoso hacia un hogar de unidad presente en el trasfondo de nuestra especie"v.

Arrebatados a aquella región de raíces antiguas, de madres remotas, cae­mos por el abismo de las formas que nos precedie­ron, y damos en el centro germinal de la especie, en su humus apretado y fecundo, de enorme densidad semántica.

Es en el seno de la palabra donde se nos muestra su capacidad proteica, su radical ambivalencia. Todo centro es ambiguo. Cada palabra, como Juno, se ubica en el quicio que distingue (une/separa) dos ámbitos: el de lo consciente y el de lo inconsciente. De sus dos faces, la anterior se presenta armoniosa, precisa, dispuesta a referirse a algún objeto o acción; la posterior, es de aspecto informe, y nos comunica con un territorio impreciso y turbio. Entonces, la palabra ya nada significa por sí sola, sino en tanto se aproxima a otras y se funde con ellas, fiel a su naturaleza fagocitaria propende a asimilar­ cuanto se acerca a su área: orden y desorden conjuntados, diferencia e identidad.

Es tarea del poeta afanarse por lograr que la palabra se libere del uso ordinario; conseguir que se quiebre y muestre el fulgor secreto que esconde. ¿Cómo hacer para que desvele su brasa interior, su rica capacidad semántica, su encendida llama, aquella avidez suya de referirse a todo?: en esto y no en otra cosa reside el oficio de poeta. “La metáfora es la máscara de Dios”, afirmó Joseph Campbellvi.

Igor Mitoraj
La palabra poética supone la conciencia monista, propende a confundir lo vivido, nunca a diferenciarlo.

"Cuando se empieza a ver todo en todo, la manera de expresarse suele volverse más oscura. Se empieza a hablar con la lengua del ángel”, se lee en un aforismo de Lichtenbergvii.

La lengua del ángel es pansémica, como la de Dios cuando aparece ante Job desde el vértigo del torbellino; voz inarticulada con que se edifican los mundos. La conciencia poética -también la mística- experimenta lo real como un solo ser. La razón poética es, por ello, sintética, proclive a la unión y a la confusión, porque la conciencia (¿el inco­nsciente, tal vez?) de sobra adivina que en sus vetas más hondas no existen perímetros, ni piel, ni compar­timentos, sino que "todo es uno y lo mismo".

Similar entusiasmo aparece en el alma dionisiaca embriagada por la experiencia extática y estética. De esta forma el antiguo aedo creía sentirse poseído por las Musas. El aedo es ciego, y ve. Ve más que los demás mortales. ¿Y qué es lo que ve?, ¿tal vez el orden inexorable del universo? ¿La cadena áurea? Él es vidente, de lo pasado y de lo porvenir; ve la intimidad de los seres en la rueda del devenir: el futuro ya ha transcurrido. El aedo ve lo invisible. El dios que le inspira le descubre, en una suerte de revelación, las realidades que escapan a la mirada humana.

Convocar a las Musas conlleva arriesgarse a acceder a la inocencia primera, abandonarse al olvido y ser así un no ser lo que se es. El poeta es músico, oficiante de las Musas, y ellas le muestran el pasado y el futuro (“Infundiéronme voz divina para celebrar el futuro y el pasado"viii), le revelan cuanto no es presente (el hombre es, en verdad, un animal que desconoce el presente). Tiresias, y Calcas, poseen la omnisciencia lírica, son cuenco de la revelación divina. Hesíodo recibe de las Musas el bastón de la sabiduría (skeptron)ix, y canta un saber prestado. El aedo eleva su voz, recita: 'recrea', 'renueva', 'rehace', 'revive', en definitiva, re-cuerda. La reminiscen­c­ia no es mera recuperación de lo pretérito, sino también previsión de lo venidero, pues, al cabo, el futuro se halla, latente, en cada instante.

El alma humana cuando se dirige hacia la naturaleza viva -que, velada, alienta en lo aparente­mente inerte- queda poseída, impelida a la danza, al canto (“Cantar es ser”, afirma Rilke en Los sonetos a Orfeo). Si la gracia de un dios no intercede, esa emoción no llega a concretarse en cántico (celebración, conmemoración de lo que es). Son las palabras vivas: los démones, almas de seres que nos poseen. Pero cuando el hombre se aparta de ese encantamiento de lo inmediato, se taponan sus oídos -como a los compañeros de Odiseo- y ya nada le es posible escuchar. A lo más, el estruendo de las máquinas (motores, turbinas, pistones...), o el estremecedora quietud de los conceptos. En el alma ensordecida ya no anidan los pájaros fulgentes de las cosas, su desconcierto le hace incapaz de escapar a la morada del ser. La inocencia del ser precisa servirse de labios inocentes. No es primitivis­mo, sino fineza de espíritu que se logra mediante un esfuerzo extremo. Habita en el poeta un alma infantil, pues él (como 'músico') es el representante del habla originalx.

Las Musas, hijas de la Memoria, nos conducen -como las Helíades, las hijas del sol, al joven Parménides- hasta el umbral donde se hace posible la desvelación; nos restituyen al epicentro de la vasta memoria que nos nutre y nos abarca, allí donde se aglutinan miríadas de conciencias diminutas que bullen en el crepitar de sangres iniciales. El canto de la Musas, igual que el de las Sirenas (que son una de sus máscaras), seducen a quienes se aventuran a ellas para conducirlos hasta los acantilados donde las naves se desarbolan. Son ahora las Madres Terribles que nos mecen en su tibio regazo y nos depositan en las aguas indiferenciadas del olvido.
Ulises y las sirenas, de Waterhouse

Mímesis, la palabra desterrada

Platón no ocultó su desconfianza hacia el hacer de los rapsodas; éstos no desvelan el ser, lo enturbian; repiten, a lo más las antiguas leyendas. Platón no quiere a los poetas dentro de su Calípolis porque teme el riesgo de lo inmóvil, la permanencia de la tradición, la falsificación, el fruto de una memoria devaluadora que impide que se genere un nuevo orden conforme al logos. El poeta exilado, para Platón, es el vate que se afana por conservar los falsos valores de un tiempo ya caduco. En La República no se habla de la expulsión del poeta sin más, sino del poeta imitativo; aquel que “produce cosas inferiores con relación a la verdad (605a)”. Le dice Sócrates a Adimanto: “el arte mimético es algo inferior que, conviviendo con algo inferior, engendra algo inferior (603b)”. Pero, si hemos de ser justos con el escritor ateniense, tampoco debemos ocultar que escribió palabras como éstas: “(la poesía) educa a los que han de venir (Fedro, 245a)”, y estas otras: “Los poetas son para nosotros como guías y padres del saber (Lisis 214a)” y, para finalizar esta selección de citas platónicas, vayan las conocidas y bellas palabras que encontramos en el diálogo Ión (534b): “Es una cosa leve, alada y sagrada el poeta”.

La gran familia, de Magritte
La infancia de las palabras: el país de los mitos

Vimos ya que la palabra poética se constituye en una tensión de opuestos (entre presente y pasado). Hay, es cierto, una pulsión regresiva (o mejor, una tendencia a la abolición del presente), y ello se debe a la infancia que, desde su remota presencia nos reclama con un apetito inagotable, como hontanar originario que es. Esta tensión habrá de resolverse dialécticamente en la epifanía de algo insospechado, la emergencia de algo radicalmente nuevo. Así es como nos es posible comprender la opinión del poeta ruso Osip Mandelstamxi al afirmar que en la poesía se produce una destrucción al tiempo que una generación que aboca a la aparición de lo insospechado; el poeta se mueve a tientas en la selva del lenguaje, sin atisbar el sentido del poema hasta que el propio poema se lo muestra.

Fue entonces, en remota la infancia, cuando tuvo lugar la conversión –afirma Freud- de parte de lo inconsciente en consciencia. El lenguaje prelógico va con torpeza articulándose en este paulatino proceso de demar­cación. La infancia es el venero de la voz: cada palabra que ahora pronunciamos si la dejáramos libre, a su inercia, regresaría por sí misma a aquél su lugar natural: a la estación primera en donde el espíritu se dilataba en los confines de la mirada, allí donde la naturaleza era alma también, enorme, sin mancha, sin piel. Recordar..., una y otra vez, para el olvido. Recordar… hasta abolir el presente y mutarlo en pasado, hasta lograr que lo porvenir quede trabado en el torbellino de lo pretérito.

Nuestra dicha es regresar, revivir lo que fuimos dijo Groddeck, pero para recrearlo desde la experiencia creciente de nuestro caudal de existencia. La tensión entre la experiencia acumulada y la inconsciencia primitiva desencadena una fruición (un recreo) que alcanza su cumbre en la experiencia estética; ésta nace de aquella fusión, del entrecruzamiento del presente con el pasado. El trascurso de los años no borra estadios anteriores sino que los conserva bajo nuevas capas de experiencia; de manera que el hecho estético aparece al originarse una suerte de 'arco voltaico', cuando felizmente el presente se conexiona con algún instante guardado en el reservorio de la memoria. Son muy oportunas las palabras de Sören Kierkegaardxii al afirmar que "el poeta es el genio del recuerdo, que no puede hacer ninguna otra cosa sino recordar y admirar lo que fue hecho”.

La infancia no fue feliz, ni desgraciada, fue otra edad; este alborozo que ahora nos colma se ha hecho posible porque ha sido convocado lo vivido. Así quiero imaginarme cualquier paraíso, celestial o no, un Edén con las dimensiones de la memoria, como un inagotable caleidos­copio que me permita permutar indefinidamente cuanto hube deseado (Swedenborg). Las palabras que configuran el poema nos reclaman desde lo distante, por eso es que "un exceso de infancia es un germen de poema"xiii. Escribe Jean Tardieuxiv: "(soy) un hombre que simula envejecer / aprisionado en su infancia".

El tiempo acaba entonces por mostrar su impostura, su espejismo: fue celada; sólo existe la impenetrable duración de los seres: gracias a la memoria, el tiempo se espacializa, y los acontecimientos pueden entrecruzarse en las coordenadas de su mapa: y, aquí y ahora, puedo seguir con mis pupilas, otra vez, el vuelo pardo del zorzal y aspirar el perfume blanco y limpio de aquella azucena. Y adentrarme, también, en la tiniebla, oscura y cálida, de la madre. La palabra poética nos viene de una lejana heredad que habita entre nosotros; de la apartada (y compañera) infancia; del territorio donde se fraguan los mitosxv.

El castillo de los Pirineos, Magritte
La lengua infantil es radicalmente simbólica, sus palabras siempre acaban por encontrar aquello a lo que aspiran. En su origen, la lengua es exagerada­mente polisémica: propende a decirlo todo. Las palabras antaño, como seres ingrávidos, flotaban sobre la superficie de las cosas, depositándose caprichosamente en ellas. La palabra señalaba una realidad que no era propiamente objetiva, ni subjetiva tampoco. El poeta, niño disfrazado, se abandona al revuelo caudal de las palabras que, disociadas de su uso frecuente, le empujan hacia atrás. Cada uno reproduce, a su manera, la experiencia de la especie, fiel a una suerte de ley ontogenética del espíritu. Recuperar el tiempo sin tiempo, desnudo, al tiempo justo (kairós), el instante axial que reúne, latente, el devenir. Y la palabra es, para el poeta, el instrumento mediador de esa aventura.

El poema es un faisán

En uno de sus Adagia afirma Wallace Stevens: “Un poema es un faisán que se adentra en el boscaje”. Imagen enigmática y, por ello, seductora, como la propia poesía. El poeta –sin acaso sospecharlo- aspira a la primitividad del lenguaje en tanto que procura aquella beatitud edénica del origen: "Para el hombre que habla, las palabras son domésticas; para el poeta, permanecen en estado salvaje”xvi. La palabra es el pan del poeta, y su vino; el alimento del que se nutre su espíritu y vigoriza la carne. Cuando el poeta principia su tarea sabe que se adentra en un follaje incierto (per una selva oscura), en un boscaje de vegetación viciosa, enmarañado de castaños y robles, de musgos y muérdagos. Allí parecen fundirse miríadas de voces: aguas, aves, ramas, viento... Es un territorio ignoto pero, desde esa algarabía, desde esa confusión, comienzan a erguirse, delimitándose en claros, rumores que terminan por articularse en palabras, discernibles ya para el espíritu. Escribe José Ángel Valentexvii:
"El comienzo de un poema (...) es siempre mucho más azaroso e infinitamente más precario. Todo movimiento creador auténtico es en principio un tanteo vacilante en lo oscuro".

Apolo, el excelso poeta
El poeta va urdiendo una malla insospechada, que se trama justamente en su inmediato hacer, consecuencia de la dinámica intrínseca del lenguaje, de su labilidad. La palabra prelógica se precipita al campo gravitatorio que la fuerza a atraer y ser atraída por las otras palabras buscando la fusión, la confusión, la síntesis definitiva, la Gran Palabra que es ya indiscernible del Silencio (“Aquí está el supremo silencio / que sueña convertirse en un sonido / y el sonido pensando convertirse en silencio”, se lee en un poema de Conrad Aikenxviii). Insisto, la palabra emerge de una substancia averbal y, tras sus avatares, regresará al indiferenciado magma del que se desprendió. Las palabras son mensajeras del silencio, que no ha de entenderse como abolición del habla sino su confirmación: su sustrato y su culminación. Reconocemos el silencio como el hogar de la palabra: de él surge y a él se encamina. “Lo demás es silencio” le dice a Horacio el príncipe Hamlet.

No pretende la palabra poética (a diferencia del concepto) una correspondencia con la realidad pues que ella, la palabra, es generadora de realidad. No busca disminuir el misterio, sino acrecentarlo. Deseo leerles, a este respecto, un esclarecedor poema del poeta y filósofo rumano Lucien Blagaxix:

Yo no aplasto la corola de milagros del mundo
y no destruyo con mi pensamiento
los milagros que encuentro en mi camino (…).
Otros con su inteligencia
ahogan el encanto de lo impenetrable, de lo escondido
en los oscuros abismos,
mas yo con mi luz acreciento el misterio del mundo;
y así como la luna con sus rayos brillantes
no disminuye, sino que temblorosa
extiende aún más el secreto de la noche,
así yo enriquezco el sombrío horizonte
con amplios temblores de sagrado misterio;
y todo cuanto es incomprensible
se torna aún más incomprensible.

Habitamos el misterio porque somos misterio (“De todos los misterios nada más misterioso que el hombre”, escribe Sófocles en Antígona). Es función del poeta, nos recuerda Blaga, no disminuir el misterio sino aumentarlo. Los misterios están ahí, con sus labios sellados, (enigmáticos como korés sonrientes), para seducirnos, y arrastrarnos al juego de las conjeturas. Ya sabemos: “Mientras haya misterio, habrá poesía”.

La vida de la palabra forma una curva, una parábola sobre el océano de lo averbal. El silencio (el Gran Olvido o La Gran Memoria) es el venero de la sola y única palabra: sin escisiones, sin grietas, sin pausas, en donde se asienta nuestro decir. En ese estado de gracia es donde la lengua alcanza su plenitud, cuando el objeto más leve, el sonido más insignificante nos tras­lada a la edad en que una "una regadera, un rastrillo olvidado en el suelo, un perro al sol, un pobre cementerio, un lisiado, una pequeña casa de campesinos, pueden convertirse en cuenco de revelación”, escribe Hugo von Hofmannsthal, en la Carta a Lord Chandos.

Acabo. No digo ‘concluyo’ porque no hay conclusión. Lo que he hecho es ir y venir, errar, deambular, vagar perdido en el inocente laberinto de las palabras. Descreo de las Ariadnas y de sus madejas. Con todo, espero que, en alguna medida, les haya convencido aunque vagamente de que, en verdad, “un poema es un faisán”. Y si no un faisán, algo muy parecido: un cristal, un atardecer, un lirio… vástagos todos de la inocencia de las palabras, de las palabras que se custodian, vivas y limpias en esa urdimbre, la memoria, que nos edifica.
Miguel Florián, Sevilla 29 de octubre de 2015

Magritte

i (ED È SUBITO SERA
Ognuno sta solo sul cuor della terra
trafitto da un raggio di sole:
ed è subito sera.)
Salvatore Quasimodo

ii CAPE COD
Cape Cod
Cape Cod

George Santayana
The low sandy beach and the thin scrub pine,
The wide reach of bay and the long sky line,—
George Santayana

O, I am sick for home!

The salt, salt smell of the thick sea air,
And the smooth round stones that the ebbtides wear,—
When will the good ship come?

The wretched stumps all charred and burned,
And the deep soft rut where the cartwheel turned,—
Why is the world so old?

The lapping wave, and the broad gray sky
Where the cawing crows and the slow gulls fly,
Where are the dead untold?

The thin, slant willows by the flooded bog,
The huge stranded hulk and the floating log,
Sorrow with life began!

And among the dark pines, and along the flat shore,
O the wind, and the wind, for evermore!
What will become of man?

Igor Mitoraj, en el Valle de los Templos, Agrigento
The low sandy beach and the thin scrub pine,
The wide reach of bay and the long sky line,—
O, I am sick for home!

The salt, salt smell of the thick sea air,
And the smooth round stones that the ebbtides wear,—
When will the good ship come?

The wretched stumps all charred and burned,
And the deep soft rut where the cartwheel turned,—
Igor Mitoraj, Valle de los Templos, Agrigento

Why is the world so old?

The lapping wave, and the broad gray sky
Where the cawing crows and the slow gulls fly,
Where are the dead untold?

The thin, slant willows by the flooded bog,
The huge stranded hulk and the floating log,
Sorrow with life began!

And among the dark pines, and along the flat shore,
O the wind, and the wind, for evermore!

What will become of man?

iii Norman Brown, El cuerpo del amor
iv La sabiduría griega
v La experiencia poética.
vi El poder del mito.
vii Aforismos, F 47
viii Hesiodo, Teogonía, 32
ix Hesiodo, Teogonía, 28
x Walter F. Otto, Las musas
xi Hablando de Dante
xii Temor y temblor
xiii Gaston Bachelard, . Poética de la ensoñación

xiv Un homme qui feint de vieillir / emprisonné dans son enfance. Jours pétrifiés
xv “Los mitos son creados por adultos mediante la regresión a las fantasías de la infancia, y el héroe se forja y nutre de la historia infantil personal del autor del mito". Otto Rank, El mito del nacimiento del héroe
xvi Jean Paul Sartre, Qué es la literatura
xvii Las palabras de la tribu.
xviii Preludio V
Magritte

xix Eu nu strivesc corola de minuni a lumii
şi nu ucid
cu mintea tainele, ce le-ntâlnesc
în calea mea
în flori, în ochi, pe buze ori morminte.
Lumina altora
sugrumă vraja nepătrunsului ascuns
în adâncimi de întuneric,
dar eu,
eu cu lumina mea sporesc a lumii taină -
şi-ntocmai cum cu razele ei albe luna
nu micşorează, ci tremurătoare
măreşte şi mai tare taina nopţii,
aşa îmbogăţesc şi eu întunecata zare
cu largi fiori de sfânt mister
şi tot ce-i neînţeles
se schimbă-n neînţelesuri şi mai mari
sub ochii mei-
căci eu iubesc
şi flori şi ochi şi buze şi morminte.
Poemele luminii (Los poemas de la luz)

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