En general se piensa que la felicidad no es más que una utopía, una entelequia, un ideal, que no estamos hechos para la felicidad, todo lo más podemos perseguir esa moneda contante y sonante de la felicidad, que es la alegría. No obstante, qué duda cabe que la vida nos sería más grata si reflexionáramos en todo momento antes de actuar. Este es el primer consejo que nos da Madame du Châtelet en su Discours sur le bonheur, que dejó escrito en 1747, con cuarenta y un años, sintiéndose ya en la vejez y dos años antes de abandonar este mundo a causa de las fiebres que le causó su tercer parto, el de una niña que también murió prematuramente.
La inteligente amiga de Voltaire tiene muy claro que para ser feliz o, por lo menos, para pasar contentos muchas "buenas horas", es preciso conservar y barnizar (vernis) nuestras ilusiones, ya que debemos la mayor parte de nuestros placeres a la ilusión, ¡y desgraciado quien las pierde todas! Doña Emilia distingue con precisión entre ilusiones y prejuicios. Estos son opiniones que uno acepta sin examen y que uno no sostendría si los analizase racionalmente. Los prejuicios son prevenciones injustificadas, son errores y nunca estos pueden ser buenos. Tampoco hay que confundir los prejuicios con ciertas convenciones de las que depende la urbanidad y la buena educación (bienséances, composturas), verdades por convención que varían según lugar, tiempo y circunstancias.
Las ilusiones son otra cosa; no son errores, lo que hace una ilusión es mostrarnos un objeto tal y como debe ser para provocarnos sentimientos agradables, acomodándolo a nuestra naturaleza. La misma naturaleza busca agradarnos mediante ilusiones ópticas, acomodando el mundo a nuestra utilidad y buen gusto. No disfrutaríamos del teatro [ni del cine] si no nos dejásemos emocionar por la ilusión del escenario. Tal vez una no pueda darse voluntariamente ilusiones nuevas, pero al menos una puede conservar las que tiene y no empeñarse en destruirlas y destruirse.
Lo que nos hace felices es nuestra satisfacción de gustos y pasiones. Los moralistas que nos animan a reprimir las pasiones y martirizar los deseos se equivocan, no conocen para nada la senda de la dicha. A falta de pasiones, habría por lo menos que contentarse con saciar nuestros gustos...
"Le Nôtre tenía mucha razón al pedir al papa tentaciones en lugar de indulgencias."
Los desgraciados e infelices se reconocen por la necesidad que tienen de otros a quienes contar sus desdichas, quejarse de sus males y suplicar remedios; los felices, sin embargo, necesitan menos de los demás, son más independientes, por eso, a menudo, el hombre feliz resulta un perfecto desconocido [recordemos el cuento de la camisa del hombre feliz, imposible hallarla porque el feliz no tenía camisa].
Es verdad que hay pasiones viciosas como el odio, pues ni siquiera la satisfacción de la venganza puede facilitarnos un verdadero disfrute y, por su parte, la ambición tiene el inconveniente de que hace depender la felicidad de circunstancias externas y voluntades ajenas. Es verdad que también las pasiones, si insatisfechas, pueden hacernos muy desgraciados, pero aún así son necesarias como condición sin la cual no podemos experimentar grandes goces. Y únicamente merece la pena vivir si obtenemos sentires y sensaciones agradables; cuando son intensas, podemos decir con toda propiedad que somos felices.
Naturalmente, ni todos los estados ni todas las edades son susceptibles de la misma clase de felicidad. Hay que saber ordenar los deseos si no queremos caer en excesos que nos lleven a la enfermedad y el dolor. Cierta sobriedad promueve placeres exquisitos y vivos. Sin la salud no se puede disfrutar de ningún placer ni gozar de ningún bien. Por eso ¡hay que conocerse!... La Marquesa reconoce que con su temperamento fogoso tuvo que renunciar al alcohol desde su primera juventud y reparar ciertas glotonerías con dietas rigurosas.
Es sensato ser virtuoso y ayuda al disfrute de la vida, porque no se puede ser vicioso y feliz. Igual que hay cuerpos contrahechos, hay almas corrompidas y malvadas, atormentadas por el suplicio de la mala conciencia o del arrepentimiento, como hay gente falsa y pérfida, ondenada por ello al peor de los males, que es, para doña Emilia, el desprecio público, lo que en español llamamo deshonra.
La vida no merecería la pena de vivirse si su único fin fuese evitar el dolor. En esto la Marquesa no sigue el ascético y refinado hedonismo de Epicuro. Para ella, la nada sería mejor que la vida si la ausencia de dolor fuese el mejor de sus estados, pues nada sufre quien ni siquiera existe. Por consiguiente, hay que esforzarse positivamente en ser feliz y no sólo en evitar el sufrimiento. Y para ello es preciso estar en buenas relaciones con una misma, aceptarse tal y como una es, y sería vano pretender disfrutar de esta satisfacción sin la virtud.
El ojo vigilante de los dioses, para que no nos descarriemos hacia el vicio, es la propia conciencia, a la que, si es buena conciencia, podemos llamar salud del alma. Tal excelencia garantiza la estima universal, ya que ni siquiera los sinvergüenzas pueden negar su estima a la probidad.
Una debe ante todo tener claro lo que quiere ser y hacer. El arrepentimiento es uno de los sentimientos más desagradables e inútiles. Hay que precaverse e intentar desechar las ideas tristes y humillantes, sustituyéndolas por otras agradables. Por ejemplo, no conviene pensar demasiado en la muerte, a fin de cuentas "el dolor es un siglo, y la muerte un momento" (Gresset). De las ideas desagradables nacen todos los males metafísicos. Por eso hemos de creer que quien dice "sabio" dice "feliz".
El amor al estudio es una de las pasiones que pueden proporcionarnos mayores y más continuos placeres, con la ventaja añadida de su independencia. Madame du Châtelet considera esta fuente de felicidad particularmente indicada para las féminas en un mundo en que los varones tienen una infinidad de recursos disponibles para perseguir su felicidad: guerras, gobiernos, negocios, oficios que están vedador a las mujeres. Sólo el estudio puede consolar a una mujer de mundo y talento por todas las exclusiones y dependencias a que se encuentra condenada por su estado [o estadio que hoy llamamos "patriarcado"].
Incluso el amor a la gloria es una importante ilusión, el sueño de perseverar en la posteridad por nuestras obras. ¿Qué satisfacción podemos obtener de que se hable de nosotros cuando ya no seamos? Bueno --responde doña Emilia-- de algún modo es cierto que podemos disfrutar en presente de nuestra reputación futura, aunque, en cualquier caso, sólo podamos ser felices hoy, en esta hora, hora que también está ocupada por nuestras esperanzas y reminiscencias, ya que el presente se enriquece del pasado y del porvenir.
El móvil de nuestras mejores acciones es siempre el amor propio. El amor propio es el viento que infla las velas de nuestro navío. Pero hay que medir bien su alcance, no sólo al limitarlo con la benevolencia que el prójimo merece, sino también no proponiéndonos desear sino aquellos bienes que están a nuestro alcance y que podemos lograr sin demasiados esfuerzos o excesivos sacrificios.
A este propósito es bueno saber amar lo que uno ya posee y disfrutar de ello en lugar de estar siempre ansiando nuevas sensaciones y emociones.
"El más feliz de los hombres es el que menos cambios de su estado desea".
Huimos sin embargo del tedio porque nuestra alma quiere ser removida y estimulada por la esperanza o por el temor. No somos felices sino cuando nos sentimos vivos, mas nuestros gustos se saturan cuando se sacian, por eso hay que dar gracias a Dios por habernos dado la sed y el hambre.
Si bien hay que preferir la independencia, la autonomía, no obstante la pasión de la que podemos obtener los más profundos goces y los mayores placeres, es decir, la dicha más perfecta, hace depender por completo la misma de la dependencia de otros: se trata del amor, esa pasión que nos anima a agradecer al autor de la naturaleza, sea quien fuere, por habernos regalado la existencia. Los dioses han puesto esta gota celestial (el amor) en el caliz de la vida para darnos el valor de soportarla.
Sin embargo, la felicidad duradera del amor y su disfrute pleno son rarezas. Si fuera algo común, tal vez valdría más ser humano que dios. Pero una debe estar persuadida de que tal felicidad no es imposible...
La Marquesa reconoce no saber si ha existido alguna vez un amor que haya reunido a dos personas hechas la una para la otra de tal manera que no se sacien de disfrutar de su unión, que no sufran el enfriamiento que entraña la seguridad, ni la indolencia y tibieza que nace de la continuidad del comercio (carnal) y cuya ilusión no se destruya y cuyo ardor no se debilite y pueda soportar lo mismo la salud que la enfermedad. Un amor así agotaría el poder de la diversidad o, en todo caso, sólo nace uno cada siglo. En cualquier caso, resultaría también imposible que alguien que amara tan excesivamente pudiese ser correspondido.
Para conservar durante mucho tiempo el amor de un amante es imprescindible que lo agite la esperanza y el miedo, porque la seguridad de ser amado aburre y embota el gusto... Doña Emilia reconoce haber sido feliz durante diez años por el amor de aquel que había subyugado su alma [Voltaire]. Al fin, el sentimiento se defendió de sí mismo derivando en una apacible amistad. Esta y la pasión del estudio la sostienen ahora, cuando escribe su Discurso, bastante contenta, pues ya no se siente sacudida por la impetuosidad de los treinta años, pero eso no le hace perder la esperanza de volver a ser feliz de la manera más intensa.
De hecho, Madame du Châtelet, tras la ruptura de su relación íntima con Voltaire, volvió a enamorarse del caballero Saint-Lambert, trágica pasión que le aportaría un embarazo y le costaría la vida en 1749. Cuando escribe este discurso sobre la felicidad que aquí recensionamos, dos o tres años antes, ya no hay pasión --dice-- que no pueda superar si está convencida de que no puede sino hacerla desgraciada.
Añade a esto algunos consejos valiosos: El gran secreto para que el amor no nos fastidie es no mostrarle al amante nuestro afán cuando se enfría su deseo y estar siempre un grado más fría que él, ya que nada nos degrada más que las diligencias que una hace pra recuperar un corazón frío o inconstante. Lo cierto --y dramático-- es que nadie puede ser muy feliz sin amar. La locura de amor es la mejor, y sería perfecta si durara toda una vida. Pero no es el caso, aunque la coquetería pueda sobrevivirle y pueda dejar paso a una firme amistad.
Cada edad tiene sus placeres. Los de la vejez son los más difíciles de obtener. Nuestra marquesa propone: el juego y el estudio y, si uno todavía se siente capaz, cierta glotonería y consideración... Desde luego --admite-- no son más que consuelos...
En los últimos párrafos de su Discurso, resume lo principal: Nada de prejuicios, pasiones al servicio de la felicidad, que reemplazaremos por gustos si prevemos su insatisfacción o desesperamos de su cumplimiento; consérvense las ilusiones y seamos virtuosos, pero nada de arrepentimiento [en esto parece preludiar la inquina de Nietzsche contra este sentimiento que asimila al rencor a la vida, su "así fue porque así lo quise, aun equivocado"]; alejemos de nosotros los pensamientos tristes, no permitiamos a nuestro corazón que conserve ni chispa de gusto por aquel que ya no nos quiere.
Cultivemos el gusto por el estudio, que no hace depender nuestro bienestar sino de nosotros mismos. Preservémonos de la ambición, y sobre todo sepamos bien lo que queremos ser: decidamos la ruta que queremos tomar para pasar nuestra vida, e intentemos sembrarla de flores (et tâchons de la semer de fleurs).
Émilie du Châtelet no fue solo una figura brillante de la Ilustración, sino que probó sobradamente su excelencia científica en una época en la que a las mujeres se les negaba el acceso a la Academia, ella no solo tradujo a los grandes, sino que corrigió y amplió sus teorías. Sus logros intelectuales más significativos son:
1. La traducción y comentario de los Principia de Newton. Tal vez su logro más colosal, pues no se limitó a traducir del latín los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, sino que hizo aportaciones propias usando el cálculo infinitesimal para explicar las teorías de Newton, algo que el británico no había hecho. Todavía hoy su traducción sigue siendo la versión estándar y definitiva en francés de la obra de Newton.
2. La defensa de la Energía Cinética. En su obra Institutions de Physique (1740), se enfrentó a la opinión de Newton y Descartes, quienes creían que la fuerza del movimiento era simplemente masa por velocidad. Du Châtelet, apoyándose en los experimentos de Willem 's Gravesande, argumentó que la energía (entonces llamada 'vis viva') dependía del cuadrado de la velocidad. Esta idea fue precursora de la famosa ecuación de Einstein.
3. La unificación de Newton y Leibniz. Madame du Châtelet tuvo la audacia intelectual de intentar reconciliar dos mundos opuestos: La física empírica y ley de gravitación de Newton, con la metafísica de Leibniz y su principio de razón suficiente. Logró integrar la mecánica inglesa con la filosofía alemana, creando un sistema educativo de física que fue utilizado por los científicos más importantes de Francia durante décadas.
4. Investigaciones sobre la naturaleza del fuego y la luz. En 1737 participó de forma anónima en un concurso de la Academia de las Ciencias de París sobre la naturaleza del fuego. No ganó el premio, pero fue la primera mujer cuya obra científica fue publicada por la Academia. En este ensayo predijo lo que hoy conocemos como radiación infrarroja, al argumentar que la luz y el calor eran aspectos de un mismo fenómeno y que había "colores" de luz que no eran visibles al ojo humano pero que calentaban los objetos.
5. Y más allá de la física, escribió este Discurso sobre la felicidad cuyo contenido esencial hemos reproducido aquí, donde defiende que el estudio, la pasión intelectual y el amor son herramientas principales para que una mujer alcance contento en este mundo. Hemos seguido el original francés con prefacio de Élisabeth Badinter, Éditions Payot & Rivages, 2014. Su portada ilustra el principio de esta entrada.