| François Sagan (1935-2004) |
Es increíble que Françoise Sagan escribiese Bonjour tristesse con dieciocho años. Sólo una mujer puede saber tanto de las sutiles entretelas del corazón a edades tan tempranas, no un varón. También ha de ser apta para la instrospección, muy inteligente y ha de contar con palabras y expresiones para referir simbólicamente a estados complejos de ánimo, a sentimientos sutiles, a emociones particulares. A esa edad se es todavía adolescente, es decir, un poco más acá del bien y del mal, porque las normas importan todavía mucho menos que los deseos y los apetitos gravitan tanto sobre el alma que a duras penas pueden ser constreñidos por leyes. Mucho menos si el padre, en lugar de representar la ley (dixit Freud), se manifiesta calavera impenitente y si la hija, como es el caso de Cécile, la protagonista de Buenos días, tristeza (1954) no quiere hacerse mayor y responsable.
Escogí la novela de entre una excelente colección heredada, atraído también a ella por la autora de su prólogo, Fanny Rubio, notable filóloga y escritora del Santo Reino. Cuenta en él cómo en 1954 el texto de la jovencísima escritora provocó y escandalizó a muchos ortopensantes de su tiempo, dada su asociación a una vida "burguesa" e incluso "aristocrática" relajadas y felices, sin mala conciencia, con güisqui, automóviles de altra gama, sexo bastante libre (todo lo libre que pueda serlo, que no es mucho), casino y farras nocturnas a discreción en la Rivière. Sus protagonistas son un cuarentón encantador, bien acomodado, y una chica de diecisiete que le sirve de cómplice y camarada en sus donjuanescas y frívolas aventuras o trajines sexuales y sentimentales. Dos vividores felices y ociosos, a los que pretende meter en vereda o sentar cabeza la sensata y fría diseñadora de moda, representada admirablemente en la película de Otto Preminger por Debora Kerr, film de 1958 inspirado bastante fielmente en la novela de marras.
Fotograma de la película de Otto Preminger (1958):
Deborah Kerr (Anne) y Jean Seberg (Cécile)
El papel de Cécile, demónica y descarada narradora de la
historia en simbiosis con autora y protagonista, le cupo en suerte a una actriz tan señera como rebelde y malograda: Jean Seberg. Cécile es adolescente amoral, celosa y manipuladora, adorada por su padre Raymond (David Niven). Su corte de pelo a lo garçonne
se convirtió en icono de Modernez o de lo que pudiera también llamarse crepúsculo de la Era maquiavélica (en la que todavía nos hallamos).
David Niven y Jean Seberg, hija y padre,
en un fotograma de la película de Preminger
Raymond es viudo atractivo, adinerado, paradigma del hedonista refinado y
activo, modelo de bon vivant, nada tiene que ver con los héroes atormentados de Camus o Sartre. La breve y contundente novela se transformó en un fenómeno social precisamente porque rompía con la reciente tradición de la novela
existencialista y experimental, que representaba el triunfo de la autoridad, aun presuntamente contestataria y revolucionaria. Frente a la razón triste, al argumentario gris, y frente al orden o contraorden aburridos,
triunfa la mirada caústica y libertina de Cécile-Sagan. Dionisios gana la partida a Apolo. Ella sólo aspira a pasárselo bien, pero eso sí, a la sombra protectora de su condescendiente y tolerante padre, al que llama Raymond.
Jean Seberg, foto de Famous Iowan
“Sagan” fue seudónimo de Quoirez el auténtico apellido de
Françoise Sagan (1935-2004), quien llegó a ser también excelente dramaturga, periodista viajera, guionista, directora de cine e integrante de la Nouvelle Vague. Se la asoció igualmente a la llamada “literatura del cuerpo”. (“Sagan” es personaje
secundario de la monumental obra de Proust, En
busca del tiempo perdido).
François Quoirez nació en Cajarc, Lot, un 21 de junio de 1935 y murió en Honfleur, Calvados, un 24 de septiembre de 2004. Provenía familiarmente de una saga de empresarios exitosos y terratenientes con solera. Rebelde, con carácter, fue expulsada en su adolescencia de varios colegios; estudiante indiferente, como Cécile en la novela, no llegó a graduarse en la Sorbona. En Buenos días, tristeza (1954), la protagonista-narradora se burla de la filosofía de Bergson, que formaba parte del canon entonces (no sé si también ahora) de pensadores que era preciso conocer para aprobar bachillerato (también refiere en la novela a la obligación de componer una disertación sobre Pascal). En cualquier caso, Cécile contrapone la pesadez estival de su estudio (para el examen de “selectividad”) a los placeres sensuales: “Ellos tenían una noche de amor, yo tenía a Bergson”.
Buenos días, tristeza puede describirse como un manifiesto antiintelectualista, en un país en el que los intelectuales gozan de gran crédito (más que los toreros), una novelita (diminutivo por corta, no por su valor) a la que no le sobran palabras y cuyos silencios y entrelíneas valen su peso en oro. Muestran el inconformismo con la apremiante madurez y las maniobras clandestinas para aplazarla indefinidamente, de una niña terrible que mira el mundo con distancia y con un sentido del humor impropio de su edad, muy original.
Es curioso que en 1958, dada la ambigua e inusual relación con su padre en la novela, la autora se casase con Guy Schoeller, editor de Hachette y veinte años mayor, del que se separó dos años después para volverse a casar en 1962 con un joven playboy usamericano. Françoise tuvo un hijo y mantuvo una larga relación con la estilista Peggy Roche, lo que no le impidió echarse en brazos de un amante casado. No obstante, su hijo Denis Westhoff creó en 2010 el Prix Françoise Sagan, así que no debió hacerlo mal como madre, a pesar del frenesí de sus costumbres y del incesante cambio de partenaires convivientes.
En 1957 sufrió grave accidente conduciendo un Aston Martin. De accidente de coche muere Anne, la madura, fría y formal, protagonista de su novela, contrapunto de Elsa, la joven boba y galante. ¡Pocas veces puede verse un paralelismo más coherente entre vida y obra! Como consecuencia del accidente y de sus traumas, los médicos le administraron morfina para los dolores y Sagan se enganchó a la droga. Tuvo que desintoxicarse, pero lo cierto es que tuvo problemas desde joven con el alcohol y con los estupefacientes, lo que quiere decir que abusaba de bebida, estimulantes y calmantes. De hecho, fue condenada en 1995 por “consumo” de cocaína (eso dice la Wikipedia, "consumo", pero supongo que refiere a tenencia). François nunca renunció a sus gustos caros: vida ociosa, coches veloces, residencias lujosas, baños de sol, casas de juego, juergas nocturnas, apertura a amores ocasionales. En 1985, en un viaje a Colombia con su ilustre e ilustrado tocayo, el presidente François Mitterant, ya padeció serio accidente respiratorio. A pesar de todo ello, vivió una vida relativamente larga, casi setenta años.
En "Bonjour tristesse" (segundo verso de un poema de Paul Éluard) escribe una vez “Dios”, pero añade que no cree en Él y que usa Su nombre en lugar de “azar”. Acepta --en la onda existencialista todavía-- el fundamental absurdo de la existencia, pero su actitud no es ya la de lamerse las heridas y padecer angustia metafísica. No hay en Cécile-Françoise Sagan el menor resto del Achtung kantiano, ese respeto o veneración racional a la Ley moral. No obstante, será una musa del existencialismo de la Rive Gauche, Juliette Gréco, quien cante en la película de Otto Preminger (“C’est une déchirure, mais quel beauté!”).
Juliette Greco en la película de Preminger (1958)
Cécile acepta bien, sin angustiarse, las paradojas
del corazón: “La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música
militar”. Aunque es capaz de arrepentirse por el daño causado con sus manipulaciones
e intrigas, no le da miedo el pecado, “única nota de color que subsiste en el
mundo moderno” --dice, citando a Oscar Wilde. Lo que de verdad asusta a Cécile-Sagan-Françoise es el
aburrimiento y hasta la tranquilidad que lo acompaña. Por eso “mi padre y yo,
para estar interiormente tranquilos, necesitábamos la agitación exterior”.
Incluso el miedo y los remordimientos son preferibles al aburrimiento (tedio, esplín).
Por eso siempre se creyó más dotada para besar a un chico al sol, que para estudiar una carrera. Y nunca quiso llegar a ser una persona famosa y cargante. En lugar de eso, escribió y escribió, amó y vivió, incluso pergeñó letras de canciones.
En 1956 publicó su segunda novela, Un certain sourire, escrita en solo dos meses y dedicada a su gran amiga Florence Malraux. A estas obras se añadieron Dans un mois, dans un an (1957), Aimez-vous Brahms? (1959), Les merveilleux nuages'(1961), La chamade (1965), Des bleus à l'âme (1972), Le lit défait (1977) y Il fait beau jour et nuit (1979). Mantuvo el estilo austero de la novela psicológica francesa incluso cuando el nouveau roman estaba de moda y aburría a todos, menos a los críticos à la page.En 1960, en plena guerra de Argelia firmó el Manifiesto de los 121. En represalia, la organización terrorista de extrema derecha OAS colocó una bomba en casa de sus padres el 23 de agosto de 1961, pero la explosión sólo causó daños materiales.