miércoles, 17 de marzo de 2021

BEATRIZ BERNAL. VIRGO BELLATRIX

Portada original del Cristalián de España de Beatriz Bernal (Valladolid, 1545)
Portada original del Cristalián de España de Beatriz Bernal
(Valladolid, 1545)

“Hubo una ínsula, llamada de las Maravillas, de la cual era señora una doncella muy gran sabidora de las artes. Fue tanto el su saber, que jamás quiso tomar marido, porque nadie tuviese mando ni señorío sobre ella”.

Quien escribió esto fue una señora de Valladolid en un libro de caballerías titulado Historia de los invictos y magnánimos caballeros don Cristalián de España, príncipe de Trapisonda, y del infante Luzescanio su hermano (para abreviar: Cristalián). La obra fue publicada por primera vez en 1545, en la ciudad del Pisuerga y por una mujer que no quiso dar su nombre. Sin embargo, unos años después, su hija Juana de Gatos reimprimió el “román de aventuras” autentificando que su verdadera autora era Beatriz Bernal, su madre.
No se menciona el Cristalián entre los libros de caballerías que arden en el Quijote, donde se le da al género, que ya estaba en decadencia, la puntilla o golpe de gracia. Beatriz fue mujer del bachiller Torres de Gatos, con el que casó en segundas nupcias. En el proemio de la primera edición se presenta como correctora y no como autora, tópico de los libros de caballerías. Resultó que un Viernes Santo, haciendo las estaciones de penitencia con otras dueñas, se topó en una iglesia con un antiguo sepulcro en el que yacía un cadáver embalsamado y a sus pies un libro voluminoso, curiosa por demás como todas las hijas de Eva, quiso conocer sus secretos. Descubrió que estaba escrito en un castellano antiquísimo y, ni corta ni perezosa, lo corrigió y trasladó al español que hablaba.

Empieza Beatriz filosofando en su introducción sobre los bienes que nos hacen felices, ora naturales ora de fortuna. Los primeros los tenemos en propiedad; los segundos, “por arbitraria voluntad”. Los naturales nos atraen a algún género de excelencia, a bien vivir y servir a Dios, a ser bien considerados, conservar a los amigos y tener paz con los enemigos, a ser llanos y sinceros con muchos, y afables con todos. Los bienes de fortuna son espirituales o temporales, unos dan fama y gloriosa memoria; otros, inconstantes, no los da Fortuna a quien los merece, sino a quien se le antoja: rentas, haciendas, títulos, señoríos y estados. Quien sea digno de ellos se hallará capaz de felicidad y será considerado dichoso y bienaventurado, y de este hilo podrá sacar el ovillo de una gloria más duradera.

Beatriz Bernal halaga a continuación al emperador Felipe considerándole ejemplo memorable, así como a sus ascendientes, “los valerosos reyes de vuestra genealogía”, espejos de buen comportamiento, “inmortales dechados de quien sacar perpetua labor”. Son tantos los merecimientos del “serenísimo príncipe” Felipe, que si en nuestra época –es decir en el siglo XVI- se compusieran la Iliada, las obras de Ovidio o la Farsalia de Lucano, a él tendrían que ir ofrecidas y enderezadas. La alusión a estas obras clásicas prueban que la autora era mujer leída y cultivada en un siglo en que las mujeres tenían difícil su ilustración.

Afecta Beatriz modestia presentando su “misérrima obra” y ruega al emperador que no se maraville porque una persona “de frágil sexo” tenga la osadía de dedicársela (captatio benevolentia). Se exime de culpa por tres razones: que puede desestimarla y echarla al fuego, que siéndole favorable puede dejarla navegar para quien quiera leerla, y porque los insignes príncipes han de ser aficionados a leer aventuras y extremados hechos de armas, porque los habitúa a altos pensamientos.

Minerva doma al centauro. Sandro Botticelli.


Extremosa sí que es la historia de don Cristalián, porque está repleta de episodios truculentos y espeluznantes…, como una estética gore, avant la lettre. Así, en el Prado del Dolor, sembrado de hierba negra y espigas coloradas, nuestro caballero contempla a cien cuchilleros “que no tenían otro oficio sino degollar doncellas” con cuya sangre teñían el río. No contentos con ello, les sacaban los corazones de los que hacían harina en los molinos. Cuando Cristalián acaba con el jayán que ordena esta orgía de violencia y sangre, las doncellas se convierten en cuervos negros que se lanzan sobre sus agresores.

El ambiente tardo-medieval servía por entonces de espectáculo y de entretenimiento a hombres y mujeres del Renacimiento. Por supuesto, la Edad Media fue una época brutal, de violencias y pasiones desmedidas, en la que la tortura, la decapitación y el descuartizamiento público estaban a la orden del día. Ahora su legendario y romántico recuerdo es escenario para una estética del horror y de lo siniestro, de la muerte como entretenimiento vital, asociada a la nigromancia. La fantasía de Beatriz Bernal –y del lector- vuela desenfrenada por este paisaje sobrenatural, mágico y pintoresco.

En su estudio sobre “Los motivos de suplicio en el Cristalián…”, Mª Carmen Marín Pina (universidad de Zaragoza) explica como en la Edad Media muchos crímenes, considerando tales la homosexualidad y el adulterio, pero también el maltrato y la violación de mujeres, se pagaban con la decapitación, que pusieron de moda los turcos. En el Cristalián, la entrega de la cabeza del enemigo cuenta como requisito para obtener la mano de la amada. Las cabezas cortadas se exhiben en estacas, en picas, en las torres de los castillos, a las puertas de los palacios y pintadas en escudos (los celtas llevaban las cabezas de los vencidos como trofeos en los arzones de sus caballos). Lucen como escarmiento y ejemplaridad formando parte de una pedagogía del miedo todavía vigente en el siglo XVI.

En esta literatura, el cuerpo humano en general es escenario de vejaciones y atrocidades. Sadismo y hechicería, pues nuestra autora inserta los suplicios en un contexto maravilloso. En los Hondos Valles dominan siete hadas, crueles artífices de terribles encantamientos. Por mandato de la Doncella del Gavilán, Cristalián manda al infierno a una de ellas metamorfoseada en árbol al cortar una de sus ramas, de donde sale un torrente de sangre. La sangre simboliza la violencia en estado puro. Suele ser una mujer vengativa y cruel la que planea el suplicio, en ciertos casos el motivo son los celos. Hace así bueno el aforismo de Nietzsche según el cual, puestas a ser malas, las mujeres son “mejores”, y aquel otro de que es temible la mujer cuando ama y cuando odia.

Ni siquiera la sabia Membrina, la dómina de la Ínsula de las Maravillas, está libre de que le corten la cabeza en un mundo que parece regido por la Reina de corazones del país de Alicia. ¡Menos mal que la decapitación ha sido simulada por la propia Membrina!, que así finge su muerte para probar la fidelidad de los caballeros de la corte de Lindelel. Deambulan por la novela caballeros sin cabeza y cabezas parlantes. A Beatriz Bernal no le tiembla la pluma y recurre a la decapitación como castigo, venganza, juego, enigma o misterio.
Helena Bonham-Carter en la Alicia de Tim Burton

La Reina de corazones de Alicia en el País de las Maravillas no hace más que mandar: "¡Que le corten la cabeza!". Se habla del "Síndrome de la Reina de corazones", que padecen aquellos que, como el Príncipe de Maquiavelo prefieren hacerse temer a hacerse amar:
“Los hombres tienen menos cuidado a la hora de ofender a un príncipe que se haga amar que a uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es un miedo al castigo, y ese miedo nunca desaparece".
Pero la decapitación no es suficiente, porque el dolor dura poco, por eso la autora vallisoletana imagina suplicios más duraderos. En el Castillo Bramador de la Montaña Vedada, Cristalián presencia terribles suplicios de mujeres antes de lograr el desencantamiento y liberación de su madre, la princesa bizantina Cristalina. Se recurre a otras formas de suplicio con hierro como el alanceamiento o el asaetamiento que se recrean gráficamente. Una forma menor de tortura es colgar o arrastrar de la melena (también Absalón fue alanceado cuando su hermosa cabellera quedó enredada en un roble). En el Clarisel de las Flores, unos perversos caballeros cuelgan en un árbol de los pelos al enano Membrudín para dejarlo morir de hambre o al albur de las fieras. 
El desangramiento y el vampirismo también aparece en los Hondos Valles. Para sanar a una de las maléficas hadas, su hermana le prescribe la sangre de los mejores amantes. No faltan alardes sórdidos y detalles morbosos. El hada vampírica ha de beber durante treinta días la sangre caliente “y al fin de estos días los amantes han de morir y con la muerte d’estos la fada ha de haber entera salud”. 
En la Montaña Despoblada, la maga Drumelia martiriza sin piedad a los parientes de Luzescanio, hermano de Cristalián. La escenografía de la tortura es siniestra, digna de un rito satánico: amarrados a cuatro columnas, dos mujeres y dos hombres ancianos esperan en camisa ser devorados por cuatro perros, que “les despedazaron las carnes por muchos lugares”. Al dolor físico se une el psicológico, el moral: padres que presencian la muerte de sus vástagos, lenta por ponzoña o rápida por decapitación, todo un espectáculo de mise en abîme, un retablo de horrores que ni siquiera requieren justificación racional.
Martirio de santa Águeda (Agatha). Sebastiano del Piombo

Los suplicios que pinta la literatura caballeresca en general, y el Cristalián en particular, recuerdan los de los martirologios, que eran lectura asidua a finales de la Edad Media y principio de la moderna. Las vidas de santos (hagiografías) eran lectura devota recomendada sobre todo a las damas. Según Mª Carmen Marín Pina, las atrocidades imaginadas por Bernal adelantan la violencia mostrada años después por María de Zayas en sus novelas cortesanas.

Por venganza, castigo o placer, el ser humano ejecuta o padece crueles agresiones. Y el lector disfruta con ellas. Lo macabro provoca en los lectores –dice Marín Pina- un paradójico sentimiento de repulsa y atracción. El arte satisface así la curiosidad y el gusto por contemplar el alcance de la depravación humana en el cuerpo ajeno, con la tranquilidad última de saberse a salvo. La literatura desahoga los peores instintos de forma inocua, aunque siempre encontraremos descerebrados y psicópatas que los adopten como modelo a imitar. Lo estamos viendo con los videojuegos violentos.

Monserrat Piera, en su artículo “Minerva y la reformulación de la masculinidad en Cristalián de España de Beatriz Bernal” (Tirant, 13, 2010), desde una perspectiva de género y feminista celebra que el libro de la vallisoletana se distancie de los modelos artúricos vigentes ofreciendo al lector un mundo caballeresco sin géneros, que vulnera y trasciende la perspectiva “masculinista” y patriarcal. Lo prueba el hecho de que aparezcan en comparación con otras obras similares pocas batallas y el número elevadísimo de personajes femeninos, así como su protagonismo; particularmente, el de Minerva, una doncella guerrera (Virgo bellatrix), capaz de luchar y actuar como varón sin renunciar a su femineidad. Se tra-viste ora de caballero ora de doncella y se llama “Minerva”, nombre de la diosa protectora de las artes y del telar, del comercio y la artesanía, o sea, de las actividades civilizatorias, a la que Ovidio llamó la “diosa de las mil labores”.

La doncella Minerva no se mueve buscando a su amado ni pelea para vengar su honor, sino que busca aventuras y justicia, es decir, se comporta como un verdadero caballero andante. Tras batirse con ella, dice Cristalián: “Mi señora, hacéis ventajas a todos los caballeros del mundo, así en bondad de armas, como en todo lo demás”. La Minerva de Beatriz Bernal no sigue a las tropas como las “soldadeiras” galaico-portuguesas ni se mutila los pechos como las amazonas, ni es una rústica serranilla con carácter, como las del Libro del Buen Amor de Juan Ruiz, sino que se convierte en amiga, confidente y compañera del héroe y en caudillo de las tropas cristianas que combaten a los infieles.

La novela de Beatriz Bernal, a pesar de sus más de trescientas páginas, alcanzó bastante éxito comercial, incluso mereció su traducción y reedición en italiano. Aunque se la considera la única mujer que escribió una novela de caballerías en el siglo XVI con el propósito explícito de que fuese leída y editada, tal vez hubo otras, cuyas obras se perdieron, fueron firmadas con pseudónimos, o pasan por anónimas.

sábado, 6 de marzo de 2021

TELESILA Y LA POESÍA FEMENINA DE SU TIEMPO

 

Tiziano. Muerte de Acteón (1570-1575).
A manos de Diana (la Ártemis o Artemisa griega)

CURADA POR EL ARTE. ARMADA POR LAS CIRCUNSTANCIAS

Telesila de Argos (Τελέσιλλα) debió de vivir a fines del siglo VI a. C. en esa ciudad del noreste de la península del Peloponeso que le sirve de apellido. Como otras artistas a lo largo de la historia, fue considerada "novena musa". Celebrada por Apolodoro, Pausanias, Luciano..., Plutarco es la fuente principal para recordar que procedía de noble familia, que padeció una grave enfermedad que la medicina hipocrática no supo curar, y que angustiada pidió socorro de los dioses y consultó al oráculo. El augurio le aconsejó que se dedicara al arte. Así lo hizo la ilustre argiva y, cultivando el canto, la música y la poesía, recobró la salud y con ella la fortaleza de ánimo.

Tan valerosa se mostró Telesila en el combate entre Esparta y Argos, que acabó elevada a la excelsa condición de heroína. Al parecer, muchos de sus paisanos varones habían sido masacrados en la invasión o cerco que los lacedemonios pusieron a Argos comandados por su rey Cleómenes I. Entonces Telesila, ni corta ni perezosa, tomó el escudo y la espada y armó y ordenó una escuadra femenina que repartió por el familiar camposanto, entre sepulcros, con lo que consiguió repeler a los espartanos matando a muchos; y a Demaralo, el extranjero que pretendía hacerse con el control de la ciudad, le echó fuera, a la fuerza.

Luis Carrillo y Sotomayor (Baena 1585?-1610), humanista cordobés de pluma y espada y precursor de la estética barroca, recoge la historia legendaria de Telesila, a la que llama Telesia, en su Libro de la erudición poética, como ejemplo de compatibilidad entre el ejercicio de las letras y de las armas. Y así concluye, traduciendo a Plutarco, que no sólo las musas cantan las armas, sino también "aparejan" con ellas (ut Musae etiam arma ipsa non solum canant, sed parent). 

Argos, al noreste de Esparta en la península del Peloponeso.
Mapa de la Grecia arcaica

Otra versión cuenta que la poetisa y heroína participó indirectamente en el combate, pero que fue ella la que enardeció a los diezmados soldados argivos con sus cantos guerreros, ayudándoles decisivamente a rechazar al enemigo en el año 510 antes de Cristo.

Se conservan nueve fragmentos de sus poesías, uno de ellos en un metro que por su originalidad los alejandrinos llamaron “telesileo” (glicónico acéfalo). Ateneo afirma que Telesila compuso una oda a Apolo llamada Φιληλίας (Amigo del sol) y Pausanias añade a esa oda otra a Ártemis. Los versos que se conservan pertenecen a un partemio destinado a ser recitado, como su nombre indica, por un coro de vírgenes, que trata de los amores de Ártemis y Alfeo (río divinizado), la diosa huye del dios (φεύγοισα τòν᾽Αλφεóν), que sin duda deseaba mojarla.

CONTEXTO POÉTICO

Artemisa de Mitilene
(IV a. C.)
Telesila forma parte de un importante movimiento lírico de la Grecia continental, que contrasta con el de las islas del Egeo (Alceo, Safo, Anacreonte) y que se abre paso a partir del siglo VI a. C. y cuyos representantes son mujeres. A Telesila de Argos hay que añadir Mirtis, Práxila de Sición, Corina de Tanagra (en Beocia). Esta última es contemporánea de Píndaro. De hecho, Corina presenta a Mirtis rivalizando con Píndaro y el geógrafo Pausanias (s. II d. C.) confirma que Corina fue discípula de Mirtis y rival victoriosa de Píndaro en varios certámenes o festivales (agones).

Rodríguez Adrados las considera poetisas (*) comprometidas con cultos locales, coros y círculos femeninos asociados a templos. En efecto, la poesía de todas ellas es o hímnico-religiosa o mítica. En Argos se atribuían las danzas de coros enfrentados, masculinos y femeninos, a la conmemoración de la hazaña militar de Telesila, la cual armó y disfrazó de hombres a las mujeres para defender su ciudad, lo que demuestra según Adrados que estuvo ligada a dichos coros populares.

Práxila de Sición, por su parte, está relacionada con los dioses Dionisio y Adonis, sobre todo. Compuso himnos, escolios y ditirambos para banquetes. Sobre todo fueron las poetisas beocias las que cultivaron el mito. De Mirtis conocemos la paráfrasis de una historia de amor desgraciado: el de Ocna y Eunostos. Corina escribió seguramente largos mitos panhelénicos como el de los siete contra Tebas, las hijas de Minias o el escudo de Atenea; y otros más regionales, como el del gigantesco cazador Orión que acaba convertido en constelación, o el de los adivinos Evónimo y Acrefen, etc. Una parte de los poemas de Corina eran conocidos como Geroia o Veroîa, es decir, o bien como “historias de viejas” o como “relatos tradicionales”. La poesía de Corina, de la que nos quedan más vestigios que de la de Telesia, era simple y coloquial, destinada a festividades, menos personal e innovadora que la de Safo de Lesbos:

“Me llama Tespsícora para cantar bellas canciones a las tanagreas de blancos peplos y mucho disfruta la ciudad con mis cantos, mi charla melodiosa” (Corina de Tanagra)

“Lo más bello que dejo es la luz del sol, lo segundo las estrellas brillantes y la faz de la luna y también los higos maduros y las manzanas y las peras” (Práxila de Sición).

 

Adonis annua

INTERCAMBIO DE VESTIMENTAS

En reconocimiento a la bravura y arte de Telesila, Telesilla o Telesia de Argos, su ciudad le erigió una estatua en el templo de Afrodita y se instituyó un festival llamado Ὑβριστικά o Ἐνδυμάτια, en el cual mujeres y varones intercambiaban jovial y lúdicamente sus ropas.

(*) Nota bene: No se nos escapa que hoy mujeres que han escrito o escriben excelente poesía (como Gloria Fuertes), que prefieren hacerse llamar "poetas", en lugar de "poetisas"; sin embargo, "poetisa" se ajusta a la reivindicación feminista de la visibilidad del género, femenino, del artista. Así que hemos optado por dejar el apelativo tradicional que usa Rodríguez Adrados, que recoge, al menos, el sexo del autor.



domingo, 28 de febrero de 2021

SUFRAGISMO. La gran batalla por el voto de las mujeres en la primera ola del feminismo

La película Sufragistas (2015) es un estupendo referente para conocer más de cerca las denodadas luchas de las mujeres en el Reino Unido para conseguir la igualdad política, y para descubrir cómo, en el curso de esas batallas, el sistema patriarcal violentó de manera intolerable los cuerpos y mentes de las activistas que le plantaron cara durante la primera ola del feminismo. En la entrada anterior María Ángeles Boix examinaba la pugna por los derechos civiles en Estados Unidos en torno a la figura de Shirley Chisholm en una fase ulterior del movimiento (http://anthropotopia.blogspot.com.es/2016/03/chisholm-y-la-lucha-por-los-derechos.html ). Ahora vamos a retroceder casi 60 años para fijar nuestra mirada en la Vieja Europa, en el período verdaderamente agitado que precedió a la Primera Guerra Mundial.
Sufragistas, la película

El filme narra la historia de Maud Watts, una humilde trabajadora de una lavandería industrial. El relato comienza en Londres en 1912, un año clave en la evolución del feminismo temprano en Inglaterra. Mientras sale de la fábrica a hacer un recado, Maud presencia cómo, en medio de una algarada callejera, una de sus compañeras de trabajo, Violet Miller, rompe cristales en protesta por las condiciones políticas y sociales de las mujeres. Poco después tiene lugar una investigación en el Parlamento sobre la situación laboral de las trabajadoras, como trámite previo a la decisión sobre el derecho al voto femenino. Cuando Violet, que debía acudir a testificar, no puede hacerlo porque su marido la maltrata para impedírselo, Maud saca fuerzas de flaqueza y decide presentarse ella misma. Su testimonio resulta realmente conmovedor. Gracias a esa experiencia, descubre dentro de sí una fuerza y una rebeldía contra su situación de las que antes no había sido consciente. Al final, el Parlamento se muestra insensible a las declaraciones que habían puesto de relieve unos tremendos abusos sociolaborales sobre las clases trabajadoras. Cuando las mujeres congregadas en Parliament Square se enteran de la injusta negativa del legislador, organizan una protesta masiva durante la cual son golpeadas y arrestadas por la policía. Maud pasa una semana entre rejas y allí conoce a Emily Davison, una activista próxima a la líder del movimiento, Emmeline Pankhurst.

Emmeline Pankhurst en una alocución
Durante su encierro tiene también ocasión de conocer más de cerca la lucha heroica que se está llevando a cabo, y crece su adhesión a la causa. Sin embargo, cuando retorna a su casa, su esposo Sony le reprocha duramente la vergüenza que su detención ha acarreado a la familia, así como haber dejado abandonado a su pequeño hijo. Maud le promete que no se meterá en nuevos líos pero, cuando la invitan a una reunión secreta con la carismática Emmeline, no duda en acudir al lugar. A la salida los policías se encuentran apostados para atraparlas. A modo de escarnio, conducen de vuelta a Maud en el furgón, mientras los vecinos, escandalizados, atisban la escena a través de las persianas. Esta vez el marido la echa de casa sin contemplaciones.

Una portada satirizando a las sufragetes
 Aunque intenta seguir viendo a su hijo a escondidas, y en el trabajo pretende que nada ha sucedido, el supervisor la despide nada más ver su foto en los periódicos etiquetada como sufragista. Movida por un súbito arrebato, Maud quema a su jefe con la plancha. Es su forma de desahogarse por todos los años de continuos abusos sexuales que ha tenido que soportar. A pesar de la gravedad de los hechos, el inspector de la policía le ofrece la libertad a cambio de información sobre los movimientos de la célula terrorista, acuerdo que Maud simula aceptar. Sony continúa prohibiéndole que vea a su hijo, invocando en su respaldo la ley. Ello hace que Maud sea aún más consciente de la necesidad de actuar para conseguir cambiar esa injusta legislación. Al final, como Sony no puede ocuparse del hijo, lo entrega en adopción, lo que destroza el corazón de Maud. Sin lazos familiares que la aten, se lanza al activismo más radical, colocando bombas en buzones e interviniendo en el cable de telégrafos. Nuevamente es encarcelada junto con sus compañeras tras colocar una bomba en la residencia de verano del Primer Ministro Lloyd George. En protesta por la falta de reconocimiento de su condición de presas políticas, Maud inicia una huelga de hambre, y la institución carcelaria reacciona sometiéndola a una brutal alimentación forzada. Cuando la policía presiona a la prensa para que no informen sobre estas acciones violentas de las sufragistas, con el fin de evitar proporcionarles la publicidad que éstas buscan, la organización planea actuaciones aún más drásticas para atraer la atención a la causa. Así, acuden al derby de Epsom, al que asiste el rey Jorge V, pero sólo logran entrar al recinto Maud y Emily Davison. Esta decide actuar por su cuenta y se lanza a la pista de carreras, donde es arrollada por los caballos.

La película finaliza con escenas reales de su funeral, una larguísima comitiva de mujeres engalanadas con los signos de su militancia, y después, una relación de las fechas en que se consiguió el voto para las mujeres en los distintos países,entre las que se pueden señalar:
- Nueva Zelanda, en 1893
- Australia, en 1895
- Finlandia, en 1906
- Estados Unidos: en 1869 en el estado de Wyoming, en 1870 en el estado de Utah y, en los estados del sur, en 1919
-en el Reino Unido, en 1918

-en España, en la Constitución de 1931
El voto femenino en Francia aún tendría que esperar hasta 1944, en los últimos coletazos de la Segunda Guerra Mundial.

Suffragettes y Suffragists
El título de la película en inglés, Suffragette, ofrece una pista muy importante acerca del concreto tipo de sufragismo al que se refiere. En castellano se pierde fácilmente esa referencia porque no disponemos de dos palabras diferentes para traducir esos dos conceptos distintos. Aunque el objetivo de ambos sufragismos era el mismo, empoderar a las mujeres gracias al derecho al voto, como trampolín hacia la igualdad política, los métodos de una y otra organización fueron muy diferentes. Con el término sufragetes nos referimos a un grupo de activistas que usaban medios violentos para conseguir el derecho al voto femenino, mientras que las sufragistas trabajaban dentro de la legalidad y en el marco de los partidos políticos.


Para comprender plenamente los motivos de escisión entre ambos grupos, debemos remontarnos unas décadas antes de 1912. En 1876 se fundó la sociedad “Los Derechos de las Mujeres”, que en 1883 se transformó en la “Sociedad para el Sufragio de las Mujeres”. Millicent Fawcett, que llegaría a ser la principal líder del movimiento sufragista, constituyó en 1897 una organización con el mismo fin, la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino (en siglas, NUWSS), que pretendía actuar con medios pacíficos para obtener el voto para las mujeres. Ante la falta de avances en su programa de actuación, en 1903 Emmeline Pankhurst (1858-1928), oponente de Fawcett, fundó una nueva organización, la Unión Social y Política de las Mujeres (Women’s Social and Political Union, en siglas WSPU). Su objetivo era luchar por la igualdad entre hombres y mujeres mediante el derecho al voto y, a través del mismo, alcanzar una efectiva paridad en materia de derechos de la persona, familia y propiedad (divorcio, derechos hereditarios…) A diferencia de la NUWSS de Fawcett, sólo admitía entre sus filas a mujeres y, además, sentó como principio la actuación al margen de los partidos políticos, porque consideraba que solo las utilizaba para respaldar las propuestas de los parlamentarios, sin hacer un esfuerzo real para otorgarles el derecho al voto. Al principio, las tácticas de la WSPU fueron pacíficas, a través de mítines y concentraciones ante el Parlamento, pero su postura se radicalizó ante el fracaso de las sucesivas propuestas legislativas dirigidas a reconocer el sufragio femenino. En 1905 diversas sufragistas fueron arrestadas por gritar consignas a su favor. Ello desencadenó una riada de detenciones en protesta, porque las detenidas preferían ser encarceladas antes que pagar la multa que se les exigía. Éste es el origen del término “suffragette”, que utilizó por primera vez el Daily Mail en 1906 para menospreciar a estas activistas. Sin embargo, estas aceptaron gustosamente el calificativo, que les permitía diferenciarse de las “suffragists”, que actuaban integradas dentro del sistema que les negaba sus derechos. Siempre ingeniosas, hasta hicieron un juego de palabras con el término, “suffraGETtes”, para resaltar no sólo que querían el sufragio sino que lo iban a conseguir (GET).

Un ejército de sufragistas
Emmeline deseaba dirigir “un ejército sufragista en el campo de batalla” y así lo demostró en 1908, cuando 500.000 activistas se reunieron en Hyde Park para asistir a uno de sus mítines. Ante la indiferente respuesta del Parlamento, 12 sufragetes se personaron en su sede con la intención de pronunciar allí un discurso pero la policía las expulsó. Tras ello, Edith New y Mary Leigh se dirigieron a la residencia del Primer Ministro en el número 10 de Downing Street y no dudaron en arrojar piedras a las ventanas, por cuyo delito fueron condenadas a dos meses de prisión. En el juicio, Emmeline recordó a los jueces cómo los agitadores políticos varones también habían tenido que romper muchas ventanas en el pasado antes de conseguir derechos civiles que entonces se consideraban ya incuestionables.

Tras la derrota del Partido Liberal en 1910, de la que la izquierda culpó a la WSPU por su falta de apoyo, se presentó una propuesta de ley favorable al voto femenino, la Conciliation Bill. Durante su tramitación, la WSUP acordó suspender los actos violentos pero, ante el fracaso de las negociaciones, el 18 de noviembre de 1910, 300 mujeres se manifestaron en Parliament Square, enfrentándose a la policía. El grupo estaba dirigido por Emmeline y por la princesa india Sophia Duleep Sigh, que era una de las activistas más encendidas de la época. El primer ministro Lord Asquith se negó a recibirlas. Por orden de Churchill, a la sazón secretario de Estado, la policía agredió a las manifestantes, resultando arrestadas 119 personas. El escándalo se conoció como el Black Friday, aunque ahora el mercado se ha apropiado de ese nombre para estimular las ventas de temporada.

A causa de la debilidad física de las mujeres a la hora de hacer frente a los asaltos de las fuerzas del orden, Emmeline decidió que debían recibir clases de defensa personal. Para ello contó con la ayuda de Edith Garrud, una extraordinaria mujer experta en áreas artes marciales que, ya desde 1908, venía actuando como entrenadora de las sufragistas.
Huelgas de hambre


Los hechos narrados en la película se refieren a una nueva propuesta legislativa, la que se realizó en marzo de 1912, un año crucial en la lucha por que se produjo un viraje hacia tácticas más agresivas: las sufragetes se encadenaron a rejas, incendiaron buzones, pusieron bombas…. En efecto, cuando la propuesta fracasó, como tantas veces antes, Emmeline ordenó que se retomasen las protestas violentas. En respuesta, la policía realizó una redada en las oficinas de la WSUP y Emmeline fue detenida y condenada. En la prisión de Holloway llevó a cabo su primera huelga de hambre, una vía de protesta que ya había puesto en práctica en 1909 Marion Wallace Dunlop. La intención de esta fue conseguir que se reconociese a las sufragtes la condición de presas políticas. La cuestión no era baladí para los fines de su lucha. Si se las situaba en la segunda o tercera división penitenciaria, no podían disfrutar de las ventajas de que gozaban los presos políticos de la primera división, como recibir visitas o tener a su disposición medios para escribir libros o artículos. Pero no existía un criterio uniforme entre los tribunales sentenciadores a la hora de conceder un determinado nivel penitenciario a las sufragetes, de manera que no siempre se las ubicaba en la primera división. La WSPU realizó una campaña con ese fin pero el gobierno británico no estaba dispuesto a que la organización utilizase las prisiones como escaparate para su programa reivindicatorio. El caso es que, después de 91 horas de huelga y ante el temor de que Marion Dunlop se convirtiera en una mártir para el movimiento, además de obligar al Estado a abonar una indemnización por su muerte, el Secretario de Estado ordenó su liberación por motivos médicos.

Ante ello, las demás prisioneras se apresuraron a forzar su situación poniéndose igualmente en huelga de hambre, lo que se convirtió en una respuesta generalizada entre las sufragetes encarceladas. Además de publicidad, conseguían volver mucho antes a la línea de combate. El gobierno ordenó entonces que las huelguistas fuesen alimentadas a la fuerza. Pankhurst escribió que la prisión "se convirtió en un lugar de horrores y tormentos. Escenas repugnantes de violencia tenían lugar a cada hora del día, mientras los doctores iban de celda en celda efectuando su horrible trabajo”. Éste consistía en alimentar a las huelguistas por vía nasal u oral, utilizando para ello unas mordazas de acero que conseguían mantenerlas con la boca abierta. Atadas a sillas y sometidas a una fuerza considerable, el proceso debía de resultar dolorosísimo. Emmeline escribió en su diario que nunca conseguiría olvidar el sufrimiento de las mujeres, con los gritos que taladraban sus oídos. Muchas sufrían a corto plazo daños en los sistemas circulatorio, digestivo y nervioso, e incluso pleuritis o neumonía por defectuosa colocación del tubo y, a largo plazo, arrastraban unos sufrimientos físicos y psíquicos perdurables, como puede verse en la película que le sucede a Maud Watts, que también hace huelga de hambre.

La ley del gato y el ratón
Después de un amplio debate sobre los aspectos implicados en la cuestión, en 1910 Churchill corrigió las reglas relativas a las divisiones carcelarias, permitiendo a las presas sufragistas de la segunda y tercera división disfrutar de ciertos privilegios de la primera, habida cuenta que no se encontraban encerradas por crímenes graves. Ello puso fin a las huelgas de hambre durante dos años. Sin embargo, tras la detención de Pankhurst en 1913, a la vuelta de una gira de conferencias por Estados Unidos, volvieron a recrudecerse los incidentes. Entonces el gobierno respondió con la Prisoners Act, con arreglo a la cual las huelguistas de hambre eran liberadas de manera temporal en el momento en que su estado de salud se resentía de manera grave, volviendo a ser encarceladas cuando se habían recuperado.

Esta norma, que también exculpaba al ejecutivo por las eventuales muertes de las huelguistas, fue conocida popularmente con el nombre de "la ley del gato y el ratón". Es cierto, el gobierno jugaba con las prisioneras forzándolas a que abandonaran su protesta. Muchas volvían hacer huelga de hambre en cuanto las reintegraban a la cárcel. Pero la nueva ley limitó los casos de alimentación forzada a quienes habían cometido delitos muy graves. Por otro lado, las autoridades se aseguraban de que las sufragetes estuvieran tan débiles y enfermas que no pudieran asistir a mítines y otros actos mientras se hallaban fuera de su custodia.

Pero a las astucias del gobierno la WSPU respondió con no menos inteligencia. Emmeline encargó la formación de un cuerpo de élite compuesto por 30 integrantes, que fue conocido con los nombres de Bodyguard (las "guardaespaldas"), las "Jiujitsuffragettes" o las "Amazonas". Su objetivo era impedir que las sufragetes fugitivas fueran nuevamente arrestadas y conducidas a prisión. Escondidas en lugares secretos, Edith Garrud las entrenaba en técnicas de jiujitsu y en el uso de los bastones indios para golpear a los policías asaltantes. Las Bodyguard mantuvieron una serie de singulares combates cuerpo cuerpo con la policía que fueron muy comentados por la prensa. También protagonizaron espectaculares fugas bajo disfraz. Para ellas, los periodistas acuñaron otro término, las "suffrajitsu", por sus técnicas de autodefensa, sabotaje y subterfugio.

No obstante, su militancia se suspendió durante la Primera Guerra Mundial, pues en el Emmeline decidió que, por razones patrióticas, debían apoyar al gobierno británico en la contienda contra Alemania. Su apoyo fue premiado con la inmediata liberación de todas las sufragetes.
Por fin, el derecho al voto
Ya casi al término de la contienda mundial, en 1918, se aprobó la Representation of the People Act, que reconoció el derecho de voto a las mujeres mayores de 30 años que cumplieran unas determinadas condiciones de riqueza (propietarias o arrendatarios con una renta anual mínima) o que contaran con una educación superior (diplomadas en universidades). Gracias a esa ley, pudieron votar 8.400.000 mujeres, solo las pertenecientes a las clases media y alta. La razón para la asimetría de voto entre mujeres (30 años) y hombres (21 años) residió en el temor que tenía el Parlamento de que el voto femenino desestabilizase el sistema político. Debido a la Gran Guerra, se había producido una elevada mortandad entre los varones militarizados, de manera que las mujeres habrían podido convertirse en la mayoría de los votantes de no existir esa restricción.

Finalmente, 10 años después, en 1928, se aprobó el voto incondicionado para hombres y mujeres ingleses de 21 años. Emmeline había muerto sólo unos meses antes y no pudo presenciar este gran triunfo para el esfuerzo de toda su vida. Siempre nos quedará la duda de si las tácticas violentas de las sufragetes aceleraron o en realidad ralentizaron este proceso histórico. Las conexiones causales entre los fenómenos políticos y sociales de este largo y convulso período son tan complejas que nunca lo sabremos.
Personajes de la historia


Maud Watts, la protagonista a la que interpreta magistralmente Carey Mulligan, es una figura totalmente inventada, aunque resulta totalmente verosímil como resumen de muchas vidas reales. Maud es una joven que toma conciencia progresiva de las injusticias sociopolíticas y económicas que soportan las mujeres de su época y que un poco de manera accidental se ve envuelta en el devenir de los acontecimientos. Finalmente encuentra su refugio en la hermandad solidaria de las sufragetes y sigue con ellas su trágico destino.
Edith Ellyn, la activista encarnada por Helena Bonham-Carter, esta inspirada en parte en dos figuras reales: Edith Garrud, la instructora de artes marciales, y Edith New, otra sufragete a la que hemos hecho alusión más arriba. La actriz presionó para que, en homenaje a estas mujeres, se cambiara el nombre inicialmente pensado para su personaje, Caroline, la farmacéutica fabricante de bombas, por el de Edith.
El personaje que interpreta Natalie Press, Emily Davison, es históricamente fidedigno. El 4 de junio de 1913 se convirtió en una de las principales mártires de la causa sufragista cuando quizá intentaba colocar la banderola con el lema "Voto para las mujeres" en el caballo del rey Jorge, que participaba en la carrera y se encontraba presente en el evento. En la película se deja abierta la pregunta acerca de si Emily, en realidad, se suicidó para atraer publicidad hacia la causa.

Aunque Meryl Streep tiene una corta intervención en la película, su papel como la carismática en Emmeline Pankhurst es verdaderamente sensacional, como es costumbre en esta fabulosa actriz. La película refleja bien el modo de vida nómada que la líder de las activistas se vio obligada a adoptar desde 1907, cuando vendió su casa en Manchester y pasó a vivir en la clandestinidad, alojada en hoteles y en casas de simpatizantes, dando conferencias y alentando en la lucha a las sufragetes. En esa tarea la acompañó su hija Christabel, mientras que Adele y Sylvia se distanciaron de los planteamientos violentos y militaristas de su madre. El fervor que despertaba Emmeline entre sus seguidoras era tal que, en 1914, en protesta por su encarcelamiento, Mary Richardson acuchilló La Venus del espejo de Velázquez en la National Gallery de Londres.
Una crítica que se ha hecho a la película escrita por Abi Morgan y dirigida por Sara Gavron, aunque en general ha sido muy aplaudida, es que se limita a reflejar el activismo de las mujeres burguesas y blancas, sin incluir a las de otras razas. Las autoras se han defendido argumentando que la emigración femenina en el período 1911 a 1913 fue escasa en el Reino Unido y que no tenían una implicación tan clara en las luchas por los derechos civiles. Pero lo cierto es que hay una excepción muy importante, la de la princesa india Sophia Duleep Sigh (1876-1948), hija de un maharaja del Punjab y ahijada de la reina Victoria. Seguramente gracias a estos importantes vínculos nunca fue detenida pero estuvo presente en el Black Friday, mano a mano con Emmeline, vendió ejemplares del periódico Suffragette y participó muy activamente en acciones políticas en pro del derecho al voto tanto en Gran Bretaña como en su país de origen.

La historia que nos cuenta Suffragette es indudablemente dura. Nos habla de un pasado de lucha dolorosa en el que no se suelen detener los manuales de Historia. Me parece un filme necesario para aprender qué camino tan dificultoso tuvo que recorrerse para llegar a donde hoy estamos. Estos nombres, Emmeline Pankhurst, Millicent Fawcett, Emily Davison, Edith Garrud, Edith New, la princesa Sigh, merecen un hueco en nuestro almacén de conocimientos. Muchas mujeres anónimas tuvieron que pagar un precio altísimo para que nosotros podamos disfrutar de una igualdad siquiera relativa. A las que se atrevieron a protestar las tildaron inmediatamente de locas, una estrategia para silenciar sus voces, como pone de relieve Elaine Showalter en The Female Malady: Women, Madness, and English Culture, 1830-1980. Sus cuerpos fueron también violentados, para impedirles ejercer su libertad de expresión, cuando pretendieron hacer huelga de hambre. Nunca deberíamos olvidar la deuda de gratitud que tenemos contraída con su entrega.
Fuentes consultadas:
-Goodman, Lizbeth: Literature and Gender. Routledge, 1996

-Truffaut-Wong, Olivia: Is Edith in "Suffragette" based on a real person?.22-10-2015. Web. 4-3-2016. 
-Emmeline Pankhurst.Wikipedia.Web.4-3-2016
-Black Friday.Wikipedia.Web.7-3-2016
- Sophia Duleep Sigh.Wikipedia.Web.7-3-2016
-Sufragete.Wikipedia.Web.4-3-2016
-Suffragette.Wikipedia.Web.4-3-2016
-Suffragette (film).Wikipedia.Web.4-3-2016


domingo, 31 de enero de 2021

JOSEFINA MANRESA. HEROÍNA DEL SIGLO XX


JOSÉ LOSADA


La fotografía parece sacada de una película neorrealista italiana: la mujer morena y enlutada que mira fijamente a la cámara refleja en su mirada y en la seriedad de su rostro la vivencia de privaciones y sufrimientos enormes. Es fácil imaginar que el niño que la acompaña, desatento al objetivo y seguramente a los sinsabores de la vida, es su hijo; huérfano de padre, si atendemos a su ausencia en el retrato y al luto de la mujer. Sin embargo, no se trata de una ficción, sino de la pura y doliente realidad. Son la viuda y el hijo del poeta Miguel Hernández, tristemente desaparecido  en 1942, cuando estaba preso por sus ideas políticas en la cárcel de Alicante.
Conocemos su larga y cruel enfermedad por múltiples fuentes documentales, entras las que destacan las numerosas cartas escritas por el poeta y  el fruto del trabajo de investigadores como el de J. Guerrero Zamora, que puso en evidencia la arbitrariedad del proceso judicial en el que se vio envuelto, o Ian Gibson, en su destacado libro “Cuatro poetas en guerra”. Lo mismo que el de García Lorca o el de Machado (me refiero a Antonio, pues es sabido que Manuel supo acomodarse bien a los nuevos tiempos), su final fue muy triste. Aún recuerdo que la experimentada periodista Nieves Concostrina no pudo evitar que las lágrimas asomasen a sus ojos al relatar los detalles del fallecimiento de Hernández en una emisión del programa “No es un día cualquiera”  realizada con ocasión del centenario de su nacimiento.
Siempre por detrás de la figura del poeta universal, encontramos la de su compañera; para mí,  auténtica “heroína discreta”, por emplear el concepto felizmente acuñado por Vargas Llosa en una de sus últimas novelas. Salvo la privación de libertad, se  puede decir que Josefina Manresa, que así se llama esta admirable mujer, sufrió las mismas tristezas y privaciones que su marido y, junto con ellas, otras no menos lacerantes. Trataré seguidamente de describirlas, intentando huir del tremendismo, con la intención de retratar a toda una generación de mujeres, víctimas en la inmensa mayoría de los casos de unas circunstancias a las que eran ajenas por completo y que marcaron sus vidas.
Josefina Manresa Marhuenda nació en 1916 en Quesada (Jaén), donde su padre estaba destinado como Guardia Civil. Apenas vivió en esta población andaluza, a la que no volvió hasta los años sesenta después de abandonarla a corta edad. Su vida se desenvolvió principalmente en la provincia de Alicante,  en la  comarca de la Vega Baja  (Orihuela y Cox), en Elda  y, una vez viuda, en Elche.
Después de un corto paso por las aulas, desde muy joven comenzó a contribuir económicamente a la economía familiar, primero trabajando en la fábrica de seda que unos italianos habían instalado en Orihuela  y que dejó por la dureza de las condiciones de trabajo y, sobre todo, porque no era  de su agrado. Poco después  entró a trabajar en un taller de costura con largas jornadas, pero que era más de su gusto. Fue por entonces cuando reparó en un  joven que parecía interesado en su persona. Se trataba del poeta Miguel Hernández, al que al principio simuló no hacer ningún caso, según las convenciones sobre el noviazgo existentes en aquel tiempo.
Convento de Sto. Domingo, Orihuela
La persistencia de Miguel hizo que, junto con los métodos  más tradicionales, como pasearse insistentemente frente al taller, emplease la ofensiva lírica mediante poemas que han pasado a la posterioridad y en los que glosaba el pelo o la tímida sencillez de Josefina. Ya constituido formalmente el noviazgo, y además de los paseos por las calles o los campos próximos a Orihuela, los jóvenes pasaban largas horas de conversación junto a una columna que había en el cuartel de la Guardia Civil, la cual fue objeto de cariñosos recuerdos en algunas cartas intercambiadas después por la pareja.
Las inquietudes artísticas de Miguel hicieron que, cuando ya tenía un poemario y otras obras y escritos publicados, sintiese la necesidad de viajar a Madrid para darse a conocer. Quizás de forma premeditada o acaso involuntariamente, lo cierto es que promovió su  condición de pastor/poeta, que tan novedosa resultaba en la Villa y Corte, acompañándola de una forma de vestir peculiar: espardeñas, pantalones de pana etc. La relación del poeta con el calzado es muy conocida. Gran partidario de las alpargatas, se quejaba de la rigidez de los zapatos que tuvo que calzar en su viaje a la URSS durante la guerra y, ya privado de libertad, cuando su itinerario carcelario lo llevó a ciudades en las que el invierno era muy crudo, se vio obligado a pedir a su esposa que le buscase unas botas.
En Madrid se relacionó con los escritores más conocidos y, después de varias tentativas, consiguió trabajo como colaborador de la  Enciclopedia Taurina que  estaba redactando José Mª de Cossío para la editorial Espasa-Calpe y se estableció de manera definitiva en la capital. La relación con Josefina se resintió por esta situación. Se aprecia claramente en sus cartas el paulatino desinterés del poeta, siempre pretextando exceso de trabajo para justificar que cada vez fueran más cortas y espaciadas, lo cual, por otra parte, no pasaba desapercibido para la protagonista de esta entrada.
Es fácil imaginar a un joven recién llegado de provincias deslumbrado por la gran ciudad y sus círculos literarios. En esa época se relacionó con la pintora gallega Maruja Mallo; ambos protagonizaron un episodio en las riberas del Jarama en el que agentes de la Guardia Civil maltrataron al poeta porque no llevaba, según era su costumbre, la documentación personal. Para desagraviarlo se publicó un manifiesto suscrito por lo más granado de la intelectualidad de la época (José Mª de Cossío, Neruda, Juan Ramón Jiménez, Rosa Chacel, Alberti, Cernuda, Salinas y otros). Curiosamente, en la carta en la que Miguel narró el incidente a Josefina omitió la presencia de la pintora.
El restablecimiento de las relaciones de noviazgo fue posible gracias a una carta que Miguel remitió al padre de Josefina rogándole encarecidamente que mediase para que su hija lo aceptara nuevamente. Hermoso ejemplo del género epistolar  que muestra, sin lugar a dudas, su gran interés por recuperar el cariño de su amada, guiado por un amor sincero, una vez superada la  fugaz ofuscación que Madrid produjo en los ojos de un joven provinciano, deseoso de triunfar como poeta y que acabó comprendiendo el verdadero valor de lo que dejó en su Orihuela natal.
La Guerra Civil supuso un verdadero cataclismo en la vida de los españoles  que en 1936 resultaron  afectados de un modo u otro por la contienda. Josefina Manresa no fue una excepción y su vida se vio trastornada para siempre. Su padre había pedido el traslado a Elda con la finalidad de conseguir una mejora en sus condiciones de vida.
 Sin embargo, allí no era conocido y apreciado como en Orihuela. Su hija cuenta en el libro "Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández" que durante una huelga los manifestantes lo atraparon e intentaron tirarlo al río Segura; y lo harían, si no fuese porque se escuchó una voz que decía: “Dejadlo, no veis que es Manresa”. En una de sus cartas Miguel mostraba su preocupación por lo que pudiera ocurrirle en su nuevo destino una vez iniciada la contienda; inquietud que resultó premonitoria ya que, en sus primeros días, fue asesinado cruelmente. De la barbarie del suceso da idea el hecho de que el reconocimiento del cadáver hubiera de hacerse por medio de su ropa y efectos personales, ya que su rostro quedó completamente desfigurado.
En una tesitura tan delicada, quedar sin el sustento de la familia era una auténtica tragedia. Así, la viuda, Josefina y sus cuatro hermanos pequeños tuvieron que sobrevivir en Cox en condiciones pésimas. Esto produjo en Miguel una preocupación constante que le llevó a tomar bajo su protección al hermano varón (Manolo) y a interesarse por la situación de las hermanas menores.
Después de la reconciliación  los sentimientos del poeta se mantuvieron inquebrantables en lo que concierne a su novia. Sus cartas muestran el ansia con la que esperaba los reencuentros y lo duros que se le hacían los períodos de separación. Desde el comienzo de la guerra su compromiso con las fuerzas que luchaban contra los sublevados fue total, si bien siempre participó en tareas, como la construcción de defensas o la propaganda, en las que no era precisa su entrada directa en los combates. Su plan era casarse con Josefina en enero de 1937, aunque la situación de la pareja (separados en tiempos de guerra) y la propia movilidad impuesta por su función como promotor cultural dificultaron el cumplimiento de su plan. Por fin, no muy avanzado el citado año se celebró la boda civil y el nuevo matrimonio pasó a residir en Jaén, donde Miguel trabajaba en un periódico de campaña llamado “Altavoz del Frente Sur”. La convivencia duró poco tiempo, pues la esposa se vio obligada a retornar a Cox a causa de la enfermedad de su madre.
 Josefina recordaría con agrado el corto período de vida matrimonial “normal”, aunque emplear ese término en la situación que vivían los cónyuges, y España en general, era, ciertamente, aventurado. A partir de entonces, los períodos de separación fueron más prolongados que los de convivencia y la relación entre los esposos fue mayoritariamente epistolar. En diciembre nació el primer hijo del matrimonio, Manuel Ramón, que prontamente fue arrebatado por la muerte. Sin duda, en su prematuro fallecimiento influyeron las pésimas condiciones sanitarias y de todo tipo en las que la población vivía por entonces.
Siendo como fueron Alicante y su provincia los últimos enclaves en ser “liberados” (por emplear la cruel terminología de los sublevados), la vida de nuestra protagonista se desenvolvía con las incertidumbres y carencias propias de la zona republicana (en enero de 1939 había nacido su segundo hijo). El fin de la contienda no supuso una mejora en sus condiciones de vida. A las dificultades comunes para todos los españoles se sumaba su condición de esposa de un conocido republicano. Miguel Hernández, consciente del riesgo que corría si volvía a su ciudad natal, intentó salir de España por la frontera portuguesa pero, debido a su falta de recursos, fue prontamente detenido y devuelto a España en Rosal de la Frontera (Huelva). Allí recibió una tremenda paliza y puede decirse que comenzó la última y definitiva etapa de su vida, marcada por la pérdida de libertad, las privaciones y una cruel enfermedad que lo llevó a la muerte. Josefina asumió entonces el papel de la esposa de un preso. Lo desempeñó con gran entereza y dignidad, ayudando a su marido en todo cuanto sus escasos recursos se lo permitían (a veces, yendo más allá), al tiempo que criaba a su segundo hijo a costa de enormes privaciones. Como indestructible monumento poético nos quedan “Las nanas de la cebolla”, escritas por el poeta tras saber que su esposa, que amamantaba al hijo de la pareja, solamente tenía cebollas para comer.
El periplo carcelario de Miguel Hernández lo llevó a Madrid, donde alguno de sus amigos pudieron prestarle ayuda, tanto por lo que se refiere a su situación penitenciaria como a la aportación de los recursos económicos que tan necesarios eran para su familia. Se dice que, gracias a los buenos oficios de esas amistades (entre los que destacaría a José María de Cossío), fue puesto en libertad. En lugar de huir o esconderse en Madrid, corrió a reunirse con su esposa y su hijo. Tras unos días en Orihuela, fue denunciado por uno  de sus vecinos, detenido e ingresado en una prisión de la misma ciudad. En una de sus cartas se quejaba, no sin cierta sorna, de la dureza del trato que sus paisanos le dispensaron.
Los procesos seguidos contra el poeta fueron objeto de estudio con el paso de los años. El tramitado en Orihuela estuvo a cargo de Cerdán Tato y de Gutiérrez Carbonell (si bien éste último comprende también su expediente carcelario). Al seguido en Madrid pudo acceder J. Guerrero Zamora. Con algo de rabia observamos cómo las pruebas que posibilitaron  su condena a muerte se limitaron a sus escritos de propaganda y su presencia durante la toma del Santuario de Nuestra Sra. de la Cabeza. También vemos que la sentencia que le impone tan terrible e injustificable pena  apenas está fundamentada y  es un modelo prefigurado de antemano. Nuevamente, las gestiones de los amigos, junto a alguna presión internacional y el miedo del nuevo régimen  a que surgiera otro “poeta mártir”, consiguieron la conmutación de la pena capital por una también excesiva pena de prisión. 
Parece ser que durante su estancia en la prisión de Palencia  contrajo la enfermedad pulmonar que acabó con él. 
Nada dice de ello en las cartas que escribió a Josefina, salvo en cuanto al intenso frío que sufría y a la necesidad de unas botas. No es de extrañar, pues en la lectura de las remitidas durante largos meses se observa su esfuerzo por evitar a su esposa los detalles más penosos de su existencia: la condena a muerte, las privaciones y, en fin, su cada vez más débil salud. Mientras tanto, su mujer se afanaba en ayudarle en cuanto podía, fuese consiguiendo informes favorables para presentar en su proceso (merece especial comentario el que emitió el canónigo Almarcha, que consideraba al poeta como susceptible de “regeneración”, lo que éste interpretó como acusación de degenerado por sus ideas), o enviándole comida y ropa. A cambio, el esposo le enviaba los juguetes que construía en la cárcel para su hijo (alguno de los cuales todavía se conserva). Fuera de eso, la vida de Josefina se desenvolvía en medio de grandes privaciones, precisando de la ayuda de parientes, amigos y conocidos. El poeta, consciente  de su necesidad, la exhortaba a pedirles auxilio sin vergüenza ninguna. La esperanza en un futuro en el que la familia estuviese reunida y acomodada gracias a los frutos de su ingenio poético adornaba sus cartas, siempre llenas de cariño.
Visto desde la perspectiva de nuestros días, la tarea de criar a un hijo por una mujer sola, casi sin recursos y con la zozobra causada por el encarcelamiento de su marido, parece una proeza enorme, digna de un personaje mitológico. Sin embargo, situaciones idénticas fueron vividas por multitud de mujeres españolas del siglo XX. El tiempo, con su inevitable paso, hizo que la situación cambiase en todos los sentidos hasta que esos momentos tan apurados quedaran muy lejos, pero no hay duda de que tanto sufrimiento debió de cambiar su forma de ser y afectó a su salud. Acaso en el futuro pueda llegar a saberse a ciencia cierta cuánto  acortó sus vidas.
Josefina Manresa, que sufría desde joven problemas oculares, al trabajar como costurera y modista vio cómo se agravaron y tuvo que afrontar años después una operación en Barcelona, pues estuvo en peligro de quedarse ciega. Desconocemos otros problemas de salud, pero es fácil pensar que tanta amargura y pesar dejó una profunda huella en su alma para el resto de su vida. Su esposo intentaba animarla en sus cartas, aunque la gravedad de la situación de ambos dejaba poco margen para el éxito de tan bienintencionada tarea.
El último capítulo de la vida de Miguel  comienza cuando es trasladado a la prisión de Alicante. Situada en el barrio de Benalúa, una de las hermanas de Josefina vivía en las proximidades y así pudo atender algunas de sus necesidades (lavado de ropa, comida).  Además, podrían verse con frecuencia. Él esperaba con ansia el reencuentro con su mujer y su hijo, y por eso es explicable la pequeña decepción que le supusieron pequeños detalles, como que la reacción de Josefina no fuese todo lo alegre que él esperaba o que su hijo lo “extrañase”, como se dice coloquialmente. Lo segundo es efecto propio de la edad y lo primero quizás se debiese a la desesperanza que causó a su esposa el lamentable estado de salud con el que el poeta regresó a su tierra. En todo caso, a la dureza propia de la privación de libertad se añadía el desarraigo familiar y las contrariedades que la acompañaban y que tanto daño podían causar en un corazón ya    lastimado.
En Alicante el estado de salud del poeta empeoró. O quizás fuese mejor decir que el curso inexorable de su enfermedad continuó quemando etapas hacia un desenlace casi inevitable. Se buscó la ayuda de doctores eminentes, alguno de los cuales la prestó desinteresadamente, pero poco podía ya hacerse. Cuenta el oriolano que, en una ocasión, uno de los galenos le colocó una cánula para drenarle un pulmón y que, de su interior, salió más de un litro y medio de pus. Se intentó su traslado a un hospital de Valencia; cuando se consiguió la autorización su estado era tan grave que lo hizo imposible.
En una de sus cartas cita al doctor Don Pedro Herrero. Ante una enfermedad del niño,  se lo recomienda a su esposa no solamente por su valía profesional sino también porque no iba a cobrarle. Este médico alicantino gozaba de gran prestigio profesional, a lo que unía una completa disposición  para atender a quien lo necesitase  y una generosidad sin límite hacia sus pacientes (era especialista en niños y partos, como rezaba el anuncio en prensa de su consulta). Pese a que ya hace casi cuarenta años que falleció, la sociedad alicantina sigue recordándolo con  admiración y respeto, e incluso se promueve su beatificación.
Mientras tanto, Josefina hacía todo lo posible por contribuir a la curación de su esposo; diariamente le llevaba la comida que precisaba: leche, huevos, caldo de “sustancia”, ceregumil … Era una lucha desigual contra la enfermedad que se había enseñoreado de su cuerpo. Resultan patéticas las cartas del poeta en las que le advierte que deje de llevarle determinado alimento, que antes le pedía con insistencia, porque ya no podía digerirlo o le sentaba mal. Muestra inequívoca de que el asedio al que estaba sometida su debilitada salud estaba empezando a dar su terrible resultado.
Ante el inminente final, y preocupado por el porvenir de su esposa e hijo, el poeta accedió a formalizar su unión con arreglo a la normativa del nuevo Estado con el fin de que su muerte no perjudicase aún más  a  quien más quería. Por entonces, la legislación distinguía entre hijos legítimos e ilegítimos, matrimoniales o no, y no reconocía derechos a las viudas de matrimonios civiles formalizados durante la IIª República. No  fue una celebración en ningún sentido de la palabra, apenas un acto protocolario en el que el esposo se encontraba en un estado lamentable. Fue una pequeña concesión al nuevo régimen por parte de quien, con anterioridad, rechazó la claudicación ideológica a cambio de mejorar su situación; lo cual, visto lo que sucedió después, podía significar que salvase su vida. Esa decisión heroica habla de los acendrados ideales democráticos de Miguel Hernández, por encima de su propia seguridad y bienestar.
La  muerte del poeta en la enfermería de la cárcel, en el mismo lugar donde ahora se yergue un monumento  dedicado a su memoria, reviste caracteres  tan trágicos que no es posible rememorarlos sin sentir un nudo en la garganta; se dice que sus ojos (los mismos que sin los de Josefina eran hormigueros solitarios) se negaban a cerrarse definitivamente. En el entierro fue acompañado por muy pocas personas, acentuando el patetismo de la muerte de un hombre joven, vencido por la ofensa continuada de los hechos, como diría el poeta Lois Pereiro. Josefina recuerda el paso del mínimo cortejo entre los bancales y que los que en ellos trabajaban detenían su labor a su paso como muestra de respeto y condolencia.
Si,  como ya hemos dicho, la situación de Josefina era muy precaria, con la muerte de su marido empeoró porque hubo de enfrentarse sola a la tarea de sacar adelante  a su hijo. Comenzaba una nueva etapa en su vida, la más larga y en la que mostró unas cualidades humanas que la hacen merecedora del máximo respeto. Por las fotografías publicadas sabemos que llevó luto riguroso por lo menos hasta mediados de los años sesenta. Pero la fidelidad que más llama la atención es la que mantuvo respecto a la obra de su esposo, convirtiéndose en conservadora e incansable defensora de su legado. Por supuesto, por lo que pudiera significar de aportación de recursos que tanto precisaba; y, sobre todo, como una forma de que los ejemplos de su vida y sacrificio no fuesen olvidados. Tuvo especial cuidado en reunir los efectos personales y papeles del poeta y mantenerlos a salvo de terceros, a veces interesados en apropiárselos. Cuenta que, durante un tiempo, estuvo interesada en obtener la concesión de un estanco  y con esa finalidad visitó a un influyente clérigo oriolano- al que también había acudido para obtener la libertad de su marido-, y cómo desistió cuando su interlocutor se mostró muy interesado en que le entregase todos las obras originales de las que dispusiese.
Con el paso del tiempo, algunos estudiosos se acercaron a la viuda del poeta y entonces el gran interés en conservar su legado, y mantenerlo a salvo de los que pretendían condenarlo al olvido, se enfrentó al deseo de que alcanzase el reconocimiento  que merecía como el gran artista que había sido. En ese trance Josefina sufrió decepciones porque alguno de esos estudiosos no pudo evitar sucumbir a la tentación de no devolver documentos que había recibido en préstamo.
A esta altura del relato  ya sabemos que Josefina precisó la ayuda económica de amigos durante  años. Aún a riesgo de resultar injusto, pues no fue el único que la prestó, quisiera destacar en este ámbito al Premio Nobel Vicente Aleixandre con el que Miguel Hernández entabló una sincera amistad cuando ambos coincidieron en Madrid antes de 1936, mantenida después y ampliada a nuestra protagonista.
 En el libro “De Nobel a novel”, en el que se recoge la correspondencia mantenida por el matrimonio con el residente en la calle Velintonia,  destaca el inmenso respeto artístico y la entrañable camaradería  que sentía el poeta sevillano  hacia el de Alicante y, sobre todo, el interés que mostró siempre en contribuir en la medida de sus posibilidades a aliviar la situación económica de su familia, con aportaciones propias y desarrollando una gran actividad  para conseguir que otras personas también lo hicieran. Y no solamente a eso alcanzaba la colaboración del poeta de la generación del 27, pues ha quedado constancia escrita de que asesoró a Josefina en la relación con los editores españoles y extranjeros.
Del poeta gaditano Rafael Alberti cuenta Josefina que publicó en Sudamérica una selección de poemas de Miguel Hernández sin pedirle permiso ni darle participación en los eventuales beneficios. Ian Gibson, en el libro anteriormente citado, relata el enfrentamiento entre ambos que tuvo lugar en la sede madrileña de la Alianza de Intelectuales Antifascistas por los preparativos de una fiesta. Hernández, que venía del frente y era sabedor de las penurias que  estaba pasando la población de la capital, mostró su desacuerdo con la opulencia que tenía ante sí, diciendo: “Aquí lo que hay es mucho hijo de puta y mucha puta”. Alberti, ofendido, lo conminó a que repitiese la frase y el poeta oriolano la escribió en una pizarra. En su libro de memorias Mª Teresa León, durante largos años compañera del gaditano, afirma que ella intervino en el incidente golpeando en la cara a Miguel, al parecer, con notable pericia.
El tiempo, que con su paso es capaz de curar las heridas y secar los árboles más robustos, siguió avanzando, y con su avance fueron quedando atrás las enormes fracturas que la Guerra Civil había causado en la sociedad española. Avanzó también para Josefina Manresa, afincada en Elche y dedicada a la confección para varias tiendas.
 Cuenta con cierta gracia que en alguna de ellas le habían prohibido que lo contase, para poder vender la ropa que hacía como moda de las más prestigiosas capitales. No cejaba en su labor de conservación del legado de su marido, que poco a poco iba siendo reconocido como uno de los poetas más importantes del siglo XX español. En los años sesenta volvió a su localidad natal gracias a Cesáreo Rodríguez Aguilera, magistrado natural como ella de la ciudad de Quesada. Como no estaba acostumbrada a los grandes trayectos en coche, terminó vomitando en el de su anfitrión, lo que le causó una enorme vergüenza. Quien, como yo, viajó en coche por las carreteras de la época comprende perfectamente la situación pues, sea por lo tortuoso de su trazado o por las propias condiciones de los vehículos, mantener en todo momento la boca cerrada era una auténtica misión imposible, digna del personaje que con pingües beneficios encarna Tom Cruise.
Pudiera parecer que, llegada a una edad avanzada, Josefina se vería recompensada de todos los afanes que ilustran este relato. Joan Manuel Serrat contó en una entrevista que, cuando publicó el disco en el que puso música a varios poemas de Miguel Hernández, acudió a presentarlo personalmente a su viuda y que tuvo que llevar, además del vinilo, el tocadiscos, pues ella no disponía en su casa de ese aparato.
Josefina murió en el año 1987, tres años después que su único hijo, como si el destino no quisiera privarla de ese postrero disgusto antes de llevársela para siempre. Ahora  los tres descansan juntos en el cementerio de Alicante. Se acabaron las privaciones, las ausencias y las cartas. Ya carece de sentido aquello que escribió Miguel Hernández: “Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré”.

El legado del poeta, después de estar algunos años en Elche, viajó a Quesada, donde en la actualidad está abierto un museo a él dedicado.