domingo, 23 de mayo de 2021

FLANNERY O'CONNOR

Flannery O'Connor
en sus años de universitaria en Iowa
 

A Larisa


“Nadie que no lo sepa todo puede ser ateo. Sólo Dios es ateo.

El Demonio es el mayor creyente y tiene razones para ello”.

Flannery O’Connor

 

Supe de Flannery O’Connor por la traducción inédita de A prayer Journal (Diario de Oración) a cargo de José Manuel Correoso en la excelente revista BARCAROLA (la mejor que conozco de creación literaria), que regalaba el texto de la americana con una introducción del mismo traductor, en noviembre de 2017 (Nos. 87/88, Albacete).

Católica y sureña, Flannery pertenecía a una familia de Georgia de rancio abolengo y fue criada en el Sur de la Norteamérica profunda, rural, en una pequeña ciudad construida a orillas del río Oconee y llamada Milledgeville, a medio camino entre Atlanta, en la que viviría unos meses y de la que abominaría como de cualquier otra gran ciudad, y la costera Savannah donde nació en la primavera de 1925, al sur del sur del Misisipi, dos años antes que García Márquez y cuatro antes que Ursula K. Leguin. Flannery estudió en la universidad de Iowa y siempre quiso ser escritora.

Su Diario de Oración es un ejemplo de profunda religiosidad, de la fuerza atractiva y repulsiva de la religión, sobre todo para una minoría como era la comunidad católica del Sur. Su voz es la de una joven de 21 años con un mundo interior muy intenso. En estos fragmentos pide al Señor una prueba o el martirio, desde la humildad de los primeras páginas hasta la altivez desafiante de las últimas, en que parece renunciar a Dios y prometer entregarse a una vida de pecado. Y, en efecto, desde sus primeros relatos, su producción se volvería cada vez más oscura y alejada de la “gracia divina”. La naturaleza le dio motivos para rebelarse contra la creación, porque en 1950 se le diagnosticó un lupus incurable, la misma enfermedad que había acabado con la vida de su padre en 1941.


Flannery O'Connor con sus pavos reales

A partir de entonces vivió confinada en una granja de su familia, llamada Andalusia, a las afueras de Milledgeville, así que, si no obtuvo una prueba de la bondad de Dios, sí consiguió el “martirio” del alma, encerrada en un cuerpo como prisión dolorosa, más el cautiverio del “código de modales del sur”, terratenientes soberbios y populacho analfabeto y supersticioso, de todo lo cual se distraía escribiendo, enseñando a andar de espaldas a las gallinas (a los cinco años la filmaron haciendo esto) y criando pavos reales (su pasión):

 “El pavo real se detuvo justo detrás de ella, con la cola –de un verde, un dorado y un azul resplandecientes a la luz del sol- levantada solo la superficie para que no tocara el suelo. La extendía a ambos lados como un reguero flotante y tenía la cabeza, sobre el cuello largo y azul, inclinada hacia atrás como si su atención estuviera fija en algo a lo lejos que nadie más que él pudiera ver”.

 La belleza del ave desplegando el esplendor de sus plumas paraliza al sacerdote de uno de sus relatos: “¡Cristo llegará de esa manera! –dijo el cura en voz alta y alegre, y se pasó la mano por la boca, estupefacto”.



Flannery salió de su finca en varias ocasiones para dar conferencias en universidades. En 1958, con treinta y tres años, ya desahuciada clínicamente y famosa por sus cuentos y su novela Sangre sabia (1952), peregrinó al santuario europeo de Lourdes, no sabemos con cuanta fe en una posible sanación milagrosa. Seguramente, escasa:  "Soy de esas personas que antes morirían por su religión que tomar un baño por ella”, le escribe a una de sus amigas. De uno de sus personajes dice: “Era buena cristiana y tenía un gran respeto por la religión, aunque, naturalmente, no creía que fuera verdad”.

La escritora pertenece al “Renacimiento de la literatura sureña” cuyo autor más famoso es W. Faulkner, pero que incluye también a Tennesee Willians y a las llamadas “Ladies of the South”: Eudora Welty (Premio Pulitzer 1973) y Katherine Anne Porter (cuya novela inspiró la película Ship of Fools de Stanley Kramer en 1965), entre otras. Desde luego, la religiosidad de Flannery poco tuvo que ver con la beatería o la superstición. Su religión -comenta su traductor-, es más bien una religión de intelectual en continua búsqueda… En uno de sus relatos escribe sobre las ensoñaciones masoquistas de uno de sus alteregos:

“Nunca podría ser una santa, pero pensó que podría llegar a ser una mártir si la mataban pronto. Podría soportar que la acribillaran a balazos, pero no que la metieran en aceite hirviendo. No sabía si podría aguantar que los leones la destrozaran. Comenzó a preparar su martirio; se vio vestida con unas mallas en la arena del gran circo, iluminada por los primeros cristianos que colgaban en jaulas de fuego, lo que producía una luz de polvillo dorado que caía sobre ella y los leones. El primer león cargó contra ella y cayó a sus pies, convertido. Lo mismo le sucedió a toda una serie de leones. Estos la querían tanto que hasta dormían juntos y, al final, los romanos se vieron obligados a quemarla, pero para su sorpresa en ella no prendía el fuego y, habida cuenta de que era tan difícil de matar, por último le cortaron la cabeza con una espada y ella subió de inmediato al cielo”.

 En los trazos de teoría literaria que contienen los fragmentos de su Diario de Oración afirma que toda novela que se precie ha de tener un componente sobrenatural. Y eso a pesar de su meticuloso y casi sórdido realismo, “realismo de distancias” (Susana Miró). Desde la fe se revuelve contra “la charlatanería intelectual” y contra el psicoanálisis, pero también recurre a él:

“El deseo habita en las más remotas profundidades del inconsciente: el Infierno. El infierno está localizado en el inconsciente, aunque el deseo de Dios también lo esté. Puede que el deseo de Dios esté en un nivel de superconsciencia que también sea parte del inconsciente. Satán se hundió en su propia libido, o en su id, cualquier que sea el término más freudiano”. 

 Pide a Dios que no sea el miedo lo que la retenga en la iglesia y, aunque preferiría creer en el Cielo, afirma su creencia en el Infierno… De tener en cuenta la división de Umberto Eco entre intelectuales apocalípticos e integrados, sin duda habría que situar a la escritora georgiana entre los apocalípticos: “Sintió que ahora sabía cómo sería el tiempo sin estaciones, como sería el calor sin luz, y como sería el hombre sin salvación”. No hay palabras que puedan nombrar en este mundo la verdadera “misericordia”.

“Comprendió que [la misericordia] nacía de sufrimiento, que no se le niega a ningún hombre y que es dada de modos extraños a los niños. Comprendió que era todo cuanto un hombre podía llevar consigo a su muerte para ofrecer al Creador y de pronto se sintió avergonzado porque tenía muy poca que llevarse con él. Quedó espantado al juzgarse con la rigurosidad de Dios, mientras la acción de la misericordia cubría su orgullo como una llama y lo consumía. Nunca había pensado en sí mismo como un gran pecador, pero ahora vio que su verdadera depravación había permanecido oculta para que no desesperara”.

La descripción o exposición de la soberbia humana resulta en su pluma tan paradójica como sarcástica: “La señora Hopewell [Bien-de-esperanza] no tenía defectos, pero podía usar los de los demás de una manera tan constructiva que nunca había sentido esa carencia”.

En su Diario de Oración afirma que quiere amar para ser incluida [como todos]. Encuentra la razón vacía y reconoce que de las tres virtudes teologales: Fe, esperanza y caridad, la primera es la que más quebraderos de cabeza le da, pues no quiere que Dios sea una creación a su imagen y semejanza sólo para compensar su debilidad. Si la esperanza la tiene perdida, confiesa ser “demasiado perezosa para desesperar”. Expresa el deseo de escapar hacia algo superior: “soy una hortera; haz de mí una mística, inmediatamente”…  Lo mismo da órdenes al Señor que reconoce su condición de pecadora: “Soy una viciosa –de galletas de harina escocesa y pensamientos eróticos-. No tengo más que decir”. Así acaba el diario. 

Flannery escribió también ensayos (Misterio y modales, 1969), la recopilación de las conferencias impartidas por la autora bajo el título original de Mystery And Manners, y nos ha llegado también una recopilación de sus cartas: The Habit Of Being (1979), con las respuestas a aquellos que le pedían consejo, como experta en una verdadera “ciencia del sufrir”. 

Menos conocida es su carrera como viñetista, desarrollada a principios de los años cuarenta en las publicaciones de su instituto y universidad. Satiriza en ellas la vida estudiantil y el impacto de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos. Trabajó tanto a pluma y tinta como con linograbados, y su técnica, combinada con sus comentarios mordaces, se ha interpretado como antecedente icónico del humor negro y la ferocidad de su prosa. Se ha exagerado diciendo que es un precedente de Mafalda en el mundo de la tira cómica. Se le acusó de "tocanarices" (por las monjas de su colegio) y de intolerante, de repipi, y se la ha tildado de "Mafalda de carne y hueso"...  En una de sus tiras cómicas una estudiante pregunta a la dependienta de una librería: «¿Tiene usted libros que los profesores no recomienden especialmente?».

"¡Despiértame a tiempo de aplaudir!"
Grabado de Flannery.


Sus cuentos, bastante macabros y hasta crueles, historias de seres tan grotescos como desvalidos, huelen a establo, a estiércol, a pradera y bosque, a billetes sudados y manoseados, a inocencia ofendida y violencia absurda, inevitable como un fatum trágico; en ellos cantan los pavos, relinchan los caballos, rugen los primeros tractores, se reniega de Cristo (en la figura de un nieto), los toros se comen los setos de las granjas y ensartan a la patrona y todo suele acabar bastante mal.

Sus descripciones pueden ser tan originales como bizarras: “Las sonrisas de él llegaban una tras otra como olas que rompen en la superficie de un pequeño lago”, pero su lirismo es más raro que su naturalismo desublimador: “todas [las casas] tenían delante su cuadrado de césped que se agarraba como un perro a un filete robado”. Cuando el joven sobrino prueba por segunda vez el aguardiente que fabrica clandestinamente su tío, al que debe enterrar con sus propias manos: “un brazo de fuego se deslizó por la garganta de Tarwater como si el diablo le hurgara por dentro buscándole el alma”.

Algunos relatos de Flannery son de argumento abierto. Estampas del viejo Sur decadente, protagonizadas por granjeros que son especímenes de estirpes en extinción, por individuos tarados, asesinos piadosos, negros perezosos, falsos predicadores, idiotas y seres “sin gracia”, cuya historia se queda a veces a medio contar, como si el lector debiera terminarla, o más bien precipitarla en el desastre más absoluto…

“La señora Pritchard era capaz de recorrer cincuenta kilómetros por la sola satisfacción de ver cómo enterraban a alguien… Necesitaba el sabor de la sangre de tanto en tanto para mantener el equilibrio”.

 


Su metafísica se solapa con la creencia gnóstica de que este mundo es un infierno en el que los europeos son “acarreados en vagones de carga como ganado” (en alusión al holocausto nazi) y Europa se extiende en la imaginación, misteriosa y perversa, como estación experimental del diablo. Incluso en EEUU cualquiera puede ser encerrado en un “piso del gobierno”, en el gueto de una gran ciudad inhóspita o en un pulmón de acero:

 “Nunca había pensado mucho en el demonio porque consideraba que la religión servía a la gente que no tenía suficiente cerebro para evitar al demonio sin ayuda. Para las personas como ella, para las personas con sentido común, [la religión] era sólo un acto social que proporcionaba la oportunidad de cantar. Sin embargo, si alguna vez hubiera reflexionado al respecto, habría considerado al demonio el jefe y a Dios, un segundón”.

Se trata de un mundo en el que “el mal de uno es el bien de otro” o en el que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Un mundo en que todos los días son los días del Juicio Final y el sol “una enorme bola roja igual que una hostia alzada empapada de sangre”.

 

Su hermosa y penetrante mirada miope.

Un crítico de The New Yorker se preguntaba en 2020 cuán racista era F. O’Connor. Y eso, tal vez, porque en sus relatos, los de piel oscura son todavía “negros” y no “afroamericanos”. Es comprensible que algunas líneas de sus relatos, sacadas de contexto escandalicen hoy:

 “Los negros de la señora Cope eran tan destructivos e impersonales como las malas hierbas”.

“-- ¿Por qué no vuelves a África? –preguntó una mañana a Sulk mientras limpiaban el silo-. Es tu país, ¿no? –No pienso ir allí –dijo el muchacho-. Me pueden comer”.

 Hacía poco que Milledgeville había sido una ciudad próspera, capital de Georgia antes que Atlanta, precisamente porque su economía se basaba en las plantaciones de algodón trabajadas por esclavos de origen africano. Flannery muestra el mundo tal y como era en el Sur de los EEUU en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, pero no justifica ni la desigualdad ni el apartheid, mejor la muestra en toda la crueldad de su absurdo o en todo el absurdo de su crueldad. En el vagón restaurante de aquellos trenes había mesas aparte, reservabas tras unas cortinas para las personas de color. “Una feria duraba cinco o seis días y había una tarde especial para los niños y una noche especial para los negros”. 

En esa misma feria se exhiben monstruos para emocionar, sorprender o hacer reír a los adultos. Uno de ellos era “un hombre y una mujer a la vez”, que se levantaba el vestido y enseñaba sus insólitos atributos… “La niña quiso saber cómo era posible que fuera un hombre y una mujer a la vez sin tener dos cabezas, pero no preguntó”. El andrógino o hermafrodita se muestra primero a los hombres y luego, segregados también por géneros, a las mujeres, y pronuncia la misma trágica perorata:

“Dios me hizo d’esta manera, y, si os reís, puede que Dios os castigue de la misma manera. D’esta manera quiso que yo fuera y no me opongo a lo que Él hizo. Os lo muestro porque debo aprovecharlo. Espero que os comportéis como damas y caballeros. No me lo hice yo mismo ni tengo na que ver con ello, pero trato d’aprovecharlo. No me opongo a lo que Él hizo”.

¡Santa conformidad! Se le ha reprochado a Flannery ser más bien “caricaturista” por la falta de interioridad de sus personajes. No puedo estar de acuerdo, más bien consigue que veamos el mundo desde la interioridad de cada uno de sus personajes, metiéndonos desde el principio en la piel de sus personajes mediante esa especie de diálogo interior o pensamiento silencioso que recuerda a Dostoievski.

A propósito del presunto “racismo”, téngase en cuenta que la igualdad de derechos civiles era en su tiempo una utopía; nuestra escritora es casi coetánea del activista Martir Luther King. La original autora más bien piensa la religión, el dolor, la miseria y la misericordia, como posible y meritorio lazo entre negros y blancos. En todo caso, en sus ficciones no se pinta a los pobres, sean estos de cualquier color, incluso menesterosos polacos desplazados, como nos gustaría que fueran, inocentes y bondadosos, sino como eran de hecho, y en ellas deambulan en amplios espacios naturales blancos despiadados y negros honrados.

En Democresía (revista de actualidad, literatura y pensamiento) escribe Susana Miró una interpretación en positiva clave teológica, cristiana, del sentido de la autora:

“O’Connor, frente a la enfermedad, intentó buscar respuestas. Fundamentó sus respuestas en una serie de pilares: un profundo conocimiento del ser humano, su propia experiencia y su visión cristiana de las cosas. Ello le permitió encontrar cierta luz al misterio del dolor y descubrir que sólo el Absoluto podría tomar sobre sus espaldas tanto nuestros sufrimientos individuales como los sufrimientos universales de toda la humanidad y transformar todo ese dolor en vehículo para que su gracia pudiera ser acogida por la naturaleza caída del hombre. Así, Flannery O’Connor se dio cuenta de que el sufrimiento presente en la existencia ofrece al hombre la oportunidad de cultivar la compasión y la misericordia, y, quizás también, levantar ese velo de inmanencia que cubre nuestra época y le impide acercarse a la plenitud para la que fue creado”.

Laura Galarza tiende sobre la autora una luz más pálida y crepuscular:

“Fue una católica denunciante de la monstruosidad del mundo pero no para culpar y castigar sino para implicarse. Porque era creyente, pero no una negadora. Fue libre de mostrar el universo sin adornarlo ni de falsas expectativas ni de ideas correctoras. Por eso, no era una religiosa por más que fuera a misa. Para ella –y lo dijo– intentar ordenar la realidad era caer en el pecado de la soberbia”.

Otros ven en su obra una mirada impiadosa, áspera, hilarante, sin moraleja ni afán moralizante o redentor: una mirada ácida y hasta "maldita" al absurdo cotidiano y concreto (“cuanto más se mira algo, más mundo se ve en ello”), la perspectiva de una autora trágica, tanto como su prematura muerte. Murió de lupus el 3 de agosto de 1964, a la edad de 39 años. “El mal –dejó escrito- no es meramente un problema a resolver, sino un misterio que soportar”.

 

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

 

miércoles, 17 de marzo de 2021

BEATRIZ BERNAL. VIRGO BELLATRIX

Portada original del Cristalián de España de Beatriz Bernal (Valladolid, 1545)
Portada original del Cristalián de España de Beatriz Bernal
(Valladolid, 1545)

“Hubo una ínsula, llamada de las Maravillas, de la cual era señora una doncella muy gran sabidora de las artes. Fue tanto el su saber, que jamás quiso tomar marido, porque nadie tuviese mando ni señorío sobre ella”.

Quien escribió esto fue una señora de Valladolid en un libro de caballerías titulado Historia de los invictos y magnánimos caballeros don Cristalián de España, príncipe de Trapisonda, y del infante Luzescanio su hermano (para abreviar: Cristalián). La obra fue publicada por primera vez en 1545, en la ciudad del Pisuerga y por una mujer que no quiso dar su nombre. Sin embargo, unos años después, su hija Juana de Gatos reimprimió el “román de aventuras” autentificando que su verdadera autora era Beatriz Bernal, su madre.
No se menciona el Cristalián entre los libros de caballerías que arden en el Quijote, donde se le da al género, que ya estaba en decadencia, la puntilla o golpe de gracia. Beatriz fue mujer del bachiller Torres de Gatos, con el que casó en segundas nupcias. En el proemio de la primera edición se presenta como correctora y no como autora, tópico de los libros de caballerías. Resultó que un Viernes Santo, haciendo las estaciones de penitencia con otras dueñas, se topó en una iglesia con un antiguo sepulcro en el que yacía un cadáver embalsamado y a sus pies un libro voluminoso, curiosa por demás como todas las hijas de Eva, quiso conocer sus secretos. Descubrió que estaba escrito en un castellano antiquísimo y, ni corta ni perezosa, lo corrigió y trasladó al español que hablaba.

Empieza Beatriz filosofando en su introducción sobre los bienes que nos hacen felices, ora naturales ora de fortuna. Los primeros los tenemos en propiedad; los segundos, “por arbitraria voluntad”. Los naturales nos atraen a algún género de excelencia, a bien vivir y servir a Dios, a ser bien considerados, conservar a los amigos y tener paz con los enemigos, a ser llanos y sinceros con muchos, y afables con todos. Los bienes de fortuna son espirituales o temporales, unos dan fama y gloriosa memoria; otros, inconstantes, no los da Fortuna a quien los merece, sino a quien se le antoja: rentas, haciendas, títulos, señoríos y estados. Quien sea digno de ellos se hallará capaz de felicidad y será considerado dichoso y bienaventurado, y de este hilo podrá sacar el ovillo de una gloria más duradera.

Beatriz Bernal halaga a continuación al emperador Felipe considerándole ejemplo memorable, así como a sus ascendientes, “los valerosos reyes de vuestra genealogía”, espejos de buen comportamiento, “inmortales dechados de quien sacar perpetua labor”. Son tantos los merecimientos del “serenísimo príncipe” Felipe, que si en nuestra época –es decir en el siglo XVI- se compusieran la Iliada, las obras de Ovidio o la Farsalia de Lucano, a él tendrían que ir ofrecidas y enderezadas. La alusión a estas obras clásicas prueban que la autora era mujer leída y cultivada en un siglo en que las mujeres tenían difícil su ilustración.

Afecta Beatriz modestia presentando su “misérrima obra” y ruega al emperador que no se maraville porque una persona “de frágil sexo” tenga la osadía de dedicársela (captatio benevolentia). Se exime de culpa por tres razones: que puede desestimarla y echarla al fuego, que siéndole favorable puede dejarla navegar para quien quiera leerla, y porque los insignes príncipes han de ser aficionados a leer aventuras y extremados hechos de armas, porque los habitúa a altos pensamientos.

Minerva doma al centauro. Sandro Botticelli.


Extremosa sí que es la historia de don Cristalián, porque está repleta de episodios truculentos y espeluznantes…, como una estética gore, avant la lettre. Así, en el Prado del Dolor, sembrado de hierba negra y espigas coloradas, nuestro caballero contempla a cien cuchilleros “que no tenían otro oficio sino degollar doncellas” con cuya sangre teñían el río. No contentos con ello, les sacaban los corazones de los que hacían harina en los molinos. Cuando Cristalián acaba con el jayán que ordena esta orgía de violencia y sangre, las doncellas se convierten en cuervos negros que se lanzan sobre sus agresores.

El ambiente tardo-medieval servía por entonces de espectáculo y de entretenimiento a hombres y mujeres del Renacimiento. Por supuesto, la Edad Media fue una época brutal, de violencias y pasiones desmedidas, en la que la tortura, la decapitación y el descuartizamiento público estaban a la orden del día. Ahora su legendario y romántico recuerdo es escenario para una estética del horror y de lo siniestro, de la muerte como entretenimiento vital, asociada a la nigromancia. La fantasía de Beatriz Bernal –y del lector- vuela desenfrenada por este paisaje sobrenatural, mágico y pintoresco.

En su estudio sobre “Los motivos de suplicio en el Cristalián…”, Mª Carmen Marín Pina (universidad de Zaragoza) explica como en la Edad Media muchos crímenes, considerando tales la homosexualidad y el adulterio, pero también el maltrato y la violación de mujeres, se pagaban con la decapitación, que pusieron de moda los turcos. En el Cristalián, la entrega de la cabeza del enemigo cuenta como requisito para obtener la mano de la amada. Las cabezas cortadas se exhiben en estacas, en picas, en las torres de los castillos, a las puertas de los palacios y pintadas en escudos (los celtas llevaban las cabezas de los vencidos como trofeos en los arzones de sus caballos). Lucen como escarmiento y ejemplaridad formando parte de una pedagogía del miedo todavía vigente en el siglo XVI.

En esta literatura, el cuerpo humano en general es escenario de vejaciones y atrocidades. Sadismo y hechicería, pues nuestra autora inserta los suplicios en un contexto maravilloso. En los Hondos Valles dominan siete hadas, crueles artífices de terribles encantamientos. Por mandato de la Doncella del Gavilán, Cristalián manda al infierno a una de ellas metamorfoseada en árbol al cortar una de sus ramas, de donde sale un torrente de sangre. La sangre simboliza la violencia en estado puro. Suele ser una mujer vengativa y cruel la que planea el suplicio, en ciertos casos el motivo son los celos. Hace así bueno el aforismo de Nietzsche según el cual, puestas a ser malas, las mujeres son “mejores”, y aquel otro de que es temible la mujer cuando ama y cuando odia.

Ni siquiera la sabia Membrina, la dómina de la Ínsula de las Maravillas, está libre de que le corten la cabeza en un mundo que parece regido por la Reina de corazones del país de Alicia. ¡Menos mal que la decapitación ha sido simulada por la propia Membrina!, que así finge su muerte para probar la fidelidad de los caballeros de la corte de Lindelel. Deambulan por la novela caballeros sin cabeza y cabezas parlantes. A Beatriz Bernal no le tiembla la pluma y recurre a la decapitación como castigo, venganza, juego, enigma o misterio.
Helena Bonham-Carter en la Alicia de Tim Burton

La Reina de corazones de Alicia en el País de las Maravillas no hace más que mandar: "¡Que le corten la cabeza!". Se habla del "Síndrome de la Reina de corazones", que padecen aquellos que, como el Príncipe de Maquiavelo prefieren hacerse temer a hacerse amar:
“Los hombres tienen menos cuidado a la hora de ofender a un príncipe que se haga amar que a uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es un miedo al castigo, y ese miedo nunca desaparece".
Pero la decapitación no es suficiente, porque el dolor dura poco, por eso la autora vallisoletana imagina suplicios más duraderos. En el Castillo Bramador de la Montaña Vedada, Cristalián presencia terribles suplicios de mujeres antes de lograr el desencantamiento y liberación de su madre, la princesa bizantina Cristalina. Se recurre a otras formas de suplicio con hierro como el alanceamiento o el asaetamiento que se recrean gráficamente. Una forma menor de tortura es colgar o arrastrar de la melena (también Absalón fue alanceado cuando su hermosa cabellera quedó enredada en un roble). En el Clarisel de las Flores, unos perversos caballeros cuelgan en un árbol de los pelos al enano Membrudín para dejarlo morir de hambre o al albur de las fieras. 
El desangramiento y el vampirismo también aparece en los Hondos Valles. Para sanar a una de las maléficas hadas, su hermana le prescribe la sangre de los mejores amantes. No faltan alardes sórdidos y detalles morbosos. El hada vampírica ha de beber durante treinta días la sangre caliente “y al fin de estos días los amantes han de morir y con la muerte d’estos la fada ha de haber entera salud”. 
En la Montaña Despoblada, la maga Drumelia martiriza sin piedad a los parientes de Luzescanio, hermano de Cristalián. La escenografía de la tortura es siniestra, digna de un rito satánico: amarrados a cuatro columnas, dos mujeres y dos hombres ancianos esperan en camisa ser devorados por cuatro perros, que “les despedazaron las carnes por muchos lugares”. Al dolor físico se une el psicológico, el moral: padres que presencian la muerte de sus vástagos, lenta por ponzoña o rápida por decapitación, todo un espectáculo de mise en abîme, un retablo de horrores que ni siquiera requieren justificación racional.
Martirio de santa Águeda (Agatha). Sebastiano del Piombo

Los suplicios que pinta la literatura caballeresca en general, y el Cristalián en particular, recuerdan los de los martirologios, que eran lectura asidua a finales de la Edad Media y principio de la moderna. Las vidas de santos (hagiografías) eran lectura devota recomendada sobre todo a las damas. Según Mª Carmen Marín Pina, las atrocidades imaginadas por Bernal adelantan la violencia mostrada años después por María de Zayas en sus novelas cortesanas.

Por venganza, castigo o placer, el ser humano ejecuta o padece crueles agresiones. Y el lector disfruta con ellas. Lo macabro provoca en los lectores –dice Marín Pina- un paradójico sentimiento de repulsa y atracción. El arte satisface así la curiosidad y el gusto por contemplar el alcance de la depravación humana en el cuerpo ajeno, con la tranquilidad última de saberse a salvo. La literatura desahoga los peores instintos de forma inocua, aunque siempre encontraremos descerebrados y psicópatas que los adopten como modelo a imitar. Lo estamos viendo con los videojuegos violentos.

Monserrat Piera, en su artículo “Minerva y la reformulación de la masculinidad en Cristalián de España de Beatriz Bernal” (Tirant, 13, 2010), desde una perspectiva de género y feminista celebra que el libro de la vallisoletana se distancie de los modelos artúricos vigentes ofreciendo al lector un mundo caballeresco sin géneros, que vulnera y trasciende la perspectiva “masculinista” y patriarcal. Lo prueba el hecho de que aparezcan en comparación con otras obras similares pocas batallas y el número elevadísimo de personajes femeninos, así como su protagonismo; particularmente, el de Minerva, una doncella guerrera (Virgo bellatrix), capaz de luchar y actuar como varón sin renunciar a su femineidad. Se tra-viste ora de caballero ora de doncella y se llama “Minerva”, nombre de la diosa protectora de las artes y del telar, del comercio y la artesanía, o sea, de las actividades civilizatorias, a la que Ovidio llamó la “diosa de las mil labores”.

La doncella Minerva no se mueve buscando a su amado ni pelea para vengar su honor, sino que busca aventuras y justicia, es decir, se comporta como un verdadero caballero andante. Tras batirse con ella, dice Cristalián: “Mi señora, hacéis ventajas a todos los caballeros del mundo, así en bondad de armas, como en todo lo demás”. La Minerva de Beatriz Bernal no sigue a las tropas como las “soldadeiras” galaico-portuguesas ni se mutila los pechos como las amazonas, ni es una rústica serranilla con carácter, como las del Libro del Buen Amor de Juan Ruiz, sino que se convierte en amiga, confidente y compañera del héroe y en caudillo de las tropas cristianas que combaten a los infieles.

La novela de Beatriz Bernal, a pesar de sus más de trescientas páginas, alcanzó bastante éxito comercial, incluso mereció su traducción y reedición en italiano. Aunque se la considera la única mujer que escribió una novela de caballerías en el siglo XVI con el propósito explícito de que fuese leída y editada, tal vez hubo otras, cuyas obras se perdieron, fueron firmadas con pseudónimos, o pasan por anónimas.

sábado, 6 de marzo de 2021

TELESILA Y LA POESÍA FEMENINA DE SU TIEMPO

 

Tiziano. Muerte de Acteón (1570-1575).
A manos de Diana (la Ártemis o Artemisa griega)

CURADA POR EL ARTE. ARMADA POR LAS CIRCUNSTANCIAS

Telesila de Argos (Τελέσιλλα) debió de vivir a fines del siglo VI a. C. en esa ciudad del noreste de la península del Peloponeso que le sirve de apellido. Como otras artistas a lo largo de la historia, fue considerada "novena musa". Celebrada por Apolodoro, Pausanias, Luciano..., Plutarco es la fuente principal para recordar que procedía de noble familia, que padeció una grave enfermedad que la medicina hipocrática no supo curar, y que angustiada pidió socorro de los dioses y consultó al oráculo. El augurio le aconsejó que se dedicara al arte. Así lo hizo la ilustre argiva y, cultivando el canto, la música y la poesía, recobró la salud y con ella la fortaleza de ánimo.

Tan valerosa se mostró Telesila en el combate entre Esparta y Argos, que acabó elevada a la excelsa condición de heroína. Al parecer, muchos de sus paisanos varones habían sido masacrados en la invasión o cerco que los lacedemonios pusieron a Argos comandados por su rey Cleómenes I. Entonces Telesila, ni corta ni perezosa, tomó el escudo y la espada y armó y ordenó una escuadra femenina que repartió por el familiar camposanto, entre sepulcros, con lo que consiguió repeler a los espartanos matando a muchos; y a Demaralo, el extranjero que pretendía hacerse con el control de la ciudad, le echó fuera, a la fuerza.

Luis Carrillo y Sotomayor (Baena 1585?-1610), humanista cordobés de pluma y espada y precursor de la estética barroca, recoge la historia legendaria de Telesila, a la que llama Telesia, en su Libro de la erudición poética, como ejemplo de compatibilidad entre el ejercicio de las letras y de las armas. Y así concluye, traduciendo a Plutarco, que no sólo las musas cantan las armas, sino también "aparejan" con ellas (ut Musae etiam arma ipsa non solum canant, sed parent). 

Argos, al noreste de Esparta en la península del Peloponeso.
Mapa de la Grecia arcaica

Otra versión cuenta que la poetisa y heroína participó indirectamente en el combate, pero que fue ella la que enardeció a los diezmados soldados argivos con sus cantos guerreros, ayudándoles decisivamente a rechazar al enemigo en el año 510 antes de Cristo.

Se conservan nueve fragmentos de sus poesías, uno de ellos en un metro que por su originalidad los alejandrinos llamaron “telesileo” (glicónico acéfalo). Ateneo afirma que Telesila compuso una oda a Apolo llamada Φιληλίας (Amigo del sol) y Pausanias añade a esa oda otra a Ártemis. Los versos que se conservan pertenecen a un partemio destinado a ser recitado, como su nombre indica, por un coro de vírgenes, que trata de los amores de Ártemis y Alfeo (río divinizado), la diosa huye del dios (φεύγοισα τòν᾽Αλφεóν), que sin duda deseaba mojarla.

CONTEXTO POÉTICO

Artemisa de Mitilene
(IV a. C.)
Telesila forma parte de un importante movimiento lírico de la Grecia continental, que contrasta con el de las islas del Egeo (Alceo, Safo, Anacreonte) y que se abre paso a partir del siglo VI a. C. y cuyos representantes son mujeres. A Telesila de Argos hay que añadir Mirtis, Práxila de Sición, Corina de Tanagra (en Beocia). Esta última es contemporánea de Píndaro. De hecho, Corina presenta a Mirtis rivalizando con Píndaro y el geógrafo Pausanias (s. II d. C.) confirma que Corina fue discípula de Mirtis y rival victoriosa de Píndaro en varios certámenes o festivales (agones).

Rodríguez Adrados las considera poetisas (*) comprometidas con cultos locales, coros y círculos femeninos asociados a templos. En efecto, la poesía de todas ellas es o hímnico-religiosa o mítica. En Argos se atribuían las danzas de coros enfrentados, masculinos y femeninos, a la conmemoración de la hazaña militar de Telesila, la cual armó y disfrazó de hombres a las mujeres para defender su ciudad, lo que demuestra según Adrados que estuvo ligada a dichos coros populares.

Práxila de Sición, por su parte, está relacionada con los dioses Dionisio y Adonis, sobre todo. Compuso himnos, escolios y ditirambos para banquetes. Sobre todo fueron las poetisas beocias las que cultivaron el mito. De Mirtis conocemos la paráfrasis de una historia de amor desgraciado: el de Ocna y Eunostos. Corina escribió seguramente largos mitos panhelénicos como el de los siete contra Tebas, las hijas de Minias o el escudo de Atenea; y otros más regionales, como el del gigantesco cazador Orión que acaba convertido en constelación, o el de los adivinos Evónimo y Acrefen, etc. Una parte de los poemas de Corina eran conocidos como Geroia o Veroîa, es decir, o bien como “historias de viejas” o como “relatos tradicionales”. La poesía de Corina, de la que nos quedan más vestigios que de la de Telesia, era simple y coloquial, destinada a festividades, menos personal e innovadora que la de Safo de Lesbos:

“Me llama Tespsícora para cantar bellas canciones a las tanagreas de blancos peplos y mucho disfruta la ciudad con mis cantos, mi charla melodiosa” (Corina de Tanagra)

“Lo más bello que dejo es la luz del sol, lo segundo las estrellas brillantes y la faz de la luna y también los higos maduros y las manzanas y las peras” (Práxila de Sición).

 

Adonis annua

INTERCAMBIO DE VESTIMENTAS

En reconocimiento a la bravura y arte de Telesila, Telesilla o Telesia de Argos, su ciudad le erigió una estatua en el templo de Afrodita y se instituyó un festival llamado Ὑβριστικά o Ἐνδυμάτια, en el cual mujeres y varones intercambiaban jovial y lúdicamente sus ropas.

(*) Nota bene: No se nos escapa que hoy mujeres que han escrito o escriben excelente poesía (como Gloria Fuertes), que prefieren hacerse llamar "poetas", en lugar de "poetisas"; sin embargo, "poetisa" se ajusta a la reivindicación feminista de la visibilidad del género, femenino, del artista. Así que hemos optado por dejar el apelativo tradicional que usa Rodríguez Adrados, que recoge, al menos, el sexo del autor.



domingo, 28 de febrero de 2021

SUFRAGISMO. La gran batalla por el voto de las mujeres en la primera ola del feminismo

La película Sufragistas (2015) es un estupendo referente para conocer más de cerca las denodadas luchas de las mujeres en el Reino Unido para conseguir la igualdad política, y para descubrir cómo, en el curso de esas batallas, el sistema patriarcal violentó de manera intolerable los cuerpos y mentes de las activistas que le plantaron cara durante la primera ola del feminismo. En la entrada anterior María Ángeles Boix examinaba la pugna por los derechos civiles en Estados Unidos en torno a la figura de Shirley Chisholm en una fase ulterior del movimiento (http://anthropotopia.blogspot.com.es/2016/03/chisholm-y-la-lucha-por-los-derechos.html ). Ahora vamos a retroceder casi 60 años para fijar nuestra mirada en la Vieja Europa, en el período verdaderamente agitado que precedió a la Primera Guerra Mundial.
Sufragistas, la película

El filme narra la historia de Maud Watts, una humilde trabajadora de una lavandería industrial. El relato comienza en Londres en 1912, un año clave en la evolución del feminismo temprano en Inglaterra. Mientras sale de la fábrica a hacer un recado, Maud presencia cómo, en medio de una algarada callejera, una de sus compañeras de trabajo, Violet Miller, rompe cristales en protesta por las condiciones políticas y sociales de las mujeres. Poco después tiene lugar una investigación en el Parlamento sobre la situación laboral de las trabajadoras, como trámite previo a la decisión sobre el derecho al voto femenino. Cuando Violet, que debía acudir a testificar, no puede hacerlo porque su marido la maltrata para impedírselo, Maud saca fuerzas de flaqueza y decide presentarse ella misma. Su testimonio resulta realmente conmovedor. Gracias a esa experiencia, descubre dentro de sí una fuerza y una rebeldía contra su situación de las que antes no había sido consciente. Al final, el Parlamento se muestra insensible a las declaraciones que habían puesto de relieve unos tremendos abusos sociolaborales sobre las clases trabajadoras. Cuando las mujeres congregadas en Parliament Square se enteran de la injusta negativa del legislador, organizan una protesta masiva durante la cual son golpeadas y arrestadas por la policía. Maud pasa una semana entre rejas y allí conoce a Emily Davison, una activista próxima a la líder del movimiento, Emmeline Pankhurst.

Emmeline Pankhurst en una alocución
Durante su encierro tiene también ocasión de conocer más de cerca la lucha heroica que se está llevando a cabo, y crece su adhesión a la causa. Sin embargo, cuando retorna a su casa, su esposo Sony le reprocha duramente la vergüenza que su detención ha acarreado a la familia, así como haber dejado abandonado a su pequeño hijo. Maud le promete que no se meterá en nuevos líos pero, cuando la invitan a una reunión secreta con la carismática Emmeline, no duda en acudir al lugar. A la salida los policías se encuentran apostados para atraparlas. A modo de escarnio, conducen de vuelta a Maud en el furgón, mientras los vecinos, escandalizados, atisban la escena a través de las persianas. Esta vez el marido la echa de casa sin contemplaciones.

Una portada satirizando a las sufragetes
 Aunque intenta seguir viendo a su hijo a escondidas, y en el trabajo pretende que nada ha sucedido, el supervisor la despide nada más ver su foto en los periódicos etiquetada como sufragista. Movida por un súbito arrebato, Maud quema a su jefe con la plancha. Es su forma de desahogarse por todos los años de continuos abusos sexuales que ha tenido que soportar. A pesar de la gravedad de los hechos, el inspector de la policía le ofrece la libertad a cambio de información sobre los movimientos de la célula terrorista, acuerdo que Maud simula aceptar. Sony continúa prohibiéndole que vea a su hijo, invocando en su respaldo la ley. Ello hace que Maud sea aún más consciente de la necesidad de actuar para conseguir cambiar esa injusta legislación. Al final, como Sony no puede ocuparse del hijo, lo entrega en adopción, lo que destroza el corazón de Maud. Sin lazos familiares que la aten, se lanza al activismo más radical, colocando bombas en buzones e interviniendo en el cable de telégrafos. Nuevamente es encarcelada junto con sus compañeras tras colocar una bomba en la residencia de verano del Primer Ministro Lloyd George. En protesta por la falta de reconocimiento de su condición de presas políticas, Maud inicia una huelga de hambre, y la institución carcelaria reacciona sometiéndola a una brutal alimentación forzada. Cuando la policía presiona a la prensa para que no informen sobre estas acciones violentas de las sufragistas, con el fin de evitar proporcionarles la publicidad que éstas buscan, la organización planea actuaciones aún más drásticas para atraer la atención a la causa. Así, acuden al derby de Epsom, al que asiste el rey Jorge V, pero sólo logran entrar al recinto Maud y Emily Davison. Esta decide actuar por su cuenta y se lanza a la pista de carreras, donde es arrollada por los caballos.

La película finaliza con escenas reales de su funeral, una larguísima comitiva de mujeres engalanadas con los signos de su militancia, y después, una relación de las fechas en que se consiguió el voto para las mujeres en los distintos países,entre las que se pueden señalar:
- Nueva Zelanda, en 1893
- Australia, en 1895
- Finlandia, en 1906
- Estados Unidos: en 1869 en el estado de Wyoming, en 1870 en el estado de Utah y, en los estados del sur, en 1919
-en el Reino Unido, en 1918

-en España, en la Constitución de 1931
El voto femenino en Francia aún tendría que esperar hasta 1944, en los últimos coletazos de la Segunda Guerra Mundial.

Suffragettes y Suffragists
El título de la película en inglés, Suffragette, ofrece una pista muy importante acerca del concreto tipo de sufragismo al que se refiere. En castellano se pierde fácilmente esa referencia porque no disponemos de dos palabras diferentes para traducir esos dos conceptos distintos. Aunque el objetivo de ambos sufragismos era el mismo, empoderar a las mujeres gracias al derecho al voto, como trampolín hacia la igualdad política, los métodos de una y otra organización fueron muy diferentes. Con el término sufragetes nos referimos a un grupo de activistas que usaban medios violentos para conseguir el derecho al voto femenino, mientras que las sufragistas trabajaban dentro de la legalidad y en el marco de los partidos políticos.


Para comprender plenamente los motivos de escisión entre ambos grupos, debemos remontarnos unas décadas antes de 1912. En 1876 se fundó la sociedad “Los Derechos de las Mujeres”, que en 1883 se transformó en la “Sociedad para el Sufragio de las Mujeres”. Millicent Fawcett, que llegaría a ser la principal líder del movimiento sufragista, constituyó en 1897 una organización con el mismo fin, la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino (en siglas, NUWSS), que pretendía actuar con medios pacíficos para obtener el voto para las mujeres. Ante la falta de avances en su programa de actuación, en 1903 Emmeline Pankhurst (1858-1928), oponente de Fawcett, fundó una nueva organización, la Unión Social y Política de las Mujeres (Women’s Social and Political Union, en siglas WSPU). Su objetivo era luchar por la igualdad entre hombres y mujeres mediante el derecho al voto y, a través del mismo, alcanzar una efectiva paridad en materia de derechos de la persona, familia y propiedad (divorcio, derechos hereditarios…) A diferencia de la NUWSS de Fawcett, sólo admitía entre sus filas a mujeres y, además, sentó como principio la actuación al margen de los partidos políticos, porque consideraba que solo las utilizaba para respaldar las propuestas de los parlamentarios, sin hacer un esfuerzo real para otorgarles el derecho al voto. Al principio, las tácticas de la WSPU fueron pacíficas, a través de mítines y concentraciones ante el Parlamento, pero su postura se radicalizó ante el fracaso de las sucesivas propuestas legislativas dirigidas a reconocer el sufragio femenino. En 1905 diversas sufragistas fueron arrestadas por gritar consignas a su favor. Ello desencadenó una riada de detenciones en protesta, porque las detenidas preferían ser encarceladas antes que pagar la multa que se les exigía. Éste es el origen del término “suffragette”, que utilizó por primera vez el Daily Mail en 1906 para menospreciar a estas activistas. Sin embargo, estas aceptaron gustosamente el calificativo, que les permitía diferenciarse de las “suffragists”, que actuaban integradas dentro del sistema que les negaba sus derechos. Siempre ingeniosas, hasta hicieron un juego de palabras con el término, “suffraGETtes”, para resaltar no sólo que querían el sufragio sino que lo iban a conseguir (GET).

Un ejército de sufragistas
Emmeline deseaba dirigir “un ejército sufragista en el campo de batalla” y así lo demostró en 1908, cuando 500.000 activistas se reunieron en Hyde Park para asistir a uno de sus mítines. Ante la indiferente respuesta del Parlamento, 12 sufragetes se personaron en su sede con la intención de pronunciar allí un discurso pero la policía las expulsó. Tras ello, Edith New y Mary Leigh se dirigieron a la residencia del Primer Ministro en el número 10 de Downing Street y no dudaron en arrojar piedras a las ventanas, por cuyo delito fueron condenadas a dos meses de prisión. En el juicio, Emmeline recordó a los jueces cómo los agitadores políticos varones también habían tenido que romper muchas ventanas en el pasado antes de conseguir derechos civiles que entonces se consideraban ya incuestionables.

Tras la derrota del Partido Liberal en 1910, de la que la izquierda culpó a la WSPU por su falta de apoyo, se presentó una propuesta de ley favorable al voto femenino, la Conciliation Bill. Durante su tramitación, la WSUP acordó suspender los actos violentos pero, ante el fracaso de las negociaciones, el 18 de noviembre de 1910, 300 mujeres se manifestaron en Parliament Square, enfrentándose a la policía. El grupo estaba dirigido por Emmeline y por la princesa india Sophia Duleep Sigh, que era una de las activistas más encendidas de la época. El primer ministro Lord Asquith se negó a recibirlas. Por orden de Churchill, a la sazón secretario de Estado, la policía agredió a las manifestantes, resultando arrestadas 119 personas. El escándalo se conoció como el Black Friday, aunque ahora el mercado se ha apropiado de ese nombre para estimular las ventas de temporada.

A causa de la debilidad física de las mujeres a la hora de hacer frente a los asaltos de las fuerzas del orden, Emmeline decidió que debían recibir clases de defensa personal. Para ello contó con la ayuda de Edith Garrud, una extraordinaria mujer experta en áreas artes marciales que, ya desde 1908, venía actuando como entrenadora de las sufragistas.
Huelgas de hambre


Los hechos narrados en la película se refieren a una nueva propuesta legislativa, la que se realizó en marzo de 1912, un año crucial en la lucha por que se produjo un viraje hacia tácticas más agresivas: las sufragetes se encadenaron a rejas, incendiaron buzones, pusieron bombas…. En efecto, cuando la propuesta fracasó, como tantas veces antes, Emmeline ordenó que se retomasen las protestas violentas. En respuesta, la policía realizó una redada en las oficinas de la WSUP y Emmeline fue detenida y condenada. En la prisión de Holloway llevó a cabo su primera huelga de hambre, una vía de protesta que ya había puesto en práctica en 1909 Marion Wallace Dunlop. La intención de esta fue conseguir que se reconociese a las sufragtes la condición de presas políticas. La cuestión no era baladí para los fines de su lucha. Si se las situaba en la segunda o tercera división penitenciaria, no podían disfrutar de las ventajas de que gozaban los presos políticos de la primera división, como recibir visitas o tener a su disposición medios para escribir libros o artículos. Pero no existía un criterio uniforme entre los tribunales sentenciadores a la hora de conceder un determinado nivel penitenciario a las sufragetes, de manera que no siempre se las ubicaba en la primera división. La WSPU realizó una campaña con ese fin pero el gobierno británico no estaba dispuesto a que la organización utilizase las prisiones como escaparate para su programa reivindicatorio. El caso es que, después de 91 horas de huelga y ante el temor de que Marion Dunlop se convirtiera en una mártir para el movimiento, además de obligar al Estado a abonar una indemnización por su muerte, el Secretario de Estado ordenó su liberación por motivos médicos.

Ante ello, las demás prisioneras se apresuraron a forzar su situación poniéndose igualmente en huelga de hambre, lo que se convirtió en una respuesta generalizada entre las sufragetes encarceladas. Además de publicidad, conseguían volver mucho antes a la línea de combate. El gobierno ordenó entonces que las huelguistas fuesen alimentadas a la fuerza. Pankhurst escribió que la prisión "se convirtió en un lugar de horrores y tormentos. Escenas repugnantes de violencia tenían lugar a cada hora del día, mientras los doctores iban de celda en celda efectuando su horrible trabajo”. Éste consistía en alimentar a las huelguistas por vía nasal u oral, utilizando para ello unas mordazas de acero que conseguían mantenerlas con la boca abierta. Atadas a sillas y sometidas a una fuerza considerable, el proceso debía de resultar dolorosísimo. Emmeline escribió en su diario que nunca conseguiría olvidar el sufrimiento de las mujeres, con los gritos que taladraban sus oídos. Muchas sufrían a corto plazo daños en los sistemas circulatorio, digestivo y nervioso, e incluso pleuritis o neumonía por defectuosa colocación del tubo y, a largo plazo, arrastraban unos sufrimientos físicos y psíquicos perdurables, como puede verse en la película que le sucede a Maud Watts, que también hace huelga de hambre.

La ley del gato y el ratón
Después de un amplio debate sobre los aspectos implicados en la cuestión, en 1910 Churchill corrigió las reglas relativas a las divisiones carcelarias, permitiendo a las presas sufragistas de la segunda y tercera división disfrutar de ciertos privilegios de la primera, habida cuenta que no se encontraban encerradas por crímenes graves. Ello puso fin a las huelgas de hambre durante dos años. Sin embargo, tras la detención de Pankhurst en 1913, a la vuelta de una gira de conferencias por Estados Unidos, volvieron a recrudecerse los incidentes. Entonces el gobierno respondió con la Prisoners Act, con arreglo a la cual las huelguistas de hambre eran liberadas de manera temporal en el momento en que su estado de salud se resentía de manera grave, volviendo a ser encarceladas cuando se habían recuperado.

Esta norma, que también exculpaba al ejecutivo por las eventuales muertes de las huelguistas, fue conocida popularmente con el nombre de "la ley del gato y el ratón". Es cierto, el gobierno jugaba con las prisioneras forzándolas a que abandonaran su protesta. Muchas volvían hacer huelga de hambre en cuanto las reintegraban a la cárcel. Pero la nueva ley limitó los casos de alimentación forzada a quienes habían cometido delitos muy graves. Por otro lado, las autoridades se aseguraban de que las sufragetes estuvieran tan débiles y enfermas que no pudieran asistir a mítines y otros actos mientras se hallaban fuera de su custodia.

Pero a las astucias del gobierno la WSPU respondió con no menos inteligencia. Emmeline encargó la formación de un cuerpo de élite compuesto por 30 integrantes, que fue conocido con los nombres de Bodyguard (las "guardaespaldas"), las "Jiujitsuffragettes" o las "Amazonas". Su objetivo era impedir que las sufragetes fugitivas fueran nuevamente arrestadas y conducidas a prisión. Escondidas en lugares secretos, Edith Garrud las entrenaba en técnicas de jiujitsu y en el uso de los bastones indios para golpear a los policías asaltantes. Las Bodyguard mantuvieron una serie de singulares combates cuerpo cuerpo con la policía que fueron muy comentados por la prensa. También protagonizaron espectaculares fugas bajo disfraz. Para ellas, los periodistas acuñaron otro término, las "suffrajitsu", por sus técnicas de autodefensa, sabotaje y subterfugio.

No obstante, su militancia se suspendió durante la Primera Guerra Mundial, pues en el Emmeline decidió que, por razones patrióticas, debían apoyar al gobierno británico en la contienda contra Alemania. Su apoyo fue premiado con la inmediata liberación de todas las sufragetes.
Por fin, el derecho al voto
Ya casi al término de la contienda mundial, en 1918, se aprobó la Representation of the People Act, que reconoció el derecho de voto a las mujeres mayores de 30 años que cumplieran unas determinadas condiciones de riqueza (propietarias o arrendatarios con una renta anual mínima) o que contaran con una educación superior (diplomadas en universidades). Gracias a esa ley, pudieron votar 8.400.000 mujeres, solo las pertenecientes a las clases media y alta. La razón para la asimetría de voto entre mujeres (30 años) y hombres (21 años) residió en el temor que tenía el Parlamento de que el voto femenino desestabilizase el sistema político. Debido a la Gran Guerra, se había producido una elevada mortandad entre los varones militarizados, de manera que las mujeres habrían podido convertirse en la mayoría de los votantes de no existir esa restricción.

Finalmente, 10 años después, en 1928, se aprobó el voto incondicionado para hombres y mujeres ingleses de 21 años. Emmeline había muerto sólo unos meses antes y no pudo presenciar este gran triunfo para el esfuerzo de toda su vida. Siempre nos quedará la duda de si las tácticas violentas de las sufragetes aceleraron o en realidad ralentizaron este proceso histórico. Las conexiones causales entre los fenómenos políticos y sociales de este largo y convulso período son tan complejas que nunca lo sabremos.
Personajes de la historia


Maud Watts, la protagonista a la que interpreta magistralmente Carey Mulligan, es una figura totalmente inventada, aunque resulta totalmente verosímil como resumen de muchas vidas reales. Maud es una joven que toma conciencia progresiva de las injusticias sociopolíticas y económicas que soportan las mujeres de su época y que un poco de manera accidental se ve envuelta en el devenir de los acontecimientos. Finalmente encuentra su refugio en la hermandad solidaria de las sufragetes y sigue con ellas su trágico destino.
Edith Ellyn, la activista encarnada por Helena Bonham-Carter, esta inspirada en parte en dos figuras reales: Edith Garrud, la instructora de artes marciales, y Edith New, otra sufragete a la que hemos hecho alusión más arriba. La actriz presionó para que, en homenaje a estas mujeres, se cambiara el nombre inicialmente pensado para su personaje, Caroline, la farmacéutica fabricante de bombas, por el de Edith.
El personaje que interpreta Natalie Press, Emily Davison, es históricamente fidedigno. El 4 de junio de 1913 se convirtió en una de las principales mártires de la causa sufragista cuando quizá intentaba colocar la banderola con el lema "Voto para las mujeres" en el caballo del rey Jorge, que participaba en la carrera y se encontraba presente en el evento. En la película se deja abierta la pregunta acerca de si Emily, en realidad, se suicidó para atraer publicidad hacia la causa.

Aunque Meryl Streep tiene una corta intervención en la película, su papel como la carismática en Emmeline Pankhurst es verdaderamente sensacional, como es costumbre en esta fabulosa actriz. La película refleja bien el modo de vida nómada que la líder de las activistas se vio obligada a adoptar desde 1907, cuando vendió su casa en Manchester y pasó a vivir en la clandestinidad, alojada en hoteles y en casas de simpatizantes, dando conferencias y alentando en la lucha a las sufragetes. En esa tarea la acompañó su hija Christabel, mientras que Adele y Sylvia se distanciaron de los planteamientos violentos y militaristas de su madre. El fervor que despertaba Emmeline entre sus seguidoras era tal que, en 1914, en protesta por su encarcelamiento, Mary Richardson acuchilló La Venus del espejo de Velázquez en la National Gallery de Londres.
Una crítica que se ha hecho a la película escrita por Abi Morgan y dirigida por Sara Gavron, aunque en general ha sido muy aplaudida, es que se limita a reflejar el activismo de las mujeres burguesas y blancas, sin incluir a las de otras razas. Las autoras se han defendido argumentando que la emigración femenina en el período 1911 a 1913 fue escasa en el Reino Unido y que no tenían una implicación tan clara en las luchas por los derechos civiles. Pero lo cierto es que hay una excepción muy importante, la de la princesa india Sophia Duleep Sigh (1876-1948), hija de un maharaja del Punjab y ahijada de la reina Victoria. Seguramente gracias a estos importantes vínculos nunca fue detenida pero estuvo presente en el Black Friday, mano a mano con Emmeline, vendió ejemplares del periódico Suffragette y participó muy activamente en acciones políticas en pro del derecho al voto tanto en Gran Bretaña como en su país de origen.

La historia que nos cuenta Suffragette es indudablemente dura. Nos habla de un pasado de lucha dolorosa en el que no se suelen detener los manuales de Historia. Me parece un filme necesario para aprender qué camino tan dificultoso tuvo que recorrerse para llegar a donde hoy estamos. Estos nombres, Emmeline Pankhurst, Millicent Fawcett, Emily Davison, Edith Garrud, Edith New, la princesa Sigh, merecen un hueco en nuestro almacén de conocimientos. Muchas mujeres anónimas tuvieron que pagar un precio altísimo para que nosotros podamos disfrutar de una igualdad siquiera relativa. A las que se atrevieron a protestar las tildaron inmediatamente de locas, una estrategia para silenciar sus voces, como pone de relieve Elaine Showalter en The Female Malady: Women, Madness, and English Culture, 1830-1980. Sus cuerpos fueron también violentados, para impedirles ejercer su libertad de expresión, cuando pretendieron hacer huelga de hambre. Nunca deberíamos olvidar la deuda de gratitud que tenemos contraída con su entrega.
Fuentes consultadas:
-Goodman, Lizbeth: Literature and Gender. Routledge, 1996

-Truffaut-Wong, Olivia: Is Edith in "Suffragette" based on a real person?.22-10-2015. Web. 4-3-2016. 
-Emmeline Pankhurst.Wikipedia.Web.4-3-2016
-Black Friday.Wikipedia.Web.7-3-2016
- Sophia Duleep Sigh.Wikipedia.Web.7-3-2016
-Sufragete.Wikipedia.Web.4-3-2016
-Suffragette.Wikipedia.Web.4-3-2016
-Suffragette (film).Wikipedia.Web.4-3-2016