| Rachel Carson 1907-1964 |
Si Henry David Thoreau (1817-1862) es padre de la ética ambientalista y si el entomólogo Edward O. Wilson (1929-2021) ha sido el paladín de la biodiversidad en un mundo que la pierde rápidamente, cabe a Rachel Carson, "la Dama de Maryland", el importantísimo papel de augur providencial de los desastres que la contaminación química iba a provocar en los entornos agrícolas de Usamérica y por extensión (y supuesto "progreso") en todo el mundo, sobre todo contra la flora y la fauna silvestre y en detrimento también de nuestra propia raza...
"Por primera vez en la historia del mundo, todo ser humano se halla ahora sometido al contacto con sustancias químicas peligrosas, desde su nacimiento hasta su muerte" Primavera silenciosa, cap. 3.
Su alegato contra la eliminación generalizada de organismos causada por el abuso de biocidas (insecticidas y herbicidas), expresado con toda potencia y calidad literaria en Primavera silenciosa (o sea, primavera sin los trinos de los pájaros), provocó la reacción de las corporaciones industriales interesadas en la venta masiva de sus venenosos productos. Llegaron a tildarla de "comunista" en los tiempos de la caza de brujas, en las horas negras del macartismo. Pero Rachel Carson no era sectaria de ninguna corriente política, sino una sólida científica muy consciente del daño que los plaguicidas estaban causando ya y podrían causar a medio y largo plazo, y no sólo en la fauna y la flora silvestre, sino también en la salud y la calidad de vida de nuestra especie.
"Algunos pretendidos arquitectos de nuestro futuro avizoran una época en que será posible alterar adrede el germoplasma humano. Pero bien podría ser que ahora lo estuviéramos haciendo así inadvertidamente, porque muchas sustancias químicas, como la radiación, provocan mutaciones genéticas"
Rachel Louise Carson nació en 1907 en Springdale (Pensilvania), bióloga marina y escritora que cambió el rumbo del ecologismo moderno, falleció el 14 de abril de 1964 a los 56 años de un cuadro complejo causado principalmente por un cáncer de mama contra el que luchó durante mucho tiempo. Mientras escribía Silent Spring ya estaba sometiéndose a terapia por radiación y cuando el libro se publicó en 1962 el cáncer ya se había extendido a sus huesos. Carson mantuvo su enfermedad en secreto mientras defendía su libro ante el Congreso de los EE. UU. y la industria química. Sabía que si sus oponentes se enteraban de que tenía cáncer, usarían esa información para desacreditar sus hallazgos, argumentando que su investigación sobre los pesticidas era un simple "ataque de pánico" personal debido a su salud.
Antes de la publicación de Primavera silenciosa ya se había ganado merecida fama por su divulgación de la belleza natural del mar con tres libros de éxito que le permitieron abandonar el trabajo burocrático para dedicarse al estudio y la escritura, oficio que ejerció con un estilo directo, afable, alegre y cautivador.
Carson se percató del efecto en cascada de los plaguicidas que no sólo afectaban a las plagas de insectos que se pretendían eliminar o contener, sino directa o indirectamente a todos los seres vivos de una región, por lo que había que llamarlos biocidas: destructores de la vida. Para demostrarlo aportó datos incontrovertibles sobre desastres medioambientales ya observados. Por denunciar estos errores fue perseguida ferozmente por las grandes empresas químicas que intentaron vetar la publicación de Primavera silenciosa y luego procuraron desacreditarle ante la opinión pública. Incluso sufrió el ataque del Departamento de Agricultura usamericano. Se le acusó de "alarmista", de carecer de formación científica, de adulterar con su "prosa lacrimógena" el beneficio de la lucha contra los insectos perjudiciales, de "histeria ambientalista" y, con ello, de fomentar el hambre en el mundo... Pero no era ya, precisamente, el hambre lo que producían las vastas extensiones de monocultivo rociadas con venenos...
"Nos han dicho que el uso enorme y en expansión de los plaguicidas es necesario para mantener la producción agrícola. Pero nuestro problema real ¿no es la superproducción?..., pagar a los agricultores para que no produzcan..., un programa de almacenaje del excedente..."
A pesar de tener a tantos poderes en contra, el Señor Tiempo, testigo insobornable y redentor de la despreciada Señora Verdad, pronto le dio la razón con creces cuando se descubrió la potencia cancerígena y destructiva de compuestos como el DDT y otras sustancias sintéticas cien o mil veces más peligrosas que el DDT, que se usaban alegremente y a granel y que se habían fumigado en cantidades insensatas y extensiones enormes durante la mitad del siglo XX.
Carson no pregonaba la abolición de los biocidas, sino su uso razonable y con previo y serio estudio de sus consecuencias medioambientales... Proponia otros medios de contrarrestar el ataque de los insectos a los cultivos. Lo ejemplifica con el caso del escarabajo japonés que se describió por primera vez en Nueva Jersey en 1916, llegado a Estados Unidos como polizón de plantas importadas. Después de intentar frenar su expansión al este del Misisipi, gastando grandes sumas en insecticida (el venenosísimo aldrín, que era el más barato) y en peligrosas pulverizaciones, espolvoreos y rociaduras motorizadas, sin grandes resultados, resultó mucho más barato y eficaz importar las avispas que tenían a estos escarabajos a raya en su Japón de origen, así como una enfermedad bacteriana que afectaba a todos los coleópteros de la familia del escarabajo japonés, pero no a la población local de animales ni a las importantes lombrices de tierra.
"Los métodos empleados tienen que ser tales que no nos destruyan a nosotros al mismo tiempo que a los insectos".
"En condiciones primitivas de agricultura, el granjero tenía pocos problemas de insectos. Éstos surgieron con la intensificación de la agricultura: la dedicación de inmensas extensiones de terreno a un solo tipo de cultivo."
Primavera silenciosa no era sólo una llamada de atención en defensa de la naturaleza por parte de una naturalista bien informada (y consciente de la poca información que tenemos sobre la complejidad medioambiental), sino una declaración razonada de los peligros que para la salud humana y la calidad moral y estética de nuestras vidas suponía el envenenamiento masivo del campo. Ninguna persona es inmune a dicha contaminación y tampoco los organismos y microorganismos de los que depende el equilibrio natural que nos alimenta y sostiene.
Además, Carson explicó con todo detalle y fundamento empírico el "tiro por la culata" que sigue produciéndose en la agricultura de nuestros días: las plagas se hacen resistentes y el uso de biocidas elimina involuntariamente a sus enemigos naturales, es decir, a las especies controladoras (parásitos y depredadores beneficiosos), con lo cual, cuando el insecto perjudicial vuelve, lo hace sin enemigos y fortalecido por su evolución natural, pues se ha hecho resistente al insecticida específico con el que pretendimos matarlo. Los tóxicos que utilzamos se quedan en el suelo, son transportados de un sitio a otro por las aguas y acaban causando daños imprevistos en la naturaleza y en nosotros mismos.
"Una de las cosas más importantes que deben recordarse acerca de los insecticidas en el suelo es su larga persistencia, medida no en meses, sino en años."
La obra de Carson tuvo higiénicos efectos: la prohibición del DDT y la adopción de medidas de seguridad en el empleo de plaguicidas, pero también el estudio de alternativas biológicas para contener las plagas, distintas del uso de sustancias nocivas. En la segunda mitad del siglo XX el ecologismo y la ecología se desarrollarían de manera espectacular, precisamente en EEUU, gracias en gran medida a las predicciones agoreras de Carson de que habría una "primavera silenciosa", una primavera sin el trinar de pájaros insectívoros y sin el zumbido de abejas polinizadoras y, por tanto, otoños sin frutos. Se ha dicho que sin el libro de Carson hoy seguramente no existiría Greenpeace. Su obra fue un hito imprescindible en el despertar de la conciencia ecologista.
Carson nos explicó claramente que la naturaleza no es un conjunto de piezas desconectadas entre sí, sino una "red de vida". Hoy hablamos de biocenosis o de ecosistema. Cualquier agresión a una de dichas piezas, que están ensambladas en complejas simbiosis y osmosis misteriosas, reverbera en el conjunto con resultados inesperados y casi siempre negativos para la naturaleza y para nosotros.
"Sabemos muy poco de las conexiones que unen entre sí a los organismos del suelo, con su mundo y con el mundo que tienen encima."
"También están presentes en número prodigioso ácaros microscópicos e insectos primitivos y sin alas llamados colémbolos. A pesar de su pequeño tamaño desempeñan un pepel importantísimo al descomponer los residuos de las plantas, con lo que colaboran a la lenta transformación de la hojarasca caída en el suelo del bosque."
"En otros experimentos, el BHC, el aldrín, el lindano, el heptacloro y el DDT impidieron que las bacterias fijadoras del nitrógeno formasen los necesarios nódulos en las raíces de las plantas leguminosas. La curiosa y beneficiosa relación entre los hongos y las raíces de las plantas superiores resulta gravemente alterada."
Carson Tuvo el valor de desafiar conceptos como el de "progreso a toda costa" o el de "conquista de la naturaleza", tan equivocados como vigentes en la mentalidad norteamericana, enseñándonos que el verdadero problema no es dominar, sino armonizar. Puso de manifiesto que la aniquilación de especies bellas y útiles se añadía a la contaminación de la cadena trófica, agregándose a ella daños genéticos irreversibles y tumoraciones...: "el estéril y repugnante mundo que estamos permitiendo que nos fabriquen los técnicos".
La batalla que ayudó a emprender no se ha ganado todavía, pero aunque seguimos envenenando agua, tierra y bioesfera, y sin limitar los monocultivos, lo hacemos menos de lo que hubiéramos hecho si Rachel Carson no hubiera escrito y publicado su Primavera silenciosa, ya que cambió para siempre la manera como consideramos la naturaleza que somos y nos rodea por todas partes, pues la tecnología, si se aparta de la verdadera ciencia, usados los recursos técnicos sin conciencia y sin prever sus efectos, amenazan la vida, sobre todo porque estamos poco dispuestos a reconocer los daños que causamos con los inventos de venenos sintéticos que carecen de equivalentes en la naturaleza, insecticidas "sistémicos", o sea con capacidad para penetrar en todos los tejidos de una planta o de un animal y convertirlos en tóxicos. En California, ya en los años cincuenta del siglo pasado se usaban semillas de algodón revestidas con un "insecticida sistémico".
"El ingenio de los químicos a la hora de inventar insecticidas ya hace tiempo que ha pasado por delante del conocimiento biológico de la manera en que esos venenos afectan al ser vivo."
Carson cita el mito de Medea, hechicera que, encolerizada por los celos, obsequió a la novia de su esposo Jasón una túnica bellísima con propiedades mágicas terroríficas, quien la vistiera sufriría muerte violenta, esta muerte ha sido inventada en lo que se conoce como "insecticidas sistémicos". Los fosfatos alquílicos u orgánicos también usados como insecticidas figuran entre los venenos más potentes del mundo. Las toxinas pueden dormir largo tiempo en un cuerpo (animal o humano), para manifestarse meses y años después en un obscuro trastorno cuyos orígenes remotos desconocemos.
"Los herbicidas incluyen una larga variedad de sustancias químicas que actúan tanto en los tejidos animales como en la vegetación. Varían mucho en su acción sobre el organismo. Algunos son venenos generales, otros son poderosos estimulantes del metabolismo que causan una elevación fatal de la temperatura corporal, otros producen tumores malignos, bien solos, bien en compañía de otras sustancias químicas, otros atacan el material genético de la raza..."
En nuestro inútil esfuerzo por acabar con los insectos gracias a estos productos de laboratorio, lo que hemos conseguido, por evolución darwiniana, es crear superrazas de bichos, inmunes a un insecticida específico, por lo que hemos de usar otro cada vez más mortífero... Puede que muchas de las alergias que hoy padecen nuestros hijos, las enfermedades del sistema inmune o la esterilidad devenida, tengan que ver con este círculo vicioso y con la ingesta de estas sustancias que se han añadido a los alimentos durante varias generaciones. El aviso de Carson nos ha obligado a buscar métodos que salven las cosechas sin que causen enfermedades a los humanos.
"En el futuro puede resultar necesario analizar los suelos en busca de insecticidas antes de plantar determinados tipos de plantas de cultivo."
"Unos cuantos pasos en falso por parte del hombre pueden conducir a la destrucción de la productividad del suelo, y bien pudiera ser que los artrópodos se apoderen de él."
"El deseo de preservar la vegetación silvestre que bordea nuestros caminos encierra algo más que consideraciones estéticas. En la economía de la naturaleza, la vegetación natural tiene un lugar esencial. Los setos vivos a lo largo de los caminos rurales y que lindan los campos proporcionan alimentos, refugio y lugares para anidar a las aves y cobijo a muchos animalillos... Esa vegetación es también el hábitat de abejas silvestres y de otros insectos polinizadores. El hombre depende más de esos animales de lo que generalmente imagina."
Las palabras de Rachel Carson no han perdido actualidad; sus lúcidas advertencias, tampoco. Por desgracia, seguimos moviéndonos en la naturaleza como un elefante en una cacharrería. Puede que las consideradas "malas hierbas" dejen de ser tan "malas" si las estudiamos rigurosamente en su relación con el suelo y con las criaturas que viven con ellas. De hecho las necesitamos como hábitats silvestres en los que puedan mantenerse poblaciones originales de insectos y de otros organismos que nos son útiles o puedan serlo en un futuro. Hemos de aprender a gestionar la vegetación, la nuestra y la silvestre, como una comunidad viviente de la que formamos partes y a la que debemos nuestro sustento.
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