| Muestra de la femineidad y estética "flapper" que emergió en Europa en "los felices años veinte", primera subcultura juvenil femenina moderna |
En la biblioteca de EL MUNDO confluyeron, negro sobre blanco dos, "gayos" de postín: Christopher Isherwook y Jaime Gil de Biedma. El británico es autor de Adiós a Berlín (1939, 2002); y el poeta catalán, su traductor al español. A Christopher Isherwood (1904-1986) le habían nacido en Chesire, hijo legítimo de un oficial del ejército de su Majestad, muerto en la primera guerra mundial. Empezó a estudiar medicina y descubrió su vocación de escritor en el grupo radical de intelectuales izquierdistas de Oxford al principio de los años treinta. Amigo del poeta W. H. Auden (amistad que conservaría toda su vida), con este dramatizó, literariamente hablando, y convivió íntimamente con el violnista André Mangeot.
Isherwood tuvo, pues, una educación refinada, pero abandonó voluntariamente su contexto aristocrático y elitista ("se desclasó", decíase entonces) para vivir de dar clases particulares de inglés en la pintoresca y empobrecida república de Weimar. De sus experiencias en el Berlín de entreguerras nace esta novela episódica, Adiós a Berlín (1937-1939), un libro de memorias que incluye el icónico personaje de Sally Bowles, criatura de ficción que se hará famosa por su adaptación teatral, primero, y luego al cine, en la célebre película de bob Fosse Cabaret (1972), en la que el personaje de Sally Bowles fue vitalizado divinamente por una inolvidable LIza Minnelli.
Detrrás de la alegoría o el mito de esta joven fresca y despreocupada que sobrevivía cantando, bailando y zorreando por los clubes de segundo nivel de la capital alemana en los años treinta, existió una mujer de carne y hueso, Jean Ross, joven británica, eso también, cuya verdadera vida, agudeza intelectual y convicciones políticas poco tenían que ver con la frívola y locata contrafigura ideada y fantaseada por Isherwood.
Sally Bowles es una joven "flapper" de clase alta, tan excéntrica como ingenua. Se cree que la palabra "flapper" nació de una moda específica de los años 20: llevar chanclos de goma para la lluvia (galochas) desabrochados, de modo que "aletearan" (to flap) ruidosamente al caminar. Los etimólogos no se ponen de acuerdo y muchos afirman que el término ya existía para referir a la rebeldía de las jóvenes británicas de alta cuna contra las represiones y los corsés de la educación victoriana, y que fue al revés, fueron las chicas flappers las que pusieron de moda esas botas desabrochadas, dándoles tal nombre. Las flappers fumaban, bebían, llevaban el pelo a lo garçon, sombrero ajustado, salían con hombres, bailaban charleston y oían jazz.
El carácter de Sally Bowles se define por hedonismo absoluto, ceguera política (ajena por completo a la amenaza del nazismo y a sus camisas pardas violentando las calles) y una vulnerabilidad que a veces da lástima, como de gacela herida. Tiene una idea casi infantil del placer sexual que instrumentaliza conscientemente como meretriz, bulle como un torrente en la fiesta, mientras esta inexorablemente se acaba y el mundo va fatalmente y de cabeza al desastre, en medio, paradójicamente, de un ambiente que propicia creatividad, libertinaje y barbarie política. En cierto sentido, Sally vale como heroina trágica de una elegía musical.
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| Jean Ross, fotografía de los años treinta del siglo pasado |
Jean Ross compartió alojamiento con Isherwood en Berlin. Intentaba como Sally ser actriz y manifestaba una actitud bohemia, pero no era una cabaretera ignorante dispuesta a vivir del "pan de higo", sino una comunista convencida que acabó trabajando como corresponsal de guerra y propagandista antifascista durante la guerra incivil española. Tuvo que lamentar durante toda su vida el retrato que Isherwood había hecho de ella en la primera novela que le otorgó consideración internacional, pues la pintaba como joven superficial y apolítica que casi encajaba con el estereotipo misógino, el mismo que se da con frecuencia entre homosexuales.
Es cierto que, años más tarde, Critopher Isherwood entonaría el mea culpa y reconocería que la apatía política de Sally Bowles era más bien reflejo exacto de la suya propia y la de sus amigos varones de aquellos años.
A nosotros nos ha parecido muy interesante, digno de estudio, el flujo sentimental, ambiguo y ambivalente (en sentido freudiano) que corre de una parte a otra, entre el mismo autor que se autobiografía con nombre propio y Sally (Jean Ross), entre una chica que ama a los hombres y se entrega físicamente a ellos y un homosexual discreto, entre otros motivos porque contraviene el prejuicio del psicoanálisis ortodoxo según el cual toda relación afectiva, arbitrada entre adultos, tendría una base libidinosa o desiderativa.
Sally es maravillosa, despierta curiosidades en quienes la conocen, enamora con facilidad a uno de los mejores amigos de Christopher, pero, ¿en qué sentido conmueve a Isherwood, quien, evidentemente, no aspira a acostarse con ella? Ella lo acoje como camarada, pero también lo maltrata. Se pinta las uñas de verde esmeralda, cosa que desagrada a Isherwood:
"Un color muy mal escogido porque hacía fijarse en sus manos, que las tenía amarillentas de nicotina y tan sucias como las de una niña pequeña"
Tal vez Chris hubiese preferido --es nuestra conjetura-- que su compañera de pensión hubiese sido varón. El desparpajo para pormenorizar las relaciones sexuales que tiene con unos y otros, a los que considera --tal que nueva Circe-- unos cerdos, no sorprende a Isherwood, no le escandaliza, pero le deja pasmado. Tras verla actual en el sórdido y cargado ambiente del cabaret, describe su voz: "sorprendentemente baja y bronca"...,
"Cantaba mal, sin la menor expresión, con los brazos pegados al cuerpo, y sin embargo resultaba impresionante a su manera, debido a lo extraño de su aspecto y a su aire de no importarle un pito lo que el público opinase"...
Cabaret, teatro de Londres
Al final, ya en la barra del club, Sally parece conocer a todo el mundo, a todos tutea y llama guapos y cariño. Isherwood no actúa, él es mero, distante espectador:
"Para una demi-mondaine parecía tener escaso tacto y sentido del negocio: perdió un largo rato insinuándose a un señor de edad que claramente habría preferido charlar con el barman".
Isherwood es comentarista fino de situaciones, tanto percatándose de la orientación sexual de los sujetos, como aludiendo literariamente a ella. Comparte esta gracia con Proust. El aspecto de Sally le gusta por su comicidad, porque no se la toma en serio.
"Era realmente bonita, con su cabeza pequeña y morena, con sus ojos grandes, con la nariz finamente arqueada, y tan absurdamente consciente de su atractivo, reclinada allí, tan complacidamente femenina como una tórtola... -- Chris, cerdo, dime de qué te ríes. -- No tengo la memor idea."
Obviamente, la respuesta de Isherwood es evasiva, o incluso falsa. Las uñas verdes de Sally parecen concentrar y focalizar su inquina, el otro lado del afecto, la repulsión que siente ante semejante femineidad animal, elemental...
"Las uñas verdes parecía que no fuesen suyas, sino que estuvieran allí de casualidad, igual que un enjambre de escarabajos, feos, duros, brillantes."
Mujer de cabaret, cuadro de Olivia Caballero González
Sally ofende a Christopher cuando desprecia un artículo suyo que ella misma le había solicitado para una revista. No le gusta y decide pedírselo a otra persona. El autor narra su enfado: "Es una completa zorra, pensé", y reflexiona preguntándose si se habría equivocado pensando que ella le guardaba consideración y afecto.
"En aquel momento me habría gustado verla dar de latigazos. La verdad es que estaba tan trastornado que acabé por preguntarme si, a mi manera, no habría estado enamorado de Sally durante todo aquel tiempo."
Viene aquí a pelo una frase de Kierkegaard que recoge en un tuit Nicolás G. Valera: "El Odio es una forma de Amor fallido". Pero Isherwood reconoce que no era amor frustrado lo que motivaba en aquel momento su rabia, sino su vanidad herida al haber ella puesto en solfa su competencia y calidad literaria. No obstante,
"No es que me importase en absoluto su opinión sobre mi artículo [¡están verdes!] --un poco sí, pero muy poco--, mis pretensiones literarias estaban por encima de todo lo que ella pudiera decir... ¡Ese temible instinto de las mujeres para calar por bajo de la comedia masculina!"
Las mujeres, el enemigo simbólico. Sin embargo, acaba por reconocer que ella le había revelado su verdadero ser como un "boceras" (un "fantasma", decimos también) con su flamante "socialismo de salón"... Se había mostrado incompetente y celoso y ahora sentía, además de rabia, vergüenza.
Más adelante de este episodio, Christopher se vengó, un tanto involuntariamente (o "sin querer queriendo"), mandándole a un tipo sospechoso, que se reveló timador y se aprovechó y estafó a Sally, mancillando, por decirlo así, su doncellez anímica, su "buenismo". Sorprendentemente, ella no le guardó ningún rencor por ello, al menos en la novela.
***
En 1933, Christopher Isherwook abandonó Berlín huyendo del nazismo. En 1939 viajó a USA, se estableció en Hollywood, donde se asoció al misticismo hindú y devino editor y traductor del Bhagavad-gita. Por Huxley conoció a Stravinsky y por casualidad a Ray Bradbury, regalándole a este una excelente y elogiosa crítica de sus Crónicas marcianas. Tradujo también a Baudelaire y a los 48 se lió con un pintor de 18. Se dice que su mejor trabajo es A single Man (1964). Murió en Los Ángeles, ciudadano usamericano.


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