sábado, 6 de octubre de 2018

IMÁGENES DE LA MUJER, LA CIENCIA Y LA NATURALEZA EN LA LITERATURA. De la opresión a la subversión.


Esta entrada juega con tres formas literarias distintas, el teatro, la novela y el cuento, pertenecientes a autores tan conocidos como Shakespeare, Mary Shelley y Ursula K. Le Guin, y situados en el tiempo en tres épocas bien distintas. Ese amplio recorrido histórico nos va a permitir contemplar el avance en la defensa de la posición social de la mujer. El primer texto pertenece a la herencia patriarcal pero vamos a comprobar cómo pueden subvertirse sus tesis opresoras. Con el segundo ejemplo, Frankenstein, descubriremos un aspecto poco conocido de esta obra, su crítica a la ciencia masculinista. Y, con el relato final, nos meteremos de lleno en la reinvención feminista de un mito bíblico.


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Las obras literarias no pertenecen a una esfera cultural autónoma, la estética, sino que son un componente constitutivo y constituyente del magma ideológico en una sociedad dada. Los discursos sociales, políticos, religiosos o científicos vigentes en cada momento contribuyen a dar contenido a los textos literarios y estos, a su vez, los confirman o contestan. Por eso tiene tanto sentido el estudio de las obras literarias desde el punto de vista filosófico y antropológico y en el análisis de los estereotipos de género: para determinar la forma en que esos discursos se han plasmado, impugnado e incluso subvertido a lo largo de la historia y cómo proyectan un horizonte de posibilidades hacia el futuro. Como ya se ha indicado, este texto aborda una lectura del Hamlet de Shakespeare, de Frankenstein de Mary Shelley y de "She Unnames Them" de Ursula K. Le Guin para demostrar que el diálogo que entabla la literatura con la filosofía y la ciencia incluye los estereotipos de género vigentes en cada momento histórico. Pero también se muestra cómo esas mismas obras o sus relecturas posteriores impugnan tales prejuicios y abren sendas liberadoras.
I. Hamlet, el loco filosófico vs. Ofelia, una loca en la naturaleza.


Para comprobar cómo el discurso patriarcal inscribe a la mujer en el lado de la naturaleza, mientras que el hombre cae de lleno en el de la cultura, nada puede ser más elocuente que comparar la forma diametralmente opuesta con que Shakespeare presenta la locura filosófica del príncipe de Dinamarca frente a la demencia de Ofelia. La insania mental de Hamlet es de carácter intelectual. Se pierde en inacabables meditaciones acerca de la fiabilidad de los sentidos, sobre su obligación de vengar la muerte de su padre dando muerte al nuevo rey, sobre su desengaño respecto del género humano y, en particular, por la inconstancia femenina. Hamlet vive atrapado en la duda, que expresa en sus profundos soliloquios. Pero esas disquisiciones, lejos de proporcionar una solución a sus problemas, lo agitan y paralizan su capacidad de acción. Hamlet es un ejemplo de temperamento melancólico, que la medicina hipocrática asociaba a uno de los cuatro humores, la bilis negra. En torno a 1580 se puso de moda en Inglaterra una pose melancólica. Sus características, a veces rayanas en lo patológico, fueron descritas por Timothy Bright en Treatise on Melancholy, publicado en 1586 y que Shakespeare leyó. Los temas que llenan las rumiaciones de Hamlet van desde la optimista Oratio de hominis dignitate (1486), de Giovanni Pico della Mirandola, hasta la visión mucho más escéptica sobre la condición humana en Les Essais (1572), de Michel de Montaigne. Por otro lado, la locura de Hamlet, menos real que fingida con fines estratégicos, se despliega en un ámbito cortesano. Elegantemente vestido de negro, el color de la etiqueta palaciega, divaga recorriendo las diferentes estancias del castillo de Elsinor y sus aledaños. 



Por el contrario, la demencia de Ofelia, que es plenamente real, transporta a la joven a un mundo de lenguaje sin sentido donde consigue escapar del dolor por la muerte de su padre y por el cruel rechazo del príncipe. Lejos del decoro esperado en una joven bien educada, Ofelia entona canciones obscenas en las que da rienda suelta a los deseos sexuales cuya represión impone la sociedad a la mujer, y que ella expresa a través del simbolismo de las flores. En contraste con Hamlet, Ofelia viste de blanco, color de la pureza virginal, y trenza guirnaldas con flores silvestres del bosque para adornar su cabello suelto y desordenado, otra muestra más de transgresión contra el patrón de comportamiento femenino respetable impuesto por el control patriarcal. Rodeada de todos esos atributos, Ofelia se interna en la naturaleza para morir ahogada en el río. Como resalta Elaine Showalter (1985), Shakespeare presenta a Ofelia/ la Mujer como un ser de la naturaleza que, en el momento de su locura y muerte, retorna al elemento acuoso que se considera consustancial a la esencia femenina (las lágrimas, el líquido amniótico, la sangre menstrual, la leche materna). Quizá por ello la estampa de Ofelia que consideramos más genuina es la del prerrafaelita John Everett Millais, que la muestra plenamente fusionada con la naturaleza circundante, flotando, bella e insensible, sobre las aguas del río.


Showalter (ibíd.) señala que Ofelia es la heroína más visible de Shakespeare, ya que aparece insistentemente representada en todas las artes y, por ello, la imagen de su locura ha condicionado la visión social de la mujer, muy cambiante a lo largo del tiempo. En el siglo XVII se interpretaba su figura como un caso de erotomanía, de locura sexual por un amor despechado, mientras que durante la Ilustración su personaje fue parcialmente censurado por considerarlo poco acorde con la decencia femenina. Para los románticos, en cambio, Ofelia fue el emblema gótico por excelencia, cobrando por ello un fuerte protagonismo, mientras que los victorianos la vieron como un prototipo de histérica, la enfermedad femenina por antonomasia de acuerdo con Freud. Pero Ofelia, un personaje en sí mismo vacío, ya que en la obra sólo existe en función de Hamlet, es por ello capaz de llenarse de contenidos transgresores que subvierten su punto de partida. Así se explica que, en la década de 1970, el personaje acabó asimilando la fuerza rebelde de la tercera ola feminista. Su esquizofrenia se consideró la encarnación de la mujer escindida entre las obligaciones familiares y sus aspiraciones personales, dando lugar a originales reinterpretaciones, inclusive la apropiación del color negro de la vestimenta de Hamlet, que ya se había iniciado a finales de la era victoriana. Con ello se demuestra la posibilidad de una revuelta contra la heterodesignación patriarcal y el germen de emancipación que incluso esconden los discursos opresores.


II. Naturaleza violada. Buena y mala ciencia en Frankenstein; o el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley.
El bicentenario de la publicación de Frankenstein es una excelente ocasión para recuperar plenamente su sentido primigenio de fábula filosófica y moral sobre la educación y la ciencia en el Romanticismo. Más allá de su recepción popular como una historia de terror gótico y de ciencia ficción (por influjo, sobre todo, de la versión cinematográfica de James Whale, 1931), Frankenstein puede ser leído como un experimento mental en diálogo con textos filosóficos fundamentales en la tradición occidental, como son el Traité des sensations (1754) de Condillac, el Discours sur l´origine de l´inégalité parmi les hommes (1755) de Jean-Jacques Rousseau y, sobre todo, el Émile. Con ello continuó, en forma literaria, la polémica que suscitó Mary Wollstonecraft, madre de la autora, en 1792, al rebelarse contra los alienantes principios en materia de educación de las jóvenes que había propuesto el filósofo ginebrino. Esa obra crítica es un texto protofeminista fundamental, la Vindication of the Rights of Woman.


Mary Woolstonecraft
Pero lo que me interesa especialmente poner de relieve aquí es cómo Mary Shelley ejemplifica en Victor Frankenstein un estilo de ciencia agresiva, que utiliza metáforas de violencia y dominación sexual para explicar su guía de investigación. Y ese método de trabajo viciado contamina el resultado, convirtiendo a la Criatura, del ser más perfecto que era en su proyecto, en un monstruo. La autora plantea así que la ciencia no es una actividad ideológicamente neutra y que la manera de ponerla en práctica conlleva implicaciones morales directas, una intuición que la conecta con las preocupaciones tan actuales de la Bioética. Frankenstein es el primer gran ejemplo literario de científico loco que fuerza los sabios planes de la naturaleza, al que seguirían tantos otros como el Doctor Jekyll de R. L. Stevenson o el Dr. Moreau de H. G .Wells. Pero, en su afán de crear vida artificial, prescindiendo del poder generador de la mujer, Mary Shelley no lo presenta como una figura aislada históricamente sino como heredero de una larga tradición científica. En un movimiento de tesis, antítesis y síntesis, el protagonista recorre el camino seguido por los alquimistas medievales y del Renacimiento (Alberto Magno, Cornelius Agrippa y Paracelso), que pretendieron crear homúnculos, hasta llegar al racionalismo ilustrado que descartó esos intentos como meras supercherías, y después la ciencia moderna que, en los albores del siglo XIX, veía una senda abierta a infinitas posibilidades mediante los desarrollos de la electricidad, el magnetismo y, sobre todo, la biología y la química. Frankenstein estudió en la Universidad de Ingolstadt (Baviera), que acabó siendo trasladada en 1800 para impedir los trabajos de los miembros de la sociedad secreta de los Illuminati, considerada herética por las autoridades prusianas. Mary Shelley quiso que el profesor Waldman encarnase las figuras científicas tan innovadoras de Humphry Davy, William Lawrence, Luigi Galvani o Alessandro Volta. En la novela, Waldman se presenta como el portavoz de la postura materialista de William Lawrence en el apasionado debate sobre el vitalismo que mantuvo con su maestro, John Abernethy. La siguiente cita es muy ilustrativa del ambiente científico entusiasta de la época, que Mary Shelley conocía de primera mano, como gran lectora y regular asistente a conferencias:
Al terminar hizo el panegírico de la química moderna en unos términos que jamás podré olvidar. « Los antiguos maestros de esta ciencia, dijo, prometían lo imposible sin conseguir nada. Los científicos modernos prometen poco; saben que los metales no pueden ser transmutados y que el elixir de la vida es una quimera. Sin embargo, estos filósofos cuyas manos parecen servir tan solo para hurgar en la suciedad y manejar el microscopio o el crisol, han conseguido auténticos prodigios. Se introducen en las profundidades de la naturaleza y averiguan sus secretos motores. Han descubierto el firmamento, el principio de la circulación sanguínea y la composición del aire que respiramos. Han logrado poderes nuevos y casi ilimitados, dominan el rayo, determinan los terremotos y descubren, algunas veces, aspectos del mundo invisible».
Estas fueron las palabras del profesor o, mejor dicho, éste fue el mensaje que el Destino enviaba para mi destrucción.
                                                            Frankenstein, cap.III.
El pudoroso traductor al castellano de 1981 censura la verdadera expresión en la frase subrayada:"They penetrate into the recesses of nature, and show how she works in her hiding places". Y no es solo en este fragmento, sino también en el capítulo anterior y en los siguientes, donde resuena la palabra “penetrar” que, puesta en conexión con el género femenino, tiene unas inequívocas connotaciones sexuales. En castellano, al expresarse a través de pronombres ambiguos, se suaviza esa terminología sexista, que presenta a la naturaleza como un ente fértil y pasivo, esperando a ser seducida, controlada y modificada por el hombre provisto de todo su armamento tecnológico. También Humphry Davy, en su Discourse de 1802, había propuesto modificar la naturaleza, interrogarla con sus experimentos desde una posición de poder, más bien como master que como estudioso, con una terminología que recalca la jerarquización entre el amo y el esclavo. Pero este modelo de ciencia patriarcal no era nvención de William Lawrence o Humphry Davy sino que tenía su punto de partida en el Prefacio a la Gran restauración (1620), de Francis Bacon, quien también lo desarrolló en la New Atlantis (1627): poner la naturaleza al servicio del filósofo natural y hacerla su esclava. Bacon expresaba, con esa imaginería genderizada de penetración y esclavitud, la misma matriz ideológica con la que se justificó la conquista del Nuevo Mundo: una tierra fértil y desaprovechada por los nativos que los occidentales estaban legitimados, por ello, a apropiarse y explotar.


Como resalta Anne K. Mellor, Frankenstein nos muestra que los modelos explicativos de la ciencia dependen, en buena medida, de las estructuras lingüísticas en que descansan y, en particular, en la metáfora y la metonimia. A través de ellas codifican la experiencia y acaban proyectando criterios de conducta rechazables. En la novela, Mary Shelley igualmente denuncia la acción de una ciencia manipuladora de la naturaleza desde una visión unitiva del ser humano con su entorno, que tomó de los poetas Wordsworth y Coleridge. La supuesta energía viril creadora del científico soberbio era, en realidad, una usurpación de los poderes generadores femeninos y de la naturaleza. Esa hybris acarrea como castigo el fracaso del irresponsable experimento, la soledad y la muerte. Los malos modelos de investigación, basados en una tecnología agresiva, que rompen los lazos humanos y se ponen en práctica a espaldas de la comunidad científica, producen necesariamente consecuencias catastróficas. Los sueños de la Razón contra Natura producen monstruos.
El poder de (des)nombrar: "She Unnames Them" (1985), de Ursula K. Le Guin.


Ursula K. Le Guin (1929-2018) es bien conocida por sus historias de ciencia ficción en las que especula sobre posibilidades alternativas de estar en el mundo, muchas veces con la intención de denunciar los roles opresores asociados a los estereotipos de género. En ello se entrecruzan preocupaciones y modos de trabajo que pertenecen no solo al ámbito de lo literario sino a la filosofía, a la crítica feminista y a la antropología. Así sucede particularmente con el extrañamiento, un método muy característico de la investigación antropológica. No en balde, el padre de Ursula K. Le Guin fue Alfred Kroeber, uno de los más eminentes antropólogos de la historia. Ese extrañamiento consiste en alejarse hasta una imaginaria atalaya desde la cual el cambio de perspectiva permite ver, con otra mirada, lo cotidiano, lo que damos habitualmente por supuesto. Sucede así porque otorgamos carta de naturaleza a lo que nos es más familiar, transformando su ser meramente contingente en un deber ser normativo, y eso es lo que impide advertir sus defectos mientras que, por el contrario, somos capaces de percibirlos sin dificultad cuando examinamos los rasgos de otras culturas. Con el extrañamiento se hace posible abordar la crítica de los cimientos ideológicos de la realidad de una forma muy parecida al filósofo de Platón que escapa de la caverna. Y eso es, precisamente, lo que hace la autora de este breve pero intenso relato, "She Unnames Them", derribar las barreras que establecen los nombres, las categorías y los conceptos, y explorar las posibilidades resultantes. Como quiera que se trata de un texto mucho menos conocido que los dos anteriores, es preciso descender al detalle de la narración para aclarar el análisis que pretende llevar a cabo Le Guin. Se trata de un relato confesional que realiza una narradora en primera persona, la "She" del título, un pronombre genérico al que no acompaña ningún nombre propio pero que los lectores acabamos atribuyéndole. La protagonista cuenta cómo ha conseguido convencer a todos los animales para que abandonen sus nombres y así poder escogerlos a voluntad, liberados ya de "los cualificadores linneanos que habían arrastrado durante doscientos años como latas atadas a una cola"(la traducción es mía). Tras ello, se dirige a devolver su propio nombre a un tal Adam, su compañero: "Tú y tu padre me prestasteis esto, me lo disteis, más bien. Ha sido realmente muy útil pero últimamente no parece encajar muy bien. Pero, ¡muchas gracias!". Adam, sin prestar ninguna atención, le indica que lo deje por ahí y aprovecha para preguntarle a qué hora es la cena. Ella se marcha, no sin antes desearle que aparezca pronto la llave del jardín y expresa su emoción por el nuevo mundo que se abre ante ella, libre de las ataduras nominalistas.


Pese a que el cuento no proporciona ningún referente espacio-temporal inequívoco, sí contiene una serie de pistas que nos guían en el juego intertextual que la autora propone: un jardín al que ya no se puede acceder y un hombre llamado Adán que, con la autoridad de su padre, dio nombre a todos los animales y a la propia mujer que es su pareja. Con ello deducimos fácilmente que "She" es la Eva bíblica, a la que contemplamos protagonizando un nuevo y definitivo acto de rebeldía contra la autoridad patriarcal: desnombrar a todos los seres creados, esto es, deshacer el trabajo sagrado que Dios encomendó a Adán tras la Creación. Aunque las diferentes lecturas del Génesis se centran más en la creación de Eva y, sobre todo, en la tentación, caída y la expulsión del Edén, Le Guin presta más atención a ese episodio prelapsario, a la potestad que el Dios judeocristiano confirió a Adán en el Paraíso para designar a cada uno de los seres vivientes (Gn. 2:19-20). La mujer es nombrada dos veces: la primera, "varona" (ishshah), en cuanto sacada de la costilla del ish o varón (Gn. 2:23); y, tras la caída, recibe el nombre de Hawa (Eva en hebreo), que significa "madre de todos los vivientes" (Gn. 3:20). En cambio, a Ha´adam (Adán, "hombre" en hebreo) le otorga el nombre directamente Dios. Aunque en principio esta palabra significaba "humanidad", acaba representando solo al género masculino, con la habitual trampa androcéntrica del lenguaje. Como señalábamos al hablar de Hamlet, Le Guin también revela que este mito fundacional en la civilización occidental separa al hombre y a la mujer, adscribiendo al primero al campo de la cultura y, a la segunda, al de la naturaleza. El verdadero problema es que los estereotipos asociados a esa división binaria arrastran valores morales contrapuestos. El hombre es racional, activo, productor, fuerte y moralmente bueno, mientras que la mujer es irracional, pasiva, reproductora, débil y malvada, todo lo cual justifica su posición subordinada al hombre. Para desvelar la falacia de esos prejuicios tan arraigados, Ursula K. Le Guin se atreve a reinventar paródicamente el Génesis. Esa reescritura, una modalidad muy característica de la crítica posmoderna, se ha convertido también en signo de identidad de la revisión feminista de los mitos heredados, desde “Snapshots of a Daughter-in-law” (1963), de Adrienne Rich a Le Rire de la Méduse (1975), de Hélène Cixous. En la visión de Le Guin, la Eva sin nombre, -lo que la asimila a cualquier otra mujer-, se muestra activa, performativa, al desafiar a la tradición sagrada con su desnombramiento. Pero, al mismo tiempo, apunta a un nuevo modelo de comunicación. A diferencia del ejercicio unilateral del poder de designar, promueve el consenso entre los animales mediante el diálogo frente a la dominación por la fuerza, y busca la vuelta a un utópico estado de comunión con la naturaleza previo a la caída, el cual se habría perdido menos por la desobediencia de Eva que por los excesos del logocentrismo y, entre ellos, la presunción de superioridad del ser humano sobre los animales.


El Adán nominador  visto por el visionario William Blake
El relato, en tanto experimento mental, demuestra que la sola mención de un elemento de nuestra tradición cultural (Adán expulsado del jardín, por ejemplo), remite de manera automática a una red de estereotipos que nos atrapan con sus simplificaciones sesgadas. La autora, al desplazar deliberadamente el escenario de la acción a un territorio neutral, desprovisto de las connotaciones sacras del texto bíblico, facilita una mirada limpia de prejuicios a las relaciones de poder subyacentes en el mito y que pasan desapercibidas. En ese sentido, constituye una eficaz denuncia de cómo la historia, lastrada por el mito creacional, ha excluido a la mujer del poder lingüístico y creativo. Igualmente obliga a reflexionar sobre las trampas del lenguaje y contribuye a liberar los discursos silenciados, el femenino y el de la naturaleza, en una visión que, sin duda, pertenece al ámbito del Ecofeminismo.


Pero aún es necesario analizar el valor de las alusiones científicas en el relato y, en concreto, la mención al sistema taxonómico de doble nomenclatura que estableció el naturalista sueco Carl Linneo (1707-1778). En 1735 este replicó la tarea adánica de nombrar a todos los seres vivientes al clasificar 4.400 especies de plantas y animales en su Sistema naturae. Dentro del reino animal, estableció cinco clases de vertebrados jerarquizadas por sus características en progresiva evolución, colocando en el pináculo a los mamíferos. Pero Londa Schiebinger, historiadora de la ciencia, pone de relieve la inconsistencia de utilizar una característica morfológica típicamente femenina para identificar a esa clase de animales, pese a que solo tiene relevancia funcional en algunas especies y, en estas, no de manera permanente. Por ello Schiebinger afirma que la clasificación linneana, como ocurre con la ciencia en general, arrastra un sesgo de género que pasa fácilmente desapercibido. Desde esa óptica debe entenderse lo sucedido con la edición de 1758, en la cual Linneo introdujo la clasificación de los seres humanos del siguiente modo: reino Animalia, phylum Cordados, clase Mammalia, orden Primates, familia Hominidae, género Homo y especie Homo sapiens. Aunque homo, como antes hemos visto que sucedía con el nombre de Adán en el Génesis, se refería indistintamente a ambos sexos, en la práctica vino a designar solo al masculino, al que se asocia la sabiduría, excluyendo por ello a la mujer. Por ese motivo se ha dicho que Linneo ejemplifica el empeño de la Ilustración por adaptar la naturaleza al orden social y moral imperante en la época. En palabras de Donna Haraway, el lenguaje científico masculinista simultáneamente produce y localiza al Otro,-en este caso a la Mujer-, fuera de su ámbito de acción, lo que refuerza la conclusión arriba apuntada de que la ciencia es una actividad tan política como intelectual.
Un apunte más al hilo de este sugerente relato: la autora cita a una serie de autores, Platón, Jonathan Swift, Linneo o T. S. Eliot. Con ello nos traslada del escenario mítico al desarrollo de la historia occidental, a lo largo de la cual la mujer ha recibido la herencia del conocimiento- el mito, la ciencia, el arte- por vía patrilineal. La autora nos invita a reescribir esa herencia pero, al menos, deberíamos tomar como patrón de conducta una lectura crítica capaz de desvelar las trampas ocultas en elementos aparentemente neutros como es la taxonomía linneana: la mujer y la naturaleza heterodesignados en un bloque común y puestos al servicio del poder patriarcal. La protagonista, abandonando el nombre que le había sido impuesto y todas sus connotaciones culturales asociadas, se siente más cercana a la naturaleza porque destruye unas jerarquías que no son reales sino ideológicamente sustentadas. Esta fábula también rememora el proceso de maduración del propio feminismo hasta llegar a la plena realización en paz y libertad, un programa aún en desarrolloAl tiempo de poner fin a su vida anterior, la Eva desnombrada, simbólicamente renacida, se marca una difícil meta: “Mis palabras deben ser tan pausadas, tan nuevas, tan simples, tan experimentales como las que pronuncié mientras abandonaba la casa, entre los altos, inmóviles bailarines de ramas oscuras contra el resplandor invernal”.


Como hemos visto, la literatura tiene un extraño y fascinante poder. Como en el caso de Hamlet, puede reflejar y transmitir esquemas mentales opresores vigentes en una sociedad dada pero igualmente puede ser reinterpretada de una manera subversiva, ya sea desde el horizonte hermenéutico en el sentido de Hans Georg Gadamer o de la teoría de la recepción en Roland Barthes. También puede denunciar actitudes masculinistas a través del uso irónico del lenguaje y del ejemplo de sus consecuencias indeseadas, como en Frankenstein. Del mismo modo, mediante la parodia puede desmontar preconcepciones asociadas a mitos primordiales que vertebran nuestra cosmovisión y demostrar la posibilidad de su reinvención en términos liberadores, denunciando la manipulación que se lleva a cabo a través del lenguaje natural y científico, como hace Ursula K. Le Guin en “She Unnames Them”.

Referencias bibliográficas:
-Cerezo Moreno, M. (2010). Critical Approaches to Shakespeare: Shakespeare for All Time. Madrid: UNED.
-García Lorenzo, M., y Zamorano Rueda, I. (2011). Modern and Contemporary American Literature. Madrid: UNED.
-García Lorenzo, M. (2014). “Releyendo a Eva: La revisión taxonómica como subversión en « She Unnames Them», de Ursula K. Le Guin”. En Almela Boix, M., García Lorenzo, M., y Guzmán, H. (Coord.), Malas (pags. 247-264). Madrid: UNED.
-Mellor, A.K. (1988). “Possessing Nature: The Female in Frankenstein”. En Shelley, M. (2012), Frankenstein (pags. 355-368). Nueva York: Norton.
-Mellor, A.K. (1987). “Frankenstein: A Feminist Critique of Science”. Recuperado el 14-7-2018, de https://www.researchgate.net
-Schiebinger, L. (1993). “The Private Life of Plants: Sexual Politics in Carl Linnaeus and Erasmus Darwin”. En Benjamin, M. (ed.), Science & Sensibility. Gender and Scientific Enquiry 1780-1945 (pags.121-143). Oxford: Blackwell.
-Shelley, M. (1981). Frankenstein. Barcelona: Editorial Bruguera.
-Showalter, E. (1985). “Representing Ophelia: Women, Madness, and Responsibilities of Feminist Criticism”. En Shakespeare, W. (2011), Hamlet (pags.281-298). Nueva York: Norton.
-VV. AA. (2016). The Norton Anthology of American Literature. Nueva York: Norton.

Comunicación presentada por Encarnación Lorenzo Hernández al Congreso sobre Filosofía y Género, celebrado por la Asociación Andaluza de Filosofía en sevilla los días 7 a 9 de septiembre de 2018.

viernes, 14 de septiembre de 2018

MARY SHELLEY: ANTROPOLOGÍA EN "FRANKENSTEIN"


En esta entrada vamos a explorar las sorprendentes conexiones que presenta la novela Frankenstein, o el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley, con la Antropología. Aunque quizá no es un vínculo que resalte a primera vista, hay aspectos muy interesantes en la obra que la conectan con temas propios de la reflexión antropológica, como las teorías racialistas, el colonialismo y los viajes de exploración y conquista, las comunidades utópicas en el Nuevo Mundo, el hombre salvaje o la observación participante como método de trabajo etnográfico.. Si nos paramos un momento a reflexionar, no debería extrañarnos esa riqueza de temas ocultos en las entretelas de una novela que se escribió en el gozne entre el mundo antiguo, que había desaparecido para siempre tras la Revolución Francesa, y el prometedor pero también peligroso horizonte sociopolítico y científico que se abría ante el "recién nacido"siglo XIX.

1. El racialismo entra en escena.
Una siniestra noche del mes de noviembre, pude por fin contemplar el resultado de mis fatigosas tareas. Con una ansiedad casi agónica, coloqué al alcance de mi mano el instrumental que iba a permitirme encender el brillo de la vida en la forma inerte que yacía a mis plantas. Era la una de la madrugada, la lluvia repiqueteaba lúgubremente en las calles y la vela que iluminaba la estancia se había consumido casi por completo. De pronto, al tenebroso fulgor de la llama mortecina, observé cómo la criatura entreabría sus ojos ambarinos y desvaídos. Respiró profundamente y sus miembros se movieron convulsos.
¿Cómo podría transmitirle la emoción que sentí ante aquella catástrofe o hallar frases que describan el repugnante engendro que, al precio de tantos esfuerzos y trabajos, había creado? Sus miembros estaban, es cierto, bien proporcionados y había intentado que sus rasgos no carecieran de cierta belleza. ¡Belleza! ¡Dios del cielo! Su piel amarillenta apenas cubría la red de músculos y vasos sanguíneos. Su cabello era largo y sedoso, sus dientes muy blancos, pero todo ello no lograba más que realzar el horror de los ojos vidriosos, cuyo color podía confundirse con el de las pálidas órbitas en las que estaban profundamente hundidos, lo que contrastaba con la arrugada piel del rostro y la rectilínea boca de negruzcos labios.
                                                                                       Frankenstein, cap.V.
Anne K. Mellor, en su artículo "Frankenstein, Racial Science, and the Yellow Peril" (2001) realiza un incisivo análisis de la novela, poniendo de relieve cómo esa descripción física del monstruo se enmarca en el debate racialista que estaba emergiendo en aquella época. El dato, que no parece en absoluto casual, de la piel amarilla de la Criatura, apunta a que no pertenece a la raza blanca. Es algo que ya se pone de relieve ante el lector mucho antes de que el Dr. Frankenstein abandone horrorizado su laboratorio, tras contemplar el desazonador resultado de su experimento científico. Nuestra primera visión de la Criatura tiene lugar en las páginas iniciales de la novela (cuarta carta), cuando el capitán Walton y sus hombres, atrapados por los hielos árticos, logran ver en la distancia un trineo conducido por un ser de forma humana aunque de estatura gigantesca. 


A la mañana siguiente rescatan al Dr. Frankenstein y las reveladoras reflexiones de Walton al respecto son: "Al contrario que el viajero divisado la noche anterior, no era un ser salvaje, habitante de alguna isla inexplorada todavía, sino un europeo". La necesaria conclusión es que la Criatura no es de raza caucásica sino de otra diferente. La referencia parece hecha a los isleños que recientemente había encontrado el capitán Cook en el Pacífico, o a las inquietantes figuras que atisbaban los gestores de la Compañía de Indias Orientales en su busca de las especias del Índico. Como apunta Anne Mellor, los lectores de aquel tiempo habrían identificado inequívocamente a ese hombre de piel amarilla y pelo negro largo y lacio, que cruza las estepas de Rusia y Tartaria, con un miembro de la raza mongoloide. Esta es una de las cinco categorías que definió por primera vez, en 1795, Johann Friedrich Blumenbach. Este estudioso, más que ningún otro, sentó los fundamentos de la moderna ciencia de la Antropología Física, y la novela se hace eco de ella, al igual que de otros fascinantes desarrollos científicos del siglo XIX: la teoría de la electricidad animal de Luigi Galvani, los descubrimientos químicos de Humphrey Davy, o la teoría evolucionista de Erasmus Darwin. De esa manera, ciencia y antropología quedan englobados, dentro de la novela, en la nueva cosmovisión del mundo contemporáneo.
Poligenismo y monogenismo.
Hacia 1800 dos teorías contrapuestas pugnaban por explicar las grandes diferencias observables entre las tribus y naciones humanas, y que eran bien conocidas en los ámbitos intelectuales europeos. La primera, la poligenista, sostenida por Emmanuel Kant, Lord Monboddo o Charles White, mantenía que las tribus humanas se habían originado por separado unas de otras, y que podían situarse como grados distintos a lo largo de la Gran Cadena del Ser, que se extendía jerárquicamente desde Dios y las criaturas angélicas hasta los seres inferiores, sin vacíos intermedios. De aquí nace el engañoso concepto del eslabón perdido. Para completar esa imaginaria cadena, dicha teoría situaba a los negros africanos, como una especie distinta, entre los seres humanos y los primates. En contra de ese determinismo biológico, muchos estudiosos invocaban la doctrina cristiana y los escritos de Aristóteles y Estrabón para argumentar que todas las tribus humanas eran parte de la misma especie y se habían formado, a lo largo del tiempo, desde una sola pareja originaria, Adán y Eva. Las diferencias en el color de la piel, el cabello, la forma craneal y la anatomía se atribuían a la adaptación a condiciones medioambientales tales como el clima, el agua o la alimentación. El más reconocido defensor de esta visión monogenista fue el conde de Buffon, que tanto en su obra de 1749, Variaciones en la especie humana, como en su monumental Historia natural (1749-1804), sostuvo que los animales que pueden procrear y cuya progenie, a su vez, es fértil, deben encuadrarse en la misma especie. Por tanto, como esa condición se cumple, todos los seres humanos pertenecen a una sola especie, no obstando a tal conclusión las diferencias morfológicas y de carácter producidas por el clima y las costumbres.
El racialismo pseudocientífico de Blumenbach.
Como un peculiar desarrollo de la teoría monogenista, Johann Friedrich Blumenbach, en su disertación doctoral de 1775, De generis humani nativa varietatis, elaboró el concepto analítico de raza con el fin de clasificar los distintos subgrupos dentro de la especie humana. Merece la pena recalcar que la categoría biológica de raza como algo estable y transnacional no era reconocida antes de finales del siglo XVIII. Blumenbach, siguiendo las teorías renacentistas y del naturalista sueco Linneo acerca de los cuatro humores, identificó cuatro razas: la blanca o caucásica ( un término que acuñó a partir de los incipientes estudios sobre el indoeuropeo, cuyo origen se situaba en el Caúcaso); la raza mongoloide; la americana; y la etíope. En 1781, sin embargo, adicionó una quinta raza, la malaya. Y en 1795 no sólo desarrolló ampliamente su descripción de esas cinco razas sino que, y esto es lo más importante, las situó en un orden histórico evolutivo. La caucásica sería la más antigua o más primitiva y, a partir de ella, se habrían desarrollado/de-generado, por un lado, la mongoloide y, por otro, la etíope. A medio camino entre el punto de partida y cada uno de esos dos extremos (siempre recalcando la recurrente idea de la Gran Cadena del Ser), Blumenbach situaba la raza americana, paso intermedio hacia la mongoloide, y la malaya, hacia la etíope.
La "Shelley Connection".
La parte más interesante, para mí, de estos análisis sobre Frankenstein, es el momento en que los estudiosos trazan las conexiones directas entre las innovaciones teóricas de la época y cómo llegaron a conocerlas y a aplicarlas tanto Mary como Percy Shelley. Anne Mellor recuerda que los dos discípulos más importantes de Blumenbach fueron James Cowles Prichard, un destacado médico galés, y William Lawrence, profesor de Anatomía y Cirugía en el Hospital de San Bartolomé en Londres. Y fue William Lawrence, médico y amigo de los Shelley, quien con mayor energía defendió el pensamiento materialista de Blumenbach acerca de las cinco razas humanas. Primero, en sus lecciones anuales sobre anatomía desde 1812, que se basaron en la Anatomía comparativa de Blumenbach, un tratado que Lawrence tradujo y desarrolló en 1807 durante sus primeros años profesionales junto al Dr. James Abernethy. En 1819 Lawrence recogió aquel material docente en un libro que dedicó a Blumenbach. En sus conversaciones sin duda Lawrence debió de comunicar a Mary y a Percy su concepto mecanicista del organismo humano como compuesto enteramente de una sustancia corporal, en oposición al principio vitalista que defendía su maestro Abernethy (dedicaremos atención al tema en posteriores entradas). Para Abernethy, el alma escapaba del cuerpo en el momento de la muerte. En cambio, Lawrence -que sirvió de modelo para el profesor Waldman en la novela-, creía que la Química es la ciencia más importante, la que enseña la composición de los cuerpos, rechazando con ello la existencia de ninguna sustancia espiritual. 
Percy B. Shelley
Percy Shelley, cuando empezó a estudiar Medicina, probablemente tuvo su primer contacto con William Lawrence en 1811 mientras asistía a las lecciones sobre Anatomía de Abernethy. Además, Lawrence se convirtió en el médico de los Shelley desde esa fecha, y Mary continuó consultándole materias médicas y otras hasta la muerte del doctor en 1830. Como pone de relieve Mellor, hay otro motivo por el cual el revolucionario Percy pudo haber estado particularmente interesado en las ideas del inteligente, bien educado y políticamente radical Lawrence, pues este atacaba continuamente las desigualdades sociales y la pequeñez intelectual de su época. Por otra parte, es claro que Percy Shelley también leyó al propio Blumenbach o tuvo conocimiento de su clasificación racial a través de Lawrence u otros historiadores naturales, como se deduce de la alusión al color de las cuatro razas en su "Oda al Viento del Oeste": "Yellow, and black, and pale and hectic red".

Orientalismo en Frankenstein.
También Mary estaba familiarizada con la categorización racial de Blumenbach: la Criatura aprende historia escuchando a hurtadillas las lecciones de Felix De Lacey, que lee a su amada Safie Las ruinas de Palmira ( 1791 ) del vizconde de Volney. En ese texto los mahometanos acusan a los cristianos de intentar destruir todas las naciones y razas. La ilustrada Criatura resume así la enseñanza aprendida del célebre texto de Volney:
Conocí la innata negligencia de los asiáticos, el genio y las actividades intelectuales de los antiguos griegos, las virtudes y hazañas bélicas de la Roma clásica, la decadencia de aquel poderosísimo imperio y el nacimiento de las órdenes de caballería, la cristiandad y la monarquía. Supe cómo fue descubierta América y lamenté, junto a Safie, la desdichada suerte de los indígenas habitantes de tan remotos lugares.
                                                                                        Frankensteincap.XIII.
Hacia 1815 la imagen estereotipada de los orientales como seres de piel amarilla, pelo negro e imberbes ( mientras que antes se consideraron de piel blanca), se hallaba consolidada no sólo en los escritos científicos de Blumenbach, Richard o Lawrence sino también en la cultura europea en su conjunto. Desde 1780 esas descripciones se vieron corroboradas por el creciente comercio desarrollado por la Compañía de las Indias Orientales en Asia, y aparecen igualmente en los informes diplomáticos y de los misioneros en India y China, al igual que en los populares libros de viajes, como el de John Barrow de 1804. De acuerdo con Mellor, Frankenstein (1818) inició una nueva versión de este "Hombre Amarillo", el oriental como gigante. La única representación gráfica de la Criatura que Mary Shelley pudo haber visto, en el frontispicio de la edición revisada de 1831, diseñada por T. Holst y grabada por W. Chevalier, tenía la piel amarilla.

En sus lecciones sobre anatomía, Lawrence siguió a Blumenbach al insistir en que las especies humanas eran intrínsecamente distintas de todas las especies animales, inclusive los primates; que la raza africana no era un eslabón perdido entre éstos y los humanos sino una simple variedad y que había cinco razas humanas basadas en el color de la piel y los ojos, el tipo de pelo, la formación craneal y la anatómica. Pero Lawrence añadió un importante elemento a la teoría racialista de Blumenbach. Siguiendo a pensadores de la Ilustración alemana como Kant y Herder, Lawrence atribuyó una característica moral distintiva a cada tipo racial. Para él, la raza blanca es preeminente por sus superiores sentimientos morales y capacidades mentales, aunque las razas inferiores también cuentan con otros atributos positivos y negativos. En particular, por lo que se refiere a la raza mongoloide, argumentaba que, aun contando con una antiquísima historia y una sofisticada civilización, el secular estancamiento de los imperios de China y Japón era prueba irrefutable de su naturaleza inferior y de su limitada capacidad en comparación con las razas blancas, citando como ejemplos de destrucción sin progreso a Atila, Tamerlán o Gengis Khan. Lawrence intentó proveer de base científica a lo que Edward Said denominó "orientalismo", la producción cultural de un estereotipo de la raza asiática como, por una parte, un pueblo estancado, perezoso y decadente y, por otro lado, violento, bárbaro y destructivo. Ese planteamiento ideológico legitimaría a los occidentales para ejercer su "benéfica tutela" en pro de la humanidad, visión que se halla en la base de la expansión colonial.
Frankenstein y la momia

Lawrence proporcionó dos puntos más que posible relevancia, de acuerdo con el análisis de Anne Mellor, para la representación de la Criatura del Dr. Frankenstein. Dada su creencia en que la raza caucásica era superior y en la inferioridad intrínseca de la raza negra, cuando Lawrence examinó los incuestionables logros de los antiguos egipcios, se vio forzado a aseverar que no fueron negros sino una población euroasiática con una mínima proporción de raza africana. Mellor apunta a que en la novela se identifica a la Criatura dos veces con una momia por su piel arrugada. Las únicas momias que Mary pudo haber visto, bien en el Museo Británico, donde fueron exhibidas en la década de 1790, bien en el Louvre, que visitó en 1814,-estas traídas por la expedición napoleónica-, tenían las caras pintadas en los sarcófagos con una paleta cromática que iba del amarillo pálido al amarillo rojizo o incluso el marrón oscuro. Una vez destapadas, también presentaban una piel amarillenta y arrugada. Además, Lawrence insistió en que los mongoloides eran una raza sin barba, que en 1815 era un distintivo de virilidad y, por tanto, de superioridad racial y sexual ampliamente asignado a la raza caucásica.
2. Frankenstein como el Buen Salvaje. Las comunidades utópicas en el Nuevo Mundo.
En la riqueza de temas que se entrecruzan en la novela, el terror gótico, que parece el más evidente para nosotros, es de hecho subalterno frente al problema de la educación en toda su pluralidad de aspectos, inclusive la discriminación de género. Pero el referente más claro es el del "bon sauvage" de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778): "el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe", proclamó en El discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755). En la novela, la Criatura nace bondadosa e inocente, dotada de una aguda inteligencia y sensibilidad, pero el rechazo social y de su propio creador la convierten en un monstruo asesino que, no obstante, concita más simpatía que la soberbia y frialdad emocional de Victor Frankenstein: "Yo era bueno y cariñoso. Los sufrimientos me han convertido en un malvado. Concededme la felicidad y seré virtuoso". El elocuente monstruo continúa con su conmovedor discurso: "¡Creedme, Frankenstein, soy bueno; mi espíritu está lleno de humanidad y amor, pero estoy solo, horriblemente solo! ¡Incluso vos, que me creasteis, me odiáis!" (cap. X).
Los vínculos de la novela con el mito del noble salvaje, que no arranca de Rousseau sino de autores patrios como Bartolomé de las Casas, o de los Essais de Michel de Montaigne (1533-1592), han sido ampliamente estudiados y no resulta necesario repetirlos aquí. Sí, en cambio, merece la pena destacar una de las múltiples alusiones de la novela al contexto cultural de la época, la comunidad utópica que pretendieron crear en el Nuevo Mundo un grupo de bien conocidos poetas románticos ingleses.
La pantisocracia.
Robert Southey ( 1774-1843) pertenece a la primera generación de poetas románticos británicos junto a William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge. Los tres son conocidos como los poetas del Lake District, por el lugar donde residieron. Percy Shelley, Lord Byron y John Keats, por su parte, integran la segunda generación, y fueron denominados "poetas satánicos" por su descreimiento religioso. El canon formado por los seis grandes poetas (incluyendo a William Blake) hace tiempo ya que se amplió para acoger, más que merecidamente, a Mary Shelley. Esta no ignoraba los planes radicales de sus predecesores literarios. Y es que el joven Southey, junto con Coleridge y otros aventureros más, concibieron escapar de los males sociales para recuperar, en el Nuevo Mundo, el estado de naturaleza perdido por Adán y Eva. Inspirados por la República de Platón, por las utopías renacentistas (de Tomás Moro, Francis Bacon y Campanella) y por los relatos de viajeros y exploradores, pretendieron crear la pantisocracia, una comunidad igualitaria donde vivir de forma sencilla y natural, liberados de la esclavitud del lujo, compartiendo sus posesiones, trabajando para todos y dedicándose a la ciencia y la literatura. De acuerdo con sus planes de acción, tomarían como esposa a una dulce y adorable mujer, que sería la encargada de prepararles una comida sencilla y de mantener bella y fuerte una nueva raza, que nacería ya alejada de la influencia corruptora del Viejo Mundo.


Río Susquehanna en la actualidad
Un auténtico quebradero de cabeza fue, para aquellos poetas revolucionarios, elegir el lugar perfecto donde iniciar su nueva andadura. A través de la información proporcionada por un contacto de Coleridge en Pennsylvania, decidieron comprar terreno suficiente para doce familias en las orillas del río Susquehanna. Esa elección vino dada por el hecho de que el paisaje allí era muy hermoso y no había riesgo de ataque por parte de los indios. Pero pronto fueron conscientes de las dificultades que minaban su camino hacia la libertad: la falta de recursos financieros, la necesidad de trabajar duro la tierra...En 1794, intentando salvar el plan a la desesperada, Southey propuso trasladar la empresa a Gales hasta que, al final, cundió el desánimo y abandonaron la idea. Pero Mary encontró la forma de introducir el plan en su novela. Y es que la Criatura propone a Frankenstein que le otorgue una compañera con la que marchar a Sudamérica para iniciar allí una nueva vida. El retorno a la naturaleza, la autosubsistencia, el vegetarianismo y la aspiración utópica, son los argumentos del discurso del Monstruo que evocan el malogrado proyecto pantisocrático:
Me estableceré en las enormes tierras deshabitadas de América del sur. Yo no preciso, para alimentarme, la misma comida que el hombre; no devoro el cordero o al cabritillo para nutrirme con su carne. Bayas, bellotas y raíces me son manjar suficiente. Mi compañera será idéntica a mí y sabrá, también, contentarse con la misma comida. Nuestro lecho será de hojas secas, pero el sol brillará para nosotros, como brilla para los demás seres y hará fructificar nuestros alimentos. La escena que os describo es agradable y feliz, debierais comprender que poniendo trabas a su realización mostráis una cruel e inútil tiranía.     Frankenstein, cap.XVII.

Hay       Una cuestión fundamental que acerca la novela a las fantasías utópicas de los jóvenes poetas. El Dr. Frankenstein, inicialmente, se deja persuadir por los convincentes argumentos de la Criatura y, de hecho, comienza los trabajos para fabricar una compañera a su solitario vástago. Pero cuando ya los tiene casi ultimados, se obsesiona con el temor de que los dos monstruos procreen una raza indomable capaz de destruir a la humanidad, por lo cual aborta el plan. No es difícil ver en ello un eco de los planes de los poetas utópicos de crear una raza fuerte. Y no debe extrañarnos que Mary estuviese familiarizada con ellos: Coleridge y su padre, el filósofo anarquista William Godwin, eran grandes amigos y se admiraban mutuamente. En 1806, cuando solo contaba con ocho años, Mary estuvo presente, escondida tras un sofá de su casa, mientras Coleridge mismo leía con voz poderosa La balada del viejo marinero, que había escrito en 1798Fue una experiencia que la marcó profundamente y que tuvo una influencia decisiva en la elaboración de Frankenstein, como ahora podremos comprobar.
Coleridge
3. El viaje al ÁrticoMitos, exploración y conquista.
Quiero inútilmente convencerme de que el polo es un paraje frío y desolado, pero, una vez tras otra, aparece en mi imaginación como un lugar lleno de hermosura y delicias. Allí, Margaret, jamás se pone el sol y su enorme disco no hace más que acariciar el horizonte, luciendo en eterno esplendor. Allí (...) el hielo y la nieve desaparecen. Incluso es posible que, navegando sobre el calmado océano, seamos conducidos hacia una costa que sobrepase, en hermosura y encanto, a todos los países descubiertos hasta hoy en las partes habitadas del globo. Es posible que sus recursos y sus paisajes sean incomparables (...) Satisfaré mi ardiente curiosidad hollando una parte del mundo que jamás ha sido explorada, y probablemente caminaré sobre una tierra en la que nunca se ha posado la planta humana. Es eso lo que me atrae y bastaría, por sí solo, para impulsarme a vencer el miedo al peligro y a la muerte (...) Y aún en el caso de que todas esas conjeturas fueran erróneas, no puedes negar el beneficio inestimable que procuraré a la humanidad descubriendo, en las cercanías del polo, una ruta por mar a esos países a los que tantos meses tardamos en llegar, o desvelando el secreto de la fuerza magnética que solo puede ser descubierto- si es que existe algún modo de hacerlo- gracias una aventura como la mía.
                                                                             Frankenstein, Primera carta.
La novela arranca con el relato del capitán inglés Robert Walton que, desde la parte más septentrional de Rusia, pretende descubrir el Paso del Noroeste. Al joven marino le arrebata el entusiasmo pero, al mismo tiempo, está atemorizado por el enorme peligro que deberá arrostrar en esa aventura: quedar atrapado por los hielos sin posibilidad de retorno, como ya le había sucedido a numerosas expediciones anteriores y seguiría sucediendo en los ulteriores intentos. Pero puede más su afán de alcanzar la gloria con el descubrimiento de una ruta comercial más corta, del secreto de la fuerza magnética del Polo Norte o de tierras todavía inexploradas cuando ya no quedaban continentes por cartografiar. Igual que el doctor Frankenstein se apasionó con las ilimitadas posibilidades de la ciencia moderna, Walton también sueña con llevar a cabo la hazaña de encontrar la vía hacia el norte del océano Pacífico atravesando los mares que circundan el Polo. En ese sentido, y en muchos otros, Mary Shelley los presenta como almas gemelas, aunque sus destinos acaban siendo bien diferentes.
El Paso del Noroeste, una búsqueda temeraria

La exploración del Ártico comienzo muchos siglos atrás. Queda constancia que el griego Pytheas de Massalia, hacia el 330 a. C., ya surcó estas heladas aguas y después lo hicieron los monjes irlandeses y los vikingos, hasta que está osada aventura se convirtió en un serio proyecto comercial y de conquista en el siglo XV. Tras el descubrimiento de América, España y Portugal se repartieron los accesos a las riquezas de África y Asia. España dominaba la ruta hacia el Pacífico a través del Estrecho de Magallanes y Portugal disponía de la llave hacia el Océano Indico por el Cabo de Buena Esperanza. Los británicos quedaron excluidos del festín y solo tenían ante sí dos posibilidades: la rapiña a los barcos de sus enemigos, que practicaron con fruición, o intentar descubrir un paso alternativo que uniese el Atlántico y el Pacífico por el extremo norte. Con ello se reducirían los largos viajes a Catay (China) y Cipango (Japón) en muchos meses, pues la ruta del Polo Norte sería más corta que la del ecuador. Walton alude claramente a esta finalidad en la carta primera a su hermana Margaret Saville.
Durante muchos siglos arrojados navegantes holandeses, españoles y, sobre todo ingleses, como John Cabot, Frobisher, Hudson, Baffin o Vancouver, intentaron encontrar, sin éxito, el Paso del Noroeste pero jalonaron el mapa mundi con hitos que nos recuerdan sus nombres y su arrojo. En la primera carta, Walton describe la ruta que va a seguir desde Arcángel, en la Rusia europea, a orillas del Mar Blanco, hacia el Pacífico; y, en la segunda, indica que prevé regresar bien por el extremo más meridional de América o por África. Sin duda Mary seguía muy de cerca las informaciones sobre los viajes de exploración.

Mapa de Ortelius de 1589
La primera carta de Walton hace referencia también al prolongado mito de un paraíso terrenal más allá de los impenetrables hielos del Polo Norte. Hasta el segundo viaje del Capitán Cook, en 1772-1775, se creyó en una imaginaria Terra Australis Incognita, un continente todavía por descubrir en el hemisferio sur. En su primer viaje el gran marino inglés mostró que Nueva Zelanda no formaba parte de un continente mayor y, en el subsiguiente, que toda gran extensión de tierra no podría estar situada en zonas de clima templado sino en la Antártida. Cuando la fantasía de ese gran continente austral se desvaneció, cobró más fuerza la idea de que en el Polo Norte habría un territorio de excelente clima en el interior de los hielos, de acuerdo con la regla de la inversión climática.
Mapa del continente septentrional por Mercator, 1595
Buscando el Grial en el Ártico.

La búsqueda de esas nuevas tierras corría paralela con el empeño romántico de sobrepasar los límites de lo humano, un afán prometeico muy en consonancia con la novela y el poema de Coleridge que le sirve de constante referencia. De hecho, el capitán Walton reconoce esa influencia en su segunda carta:
Me dirijo a regiones aún vírgenes, "al país de la niebla y la nieve", pero yo no cazaré albatros. No sufras, pues, por mi vida ni temas verme regresar, exhausto y miserable, como el "Ancient Mariner". Te imagino sonriendo ante esta alusión al poema de Coleridge. Quiero, a este respecto, rebelarte un secreto; a menudo he atribuido a las obras de este poeta, el más imaginativo de la literatura moderna, la causa de mi pasión por el mar y el entusiasmo que sus misterios despiertan en mí. Algo inexplicable se remueve en mi corazón(...) pero existe también en mí un amor a lo maravilloso, una fe en lo insólito que se une a todos mis proyectos y me fuerza a despreciar los senderos trillados para empujarme a afrontar este océano indómito y estos países desconocidos que me dispongo a descubrir.


Ilustraciones de Gustavo Dore para el Ancient Mariner, con el albatros, símbolo de la inocencia  
El norte magnético
1818        1818, el año en que se publicó Frankenstein, vio partir desde Londres dos expediciones en busca del Paso del Noroeste. Se trataba de aprovechar el hecho de que, tras las guerras napoleónicas, Inglaterra había quedado dueña y señora de los Siete Mares. Uno de los objetivos del capitán Walton, localizar el norte magnético, solo lo alcanzaría James Clark Ross en 1831, situándolo en la isla de King Williams. Sin embargo, en 1905, el noruego Roald Amundsen, después de atravesar, por primera vez, el ansiado Paso, pudo comprobar que el punto se había desplazado 40 millas al noroeste, de manera que no es un lugar fijo sino que depende del estado de la gran masa de hierro semifundido que yace en el corazón de la tierra, a 2.900 km de la superficie. El norte magnético, que no coincide con el geográfico, se desplaza a razón de 150 metros por día. Ha habido otras localizaciones anteriores del norte magnético, que se invierte en ciclos de cientos de miles de años. El paleomagnetismo nos enseña que la última vez se produjo hace 770.200 años, inversión se conoce como Brunhes-Matuyama por el nombre de los geofísicos que la estudiaron, pero hay otras anteriores. Ese magnetismo deja una impronta en los sedimentos terrestres y permite datar con precisión las sucesivas capas como lo hace el método del carbono 14.



¿Era la Criatura un etnógrafo avant la lettre?
Aunque suene extraño, el antropólogo Dave Wolf lanza esta atrevida idea no sin fundamento, ya que tiene bastante sentido en el contexto de la genial novela de Mary Shelley. El monstruo está observando todo el tiempo, no solo a su creador sino a la familia De Lacey. Y su expreso objetivo es aprender la historia, los hábitos y las costumbres de los humanos, descubrir los motivos que influyen en sus acciones, tal como lo haría un antropólogo. Ciertamente la capacidad de observación es el rasgo más destacable y constante en la Criatura. Por otro lado, su vigilancia no es invasiva, pues en todo momento trata de no ser visto ni interferir la conducta ajena. Solo su creador intuye su presencia. 



Se contrapone a los humanos como miembros de razas diferentes y el "monstruo antropólogo" aprende el idioma de los miembros de aquella "tribu francesa" para poder interactuar con ellos. Resultan particularmente sorprendentes sus reflexiones sobre la terminología del parentesco y las relaciones que la misma encarna: "También aprendí el nombre de mis vecinos. El joven y la muchacha tenían varios, pero el anciano se llamaba solamente padre. La muchacha podía ser hermana o Ágata y el joven, Félix, hermano o hijo. No puedo expresar la alegría que experimenté al descubrir el sentido de tales vocablos y al ser, a mi vez, capaz de pronunciarlos" (cap.XII). Es verdaderamente asombroso tropezarse, en una novela de comienzos del siglo XIX, con estas ideas que captan con tanta sencillez uno de los problemas de la moderna Antropología del parentesco. 
La Criatura es también un viajero incesante que arrostra grandes dificultades para ello, tal como lo hacen los antropólogos para llevar a cabo su trabajo de campo.Y Dave Wolf, cuyas ideas estoy enlazando con las mías propias, todavía apunta otra posible conexión con la Antropología: el problema de la fiabilidad de los informantes. Hay varios marcos a través de los cuales el lector recibe la historia. El prefacio, que marca su carácter de producto literario, en contraste con el juego de muñecas rusas que se inicia con las cartas del capitán Walton y sigue con su diario, el relato de Victor Frankenstein, el de la Criatura, el diario de laboratorio, otras cartas..., cada unos con su visión particular de lo que está sucediendo. Y, por último, cabe destacar el análisis del ser humano como esencial y constitutivamente social, y que lo que convierte al monstruo en tal es negarle una identidad social y la posibilidad de ser aceptado por un grupo.


Antropología, etnografía, arqueología, debates científicos de vanguardia, viajes de exploración, magnetismo, pedagogía, las comunidades utópicas...¿cómo pudo aquella jovencita de 18 años, sin una educación formal, condensar tal cantidad de temas en una novela primeriza? Resulta realmente fascinante esa condición de "antena humana" de Mary Shelley, que supo captar el mundo cultural en plena ebullición tras la Revolución francesa y trasmitirnos todo su poder de seducción, como igualmente sus temores y errores.
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Esta entrada está especialmente dedicada a mi compañera de aventuras antropológicas sobre el papel, Ángeles Boix Ballester, que es la auténtica experta en Frankenstein.
Fuentes consultadas:
-Knellwolf, Christa: "Geographic Boundaries and Inner Space: Frankenstein, Scientific Exploration, and the Quest for the Absolute". En Frankenstein. Norton Critical Edition. Segunda edición, 2012.
-Levy, Michelle: "Discovery and the Domestic Affections in Coleridge and Shelley". Studies in English Literature, 1500-1900, vol. 44, No.4, The Nineteenth Century (Autumn, 2004), pp.693-713. Web. 30-7-2018.
-Mellor, Anne K.: "Frankenstein, Racial Science, and the Yellow Peril". En Frankenstein. Norton Critical Edition. Segunda edición, 2012.
-Reverte, Javier: En mares salvajes. Un viaje al Ártico. Círculo de Lectores, 2011.
-Shelley, Mary: Frankenstein. Bruguera, 1981.

-Wolf, Dave: Anthropological Analysis of Frankenstein by Mary Shelley. 21-10-2013. Web. 22-10-2014.
-Cuando el polo norte magnético de la Tierra estaba en el sur. 9-7-2015.Web. 31-7-2018.
-Pantisocracy. Wikipedia. Web. 29-7-2018.
-Robert Southey. Wikipedia. Web. 29-7-2018.

-Terra Australis Ignota. Wikipedia. Web.31-7-2018.